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miércoles, 7 de marzo de 2012
El hombre y sus Fronteras: Una Visión Filosófica x Horst Matthai Quelle
NOTA DE EL (a)NTICRISTO: Horst Matthai Quelle (Hanóver, Baja Sajonia, Alemania, 1912 - Tijuana, Baja California, México, 1999), filósofo alemán en lengua española exiliado en México. Estuvo influenciado principalmente por filosofos alemanes como Max Stirner, Martin Heidegger, Hegel y Nietzsche y fue un exponente del anarquismo filosófico.
Un interesante descubrimiento de un anarquista filosofico que se puede decir era medio latinoamericano. Para leer el texto "El Hombre y sus fronteras" de Horst Matthai hacer click aqui para el formato PDF
Para mas informacion y textos sobre y de Horst Matthai hacer click aqui
jueves, 4 de marzo de 2010
COMPLACE x crimeth inc.

¿Te has dado cuenta que las exhortaciones a la autoindulgencia son siempre seguidas de sugestiones? Las adheridas a doctrinas buscan huellas para reclamar el territorio dentro de ti, los vendedores buscan asideros para engañarte... desde los profetas del new-age hasta los publicitarios , desde los pornógrafos hasta los radicales, todo el mundo te exhorta a "perseguir tus ideales", pero la cuestión se mantiene: ¿qué ideales?. ¿Los "reales"?. ¿Quién decide cuáles lo son?
Esto deja claro qué es lo que está ocurriendo: una guerra por tu alma en todos los frentes. Y estos deseos tan comentados son todos, en realidad, construidos : cambian, son dependientes de factores externos, de la cultura, del contexto entero de la historia de nuestra sociedad. Nos "gusta" la comida rápida porque tenemos que volver rápidamente al trabajo, porque la comida artificial de los supermercados no sabe mucho mejor, porque la familia nuclear (para aquellos que aún tienen incluso eso) es tan pequeña y está demasiado ocupada como para permitirse mucha alegría al cocinar y comer. "Tenemos" que mirar el e-mail porque la disolución de la comunidad se ha llevado a amigos y parientes lejos, porque nuestros jefes prefieren no hablar directamente con nosotros, porque la tecnología del "ahorro de tiempo" se ha apropiado del tiempo antes usado para escribir cartas ( y de paso ha matado a las palomas mensajeras). "Queremos" ir a trabajar porque en esta sociedad nadie se preocupa de los que no lo hacen, porque es difícil imaginar formas más placenteras de llenar nuestro tiempo cuando todo lo que tenemos alrededor esta diseñado para el comercio y el consumo. Cada deseo que tenemos, cada concepto que formamos esta enmarcado en el lenguaje de la civilización que nos creó.
¿Significa esto que desearíamos de forma diferente en un mundo diferente?. Sí, pero no porque nos sentiríamos libres de sentir nuestros deseos "naturales", porque esos no existen. Más allá de la vida que vives, no tienes un "yo verdadero", eres precisamente lo que haces, lo que piensas y lo que sientes. Ésta es la verdadera tragedia de la vida de la persona que la vive hablando con su móvil, atendiendo a seminarios de negocios y jugando con el mando de la televisión; no significa necesariamente que se niegue a sí mismo sus propios sueños, si no que intenta que respondan a la realidad, en vez de intentar lo contrario. El perito mercantil visto con pena por los jóvenes amantes puede en realidad ser "feliz", pero es un tipo diferente de felicidad de la que experimentan ellos escapando de la policía.
Si nuestros deseos son construidos, es más, si somos los productos de nuestro entorno, entonces nuestra libertad se mide por la cantidad de control que tengamos sobre esos entornos. Es una tontería decirle a una mujer que ella es libre de sentir lo que quiera acerca de su cuerpo cuando está creciendo rodeada de anuncios de dietas y pósters de modelos anoréxicas. Es una tontería decirle a un hombre que él es libre cuando todo lo que necesita para conseguir comida, resguardo, éxito y compañía ya está previamente establecido por su sociedad, y que todo lo que le queda por hacer es elegir entre varias opciones establecidas (¿burócrata o técnico?¿burgués o bohemio? ¿Demócrata o republicano?). Hemos de fabricar nuestra libertad haciendo agujeros en la fábrica de esta realidad, forjando nuevas realidades. Colocándote constantemente a ti misma en nuevas situaciones es el único camino de asegurarse que tomas tus decisiones sin la carga de la inercia por el hábito, costumbre, ley o prejuicio; y está en tu mano el crear estas situaciones. La libertad sólo existe en el momento de la revolución.
Y esos momentos no son tan raros como te piensas. El cambio, cambio revolucionario, se está dando constantemente y en todas partes, y todo el mundo juega un papel en él, de forma consciente o no. "El ser radical es simplemente el mantenerse al día de la realidad", en palabras del viejo expatriado. La cuestión es simplemente si tomas responsabilidad sobre tu papel en la continua transformación del cosmos, actuando deliberadamente y con una conciencia de tu propio poder, o por el contrario encuadras tus acciones en reacciones, participando en los eventos que se despliegan de forma accidental, ocasional, involuntaria, como si fueras puramente una victima de las circunstancias.
Si idealistas como nosotros insisten en que podemos crear todo lo que queramos, entonces puede que sea también sea verdad que podemos adaptarnos a cualquier mundo. Pero lo primero es infinitamente preferible. Escogiendo vivir tu vida mediante la reacción y adaptación, apresurándote a subirte al tren de lo que ya está ocurriendo significa estar perpetuamente a la merced de cualquier cosa. No hay manera de que puedas satisfacer tus deseos, cualesquiera que estos sean.
Así que olvídate de si "LA revolución va a tener lugar; la mejor razón para ser una revolucionaria es simplemente que es una mejor forma de vivir. Te ofrece una posibilidad de llevar una vida que importe, te dirige a una relación para/con la injusticia en la que no necesitas negar tu propia rabia y dolor, te mantiene consciente del toma y daca continuo que siempre tiene lugar entre las instituciones y los individuos, el yo y la comunidad, una y todas. Ninguna institución puede ofrecerte la libertad, pero puedes experimentarla al retarlas y al reinventarlas. Cuando las niñas pequeñas se inventan las letras de las canciones que les enseñan, cuando la gente aparece a decenas de millares para interferir una reunión cerrada de expertos economistas que hablan de sus vidas,
Este es nuestra propuesta : el redescubrir ésta propia determinación , al igual que el poder, pertenece únicamente a aquellos que lo ejercen.
domingo, 20 de diciembre de 2009
PARA QUÉ VIVIMOS x crimeth inc
Alguien hace esta pregunta: para qué vivimos? Podríamos, a partir de esa pregunta empezar un debate filosófico. O quizá esa pregunta proviene de una angustia enorme ante la supuesta insignificancia de la vida. En este último caso, nos enfrentamos a un problema grave. Un problema que nos hace únicos en el reino animal, y que hace a nuestra cultura única en lo que se viene a llamar la historia (una cultura que algunos autores fechan en la aparición de la cultura intensiva destructora y que dió lugar al fenómeno incuestionable hoy en día de la propiedad privada): la vida como problema, como algo pesado la mayor parte del tiempo.
La razón al porqué vivimos es simple. Vivimos para vivir. Nada más ni nada menos. Ningun encendido y polémico debate intelectual ha podido encontrar una razón más simple y al mismo tiempo tan infinitamente llena de posibilidades. Todo el sentido y finalidad de la vida está en la vida misma, en su proceso. Para comprender ésto, ante todo, se requiere amar la vida sin reservas, zambullirse en ella, con todo lo inesperado y excitante que ello conlleva. Sólo entonces conoceremos el porqué de la vida. Y es esto algo que no necesita de teorías. Cualquiera que abrace éste objetivo dejará de necesitar una teoría de la vida.
No puede ser solamente algo a lo que agarrarse, aunque sólo sea por esta razón: que tenemos una posibilidad que nos eleva por encima de los dioses: la de dejar de vivir si queremos. No es extraño pues que las religiones condenen el suicidio, sería como aceptar que en algo somos superiores a los dioses, y esto, por supuesto, es inadmisible. Solamente cuestionando el suicidio se podría derrumbar toda la estructura ideológica del cristianismo.
La certeza de que nada ni nadie nos obliga a vivir es suficiente razón para disfrutarla al máximo, es quizá el mejor argumento para luchar por una vida, por NUESTRA vida y por la de aquella gente que nos importa.
Con esta tan enorme libertad, al vivir como esclavos aceptamos que estamos encadenados a la vida, al contrario que aquella gente que desde tiempos inmemoriales prefiere creer en la emoción de una pequeña posibilidad de vida verdadera a perecer lentamente (pretendiendo que eso, en el fondo, es vida) esclavizada en campos de algodón, al otro lado de los muros de una prisión o sintiéndose obligada a flagelarse diariamente con el látigo de la rutina y del “voy tirando...”.
Simplemente mirando al resto de la gente que te acompaña en el autobús puedes hacerte una idea de lo enferma que está esta sociedad. Ni una sonrisa se dibuja en el rostro de aquella persona que va sola. El solo hecho de que el resto de la gente está igual actúa como un limitador a la propia voluntad. “Si sonrío o me río sola porque estoy contenta de vivir, la gente me va a mirar como una loca”. Tan simplista y repetitivo como suene esto, la gente parece vivir de oficio. Las miles de obligaciones pesan como losas. Hemos alcanzado el punto en que hasta divertirse es una obligación, en vez de algo que surja espontánea y libremente de una persona a la que las esperanzas y el futuro más inmediato llenan de gozo.
Podemos no vivir, aquí tenemos la mejor razón para caminar la senda de la vida. Y esto implica una resolución fiera: no dejar que nadie se nos interponga en el camino, ni aquél que ponga pequeñas piedras en ella ni por supuesto aquella que levante un muro para que no podamos pasar.
Por un lado está lo existente, con sus costumbres y sus certezas. Por el otro lado está la insurrección, lo desconocido que irrumpe en la vida de todos: el posible inicio de una práctica exagerada de la libertad.
Un poquito de rabia, un bastante de amor, un pedazo de dolor, y un todo de esperanza.
La razón al porqué vivimos es simple. Vivimos para vivir. Nada más ni nada menos. Ningun encendido y polémico debate intelectual ha podido encontrar una razón más simple y al mismo tiempo tan infinitamente llena de posibilidades. Todo el sentido y finalidad de la vida está en la vida misma, en su proceso. Para comprender ésto, ante todo, se requiere amar la vida sin reservas, zambullirse en ella, con todo lo inesperado y excitante que ello conlleva. Sólo entonces conoceremos el porqué de la vida. Y es esto algo que no necesita de teorías. Cualquiera que abrace éste objetivo dejará de necesitar una teoría de la vida.
No puede ser solamente algo a lo que agarrarse, aunque sólo sea por esta razón: que tenemos una posibilidad que nos eleva por encima de los dioses: la de dejar de vivir si queremos. No es extraño pues que las religiones condenen el suicidio, sería como aceptar que en algo somos superiores a los dioses, y esto, por supuesto, es inadmisible. Solamente cuestionando el suicidio se podría derrumbar toda la estructura ideológica del cristianismo.
La certeza de que nada ni nadie nos obliga a vivir es suficiente razón para disfrutarla al máximo, es quizá el mejor argumento para luchar por una vida, por NUESTRA vida y por la de aquella gente que nos importa.
Con esta tan enorme libertad, al vivir como esclavos aceptamos que estamos encadenados a la vida, al contrario que aquella gente que desde tiempos inmemoriales prefiere creer en la emoción de una pequeña posibilidad de vida verdadera a perecer lentamente (pretendiendo que eso, en el fondo, es vida) esclavizada en campos de algodón, al otro lado de los muros de una prisión o sintiéndose obligada a flagelarse diariamente con el látigo de la rutina y del “voy tirando...”.
Simplemente mirando al resto de la gente que te acompaña en el autobús puedes hacerte una idea de lo enferma que está esta sociedad. Ni una sonrisa se dibuja en el rostro de aquella persona que va sola. El solo hecho de que el resto de la gente está igual actúa como un limitador a la propia voluntad. “Si sonrío o me río sola porque estoy contenta de vivir, la gente me va a mirar como una loca”. Tan simplista y repetitivo como suene esto, la gente parece vivir de oficio. Las miles de obligaciones pesan como losas. Hemos alcanzado el punto en que hasta divertirse es una obligación, en vez de algo que surja espontánea y libremente de una persona a la que las esperanzas y el futuro más inmediato llenan de gozo.
Podemos no vivir, aquí tenemos la mejor razón para caminar la senda de la vida. Y esto implica una resolución fiera: no dejar que nadie se nos interponga en el camino, ni aquél que ponga pequeñas piedras en ella ni por supuesto aquella que levante un muro para que no podamos pasar.
Por un lado está lo existente, con sus costumbres y sus certezas. Por el otro lado está la insurrección, lo desconocido que irrumpe en la vida de todos: el posible inicio de una práctica exagerada de la libertad.
Un poquito de rabia, un bastante de amor, un pedazo de dolor, y un todo de esperanza.
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