martes, 15 de enero de 2013

Capitalismo de Estado y Dictadura* x Anton Pannekoek

sobre el marxista comunista de consejos Anton Pannekoek ir aqui

 I


El término "capitalismo de Estado" se usa frecuentemente de dos maneras diferentes: la primera, como una forma económica en la que el Estado realiza el papel del empresario capitalista, explotando a los trabajadores en interés del Estado. El sistema federal de correos o un ferrocarril de propiedad estatal son ejemplos de este tipo de capitalismo de Estado. En Rusia, esta forma de capitalismo de Estado predomina en la industria: el trabajo es planificado, financiado y gestionado por el Estado; los directores de industria son designados por el Estado y los beneficios se consideran la renta del Estado. La segunda, encontramos que se define como capitalismo de Estado (o socialismo de Estado) aquella situación en la que las empresas capitalistas son controladas por el Estado. Esta definición está, no obstante, desencaminada, en tanto bajo estas condiciones existe todavía la forma de la propiedad privada aunque el propietario de una empresa ya no sea el único amo, estando su poder restringido mientras se acepta cierto sistema de seguridad social para los trabajadores.

Ahora bien, depende del grado de ingerencia del Estado en las empresas privadas. Si el Estado aprueba ciertas leyes que afectan a las condiciones de empleo, tales como la contratación y el despido de los trabajadores, si las empresas son financiadas por un sistema bancario federal, o se conceden subvenciones para apoyar el comercio exportador, o si se fija por ley la limitación de los dividendos de las grandes corporaciones, entonces se llegará a una situación en la que el control estatal regulará la vida económica entera. Esto variará en ciertos grados del estricto capitalismo de Estado.

Considerado la situación económica actual en Alemania, podríamos considerar que allí prevalece una suerte de capitalismo de Estado. Los gobernantes de la gran industria en Alemania no son sujetos subordinados al Estado, sino que son el poder gobernante en Alemania a través de los funcionarios fascistas en las oficinas gubernamentales. El Partido Nacional-Socialista se desarrolló como una herramienta de estos gobernantes. En Rusia, por el contrario, la burguesía fue destruida por la Revolución de octubre y ha desaparecido completamente como poder gobernante. La burocracia del gobierno ruso tomó el mando de la creciente industria. El capitalismo de Estado ruso pudo desarrollarse en tanto que allí no había una burguesía poderosa. En Alemania, como en Europa occidental y en América, la burguesía tiene el poder total, es la propietaria del capital y de los medios de producción. Esto es esencial para el carácter del capitalismo. El factor decisivo es el carácter de la clase que es propietaria, con pleno control, del capital, no la forma interna de la administración, ni el grado de ingerencia del Estado en la vida económica de la población. Aun si esta clase considera una necesidad someterse a una regulación más estricta --paso que también haría a los capitalistas privados más pequeños ser más dependientes de la voluntad de los grandes capitalistas-- todavía permanecería el carácter del capitalismo privado. Debemos, por consiguiente, apreciar la diferencia entre el capitalismo de Estado y ese capitalismo privado que puede regularse hasta el más alto grado por medio del Estado.
Las regulaciones estrictas no han de verse simplemente como un intento por encontrar una salida a la crisis. Las consideraciones políticas también toman parte. Los ejemplos de regulación estatal apuntan a un objetivo general: la preparación para la guerra. La industria de guerra se regula, lo mismo que la producción de comida de los granjeros, para estar preparados para la guerra. Empobrecida por los resultados de la última guerra, privada de provincias, materias primas, colonias, capital, la burguesía alemana debe intentar rehabilitar las fuerzas que le quedan mediante una rigurosa concentración. Previendo la guerra como recurso final, pone tantos recursos como sea necesario en manos del control estatal.

Una vez encarados al objetivo común de un nuevo poder mundial, los intereses privados de las diversas secciones de la burguesía quedan en segundo plano. Todos los poderes capitalistas están confrontados con esta cuestión: ¿en que medida al Estado, como representante de los intereses comunes de la burguesía nacional, se le deberían confiar poderes sobre las personas, las finanzas y la industria en la lucha internacional por el poder? Esto explica por qué en esas naciones de una población pobre, pero rápidamente en aumento, sin ninguna o con pocas colonias (tal como Italia, Alemania, Japón), el Estado ha asumido el mayor poder.

Uno puede plantearse la pregunta: ¿no es el capitalismo de Estado la única "salida" para la burguesía? Obviamente, el capitalismo de Estado sería factible únicamente si todo el poceso productivo pudiese ser gestionado y planificado centralmente desde arriba, para satisfacer las necesidades de la población y eliminar las crisis. Si tales condiciones se produjesen, la burguesía dejaría entonces de ser una burguesía auténtica. En la sociedad burguesa no sólo existe la explotación de la clase obrera, sino que también debe existir la lucha constante de las diversas secciones de la clase capitalista por los mercados y por fuentes para la inversión de capital. Esta lucha entre los capitalistas es totalmente distinta de la vieja libre competición en el mercado. Bajo la cobertura de la cooperación del capital dentro de la nación, existe allí una lucha continua entre enormes monopolios. Los capitalistas no pueden actuar como meros recolectores de dividendos, dejando la iniciativa a funcionarios estatales para atender a la explotación de la clase obrera. Los capitalistas luchan entre ellos por los beneficios y por el control del Estado para proteger sus intereses sectoriales, y su campo de acción se extiende más allá de los límites del Estado. Aunque durante la crisis actual tuvo lugar una fuerte concentración dentro de cada nación capitalista, todavía persisten allí los poderosos entrelazamientos internacionales (del gran capital). En la forma de una lucha entre naciones, la lucha de los capitalistas continúa, con lo cual una crisis política severa a causa de la guerra y la derrota tiene el efecto de una crisis económica.

Cuando, por consiguiente, surge la cuestión de si el capitalismo de Estado --en el sentido en que ha sido usado arriba-- es una fase intermedia necesaria, antes de que el proletariado tome el poder, de si sería la forma más elevada y última de capitalismo establecida por la burguesía, la respuesta es no. Por otro lado, si por capitalismo de Estado uno quiere decir el control y la regulación estrictas del capital privado por el Estado, la respuesta es , variando el grado de control estatal dentro de un país de acuerdo con la época y las condiciones, llevandose a cabo de diferentes modos la preservación y el incremento de los beneficios, dependiento de las condiciones históricas y políticas y de la relación entre las clases.

II

Sin embargo, es posible y bastante probable que el capitalismo de Estado sea una fase intermedia, hasta que el proletariado tenga éxito en establecer el comunismo. Esto, no obstante, no podría ocurrir por razones económicas sino políticas. El capitalismo de Estado no sería el resultado de las crisis económicas, sino de la lucha de clases. En la fase final del capitalismo, la lucha de clases es la fuerza más importante que determina las acciones de la burguesía y amolda la economía estatal.

Ha de esperarse que, como resultado de la gran tensión y conficto económicos, la lucha de clase del proletariado futuro se inflamará hasta llegar a la acción de masas. Sea esta acción de masas el resultado de conflictos salariales, guerras o crisis económicas, y tome la forma de huelgas de masas, disturbios callejeros o lucha armada, el proletariado establecerá organizaciones-de-consejos[1*] --órganos de autodeterminación y ejecución uniforme de la acción--. Esté será particularmente el caso en Alemania. Allí los viejos órganos políticos de la lucha de clases han sido destruidos; los trabajadores están codo con codo como individuos, sin ninguna otra fidelidad que a su clase. Si van a desarrollarse movimientos políticos de largo alcance en Alemania, los trabajadores sólo podrían funcionar como clase, luchar como clase, cuando opongan, al principio capitalista de la dictadura unipersonal, el principio proletario de la autodeterminación de las masas. En otros países parlamentarios, por otra parte, los trabajadores son severamente estorbados en su desarrollo como clase independiente por las actividades de los partidos políticos. Estos partidos prometen a la clase obrera métodos de lucha más seguros, imponen su dirección a los trabajadores y con la ayuda de su maquinaria de propaganda hacen de la mayoría de la población sus seguidores descerebrados. En Alemania estos impedimentos son una tradición moribunda.

Tales luchas de masas primarias son sólo el principio de un periodo de desarrollo revolucionario. Permítasenos tomar una situación favorable al proletariado, en la que esa acción proletaria es tan poderosa como para paralizar y derrocar al Estado burgués. A pesar de la acción unánime a este respeto, el grado de madurez de las masas puede variar. Una concepción clara de los objetivos, los modos y los medios sólo se adquirirá durante el proceso de la revolución, y después de la primera victoria se afirmarán las diferencias acerca de la táctica ulterior. Entonces los portavoces de los partidos socialista o comunista aparecen; no están muertos, por lo menos sus ideas están vivas entre el sector "moderado" de los trabajadores. Ahora ha llegado el momento de poner en práctica su programa de "socialismo de Estado".

Los trabajadores más progresivos, cuyo objetivo debe ser poner la dirección de la lucha bajo el control de la clase obrera, por medio de la organización-de-consejos, (debilitando así el poder enemigo de la fuerza estatal) se encontrarán con la propaganda "socialista", en la que se enfatizará la necesidad de construir aceleradamente el orden socialista por medio de un gobierno "socialista". Se lanzarán advertencias contra las demandas extremas, se harán apelaciones a la timidez de aquellos individuos para los que el pensamiento del comunismo proletario es todavía inconcebible; se aconsejarán los compromisos con los reformistas burgueses, así como la compra de la burguesía, en lugar de forzarla a una resistencia amarga por medio de la expropiación. Se harán intentos de retraer a los trabajadores de los objetivos revolucionarios, de la lucha de clase determinada. Alrededor de este tipo de propaganda se agruparán aquellos que se sientan llamados a estar a la cabeza del partido o a asumir la dirección entre los trabajadores. Entre estos líderes estará una gran porción de la intelectualidad --que fácilmente se adapta al "socialismo de Estado", pero no al comunismo de consejos-- y otras secciones de la burguesía que ven en las luchas obreras una nueva posición de clase, desde la cual pueden combatir con éxito el comunismo. "El socialismo contra la anarquía", tal será el grito de guerra de aquellos que querrán salvar del capitalismo lo que pueda salvarse.

El resultado de esta lucha depende de la madurez de la clase obrera revolucionaria. Aquéllos que ahora creen que todo lo que uno tiene que hacer es esperar la acción revolucionaria, porque entonces la necesidad económica enseñará a los trabajadores cómo actuar correctamente, son víctimas de una ilusión. Ciertamente, los trabajadores aprenderán rápidamente y actuarán enérgicamente en tiempos revolucionarios. Mientras tanto, probablemente se experimentarán duras derrotas, que resultarán en la pérdida de innumerables víctimas. Cuanto más cabal sea la obra de esclarecimiento del proletariado, más firme será el ataque de las masas contra el intento de los "líderes" de dirigir sus acciones hacia los cauces del socialismo estatal. Considerado las dificultades con que se encuentra ahora la tarea de esclarecimiento, parece improbable que quede allí abierto para los trabajadores un camino a la libertad sin retrocesos. En esta situación se encontrarán las posibilidades del capitalismo de Estado como fase intermedia antes de la llegada del comunismo.

Así, la clase capitalista no adoptará el capitalismo de Estado por el devenir de sus propias dificultades económicas. El capitalismo monopolista, particularmente cuando usa al Estado como una dictadura fascista, puede asegurarse la mayoría de las ventajas de una organización única sin abandonar su propia dominación sobre la producción. Se dará una situación distinta, sin embargo, cuando la burguesía se sienta tan presionada por la clase obrera que la forma vieja del capitalismo privado ya no pueda salvarse. Entonces el capitalismo de Estado será la salida: la preservación de la explotación en la forma de una sociedad "socialista", donde los "líderes más capaces", los "mejores cerebros", y los "grandes hombres de acción" dirigirán la producción y las masas trabajarán obedientemente bajo su mando. Si a este estado se le llama capitalismo de Estado o socialismo de Estado da lo mismo en principio. Si uno se refiere al primer término "capitalismo de Estado" como siendo una burocracia estatal dominante y explotadora, o al segundo término, "socialismo de Estado", como a un cuerpo de funcionarios necesarios que, como servidores respetuosos y obedientes de la comunidad, comparten el trabajo con los trabajadores, la diferencia en último análisis reside en la suma de los salarios y la medida cualitativa de su influencia en las conexiones de partido.

Tal forma de sociedad no puede ser estable, es una forma regresiva contra la cual la clase obrera se levantará de nuevo. Bajo ella puede producirse orden en cierta medida, pero la producción sigue restringida. El desarrollo social sigue obstaculizado. Rusia fue capaz, a través de esta forma de organización, de cambiar del semi-barbarismo a un capitalismo desarrollado, de superar incluso los logros del capitalismo privado de los países occidentales. En este proceso figura el manifiesto entusiasmo entre las clases burguesas "advenedizas", dondequiera que el capitalismo empieza su curso. Pero tal capitalismo de Estado no puede progresar. En Europa occidental y en América la misma forma de organización económica no sería progresiva, dado que impediría la llegada del comunismo. Obstruiría la revolución necesaria en la producción; es decir, sería reaccionaria en su carácter y asumiría la forma política de una dictadura.

III

Algunos marxistas mantienen que Marx y Engels previeron este desarrollo de la sociedad hacia el capitalismo de Estado. Pero nosotros no conocemos ninguna declaración de Marx acerca del capitalismo de Estado de la cual pudiésemos deducir que considerase que el Estado, cuando éste asume el papel de capitalista único, fuese la última fase de la sociedad capitalista. Él vio en el Estado el órgano de opresión que la sociedad burguesa usa contra la clase obrera. Para Engels: "El proletariado toma el poder del Estado y entonces transforma la propiedad de los medios de producción en propiedad del Estado".
Esto significa que la transformación de la propiedad en propiedad estatal no ocurrirá previamente. Cualquier esfuerzo por hacer responsable a esta sentencia de Engels de la teoría del capitalismo de Estado, lleva a Engels a contradicción consigo mismo. Tampoco hay ninguna confirmación de esto que se pueda encontrar en los acontecimientos reales. Los ferrocarriles en los países capitalistas altamente desarrollados, como Inglaterra y América, todavía son la posesión privada de corporaciones capitalistas. Sólo los servicios postales y telegráficos son poseídos por los Estados en la mayoría de los países, pero por razones distintas que su alto estado de desarrollo. Los ferrocarriles alemanes fueron apropiados por el Estado mayormente por razones militares. El único capitalismo de Estado que fue capaz de transformar los medios de producción en propiedad del Estado es el ruso, pero no a cuenta de su elevado estado de desarrollo, sino al revés, a cuenta de su bajo estado de desarrollo. No hay nada, sin embargo, que pueda encontrarse en Engels que pudiera aplicarse a las condiciones existentes en Alemania e Italia hoy, que consisten en la fuerte regulación supervisora y la limitación de la libertad del capitalismo privado mediante un Estado todopoderoso.

Esto es totalmente natural, ya que Engels no era un profeta; era sólo un científico que era bien consciente del proceso del desarrollo social. Lo que él expone son las tendencias fundamentales en este desarrollo y su significación. Las teorías del desarrollo se expresan mejor cuando se exponen en conexión con el futuro; no es, por tanto, dañino expresarlas con cautela. Cuanto menos cauta es la expresión, como es a menudo el caso de Engels, esto no disminuye en lo más mínimo el valor de los prognósticos, aunque los acontecimientos no correspondan exactamente a las predicciones. Un hombre de su calibre tiene derecho a esperar que incluso sus suposiciones sean tratadas con cuidado, cuanto que se ha llegado a ellas bajo ciertas condiciones definidas. La obra de deducir las tendencias del capitalismo y su desarrollo, y darles forma en teorías coherentes y comprehensivas, asegura a Marx y Engels una posición prominente entre los pensadores más excelentes y científicos del siglo diecinueve; pero la descripción exacta, en todos sus detalles, de la estructura social de la mitad siglo por delante, era una imposibilidad incluso para ellos.
Las dictaduras, como las de Italia y Alemania, se hicieron necesarias como medios de coerción para imponer a la masa reacia de pequeños capitalistas el nuevo orden y las limitaciones reguladoras. Por esta razón, tal dictadura es considerada a menudo la forma política futura de la sociedad en un capitalismo desarrollado a nivel mundial.

Durante cuarenta años, la prensa socialista señaló que la monarquía militar era la forma política de la sociedad perteneciente a una sociedad capitalista concentrada. Pues el burgués tiene la necesidad de un Kaiser, de los Junkers y del ejército para la defensa contra una clase obrera revolucionaria por un lado, y contra los países vecinos por el otro. Durante diez años prevaleció la creencia de que la república era la verdadera forma de gobierno en un capitalismo desarrollado, porque bajo esta forma de Estado los burgueses serían los amos. Ahora se considera que la dictadura es la forma de gobierno necesaria. Cualquiera que pueda ser la forma, siempre se encuentran las razones más adecuadas para ella. Mientras, al mismo tiempo países como Inglaterra, Francia, América y Bélgica, con un capitalismo altamente concentrado y desarrollado, retienen la misma forma de gobierno parlamentario, sea éste bajo una república o un reino. Esto prueba que el capitalismo elige muchos caminos que llevan al mismo destino, y también prueba que no se debe tener prisa en deducir conclusiones de las experiencias de un país para aplicarlas al mundo en general.

En cada país el gran capital cumple su dominación por medio de las instituciones políticas existentes, desarrolladas a través de la historia y las tradiciones, cuyas funciones son expresamente transformadas. Inglaterra ofrece un ejemplo. Allí el sistema parlamentario, junto con un alto grado de libertad y autonomía personales, tienen tanto éxito que no hay ninguna traza de socialismo, comunismo o pensamiento revolucionario entre las clases trabajadoras. Allí crece y se desarrolla también el capitalismo monopolista. Allí, también, el capitalismo domina al gobierno. Allí, también, el gobierno toma medidas para superar los resultados de la depresión; pero se las arreglan perfectamente sin la ayuda de una dictadura. Esto no hace de Inglaterra una democracia, porque ya hace medio siglo que dos camarillas aristocráticas de políticos se apropian del gobierno alternativamente, y las mismas condiciones prevalecen hoy. Pero están gobernando por medios diferentes; a la larga, estos medios pueden ser más eficaces que la dictadura brutal. Comparado con Alemania, el igual y poderoso gobierno del capitalismo inglés parece ser el más normal. En Alemania, la presión de un gobierno policial forzó a los trabajadores a movimientos radicales, como consecuencia de lo cual obtuvieron un poder político externo; no lo obtuvieron a través del empeño de una gran fuerza interior dentro de sí mismos, sino a través de la debacle militar de sus gobernantes y, finalmente, vieron ese poder destruido por una dictadura afilada, el resultado de una revolución pequeñoburguesa que fue financiada por el capital monopolista. Esto no debe interpretarse en el sentido de que la forma inglesa de gobierno sea realmente la normal, y la alemana la anormal; justamente como sería equivocado asumir lo contrario. Cada caso debe juzgarse separadamente, cada país tiene el tipo de gobierno que germinó a partir de su propio curso de desarrollo político.

Observando América, encontramos en esta tierra de la mayor concentración de capital monopolista tan poco deseo de cambio a una dictadura como lo encontramos en Inglaterra. Bajo la administración de Roosevelt se efectuaron ciertas regulaciones y acciones para paliar los resultados de la depresión, algunas de las cuales eran completas innovaciones. Entre éstas estaba también el comienzo de una política social, que hasta ahora estaba completamente ausente de la política americana. Pero el capital privado ya está rebelándose y sintiéndose lo suficientemente fuerte para seguir su propio curso en la lucha política por el poder. Vistas desde América, las dictaduras en diversos países europeos aparecen como una armadura pesada, destructiva de la libertad, que las estrechamente aprisionadas naciones de Europa deben llevar, debido a que peleas heredadas las lanzan a la destrucción mútua; pero no se presentan como lo que realmente son, resueltas formas de organización de un capitalismo altamente desarrollado.

Los argumentos en favor de un nuevo movimiento obrero, que nosotros designamos con el nombre de comunismo de consejos, no encuentran su base en la dictadura capitalista de Estado o fascista. Este movimiento representa una necesidad vital de las clases obreras y habrá de desarrollarse en todas partes. Se convierte en una necesidad debido a la colosal elevación del poder del capital, porque contra un poder de esta magnitud las viejas formas del movimiento obrero se vuelven impotentes; en consecuencia, el trabajo debe encontrar nuevos medios de combate. Por esta razón, los principios programáticos para el nuevo movimiento obrero no pueden basarse ni en el capitalismo de Estado, ni en el fascismo o en la dictadura como sus causas, sino solamente en el poder constantemente creciente del capital y en la impotencia del viejo movimiento obrero para enfrentarse a este poder.

Para las clases obreras en los países fascistas prevalecen ambas condiciones, pues allí el poder incrementado del capital es el que sostiene en el país la dictadura política al igual que la dictadura económica. Cuando allí la propaganda por nuevas formas de acción conecta con la existencia de la dictadura, es así como debe ser. Pero sería una estupidez basar un programa internacional en tales principios, olvidando que las condiciones en otros países difieren ampliamente de las de los países fascistas.

Nota de traducción:
[1*] Traducimos "council organisation" por "organización-de-consejos", debido a que éste término no sólo designa a los consejos obreros o soviets en sentido estricto, sino también a las formas de organización inspiradas en ellos o que les sirven de base, como fuera en caso de las Organizaciones de Fábrica alemanas en los años 20 y su combinación en Uniones Obreras.

*Este artículo se publicó primeramente al parecer en Räte Korrespondenz. Esta traducción fue publicada en International Council Correspondence, vol. III, nº 1, enero de 1937.
Traducido y digitalizado por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques. Formato HTML para el Marxists Internet Archive el Jonas Holmgren.

Leninismo, ideología fascista x Miguel Amorós

¡Liberar a la Humanidad del yugo bienhechor del Estado! Es extraordinario hasta qué punto los instintos criminales anidan en el hombre. Lo digo claramente: criminales. La libertad y el crimen van tan íntimamente liados, si usted prefiere, como el movimiento de un avión y su velocidad. Si la velocidad del avión es nula, permanece inmóvil, y si la libertad del hombre es nula, no comete crímenes. Está claro. El único medio de librar al hombre del crimen es librarlo de la libertad.

Evgeni Zamiatin, Nosotros, 1920.

La existencia de sectas inmovilistas más o menos virtuales que se reclaman de Lenin es hoy un asunto más relacionado con las neurosis que acechan a los individuos inmersos en las condiciones modernas del capitalismo que con la lucha por las ideas que sostienen los rebeldes contra los ideólogos de la clase dominante. El tiempo no perdona y el fracaso final del leninismo ocurrido entre 1976 y 1980 ha llevado a los creyentes que sobrevivieron a una supervivencia esquizoide. Como ya estudió Gabel, el precio a pagar por su fe es una conciencia escindida, una especie de doble personalidad. Por un lado la realidad desmiente el dogma hasta en el menor detalle, y por el otro, la interpretación militante ha de retorcerla, encorsetarla y manipularla hasta el delirio para amoldarla al dogma y fabricar un relato maniqueo sin contradicciones. Como si de una Biblia se tratase, en dicho relato están todas las respuestas. El cuento leninista suprime la angustia que en el creyente engendran las contradicciones de la práctica, lo que constituye una poderosa arma para escapar a la realidad. El resultado sería patético para el resto de los seres vivos si los debates abundaran en el seno de un proletariado combativo como el de los años setenta, pero dado el estado actual de la conciencia de clase, o lo que es lo mismo, dada la inversión espectacular de la realidad, donde “lo verdadero es sólo un momento de lo falso”, la presencia de sectarios leninistas en las escasas discusiones de base no contribuye sino a la confusión reinante.

El papel objetivo de las sectas consiste en falsificar la historia, ocultar la realidad, desviar la atención de los verdaderos problemas, sabotear la reflexión sobre las causas del triunfo capitalista, bloquear la formulación de tácticas de lucha adecuadas, impedir en fin el rearme teórico de los oprimidos. Los leninistas fosilizados de hoy ya no son (porque no pueden) la vanguardia de la contrarrevolución de hace treinta años o de hace sesenta, pero su función sigue siendo la misma: trabajar para la dominación como agentes provocadores.

Dada la descomposición actual de la ideología quizás conviniese hablar de leninismos, pero lejos de perdernos en los matices que separan las distintas sectas intentaremos agrupar las características afines, que son las que mejor las definen, a saber, la negación rotunda de que en 1936 hubiera una revolución obrera, la afirmación igual de rotunda de la existencia de una clase obrera en constante avance y la creencia en el advenimiento del partido dirigente, guía de los trabajadores en la marcha hacia la revolución. Lo primero les viene, bien de los análisis derrotistas y capituladores de la revista belga “Bilan”, bien de los dictados triunfalistas del Komintern y del PCE. Si en un caso era cuestión de una guerra imperialista, en el otro, se trataba de una guerra de la independencia; en ambos, el proletariado debía dejarse machacar.

En el universo leninista Lenin es la Virgen María; la clase obrera de la que hablan es como la cristiandad. Un chiíta del leninismo, es decir, un bordiguista, se lamentaba en la web: “¿Si nos quitan la clase obrera, qué nos queda?” En efecto, para los leninistas la clase obrera tiene una función ritual, terapéutica si se quiere, psicológica. Es un ente ideal, una abstracción, en nombre de la cual ha de tomarse el poder. No es que no exista, es que nunca ha existido. Inventada por Lenin a partir del modelo ruso de 1917, una clase obrera minoritaria en un país feudal de población eminentemente campesina asequible a una dirección exterior compuesta por intelectuales organizados como partido, no es precisamente algo que veamos todos los días. Pertenece a un pasado caduco. Es un ideal utópico, antihistórico. Sin bromas, la secta trotsquista posadista creyó haberla encontrado entre los extraterrestres de una galaxia lejana desde donde enviaban a La Tierra platillos volantes con mensajes socialistas. Los mensajes de los ovnis debieron cundir porque el proletariado leninista aparece en toda sopa planetaria; según la prensa leninista su epifanía puede suceder en cualquier acontecimiento, por ejemplo, en la guerra civil de Irak, en las movilizaciones de estudiantes franceses, o en la constitución de una “izquierda” sindical, aunque lo más frecuente sea en los conflictos laborales.

Como no hay historia para el leninismo después de la toma del Palacio de Invierno, desde la Revolución Rusa parece que no hayan habido ni derrotas ni victorias significativas, a lo sumo algún traspiés dentro de una línea evolutiva invariable que conduce a una clase obrera impoluta, esperando a los curas de la iglesia, sus líderes, miembros por derecho del “partido”. Porque el verdadero sujeto histórico para los leninistas no es la clase sino el partido. El partido es el criterio absoluto de la verdad, que no existe por sí misma sino dentro de él, en las sagradas escrituras correctamente interpretadas. Dentro de el partido, la salvación; fuera, la condenación eterna. Ese vanguardismo alucinado es el rasgo más antiproletario del leninismo puesto que la idea de partido único mesiánico es ajena a Marx; proviene de la burguesía masona y carbonaria. Marx llamaba partido al conjunto de fuerzas que luchaban por la autoorganización de la clase obrera, no a una organización autoritaria, luminada, exclusiva y jerarquizada.
Es revelador que los leninistas vean hoy los intereses económicos particulares como intereses de clase, cuando ya no lo son, y que, en los setenta, cuando lo eran, los trataban como asuntos sindicales, “tradeunionistas”. La diferencia radica en que entonces el proletariado luchaba a su modo, con sus propias armas, las asambleas. Eso es lo que transformaba la reivindicación parcial en exigencia de clase. Pero los leninistas desprecian las formas realmente proletarias de organización y de lucha: las asambleas, los comités elegidos y revocables, el mandato imperativo, la autodefensa, las coordinadoras, los consejos... Y las desprecian porque en tanto que formas de poder obrero ignoran los partidos y disuelven al Estado, incluido al Estado “proletario”. Por eso han ocultado tanto como los medios de comunicación la existencia del Movimiento Asambleario durante los setenta, porque son enemigos de una clase obrera real que no se parece en nada a la suya y odian por razones evidentes sus formas organizativas específicas. Al contrario de Marx, para los leninistas el ser no determina la conciencia, por lo que hay que inculcarla mediante el apostolado de los líderes. Los obreros no pueden alcanzar, según Lenin, más que una conciencia sindicalera y deben plegarse al papel de simples ejecutantes; los sindicatos que los encuadran y controlan son por lo tanto la correa de transmisión del partido. Eso no es óbice para que los leninistas alaben las asambleas y los consejos si ello les permite ejercer alguna influencia y reclutar adeptos. Durante los setenta llegaron a apoyarlas pero tan pronto como se sintieron fuertes las traicionaron, tal como, salvando las diferencias, hizo Lenin con los Soviets.

La revista “Living Marxism”, animada por Paul Mattick, lanzaba la consigna de que “la lucha contra el fascismo comienza por la lucha contra el bolchevismo”. Durante la década de los cincuenta el capitalismo de los ejecutivos evolucionaba hacia los modos totalitarios del capitalismo de Estado soviético. Hoy, cuando la clase burocrática comunista se ha convertido al capitalismo y el mundo es arrastrado hacia la dominación fascista por la vía tecnológica, la ideología leninista es residual, polvorienta y museográfica. No estudia al capitalismo porque éste no es su enemigo, y por supuesto no quiere luchar contra él. Simplemente hace como el ajo, se repite. La labor principal de sus sectas consiste en competir unas con otras señalando “un punto particular que las distingue del movimiento de la clase” (Marx).

La batalla teórica contra los leninistas es pues un combate menor, algo así como dar puntapiés a los muertos vivientes, pero en tanto que armazón primario de nuevas ideologías de la contrarrevolución como el hardt-negrismo no conviene descuidarla, y con este objetivo recordamos algunas banalidades de base acerca del leninismo que cualquiera podrá encontrar en las obras de Rosa Luxemburgo, Karl Korsch, los consejistas (Pannekoek, Gorter, Rülhe) o los anarquistas (Rocker, Volin, Archinoff). El leninismo a través de Negri y sus acólitos, como antes a través del estalinismo, su forma extremada, efectúa un retorno completo al pensamiento y a los modos de la burguesía, concretamente en la fase globalizadora totalitaria, manifiesto en su defensa del parlamentarismo, de los compromisos políticos, de la telefonía móvil y del espectáculo movimentista. El negrismo sostiene ideológicamente las fracciones débiles, perdedoras, de la dominación, la burocracia político administrativa, el aparato sindicalista y las clases medias, interesadas en un capitalismo intervenido por el Estado. Pero el leninismo no es diferente. Siempre defendió intereses contrarios al proletariado.

En la Rusia de 1905 no existía una burguesía capaz de lanzarse a la lucha contra el zarismo y la iglesia como futura clase dominante. Esa misión correspondió a los intelectuales rusos, que buscaron el esclarecimiento de sus impulsos nacionalistas en el marxismo y hallaron sus mejores aliados en el campo obrero. El marxismo ruso tomó un aspecto completamente diferente del ortodoxo, puesto que en Rusia el trabajo histórico a cumplir era el de una burguesía demasiado débil: la abolición del absolutismo y la construcción de un capitalismo nacional. La teoría de Marx, adaptada por Kautsky y Bernstein, identificaba la revolución con el desarrollo de las fuerzas productivas y del Estado democrático correspondiente, lo que favorecía una praxis reformista que aunque podía funcionar en Alemania, no podía en Rusia.

Si bien Lenin aceptaba íntegramente el revisionismo socialdemócrata de Marx, sabía que la tarea de los socialdemócratas bolcheviques de derrocar al zarismo no podía llevarse a cabo sin una revolución, para la que se necesitaban mejores fuerzas que las de los liberales rusos. Una revolución burguesa sin burgueses, y aún en su contra. La revuelta obrera de 1905 dejó al régimen absoluto malherido y la revolución de febrero de 1917 acabó con él. Aunque fue una insurrección obrera y campesina no tenía programa revolucionario ni consignas particulares, por lo que los representantes de la burguesía ocuparon su lugar. La burguesía no supo estar a la altura, mientras el proletariado se instruía políticamente y tomaba conciencia de sus objetivos; en poco tiempo la revolución perdía su carácter burgués y adoptaba un aire decididamente proletario. Durante julio-agosto Lenin aún defendía un régimen burgués con presencia obrera pero viendo el avance de los Soviets o consejos obreros cambió de orientación y lanzó la consigna del poder a los soviets, e incluso llegó a teorizar sobre la extinción del Estado. Pero la idea de poder horizontal era ajena a Lenin, que había organizado un partido sobre el modelo militar burgués, vertical, centralizado, decidiendo siempre desde arriba, con la dirección y la base fuertemente separadas. Si estaba a favor de los soviets era para intrumentalizarlos y tomar el poder. Su principal función no fue el desarrollo de los soviets, que no tenían cabida en su sistema; fue la conversión del partido bolchevique en aparato burocrático estatal, la introducción del autoritarismo burgués en el ejercicio y la representación del poder. A los soviets, los protagonistas de la revolución de octubre, en poco tiempo les fue escamoteado su poder por un Estado “proletario” que no supieron destruir. Los bolcheviques combatieron en nombre de “la dictadura del proletariado” el control obrero y la implantación de la revolución en los talleres y las fábricas, y, en general, la manifestación soberana de la voluntad obrera en organismos de democracia directa. En 1920 habían acabado con la revolución proletaria y los soviets ya no eran más que organismos castrados, decorativos. Los últimos bastiones de la revolución, los marinos de Kronstadt y el ejército makhnovista fueron aniquilados más tarde.
Al tiempo que destruían los soviets, los emisarios bolcheviques desembarcaban en Alemania, donde el consejismo había despertado en las masas obreras y los consejos estaban a punto de convertirse en órganos efectivos de poder proletario, para asestar una puñalada por la espalda a la revolución. Por todas partes desacreditaron la consigna de Consejos Obreros y propugnaron la vuelta a los sindicatos corruptos y al partido socialdemócrata. La revolución consejista alemana cayó bajo el peso de la calumnia, la intriga y el aislamiento provocado por los bolcheviques. Sobre sus cenizas pudo reconstituirse, con la bendición de Lenin, la vieja socialdemocracia y el Estado alemán de posguerra. Lenin no dejó de combatir a los defensores del sistema de consejos cubriéndoles de improperios en el folleto preferido de todos sus seguidores, “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.” Ahí se quitó la máscara. Abrumando con falsedades a los comunistas de izquierda y a los Consejos, Lenin defendía su seudosocialismo panruso, que llevado a la práctica por Stalin se revelaría un nuevo tipo de fascismo. Ni de lejos concebía que la liberación de los oprimidos sólo pudiera efectuarse mediante la destrucción del poder, del terror, del miedo, de la amenaza, de la constricción.

Todo aquél que desee entronizar un orden burgués encontrará las mejores condiciones de hacerlo en la separación absoluta entre masas y dirigentes, vanguardia y clase, partido y sindicatos. Lenin quería una revolución burguesa en Rusia y había formado un partido perfectamente adaptado a la tarea, pero la revolución rusa adquirió carácter obrero y estropeó sus planes. Lenin tuvo que vencer con los soviets para después vencer contra ellos. El comunismo más la electrificación cedió el paso a la NEP y a los planes quinquenales de Stalin, dando lugar a una nueva forma de capitalismo donde una nueva clase, la burocracia, desempeñaba el papel de la burguesía. Era el capitalismo de Estado. En Europa, las masas obreras fueron frenadas, desanimadas y empujadas a la derrota hasta desmoralizarse y perder la confianza consigo mismas, camino que condujo a la sumisión y al nazismo. Hitler llegó fácilmente al poder porque los dirigentes socialdemócratas y estalinistas habían corrompido tanto al proletariado alemán que éste no reparó en entregarse sin queja. “Fascismo pardo, fascismo rojo” fue el título de un memorable folleto donde Otto Rülhe mostraba que el fascismo estalinista de ayer era simplemente el leninismo de anteayer. En él nos hemos inspirado para titular nuestro artículo.

Los paralelismos con la situación española de 1970-78 son obvios. Por un lado, el partido comunista oficial, estalinista, defendía una alianza con los sectores de la clase dominante que forzara una conversión democrática del régimen franquista. Su fuerza provenía principalmente de la manipulación de movimiento obrero, al que pretendía encuadrar dentro del aparato sindical fascista. Todos los procedimientos leninistas para impedir la autoorganización obrera fueron utilizados fielmente por el PCE. Los partidos izquierdistas, nacidos principalmente de la explosión del FLP, de escisiones del PCE y del Frente Obrero de ETA, no actuaron de otro modo. Todos atacaban al PCE por no ser suficientemente leninista y no perseguir, como Lenin, una revolución burguesa en nombre de la clase obrera. Le disputaban la dirección de Comisiones Obreras, trabajo inútil porque en 1970 Comisiones ya no era ningún movimiento social, sino la organización de los estalinistas y simpatizantes en las fábricas. Para conquistar posiciones hicieron concesiones a las genuinas formas obreras de lucha, las asambleas, pero nunca las fomentaron. Tras los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976 las diferencias con el PCE se desvanecieron y le siguieron en su política de compromisos. Se presentaron a elecciones, cosechando el más rotundo de los fracasos. Desaparecieron dejando un rastro de pequeñas sectas, pero su suicidio político fue también el del PCE, que a partir de 1980 se transformó en un partido testimonial, de ideología variable, sostenido sólo por algunos fragmentos proletarizados de la mediana y pequeña burguesía.

Unas cuantas verdades podemos aprender de la crítica clásica del leninismo en la que nos hemos basado. Que los fundamentos de la acción que incline la balanza social del lado contrario al capitalismo no se encontrarán con los métodos de organización del tipo sindicatos o partidos, ni en los parlamentos, ni en las instituciones estatales, ni en los centros comprometidos con cualquier aspecto de la dominación. Que las masas oprimidas se hallan aisladas y dispersas, sin amigos. Que los activistas han de poner por encima de todo la capacidad de asociación, el fortalecimiento de la voluntad de acción y el desarrollo de la conciencia crítica, incluso por encima de los intereses inmediatos. Que las masas han de escoger entre tener miedo o darlo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Llamamiento y Otros Fogonazos

 ""Porque entonces los humanos llegan a la madurez y tienen en sus gestos la soberanía del niño...El maná fluye, reinventemos la magia...Queda apostar por la existencia de otra posibilidad, un delgado filo, pero suficiente para que podamos caminar por él, suficiente para que todos aquellos que escuchen puedan caminar y
vivir en él."


Disponible en formato PDF para leer o descargar

domingo, 2 de diciembre de 2012

El deseo y la utopía recuperada (A propósito de Fourier) x Enríque Castaños Áles


La incidencia del maquinismo, si bien por una parte impulsó extraordinariamente el desarrollo de la técnica y de las fuerzas productivas, por otra originó el mayor desdoblamiento individual y colectivo del que se tiene noticia en occidente, lo que no sería más que la caída en un complejísimo proceso alienatorio que aún no ha concluido. Este fenómeno de la alineación, aparecido en el proceso mismo del trabajo en la industria, fue perfectamente entrevisto por autores como Fourier y Proudhon, por el Marx de los Manuscritos y por Kropotkin y otros autores anarquistas, y supuso una ruptura definitiva y compleja sobre aquel tipo de trabajo que realizaría el artesano medieval. Los operarios de los pequeños talleres medievales reconocíanse por entero en los productos que elaboraban, considerándose el acabado del objeto, no solamente como algo perfecto, sino también como algo enteramente creado por un solo individuo. Esta armónica relación entre sujeto y objeto comenzaría ya a descomponerse durante los tiempos bajomedievales, pudiéndose seguir todo este proceso a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta que, por fin, adquirirá carta de naturaleza en los primeros decenios del siglo XIX. 
En los tiempos modernos, cuando tiene lugar la transformación de la industria por medio de la cooperación simple y de la manufactura, y, más señaladamente, una vez que triunfe en toda regla la revolución en la industria y se consolide el régimen capitalista, entonces, el productor no se reconocerá ya en su producto, el obrero no se encontrará en el trabajo que realiza, tendrá lugar un extrañamiento, un distanciamiento total y absoluto entre el trabajo y quien lo ejerce: los objetos ya no son elaborados por entero por un solo individuo, sino que pasan por muchos de ellos antes de su acabado final, teniendo lugar una división técnica y social del trabajo altamente desarrollada, con el consiguiente extrañamiento que ello produce en el obrero, limitándose éste ya, solamente, a la fabricación de una sola de las partes del objeto a producir, esto es, interviniendo tan sólo en una fase de la producción, siendo necesarias muchas fases y la concurrencia de un elevado número de individuos en cada una de ellas para que tenga lugar, después de un largo proceso, el acabado del objeto. En este objeto final no se reconoce el obrero, habiendo él tan sólo intervenido en una sola de las fases de su elaboración técnica, muy al contrario de lo que ocurría durante la Edad Media. 
Paralelo a este fenómeno de la alineación se situaría el de la apropiación capitalista de los medios de producción, es decir, que éstos, de manos del obrero o artesano, como ocurría en los siglos medievales, van a pasar a manos del capitalista, incurriéndose de esta manera en una contradicción tan crasa entre la producción social y la apropiación capitalista, que dará origen a un fuerte antagonismo social, antagonismo que se expresa en la lucha entre el proletariado y la burguesía. También este fenómeno encontraría una exposición clara en otro de los fundadores del materialismo histórico, Federico Engels, sobre todo en algunas de las páginas de su obra Del socialismo utópico al socialismo científico
Pues bien, una vez que el industrialismo mostró su verdadero rostro, una vez que sus desastrosas consecuencias y secuelas quedaron al descubierto, no faltaron espíritus atentos, observadores de la realidad, que se lanzasen a la tarea de indagar las causas de tales males e intentaran ponerles remedio. Es así que la utopía socialista aparece como consecuencia directa de la industrialización. 
Entre estos autores se situará Charles Fourier (1772-1837), auténtico profeta del dolor que nuestro tiempo viene deparándonos. 
Yo no sé si Engels exageró al decir de Fourier que «maneja la dialéctica con la misma maestría que su contemporáneo Hegel», pero de lo que sí que estoy seguro es que en Fourier encontramos al crítico más mordaz, más penetrante e incisivo, más riguroso y exacto del mundo recién salido de la Revolución Francesa. 
Partiendo de una valoración crítica de la sociedad francesa posrevolucionaria, a través de un detenido análisis crítico de la opresión en la historia, como se explicita en su Teoría de los cuatro movimientos, Fourier acomete la parte negativa de sus escritos, la crítica a la civilización (período en el que, según él, nos encontramos y que se caracteriza por practicar un tipo de industria «fragmentaria y grosera») y al trabajo en la era industrial. Ahora bien, el concepto de civilización es un concepto ilustrado, y la crítica que de él hace Fourier se inserta plenamente en su ruptura con el espíritu de las luces. Es el espíritu de la Ilustración, con su exaltación de la razón, del progreso y de la historia, el marco adecuado para que la noción de «deseo», clave en el universo fourieriano, y la consiguiente crítica a la civilización y al trabajo en la industria, hallen su cumplida expresión en la obra de Fourier. Esta posición de rechazo, comparada por un autor de nuestros días al «destino propio de los navegantes modernos», trae consigo el «olvido absoluto», desdén total por todo lo que rezume civilización. 
Es la noción de trabajo derivada del concepto ilustrado de civilización, sobre la que descargará Fourier su acerba crítica. Frente a un trabajo considerado en su aspecto estrictamente económico, como actividad humana productora de lo real, en el que el espíritu de la Ilustración distingue tanto su función objetiva, transformadora de lo real, como su función espiritual, es decir, como principio de la autorrealización del hombre; frente a una noción de trabajo como lo que articula la diferenciación y la confrontación de un sujeto y un objeto, Fourier propone un modelo económico en el que la actividad productiva del hombre se despliega en un contexto transubjetivo y pasional. Más aún, es contra la filosofía de la cultura y la historia implícita en la determinación ilustrada de la función espiritual del trabajo, contra la que se rebela Fourier. Aquélla consideraba en la función subjetiva del trabajo dos momentos determinantes: de una parte, el principio de individuación yoica (el yo kantiano, como ha sido puesto de manifiesto por Eduardo Subirats, no es más que un yo lógico, aquel que mediante su función sintética determina al sujeto empírico como un objeto: no es más que pura actividad cognitiva y trabajadora que no reconoce otra realidad que la lógicamente constituida. Este sujeto trascendental kantiano, que no es otro que el sujeto burgués de la dominación, se define como un puro fantasma lógico); de otra, aquel que se refiere al destino de las pasiones (Hegel). Por lo que al segundo principio se refiere, el trabajo, aparte de actividad formadora y reproductora de lo real, aparece también como una manifestación libidinal, pasional. El deseo que con él coexiste, se presenta, sin embargo, reprimido, canalizado, dirigido. Es este orden fisiológico que impone sobre el cuerpo el que resume en definitiva la función espiritual del trabajo. Hegel descubrirá estos mecanismos, sobre todo el concerniente a la carga libidinal propia del proceso de trabajo, haciendo constar que la esencia de nuestra cultura no es otra cosa que la negación del deseo, su constreñimiento, la asfixia de lo económico-libidinal por lo económico-político. Pero la constatación de Hegel se opera en función de los vuelos de la razón, mientras que la constatación fourieriana remite exclusivamente al amordazamiento del deseo. En Hegel, el deseo y la pasión son simplemente medios; en Fourier son un fin. Hay que liberar al deseo por el deseo mismo: hay que liberar las pasiones y dejarlas fluir en su infinita multiplicidad, por lo que ellas mismas significan. 
En Utopía y subversión, libro no suficientemente conocido de Eduardo Subirats      —de algunas de cuyas páginas he tratado de hacer una apretada síntesis, en lo que respecta a la relación entre el pensamiento de Fourier y el de Kant y Hegel—, podemos ver muy claramente que el deseo al que Fourier hace referencia    —que a primera vista no parece representar más que la alteridad de las instituciones, de la economía política, de la historia—   parece presagiar un mundo pasional en el que el despliegue de las pasiones y los gustos sólo podría realizarse en un espacio y un tiempo históricos. Pero el hecho de que el deseo sea oprimido no significa que sea suprimido. La armonía pasional, la posibilidad del deseo, sólo pueden encontrar su marco de realización en un espacio y en un tiempo históricos. Este deseo, social, político, económico, se constituirá en fuerza capaz de trastocar el orden moral del trabajo, de la civilización, amenazando y subvirtiendo todo el estado de cosas existentes. De esta manera, el destino de las pulsiones sufrirá la misma suerte que los mecanismos de producción y reproducción. 
Son las pasiones productivas, nos dice Fourier, las únicas permitidas en civilización, mientras que existen otras pasiones, tan legítimas como aquéllas, que se encuentran reprimidas, reducidas a un estado de aprisionamiento que sólo les permite un desarrollo vicioso. La tarea de liberar estas últimas constituye una empresa fundamental para acceder a fases superiores de la evolución social. Así, de la misma manera que las pulsiones parciales de la sexualidad infantil amenazan con desarticular y descomponer la organización centralizada de la sexualidad madura, como descubriera Freud a raíz de la polimorfia del cuerpo infantil, también las pasiones reprimidas amenazan, con su libre desarrollo, el estado general del sistema, pudiendo constituir su liberación el despedazamiento del actual sistema de producción, del trabajo, la razón y el progreso. 
El contenido subversivo del deseo en Fourier permite poner en relación su pensamiento con el de Sade, como de hecho lo ha puesto de manifiesto Pierre Klossovski, pero teniendo en cuenta que, aun cuando tanto Sade como Fourier ejerzan su virulenta crítica contra el constreñimiento y la uniformidad del deseo en nuestra sociedad, denunciando un comercio sexual corrompido, un placer al que no se le reconoce ningún derecho por sí mismo, constituyendo, en el caso de Sade, la sodomía el acto antigregario por excelencia y la forma más patente de rebelión contra lo existente, orden dado este último que convierte las relaciones sexuales entre los individuos en meros actos de procreación, lo cierto es que el autor de La philosophie dans le boudoir manifiesta una actitud trágica y pesimista al no reconocer ninguna salida al estado actual de cosas, mientras que en el caso de Fourier despréndese de sus escritos una visible esperanza, cuando nos habla de la inminente regeneración de los seres humanos mediante el infinito despliegue y multiforme variedad de todas nuestras pasiones. Las novelas de Sade constituyen un continuo fracaso en lo que a posibilidad de realización de la virtud se refiere, explicitan un endémico mal congénito a nuestra naturaleza, como si la brutalidad, la ferocidad, la violencia y el crimen fueran nuestro único estado natural. Fourier, por el contrario, no vio a la naturaleza humana como intrínsecamente inclinada hacia el mal, ya que, en un medio adecuado, podría desarrollarse libremente. 
Más, mucho más que destellos o atisbos geniales, al decir también de Engels, es lo que hallamos al leer los escritos de Fourier. Él sabía del carácter ilusorio de un progreso que iba dirigido contra el cuerpo del hombre. Él sabía, al igual que poco después Proudhon, del engaño que se escondía tras la voluntad general de Rousseau y su ideal de democracia burguesa. Tampoco desconocía la despersonalización que trae aparejado el trabajo en la industria, hasta el punto de erigirse en esencial a la misma, incapaz de sustraerse de ella (nos referimos, por supuesto, a algo que tan sólo en nuestra época aparece en toda su desnudez, aun cuando ya pudo ser atisbado por Fourier en su tiempo, es decir, al desmoronamiento del equilibrio psíquico del hombre contemporáneo, al reiterado asalto que sobre su vida afectiva e íntima emprende un poder abstracto que, ayudado de la estandarización del trabajo en la gran industria, convierte a los sujetos en grotescas sombras de lo que verdaderamente representan. La nadidad del momento presente, por tanto, como la más acabada expresión de la armoniosa relación entre el Estado y el Capital). De ahí su crítica a la civilización, de ahí su crítica al trabajo en este régimen de desigualdad material y miseria espiritual. Su rebelión contra el espíritu de la Ilustración fue completa. En el desarrollo de una razón poderosa y omnipotente no veía más que vaciedad y despotismo. Esa razón no poseía más que una lógica, y ella es la de la dominación. Esa razón no sabe de indecisiones ni de esperanzas. Es poder y sólo poder, poder que es dominio y gobierno. Y de los gobernantes ya dijo Sófocles, por boca de Creonte, que no tienen tiempo de ocuparse de problemas personales. Hay una razón, no obstante, que impera sobre todas las demás, y ella es la razón de Estado, tanto si nos referimos al Estado liberal burgués como si nos referimos al estatalismo comunista de una sociedad planificada. Ambos tipos de organización social descansan sobre una moral del trabajo que estará de acuerdo, en lo sustancial, en el ahogamiento y asfixia de la autonomía de los sujetos. 
La utopía de Fourier, que, por encima de disquisiciones y razonamientos sobre el significado de lo utópico, no es más que un situarse más allá de la realidad que nos constriñe, pero sin dejar de tener bien puestos los pies sobre la tierra, no es que no sea científica, es que no pretende serlo. Sin embargo, la sociedad armónica que nos describe, nos resulta más valiosa, más aprovechable, que esas utopías comunistas con visos de cientificidad que lo subordinan todo a la colectividad soberana. Fourier no necesita imaginar una sociedad futura matemáticamente calculada para que tuviera todas las probabilidades de verificarse en la historia. No era su intención dar una detallada relación de los pasos a efectuar, de las condiciones objetivas o subjetivas necesarias a la acción revolucionaria. Fourier sabe que estas directrices, esta normativa apaga la capacidad de decisión de los individuos, únicos dueños de su propio destino. A él le importa más erigirse en conciencia crítica, advertir de los peligros que encierra la racionalización económica y la uniformidad colectiva. Es utópico en la medida en que no cree en la ciencia, en la medida en que no cree en un progreso que comporta la deshumanización, en la medida en que piensa que técnicas y máquinas acarrean opresión y servidumbre. A Fourier le gusta descorrer la máscara de que se cubren las, aparentemente, grandes empresas. Fourier es uno de los grandes destructores de mitos de la historia del pensamiento.

 En Fourier hay un no rotundo a la autoridad, al Estado, a las instituciones, trátese de la familia, del matrimonio o de la propiedad. En sus escritos se afirma lo individual frente a todo aquello que lo reduce a la nada. Por eso no es partidario del igualamiento propio del rebaño. ¿Podría conservarse la riqueza de las diversidades particulares, la pluriformidad de esos átomos que son los individuos, según Bakunin, en una sociedad reductoramente igualitaria? No vaya a derivarse de ello que Fourier concede al individuo una libertad de actuación (= apropiación) ilimitada, ya que, si algo se propone Armonía es la coexistencia del interés colectivo y del interés individual. 
Fourier es un visionario y, como todo visionario, es un hombre que sueña. Pero su ensoñación utópica no se queda ahí, infinitamente alejada de nosotros, como un modelo o meta inalcanzable; a él, mejor que a nadie, podría aplicársele la frase de Joseph Dejaque: «¿Qué es la utopía? Una realidad no realizada pero realizable». Fourier quiere saber de alegrías sin fin, de placeres sensuales y culinarios, de atracciones apasionadas, de cuerpos que contengan vida y no sean prisiones, de seres libres que sepan lo que es el amor y la crítica. Fourier, en definitiva, añora un mundo donde sea posible la armonía.

* Publicado originalmente en el diario Sur de Málaga los días 10 y 11 de julio de 1984. Extraido de http://www.telefonica.net/web2/enriquecastanos/fourier.htm

Reinventar el socialismo: Fourier, Proudhon y la tradición libertaria x Claudio Albertani*

Una gran revolución es el río de la evolución súbitamente cambiado en torrente, derramándose por cataratas y fuera del control de sus navegantes que se extraviaron y perecen casi todos y cuya obra es vuelta a emprender más lejos en nuevas condiciones por sus continuadores.

Max Nettlau



 
Arranco de dos premisas:
1) el siglo XX nos deja un cúmulo de ruinas y 2) el socialismo se tiene que reinventar.

Abierto en Venezuela, el debate sobre el Socialismo del Siglo XXI está muy vivo en América Latina. Pero: ¿de qué socialismo hablamos? ¿Del sistema o del ideal de los socialistas?”[1] La pregunta es pertinente porque en el continente sigue habiendo tendencias identificadas con el llamado modelo soviético (y sus variantes china, campucheana, coreana, vietnamita, albanesa, etc.), que pregonan un “socialismo científico”, fundado en el desarrollo de las fuerzas productivas, en la aplicación de la ciencia y la tecnología sin discusión y en la perpetuación de la división social del trabajo.

Las respuestas pueden ser muchas y los enfoques muy distintos pero no es repitiendo mantras ideológicos como se forja un mundo nuevo, ni tampoco agregando el calificativo “socialista” a una constitución. Puede ser útil, en cambio, reconsiderar las aportaciones de las corrientes críticas del movimiento obrero: desde los anarquistas a los comunistas disidentes; desde los magonistas –que soldaron la lucha de las comunidades indias con la de los norteamericanos Industrial Workers of the World [Trabajadores Industriales Internacionalistas] [2]- a los cooperativistas, sin olvidar a José Carlos Mariategui quien defendió “el resurgimiento del pueblo indígena y la manifestación creadora de sus fuerzas y espíritu nativo”.[3]


En el caso de Venezuela se podría citar a Duglas Bravo y a sus compañeros del Partido Revolucionario Venezolano quienes, en los años sesenta, enarbolaron la “herejía–utopía” que incluía revalorizar a Bolivar, al cimarronaje y a la resistencia indígena. [4]


En un intento de volver a formular la cuestión del socialismo después del derrumbe del sistema (mal llamado) comunista, otro autor venezolano, Moisés Moleiro, insinuó la posibilidad de mirar a la tradición anterior a Marx.[5] El reto queda pendiente y, para abonar el debate, me propongo explorar algunos planteamientos de dos autores olvidados - cuando no calumniados-: Charles Fourier y Pierre Joseph Proudhon.


Ambos fueron pensadores mal comprendidos no sólo por sus adversarios –lo cuales raramente se tomaron el trabajo de leerlos- sino, en ocasiones, también por sus propios discípulos quienes concibieron sus proposiciones como recetas aplicables en cualquier lugar y en cualquier momento.


No es mi objetivo evocar la historia de las profundas influencias que ambos ejercieron en los albores del movimiento obrero latinoamericano. Mucho menos, pretendo descubrir el secreto de un socialismo idealmente auténtico frente a sus fracasos reales. La utilidad de la obra de Fourier y de Proudhon radica en que emprendieron un viaje al mundo de las ideas que nos ayuda a entender lo que el socialismo del Siglo XXI no es, ni puede ser.





1. Charles Fourier


Voy a empezar con una afirmación polémica. Es en gran parte artificial y obsoleta, la separación que Marx y Engels establecieron entre los socialistas que llamaron “utópicos” -cuyas propuestas tacharon de “irrealizables” o “pequeño-burguesas”- y los que nombraron “científicos”, es decir ellos mismos.[6]

Repetidas hasta el cansancio por los epígonos, estas descalificaciones borraron la contribución de pensadores que –de manera independiente, pero no necesariamente antagónica al marxismo- formularon severos diagnósticos sobre los males de la sociedad capitalista buscando, al mismo tiempo, ensanchar el campo de las posibilidades abiertas a los seres humanos.


A 170 años de su muerte, uno de los más fascinantes es, sin duda,
Charles Fourier (1772-1837). Implacable acusador de la civilización occidental, economista, psicólogo, sociólogo, cosmólogo, arquitecto, inventor e, incluso, gastrónomo, Fourier plasmó un análisis sagaz de la vida social en los países sometidos a lo que llamaba el sistema de la “división del trabajo”, es decir el capitalismo.

Nacido en Besanzón, en el centro de la región del Franco Contado, hijo de un acomodado comerciante de tejidos, la vida de Fourier transcurrió de manera más bien trivial. Sin embargo su pensamiento era anticonformista hasta la extravagancia; aborrecía la civilización urbana y privilegiaba la libertad del individuo por encima de la centralización económica y política que se estaba imponiendo por doquier.


Precursor de la cooperación, Fourier denunció la infamias del comercio y del colonialismo; condenó el trabajo asalariado por ser una “servidumbre indirecta”, la religión, la familia y la subordinación de las mujeres. Fue uno de lo primeros socialistas que entendieron la importancia de estudiar la economía política y desde su primer libro, Teoría de los cuatro movimientos (1808), denunció las mentiras del liberalismo, mostrando con claridad meridiana que las personas dedicadas a perseguir intereses propios no logran el bienestar de la sociedad, sino el daño colectivo.[7]


Con la clarividencia que lo distinguía, Walter Benjamin destacó que la utopía de Fourier no estaba determinada por una bucólica nostalgia del pasado, sino que debía su impulso más íntimo a la aparición de las máquinas.[8] El propio Marx subrayó la grandiosa concepción del hombre que implicaban las reflexiones del profeta de Besanzón.


Mientras los economistas veían en el trabajo únicamente una fuente de valor, Fourier entendió que, en determinadas condiciones, puede ser también una actividad creativa y placentera. El trabajo es odioso por la insuficiencia del salario, el desempleo, la injusticia de los patrones, la tristeza de los talleres, la larga duración de la jornada laboral y la uniformidad de las funciones, pero será atractivo en Armonía, el orden que remplazará a la incoherencia civilizada y que muy bien podríamos llamar “socialismo”, “comunismo” o “anarquía”.[9]


Aun cuando no era un “revolucionario” –aborrecía la violencia por haber padecido en carne propia los excesos del régimen jacobino-, Fourier quería acabar con la Civilización (que a veces denomina Industrialismo y emplea como sinónimo de capitalismo) por medio de la educación y la experimentación.


Gran psicólogo –hoy se le considera un precursor de Freud, más que de Proudhon o de Marx- el profeta de Besanzón enfatizó las motivaciones profundas que traban el alma. Si se encuentran mal dirigidas, las pasiones desembocan en rivalidades malévolas, violencia y fraude, sin embargo, esto no se debe a la naturaleza humana, sino a la represión. Las pasiones no hay que comprimirlas, sino armonizarlas: cada persona lleva adentro los impulsos necesarios para realizar una actividad creativa y sería suficiente combinarlos libre y convenientemente para dar pie a la “verdadera asociación”.


En Armonía, las asociaciones se articularían a partir de las diferentes ramas de una misma industria o de una misma pasión. Destacado inventor de palabras y conceptos, Fourier proyectó edificios que llamó Falansterios y que reemplazarían a las casas-habitación y a la institución básica de los civilizados, la familia. Habitado por unas mil quinientas a dos mil personas, cada Falansterio articularía las vocaciones y aptitudes de sus integrantes en las series progresivas o series pasionales, grupos con una graduación variables de edades, así como de fortunas y caracteres.


Contrario a lo que muchos piensan, Fourier no se limitó a trazar los lineamientos un futuro posible. Anticipando las revueltas juveniles de nuestro tiempo, mostró que es necesario realizar al instante la emancipación individual: “no sacrifiquen la felicidad de hoy a la felicidad futura. Disfruten del momento, eviten toda unión de matrimonio o de interés que no satisfaga vuestras pasiones desde el mismo instante. ¿Por qué van a luchar por la felicidad futura, si ella sobrepasará vuestros deseos, y no tendrán en el orden combinado más que un solo displacer, el de no poder doblar la longitud de los días, a fin de dar abasto al inmenso círculo de goces que deberán recorrer”.[10]


Puesto que el placer y el deseo son la fuerza motriz de la historia humana, “el nuevo mundo amoroso” no sólo debe ser superior al actual materialmente y moralmente, sino también más atractivo para el individuo y la colectividad. Comprendió así que el problema de la felicidad es más complejo que el de la justicia, insistiendo en un aspecto crucial de la teoría de la emancipación: la vida cotidiana. La solución implicaba la liberación del amor, el sexo y las pasiones de las camisas de fuerza impuestas por la religión, la moral y los gobiernos.


Es verdad que de cara a su desmesurada ambición de transformar radicalmente la sociedad y el individuo, los logros Fourier fueron más bien modestos, sin embargo sus discípulos sembraron en todas partes –y particularmente en México, gracias a la incansable labor de uno de sus discípulos, Plotino Rhodakanaty- la idea de asociación que está en el origen del moderno movimiento obrero. Hoy, su lección es clara: si el socialismo no nos permite realizarnos como seres humanos, si no ensancha nuestras posibilidades creativas, no nos interesa.


En fin, para rendir un homenaje merecido al autor del Aviso a los civilizados, nada mejor que citar un fragmento de la Oda a Charles Fourier que André Breton compuso en 1945 mientras visitaba a una comunidad indígena del sureste de los Estados Unidos. Considerado uno de los mejores poemas surrealistas, el texto confronta el sueño fourieriano de una sociedad armónica con el fascismo y el estalinismo, las pesadillas totalitarias del siglo XX: “la indigencia, la falsedad, la opresión, las matazones siguen siendo los mismo males por los que marcaste a fuego el mundo de los civilizados. Se burlaron de ti Fourier. Y sin embargo, algún día tendrán que probar tu remedio”.[11]




2. Pierre-Joseph Proudhon

Proudhon (1809-1865) es uno de los pocos teóricos del movimiento obrero que puede ostentar orígenes auténticamente proletarios.
Originario de Besanzón, hijo de un tonelero y una doméstica, estudió un tiempo gracias a una beca, pero tuvo que abandonar la escuela para emprender la profesión de tipógrafo. Al parecer, se convirtió al socialismo después de conocer a Fourier, una de cuyas obras, El nuevo mundo industrial y societario, imprimió personalmente.

En su primer escrito importante, ¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno (1840), Proudhon aseveró que “la propiedad privada es el robo”, afirmación que se convirtió rápidamente en el principal grito de guerra de las clases obreras decimonónicas.[12]


El autor establecía una distinción fecunda entre la propiedad como monopolio y el derecho que consideraba legítimo de todo hombre al producto de su trabajo. Acto seguido, mostraba que el capital no tiene más origen que la expropiación de un valor producido exclusivamente por los obreros. Eran los capitalistas quienes convertían la propiedad en monopolio, robando a los seres humanos sus capacidades creativas y reduciéndolos a la condición de parias.


Esta situación desembocaba en un virulento antagonismo económico que era causa de un desorden social permanente. La solución no radicaba en fortalecer al Estado -que era, es y siempre será cómplice de la injusticia-, sino en estimular la asociación libre y autónoma que garantizaba la igualdad en el acceso a los medios de producción y la equivalencia en los intercambios.


En las últimas páginas, Proudhon exponía sus ideas anarquistas: el gobierno del hombre por el hombre, cualquiera que sea el nombre con que se disfrace, es tiranía; el más alto grado de perfección está en la unión del orden y de la anarquía. Esta era por lo tanto, “la única forma posible de sociedad, la única justa, la única verdadera.”[13]


El libro marcó un hito en la historia de la literatura socialista y ejerció una influencia profunda sobre Marx quien retomó de Proudhon la categoría de “antagonismo”. En 1844 cuando, siendo todavía un desconocido se hallaba exiliado en París, el futuro fundador del comunismo (llamado) científico entró en contacto con el creador del anarquismo quien a la sazón ya era un escritor popular en los medios obreros.


No es por demás recordar que, antes de atacarlo mordazmente en La miseria de la filosofía (1847), Marx le rindió tributo en La sagrada familia (1845) trabajo escrito en colaboración con Engels para criticar el idealismo especulativo de los hermanos Bruno y Edgar Bauer.[14] Ahí los dos amigos contraponían el espíritu concreto e iconoclasta del socialista francés a las abstracciones de los filósofos alemanes.


Amén de algunas objeciones acertadas que se pueden resumir en la afirmación de que Proudhon se quedaba en el terreno de la economía política, sin adentrarse en su crítica, Marx y Engels lo señalaban como el primer autor que sometía la propiedad privada a una crítica “implacable, y al mismo tiempo, científica”.


“Proudhon –apuntaban- no solamente escribe en interés de los proletarios; él mismo es proletario, ouvrier (en francés en el texto). (…) ¿Qué es la propiedad? –seguían- tiene para la moderna economía política la misma importancia que la obra de Siéyes” y es “un verdadero manifiesto científico del proletariado francés.”[15] Un año después, aquel mismo Proudhon se había convertido en “pequeño burgués” (Miseria de la filosofía) y dos años después en “burgués” a secas (Manifiesto del Partido Comunista).


Al estallar la revolución de 1848, Proudhon fue elegido diputado. Como era de su poner, sus principales propuestas –crear un Banco de crédito popular gratuito e imponer un impuesto del 30 por ciento sobre el ingreso de los ricos- fueron sistemáticamente rechazadas por los representantes del gran capital.[16]


Agudo polemista, dotado de una afilada elocuencia plebeya, intensificó entonces sus críticas a la burguesía, a los reaccionarios y a los falsos demócratas, insistiendo en la noción de “exterminio del poder político” como condición de una liberación de las fuerzas sociales y sobre la necesidad de una organización espontánea de las fuerzas económicas.[17]


Al mismo tiempo, exploraba otros caminos. A principios de 1849, fundó el Banco del Pueblo una caja de ahorro que, al ofrecer crédito a tasas de interés tendiente a cero (cobraba únicamente el uno por ciento para cubrir los gastos de administración), pondría a los productores en la condición de franquear la barrera del capital financiero. En seis semanas el Banco del Pueblo logró la adhesión entusiasta de más de 20,000 suscritores pero el proyecto fracasó cuando su creador fue condenado a tres años de prisión por sus críticas a Luís Bonaparte (el futuro Napoleón III).


Después de recobrar la libertad (1852), Proudhon se desterró a Bélgica donde siguió escribiendo y no regresó a Francia sino hasta 1859. Consagraría, en adelante, una parte importante de su reflexión al estudio de los mecanismos de la opresión. La correspondencia que detectó entre política, economía y religión remite a los tres obstáculos principales en el camino que conduce a la libertad: “el capital cuyo análogo en el orden político es el gobierno, tiene por sinónimo en el orden de la religión al catolicismo. Lo que el capital le hace al trabajo, el Estado lo hace a la libertad y la iglesia a la inteligencia.”[18]


En 1863, cuando -en pleno bonapartismo- el autoritarismo estatal estaba en su apogeo y parecía haber vencido a las fuerzas sociales que se le oponían, Proudhon publicó El principio federativo, una de sus obras más actuales. Agotado por el exceso de trabajo, murió el 22 de enero de 1865, sin ver impreso su último libro, La capacidad política de la clase obrera, en donde, una vez más, advertía sobre el peligro que representan la democracia representativa, los partidos políticos y el comunismo autoritario para la causa de la emancipación humana.


¿Qué nos dice el fundador del anarquismo a nosotros, los moradores del siglo XXI? Es innegable que muchos de sus escritos carecen de claridad y que emitió juicios profundamente equivocados sobre una cantidad de temas: era un idealista obstinado, se burlaba de la “emancipación de la mujer” y menospreciaba el valor de las huelgas.[19] Sin en algo le atinó Marx, es cuando afirmó que Proudhon era “la contradicción viva”.[20]


Aun así, el autor de ¿Qué es la propiedad? nos es indispensable porque defiende un socialismo que implica la democracia. No la democracia representativa de los liberales, no la delegación del poder, sino la democracia directa o, para emplear un término que le gustaba, la “democracia obrera”. Contrario a lo que exigían Rousseau y los filósofos contratualistas, en esta democracia el ciudadano no tiene por qué abdicar parte alguna de su libertad.


La idea de federación indica un convenio por el cual una o más familias, uno o muchos municipios, uno o muchos grupos de pueblos acuerdan interactuar y establecen derechos y obligaciones mutuas. Federándose con los demás, cada actor individual y colectivo puede conservar su “soberanía” adquiriendo más derechos, más libertad, más autoridad y más propiedad de los que cede. “El sistema federativo es el opuesto al de jerarquía o centralización administrativa y gubernamental, por el que se distinguen ex aequo las democracias imperiales, las monarquías constitucionales y las repúblicas unitarias”. [21]


Además de ser una propuesta para la sociedad futura, el federalismo es el mecanismo que puede articular las múltiples fuerzas emancipadoras que duermen en la sociedad actual. Recordemos que en tiempos recientes, esto ha recibido el nombre de red y es una alternativa a la muy desprestigiada “forma partido”. Por último, el federalismo es también una teoría de las relaciones humanas: relaciones entre individuos, relaciones del individuo con el grupo y relaciones de los grupos entre sí.


El mutualismo se puede ver como el equivalente del federalismo en el campo de la economía. De manera algo ingenua, Proudhon pensaba que, gracias a la organización de los trabajadores en cooperativas, el eje rector de la producción, circulación y consumo se desplazaría de la explotación a la reciprocidad, mientras que el Capital y el Estado se eclipsarían ante el crecimiento del trabajo asociado.


Es sabido que esto no sucedió, pero es innegable que los experimentos cooperativistas contribuyeron a sembrar la idea de que otro mundo es posible. Ciento cincuenta años después, aquellos experimentos se siguen reproduciendo como forma de resistencia a la globalización capitalista y búsqueda de vivir una cotidianidad alternativa. La banca ética, los sistemas de intercambio local no monetario, al comercio justo y, por lo mismo, las cooperativas zapatistas de la Selva lacandona o las que ahora mismo se están organizando en Venezuela, se pueden considerar intentos “mutualistas” de hacer a un lado la lógica del mercado. Limitados, sin duda, pero rescatables. Si bien, hoy como entonces, están expuestos al riesgo de la corrupción, pueden ofrecer respiro a sus integrantes y desempeñar la función de escuelas de conciencia socialista.[22]


En todo caso, es grotesco que los epígonos de Marx se deleiten leyendo la Miseria de la filosofía y la usen como arma contra todo planteamiento libertario mientras, al mismo tiempo, se emocionan con el cooperativismo si tiene la bendición de algún “poder popular”.




3. Conclusiones

El debate sobre el futuro del socialismo apenas comienza. Evocar a Fourier y a Proudhon tiene sentido siempre y cuando no se trate de una lucubración sobre los máximos sistemas del mundo.

Además de llamar la atención sobre la felicidad y la libertad individual, Fourier nos ayuda a formular aquella misma crítica del progreso que un siglo más tarde precisaría Walter Benjamin: las revoluciones contemporáneas ya no son ni pueden ser las locomotoras de la historia de que hablaba Marx, sino el freno que los seres humanos jalamos ante la loca carrera del capital.


Despojados de sus ilusiones decimonónicas, el federalismo y el mutualismo pueden fundamentar esa nueva práctica política que buscan afanosamente los movimientos altermundistas. Ambos conceptos se relacionan con la idea de red. Ambos implican la acción directa, democrática y anti-jerárquica que suplanta al partido, la vanguardia, el intelectual orgánico, la hegemonía y toda la herencia aciaga del comunismo soviético.


¿Hay que repetirlo? La historia del siglo XX muestra que el partido que pregonaba Lenin –aquel señor que pretendía inyectarle conciencia revolucionaria al proletariado- sirve para tomar el poder, aunque no para conservarlo y mucho menos para hacer una revolución social.


A pesar de su sabiduría comunista, la vanguardia bolchevique reprimió al proletariado ruso, no supo oponerse al ascenso de la burocracia y acabó entregando la revolución a un dictador sanguinario. Asimismo, el intelectual de que hablaba Gramsci resultó ser orgánico no a la causa de los obreros, sino a la de los partidos totalitarios que pretendían actuar en su nombre. En cuanto al análisis hegemónico, me parece eficaz para razonar sobre las contradicciones en el campo enemigo, pero no para fundamentar una política alternativa.


El socialismo del siglo XXI -si es que todavía podemos emplear esa palabra tan desprestigiada- hay buscarlo en las luchas de los trabajadores mismos, en sus reivindicaciones y en sus sueños, más que en las políticas de los Estados. Respetamos los logros de la revolución cubana –su sistema de salud, educación y vivienda, su gran capacidad de recuperación económica, así como su lucha heroica contra el bloqueo económico-, pero no encontramos ahí un modelo a imitar. Respetamos, también, los esfuerzos del comandante Chavez, su valiosa batalla contra las políticas neoliberales, pero creemos más en los experimentos autogestivos de los trabajadores venezolanos que en la retórica oficialista sobre el pretendido “tránsito al socialismo”.[23]


El coordinador de Unión Nacional de Trabajadores, Orlando Chirino, denuncia que consorcios internacionales de China, Rusia, Irán y también de la muy sudamericana Argentina súper explotan como nunca la mano de obra venezolana y pregunta: “¿no es este el inicio de la hipoteca a la revolución? ¿Acaso hay unas multinacionales buenas (las de los gobiernos amigos de Chavez) y otras malas”?[24]


En México –un país devastado por el neoliberalismo, la corrupción y el abrazo asesino del imperialismo norteamericano- los movimientos sociales se encuentran en la defensiva, después de la embriaguez revolucionaria de 2006. Aun así, atisbos de una política alternativa reticular y federalista se perciben en la rebelión zapatista y en la que encabeza la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). El énfasis de sus corrientes libertarias en la comunalidad y el colectivismo indio hereda las intuiciones de Ricardo Flores Magón y también la gran tradición del socialismo antiautoritario mundial.[25]


Nuevos aires agitan el continente. Nuevos pesadillas quitan el sueño de los gobernantes. La disyuntiva no es entre revolucionarios y reformistas, tampoco entre movimientos sociales “verdaderos” y “falsos”, sino entre quienes pretenden reproducir hasta el infinito la tragedia del comunismo y quienes buscamos nuevos caminos.


Ya es tiempo de abandonar las camisas de fuerza ideológicas del siglo XX. Es claro que las descripciones de los falansterios que nos proporciona Fourier -detalladas hasta lo absurdo- o el moralismo de Proudhon no nos conciernen demasiado. Sin embargo, su obra presenta aspectos éticos y políticos que son plenamente actuales. Aun cuando no ofrecen soluciones inmediatas, su proyecto, sustituir al gobierno de los hombres la administración de las cosas, no es una quimera, ni es ajeno a los problemas del mundo actual. Y sobre todo nos recuerda que el socialismo no se proclama por decreto, sino que es el producto de la acción autónoma de los trabajadores.





[1] Es la pregunta que plantea Guillermo Almeyra, “¿Socialismo del siglo XXI?” La Jornada 14 de enero de 2007.

[2] Véase en particular: Ricardo Flores Magón, “El pueblo mexicano es apto para el comunismo”, Regeneración, 2 de septiembre de 1911, http://www.laneta.apc.org/magon/aptopara.htm

[3] José Carlos Mariategui, “Programa del Partido Socialista Peruano”,
http://www.marxists.org/espanol/mariateg/prog-psp.htm

[4] Carlos Lanz Rodríguez, “Venezuela ¿Cuál Socialismo?”,
http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=38807

[5] Moisés Moleiro, El ocaso de una esperanza. La tragedia de los bolcheviques rusos, Vadell Hermanos Editores, Caracas, Venezuela, 1999, pág. 12.

[6] Véase, en El Manifiesto del Partido Comunista, la sección sobre la literatura socialista y comunista.

[7] Charles Fourier, Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales, Editorial Barral, Barcelona 1974.

[8] Walter Benjamin, París capital del siglo XIX, Opere complete, tomo IX, Giulio Einaudi Editore, Turín, 2000, pág. 7.

[9] C. Fourier, El falansterio, http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/falansterio/indice.html

[10] C. Fourier, “Aviso a los civilizados respecto a la próxima metamorfosis social”,
http://classiques.uqac.ca/classiques//fourier_charles/ordre_subversif/texte_3_avis/fourier_avis_aux_civilises.pdf

[11] A. Breton, “Ode à Fourier”, incluida en: Roberto Massari, Fourier, Erre Emme Editore, Roma, pp. 109-115.

[12] Pedro José Proudhon, ¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno, Editorial Proyección, Buenos Aires, 1970 (primera edición en francés, 1840), pág. 19. Hay edición electrónica: http://www.eumed.net/cursecon/textos/proudhon/index.html

[13] Op. cit., pág. 248.

[14] Para un análisis de la deuda intelectual de Marx con Proudhon, véase: Pierre Ansart, Marx y el anarquismo, Barral Editores, Barcelona, 1972.

[15] Carlos Marx y Friederich Engels, La sagrada familia, Juan Grijalbo Editor, México, 1967, pp. 96, 97 y 106. En un trabajo de 1865, escrito en ocasión de la muerte de Proudhon, Marx seguía definiendo ¿Qué es la propiedad? un trabajo “de importancia epocal”. Véase: http://www.marxists.org/archive/marx/works/1865/letters/65_01_24.htm

[16] Para un análisis de la participación de Proudhon en la revolución de 1848, véase: Daniel Guerin, Ni Dieu ni maitre, Anthologie de l’anarchisme, tomo I, pp. 59-84; también D. Guerin, Proudhon Oui & non, Éditions Gallimard, París, 1978, pp. 165-193.

[17] P. Ansart, op. cit., pág. 227.

[18] Citado en: Daniel Colson, “Proudhon et le syndicalisme revolutionnaire”, http://raforum.apinc.org/article.php3?id_article=3475

[19] P. J. Proudhon, La capacidad política de la clase obrera, op. cit.

[20] C. Marx, carta a J. B. Schweitzer, 15 de enero de 1865. En: Miseria de la filosofía, op. cit., pag. 193.

[21] P. J. Proudhon, El principio Federativo,
http://www.geocities.com/labrecha3/principiofederativo.html

[22] Para un recuento de estos experimentos y su importancia en el mundo actual, véase: Paolo Coluccia, Il tempo…non è denaro! Riflessioni sui sistema di scambio locale e sulle banche del tempo, Biblioteca Franco Serantini, Pisa, 2003. Con respecto a América Latina, se puede consultar: Euclides André Mance, Redes de colaboración solidaria. Aspectos económico-filosóficos: complejidad y liberación, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2006.

[23] Argenpress, “Comenzó el tránsito hacia el socialismo, afirmó el presidente Chavez”, http://usuaris.tinet.org/medicuba/med042.htm

[24] "Los que luchamos por la autonomía sindical no somos contrarrevolucionarios", entrevista a Orlando Chirino, coordinador de la UNT, http://www.espacioalternativo.org/node/2044

[25] Sobre el concepto de comunalidad en el movimiento indígena oaxaqueño, véase: Benjamín Maldonado, La comunalidad indígena,
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/comunalidad/comunalidad.html



*Ponencia presentada en el Seminario Internacional de Pensamiento Crítico. Teoría y praxis política latinoamericana. La estrategia de la izquierda en el Siglo XXI, auditorio Alfonso Caso, Universidad Nacional Autónoma de México, 24 de octubre de 2007. Extraido de http://www.selvas.eu/DossXXISec2.html