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jueves, 30 de agosto de 2012

Los jacobinos surrealistas* x Alain Jouffroy

NOTA DE EL ANTICRISTO: Di con Alain Jouffroy mientras leía el tratado político de Michel Onfray Politica del Rebelde. Allí Onfray elogia el texto de Jouffroy De l'individualisme révolutionnaire´(Sobre el individualismo revolucionario). Alain
Jouffroy es un tardio miembro del grupos surrealista de paris liderado por Andre Breton. Jouffroy fue un activo participante dentro de las revueltas del mayo del 68 ademas de poeta y escritor. Para una biografía sobre su vida y obra ir aqui a el artículo sobre el en wikipedia en idioma francés. 

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“Durante el intervalo que separa a esta guerra de la anterior, el concepto de libertad que había destellado con un brillo y un prestigio extraordinario en los días de la revolución Francesa, en la misma Francia estaba ahora en proceso de desconocerse y de perderse”.
André Breton, Arcane 17 , p.113.

¿La revolución surrealista no es acaso la gran revolución jacobina del siglo XX? Hace diez años la comparé con la revolución de 1917. Esta comparación que era provocante, por no decir fuera de lugar, se ha considerado exagerada: es al observar el rol de los jacobinos durante la revolución francesa que las intenciones y acciones surrealistas pueden medirse con mayor precisión. En el mismo sentido que Louis Aragon nombró en 1925 al “proletariado del espíritu” (1), el surrealismo, que se ha autodenominado “el comunismo del genio”, al introducir de manera sistemática los métodos y el lenguaje revolucionario en el ejercicio de todas las facultades intelectuales, en todo caso ha creado un movimiento irreversible. Todavía hoy en día esta mezcla explosiva escandaliza: nunca se le perdonará a Breton el haberla posibilitado. Pues en verdad se admite que los surrealistas hayan sido “grandes escritores”, poetas, provocadores o aún víctimas del orden social, suicidas o enfermos mentales, pero nadie se atreve todavía a defenderlos hasta el final por aquello que querían ser: verdaderos revolucionarios, o más exactamente: – individualistas revolucionarios – como lo fueron los jacobinos.
La descendencia jacobina se evidencia desde la aparición, el 1º de diciembre de 1924, del primer ejemplar de La Revolución Surrealista , en que la célebre frase de Aragon en Une vague de rêves , se produce en la cubierta: se trata de llegar a una nueva declaración de los derechos del hombre y algunos meses después, el 15 de julio de 1925, en que al tomar la dirección de la revista André Breton, a la altura del 4º número escribe sin temblar en el artículo editorial: “… estamos decididos a acabar de una vez por todas con el antiguo régimen del espíritu…” de este modo vemos cómo desde el comienzo mismo del surrealismo, aparece la revolución francesa en el trasfondo. Y no dejará de hacerse presente como el telón de fondo privilegiado de las declaraciones y textos más importantes de Breton hasta los últimos años de su vida; como punto de referencia y última medida de toda su acción, de todo su resplandor .

La “Pasión de tener razón” 

Desde el primer manifiesto colectivo que firmaron en octubre de 1925 con los marxistas de la revista Clarté , los surrealistas declaraban: “Nosotros somos la rebeldía del espíritu, consideramos la revolución sangrienta como la venganza del espíritu humillado por vuestras obras. Nosotros no somos utopistas; no concebimos esta revolución más que en su forma social”. Victor Crastre es quien relata el primer encuentro de los comunistas del grupo “Clarté” con los surrealistas: “al caer la noche en la tienda de la calle Jacques Callot, lugar convenido de la cita, Aragon pidió desde un comienzo que se cerraran las cortinas de hierro: “el barrio infestado de comerciantes de telas no es seguro (2)”. El objeto de estas reuniones en las que el orden del día se fijaba con anticipación y en que los socios se comprometían a guardar total secreto, era una revista común que nunca apareció, denominada La guerre civile .
Los encuentros que tuvieron lugar mucho más tarde (1935-1936) en el café de la alcaldía de la plaza Saint Sulpice, entre el “grupo Sade” dirigido por Breton y el “grupo Marat” encabezado por Bataille, estuvieron marcados también por la misma voluntad intransigente y por discusiones todavía más violentas. En todo caso, para los surrealistas de 1925 está claro que la “idea de la revolución es la mejor y más eficaz salvaguardia del individuo”: la misma conclusión del manifiesto La révolution d'abord et toujours que Artaud firmó con Breton, Aragon, Crevel, Leiris, Desnos, Ernst, Eluard, Masson, Péret y Soupault. Yo no se si en ese momento las decisiones se tomaban por mayoría o por unanimidad, pero se sabe que en estas reuniones de la calle Fontaine, así como en aquellas del Café Cyrano, Plaza Blanche, reinaba una atmósfera muy eléctrica en la medida en que la pasión de tener razón animaba a todos sus protagonistas.
Esta pasión, por sí sola, purificaba todo. En la Declaración del 27 de enero de 1925 los surrealistas afirman: “Nosotros hemos unido la palabra surrealismo a la palabra revolución únicamente para mostrar el carácter desinteresado, desapegado y aún del todo desesperado de esta revolución”. No se trata de salud pública, pero el desinterés revolucionario preconizado por los Jacobinos como la virtud más necesaria para la victoria se pone muy concientemente de manifiesto en la declaración. La violencia subversiva está asociada a ésta, como la espada a la balanza de la justicia: “Nosotros somos especialistas de la rebelión. No existe un medio de acción que no seamos capaces de utilizar cuando sea necesario”.
Los surrealistas no se refieren en este caso a la ley sino a la propia libertad confundida con la ley suprema, suspendida como la guillotina que cortará ante sus ojos todo lo que se eleve contra ella. Por otro lado los surrealistas retomarán en sus manifiestos: Abran las prisiones, licencien al ejército, no hay crimen de derecho común (3) la célebre frase: “No hay libertad para los enemigos de la libertad”, como si se les atribuyera pura y simplemente a ellos mismos. Citarán de nuevo esta frase en 1936, con el fin de denunciar a Gil Robles, “el hombre del fascismo español”, de quien exigen que sea arrestado en Francia.
En estas frases la ideología jacobina no funciona como un modelo para los surrealistas, sino que permanece por encima de su propio pensamiento, como un doble inconsciente y muy escondido de sus propias exigencias.

La calle de París, los Estados generales 

Lo que los surrealistas quieren de verdad es que estalle la revolución en Francia: harán todo lo que esté en su poder por ello, pues están “bien decididos” “a hacer una revolución” que como lo hemos visto, no es solamente del “espíritu” sino desde 1925 “social”.
“Hasta 1925 –escribirá Breton en 1952– es asombroso que la palabra revolución, en lo que tiene de exaltante para nosotros, no evoque en el pasado más que la Convención y la Comuna. Uno se da cuenta por la manera en que la utilizamos, que somos más sensibles a los acentos que ha tomado en la boca de Saint-Just, de Robespierre, que a su contenido doctrinal. Esto no quiere decir que la causa de los revolucionarios del 93 o del 71 no la volvamos íntegramente nuestra (4)”.
Pues nunca, en ningún momento , Breton y sus amigos han querido limitar su acción a la literatura, a la poesía ni tampoco al mundo de las ideas solamente. Pero la desgracia histórica ha querido que nunca se apoyaran en ninguna forma política real y que el partido comunista se comportara con ellos de la manera más limitada y sectaria.
Los Jacobinos conversaban todas las tardes entre las 5 y las 10 de la noche en el Club del Faubourg Saint-Honoré, pero Le Journal de la montagne no era el único que les hacía eco; toda Francia los escuchó y la propia Convención acabó por responder a su voluntad, pues hablando en nombre de todos, agitaban una mayoría revolucionaria que transformó todo el país, por no decir a toda Europa. Por lo tanto no existe ninguna medida común entre éstos y los surrealistas, que también se reunían todas las tardes en el mismo sitio, El Cyrano y que fuera de esto abrieron una Oficina de investigaciones en la calle Grenelle, que junto con el club estuvo abierto al público durante un poco más de tres meses, desde el 11 de octubre de 1924 al 30 de enero de 1925, día en que decidieron cerrarlo. Sin embargo no puede dejar de descubrirles similitudes secretas; desde esa confianza común que tenían en las discusiones y en las reuniones cotidianas, hasta en ese deseo constante de captar la voluntad de los desconocidos y de convencerlos a unirse a la acción inmediata.
Del mismo modo que la palabra de Robespierre era escuchada más a menudo entre los Jacobinos que en la Convención, aún en los días del 94 que tramaron su caída antes del 9 thermidor, y así como la palabra de Saint-Just fue muchas veces determinante en las decisiones del Comité de Salud Pública, la palabra de Breton y sus amigos, más que la escritura y los textos , ha creado el campo magnético permanente del surrealismo: ese mismo campo en que se ha desplegado la acción cultural más subversiva que se haya ejercido en Francia a partir de exigencias aparentemente “literarias”. En ambos casos el desbordamiento que ha transformado la “palabra” en acontecimiento tuvo lugar; por lo tanto desde un punto de vista histórico y aunque los resultados no son inmediatamente comparables, se debe reconocer que a pesar de su permanente voluntad de restauración y de la complicidad que encuentra todavía hoy en las casas editoriales, periódocos y revistas, el “antiguo régimen del espíritu” ha sido puesto en peligro irreversiblemente por la revolución inaugurada en 1924. En realidad no es (contrariamente a lo que dicen los pequeños termidorianos del surrealismo) una “historia terminada”, puesto que esta revolución no deja de descubrir cada año nuevos enemigos tanto en el nivel teórico como en el práctico que define la ligazón poesía/revolución (que repite cambiando de términos la ligazón clásica filosofía/revolución). Breton y los surrealistas se han “apropiado integralmente ” de la causa de los revolucionarios del 93 porque una asombrosa similitud en el comportamiento individual con respecto a la sociedad futura los empujaba, del mismo modo que a sus antecesores, a provocar la aceleración de los acontecimientos mediante la palabra y los escritos. Por lo tanto existe una identificación semiconsciente de los surrealistas con los Jacobinos, y si ésta ha reforzado a Breton en sus exigencias y clarificado su táctica personal con relación a otros grupos de intelectuales revolucionarios, no le han evitado ciertos errores de tolerancia ni la soledad de la incorruptibilidad: su grandeza, que no deja de perpetuar la luz única de Robespierre y de Saint-Just, reside en esa temeridad para afontar todos los escollos y en esa tranquilidad ostentosa con respecto a la posteridad.
Cuando en el año 2016 se publique la correspondencia de Breton, del mismo modo que hoy se publican los archivos de la revolución del 89 y de la Comuna, nos asombrará el rol múltiple y tal vez desmesurado pero siempre digno, que jugó Breton en sus relaciones con todos aquellos que lo han abordado, criticado, insultado, amado y aplaudido. El que Breton haya pedido un término de 50 años para publicar sus cartas, correspondía a una medida de prudencia destinada a proteger a todos aquellos que han verificado su inmensa capacidad de comprensión, la cual estaba en relación directa con su capacidad de rechazo. Las contradicciones de tipo político o sentimental que lo han podido dirigir y también a veces extraviar se inscriben en una misma trayectoria: la de un hombre que ha desesperado de todo y que a pesar de ello ha esperado lo imposible. Por ejemplo nunca ha dejado de creer que una revolución era susceptible de cambiar por fin a Francia y como muestra de esto tenemos lo que dijo en su última entrevista publicada: “sea lo que sea yo pienso que si aquí –en este país en particular– la situación empeorara considerablemente, la izquierda sería llamada a renacer de sus cenizas. Confirmé esto al asistir hace algunas semanas a dos emisiones televisadas muy bellas, parte del programa titulado La Terreur et la Vertu . Yo creo que ni una película como El Acorazado Potemkin deje a los espectadores más temblorosos. Calculé el número de espíritus jóvenes que guardarían la huella de estas películas y me persuadí de que nada estaba perdido. Los nombres de Robespierre y de Saint-Just, así como el de Fourier, Flora Tristan, Delescluze y Rigault, no han dejado de sonar bajo las calles de París, aunque por ahora estén cubiertos por un rumor de rebaños (5)”.
Para Breton no hay duda de que la corriente que pasa de los revolucionarios del 93 a aquellos del 71, sigue pasando en Francia por medio de los surrealistas, y que no es la misma corriente que hizo posible 1905 y 1917 en San Petersburgo. El surrealismo, tal como él lo escribió, sigue siendo esa pasarela por encima del abismo (6) que permite transmitir la corriente hacia las generaciones futuras (los “espíritus jóvenes” que “guardan la huella” y que hacen que “nada esté perdido”).
En 1931 los surrealistas querían que uno leyera: “La Mettrie, Young, Rousseau, Diderot, Hobach, Kant, Sade, Laclos, Marat, Bobeuf”, dejando de leer: “Schiller, Mirabeau, Bernardin de Saint-Pierre, Chénier y Madame de Staël”.
En 1943 cuando Breton escribía Arcane 17 en el Canadá, coloca en el mismo nivel de los aventureros del espíritu a aquellos que han considerado al hombre sin contemplaciones, exigiéndole conocerse profundamente o lo han puesto en mora de justificar sus “pretendidos ideales”: Paracelso, Rousseau, Sade, Lautréamont, Freud”, pero también… “Marat, Saint-Just” y refiriéndose a estos dos últimos nombres, añade: “la lista de este lado sería larga” (7).
Breton denuncia en Arcane 17 la enseñanza de la historia de Francia, tal como se ha practicado en las escuelas de la tercera República, tomando en primer lugar la falsificación del rol histórico de Robespierre. “Abajo Robespierre, además Louis XVI era un buen rey, aunque un poco débil (sic), pero el verdadero héroe nacional seguirá siendo venerado en la persona de Napoleón: esas eran las ideas generalmente imborrables, que la República Francesa dejaba que se le inculcaran a los niños, que en su inmensa mayoría no pasarían de la Primaria” (8). Por el contrario, tal como lo corroborará 10 años más tarde en Entretiens , por primera vez plantea aquí con mucha claridad que su acuerdo con el espíritu de la revolución de Robespierre y Saint-Just es completo y sin reserva: “Afirmo que hay un espíritu dentro de la grande y verdadera tradición Francesa que jamás hemos dejado de reivindicar, de hacer nuestro: el que se hace presente en los cuadrenos de los estados generales y que anima los decretos del 93; aquel que inspira, a través de las fluctuaciones de intereses en un problema y otro, tanto al movimiento de Port-Royal como a la Enciclopedia, que suscita a Benjamin Constant y a Stendhal, y que imprimió su marca característica al movimiento obrero a lo largo del siglo XIX”.
El rigor excesivo
Uno de sus principales poemas será titulado por Breton precisamente Los Estados Generales , escrito el mismo año que Arcane 17 . Aunque en este poema nunca hace alusión directa a la revolución Francesa, con el fin de marcar la continuidad perfecta de una revolución a la otra, evoca por segunda vez al viejo Delescluze de la Comuna yendo hacia las barricadas de Château d'eau y haciéndose matar el 25 de mayo de 1871 (9). Además, Sade, cuyo testamento recuerda Breton, hace parte del linaje: “Rousseau, Diderot, Holbach, Kant, Sade, Laclos, Marat, Babeuf”; linaje que prefigura al que precede a la comuna y que va a conducir desde el mismo pensamiento corrosivo y agitador de Lautréamont y de Rimbaud hasta el propio surrealismo. En el Second Manifeste de 1930, ¿acaso no se preguntaba como asegurando de antemeno la respuesta?: “¿Sade, en plena Convención, no se comportó como un contrarrevolucionario?” Entonces precisaba: “demasiados bribones (palabras que Robespierre utilizaba para señalar a los mismos que conspiraron su caída), están interesados en esta empresa de asalto espiritual para que yo los siga en ese terreno. En el campo de la rebelión ninguno de nosotros debe tener ancestros”. Para Breton este es el momento –1930– de revocación general de todos los valores y el momento de máxima duda con respecto a los hombres. Por ejemplo considera absurdo y lamentable que Robert Desnos se tome por lo que no es: “De todos modos qué idea más infantil: ¡ser Robespierre o Hugo!, todos los que lo conocen saben que esto es lo que le impide a Desnos ser Desnos”. Es cierto que Breton no se toma por Robespierre, pero se pregunta toda la vida quién puede llegar a ser, a quién puede frecuentar. El que Desnos responda al instante en términos del Comité de Salud Pública: “Con las primeras revueltas partirá hacia Coblence”, está dentro de la misma lógica de la acusación hecha por Breton. El hombre que escribió en ese mismo momento esta frase inolvidable: Yo persigo ser considerado un fanático y que después nos repite a su muerte que él busca el oro del tiempo ; el mismo que había decidido acabar con el antiguo régimen del espíritu y buscaba junto con Aragon lograr una nueva declaración de los derechos del hombre , evidentemente no podía ceder a la presión de los argumentos de la debilidad o la facilidad; que él haya provocado la exclusión de un cierto número de sus mejores amigos no es más incomprensible que los procedimientos de los Jacobinos al tachar a los amigos de su propio Club.
Un rigor excesivo crea un clima excepcional sin el cual, a falta de urgencia, todas las decisiones tomadas en común darían pie a cualquier impugnación, aún a la más fútil. Se ha compadecido a Danton, convirtiéndolo –antes de Mathiez– en una víctima de la “hipocresía” y “dictadura” de Robespierre del mismo modo que se ha compadecido a Desnos y Artaud; sin embargo habría bastado luchar y no ceder frente a las injusticias que podía cometer Breton, para que él mismo terminara aceptando su equivocación; ha aceptado su error con Desnos y Artaud, del mismo modo que con Victor Brauner y Matta. Guardando las debidas proporciones Robespierre también debió percibir ciertos errores suyos, especialmente en lo que concierne a la credulidad que demostró frente a las acusaciones de Fabre d'Eglantine contra los Herbertistas. Breton no estaba exento de esas debilidades y la carta de denuncia de una comparsa lo podía impresionar más que la impertinencia espontánea de algunos amigos suyos.
Breton se equivocaba con relación al carácter de unos y otros (por ejemplo Politzer) y si la “violencia expresiva” le parece a posteriori , tal como a los otros, “fuera de proporción con la desviación, error o falta que pretenden corregir”, incrimina no solamente el “malestar del tiempo”, sino también “la influencia formal de una buena parte de la literatura revolucionaria” (y cita en una nota: Miseria de la filosofía , Anti Dühring , Materialismo y Empirocriticismo , etc. (10), olvidando extrañamente, por esta vez, la violencia en la expresión de los revolucionarios del 93, la de Robespierre y Marat).
Tal vez existe una excepción al jacobinismo intransigente de Breton: su desconocida admiración por Benjamin Constant. En el primer Manifiesto escribe que “Constant es surrealista en política”, y si se recuerda que el famoso adversario de Napoleón que se sentía jacobino en 1792 escribió a comienzos del Directorio (1796) un folleto titulado De la force du gouvernement actuel de la France et de la necessité de s'y railler que se daría a conocer por entregas en el Moniteur de París un poco antes del arresto de Babeuf, veremos claramente su oportunismo. Más espectacular aún es su oportunismo en 1815, que comenzó con dos artículos violentos contra Napoleón el 11 y el 19 de marzo, cuando este último acaba de desembarcar de la isla de Elba. Su fuga consecutiva hacia Nantes donde quería embarcarse y después su regreso a París donde aceptó una invitación del Emperador, que lo encargó de la redacción del acta adicional a las constituciones del imperio y lo nombró consejero de estado. Esta oscilación entre el rechazo y la aceptación, este replanteamiento perpetuo de las decisiones y opciones ideológicas, ¿acaso no era, secretamente, para Breton, la actitud política ideal? El excesivo rigor del fundador del surrealismo, que lo llevó a privarse de algunos de sus amigos cuya estrella brillaba con más fuerza, estaba compensado a menudo por la ternura y la indulgencia extremada con todos aquellos que amaba. Al analizar cuidadosamente estos cambios frecuentes de actitud y la cantidad de reconciliaciones con aquellos que combatió más violentamente (Bataille en particular), podría concluírse sin duda alguna en el jacobinismo Constantiano de Breton. En cuanto a mí se refiere, estoy íntimamente convencido de que su muerte en 1966 –antes de mayo del 68 y la invasión de Praga– nos privó de algunas de las sorpresas más grandes que nos tenía reservadas en todos los planos. “Prestarse a los cambios insensibles que se dan en la naturaleza moral como en la naturaleza física” era para Breton, como para Constant, la única ley de gobierno que reconocieron. Pero él no quería más que un “derecho”: “el derecho exigente, el único, aquel que presidía los actos de la convención de 1793 (11)”, y del cual esperó hasta el final que surgiera una justicia nueva. 

De la imposible “Guerra Civil” a la imposible “Coblenza”

“Hay que poner el terror en el orden del día” decían los jacobinos. Breton y los surrealistas soñaron en enero de 1926, con una revista que se llamaría La Guerre civile . Victor Crastre, su secretario de redacción, no recibió más que cuatro textos (un ensayo de Breton, un artículo de Aragon, algunas páginas de Péret y de Leiris), que no fueron suficientes para editar el primer número. Crastre cuenta cómo con el fin de editar la revista hubo una reunión en casa de Breton, que estuvo precedida por muchas reuniones en el Cyrano , donde tomaban “whisky, ginebra, alcoholes nacionales y el aperitivo “mandarín” entre muchachas y celestinos, traficantes de coca y gentes de teatro, músicos de establecimientos nocturnos, bailarinas del “Moulin Rouge”, auténtico público popular , único aceptable para los “enemigos de la cultura burguesa”, en tanto mezclados con el “lumpen””. Los surrealistas leían, discutían, redactaban comunicados, –en esa atmósfera ruidosa por donde pasaban a menudo bellas mujeres– del mismo modo que los jacobinos tomaban decisiones levantando las manos en presencia de un público que concurría todas las noches a sus reuniones, en las cuales, dicen, el alcohol jugaba un papel nada despreciable. En 1790, en estado de agitación eléctrica, David, “pálido de entusiasmo” aceptó en el club de los jacobinos realizar el proyecto de un cuadro monumental destinado a celebrar el juramento del Jeu de Paume . Los surrealistas han renovado esta fiebre. Durante los meses que precedieron a la serie de discusiones sobre La Guerre civile , Marcel Fourrier, director de Clarté , había logrado controlar con su amigo Camille Fégy, la página literaria de la “Humanité”, a pesar de Barbusse. En esta página se editaron textos –únicos en la prensa de ese tiempo– defendiendo por ejemplo la provocación organizada por Breton y sus amigos en la Closerie des Lilas en el banquete de Saint-Pol-Roux. Sin embargo las columnas del diario del P.C. no apoyaron durante mucho tiempo a los surrealistas, aunque todo tiende a confirmar que Breton hizo lo posible por establecer una mayor unidad de acción entre los surrealistas y los comunistas: el paso de Boris Souvarine de miembro del buró político a la oposición del partido, así como el rol marginal y de oposición a medias de la revista Clarté , no favorecieron en ninguna medida la realización concreta de esta unidad.   No obstante se podía concebir aquella unidad en forma distinta al puro y simple abandono de la posición surrealista por los mismos surrealistas (12). El dogmatismo del partido impedía que la acción revolucionaria surrealista “se hiciera oír por el gran público”; caso contrario al de los jacobinos de las organizaciones políticas sobre las cuales pretendieron ejercer su influencia: la Comuna, la Convención y los diecinueve Comités. Considerando las obvias diferencias sociales, históricas y políticas, no deja de ser cierto que la actitud de los surrealistas con relación a las organizaciones políticas revolucionarias de la época, fue también la de un club independiente , que entusiasmado por la pasión de la justicia y de la libertad, buscaba realizar o en su defecto, estimular las decisiones concretas más favorables a la revolución. El que no hayan encontrado un interlocutor a la medida de sus exigencias no puede imputárseles, a pesar de todo lo que dijo Pierre Naville en el momento y de todo lo que se ha dicho después. Aunque desde un principio mantuvieron una posición idealista y subjetiva, concientemente y con arrogancia, era con el fin de marcar el carácter “desinteresado y aún totalmente desesperado” de su revolución, tal como lo dijeron en la Declaración del 27 de enero de 1925 . El brusco cambio que ocurrió en menos de un año, del idealismo absoluto al materialismo dialéctico, según propia confesión de Breton, se llevó a cabo “con demasiada precipitación”. Pero era justo que los surrealistas no cedieran todo el terreno conquistado a un control burocrático: el individualismo revolucionario era la única actitud coherente que podían oponer a la voluntad general de reducción y subestimación que afrontaban. Breton no lo formuló en estos términos; pero ¿cómo dejar de ver que es este mismo jacobinismo, fuente histórica del individualismo revolucionario el que le permitió no soltar la presa en ese momento a cambio de la sombra que Stalin echaría sobre la revolución rusa?

En A la bonne heure , texto escrito en 1953, Breton adopta las conclusiones del Comunismo de Dionys Mascolo citando: “No hay intelectual comunista posible, pero tampoco hay intelectual anticomunista posible, cada cual debe resolver esta contradicción por sus propios medios” (13). Además por errores de impresión de la edición hecha por Marguerite Bonnet, la segunda frase se saltó, lo cual llevó a la impresión por separado de la errata, lo que refuerza especialmente el impacto de estas “conclusiones”. En efecto, siguiendo la lógica más elemental del “sentido común” no se puede ser a la vez “individualista y social”, aunque así fueran, después de los Jacobinos, todos los intelectuales revolucionarios que no han confundido sus exigencias políticas con la fe ciega en un partido, o en el secretario general de un partido. Esta contradicción que Breton tuvo presente hasta su muerte, es la que impide la “normalización” de toda práctica política revolucionaria del individuo. Los jacobinos, exceptuando a Buonarotti, finalmente han sido víctimas de su intransigencia, y los mismos bribones conocidos que concurrieron al asesinato de Robespierre y de Saint-Just; todo el pequeño mundo que se remueve desde Tallien hasta Barras, pasando por Fréron, su acólito ruín, jamás supieron hacer otra cosa que tratar de ensuciar (como los autores de Cadáver ) a su propio creador. ¡Qué espléndidos hombres cayeron bajo sus golpes! Evidentemente es imposible comparar a Desnos, Limbour o Vitrac con los termidorianos de derecha: se habrían situado con gusto del lado de Billaud –Varenne y de Collot d'Herbois, y tal como lo sugiere el mismo Desnos en su artículo sobre el Second Manifeste , ellos acusaban a Robespierre-Breton de doble juego más que de crueldad revolucionaria: “Más burgués que ninguno, él tiene la palabra revolución en la boca, no porque le salga del corazón sino porque es un trozo demasiado difícil de tragar para el débil gaznate que su frágil estómago vomita. Breton es el tipo de personaje que vive de la idea revolucionaria y no de la acción”. “Con los primeros levantamientos partirá a Coblenza” es una afirmación, que como hemos visto sumerge a Desnos en la atmósfera de 1793 y 1794, más que en 1930. Pero en la actualidad son los neo-termidorianos de derecha los que tratan de desacreditar toda la aventura surrealista, en la cual no participaron más que pálidamente y claro está con todo el apoyo necesario de los numerosos enemigos comunes del surrealismo y el comunismo. Vivimos en 1973 una especie de Directorio sin guerra de Italia y sin Bonaparte, en que los raros sobrevivientes de la revolución surrealista no aspiran más que a vender sus memorias o editar sus obras completas, cuando contrariamente a Prévert, Mandiargues y Gracq, no encuentran una distancia individual en la meditación lírica y la fidelidad más clarividente. 

La amistad de las “Leyes Infames” 

“…no hay más moralidad que la moralidad del terror, ni más libertad que la implacable libertad dominadora”.
Louis Aragon, La Revolución Surrealista . Nº 2, 15, Enero 1925. 

La voluntad que manifesté de no censurar la antigua amistad Breton-Aragon me ha convertido en blanco de bajos insultos por parte de ciertas publicaciones reaccionarias, aunque de su bien conocida amistad sean testigos no solamente sus obras sino también las acciones conjuntas que llevaron a cabo: uno tiene derecho a evocar la ruptura Breton-Aragon y a tomar partido entre las dos, pero el tabú que sigue en pie y que se quiere expulsar de la historia cueste lo que cueste, es la complicidad y el pacto que hubo entre los dos. Al referirme a obras de hace medio siglo ( Le mouvement perpetuel , publicada en 1925, fue escrita entre 1919 y 1924), pareciera que se cometía sacrilegio al subrayar el carácter ejemplar de esta amistad, que únicamente las maniobras y diversos chantajes de los dirigentes del P.C. lograron romper.Esta amistad no se transformó en declarada hostilidad, sino después del comunicado de L'Humanité del 10 de marzo de 1932, en que Aragon denunciaba como “objetivamente contrarrevolucionarios” los ataques de Breton en el folleto Miseria de la poesía . En este folleto que Breton nunca volvió un libro y que merece por sí solo un estudio particular, aunque la crítica poética de fondo iba dirigida contra Frente Rojo , Breton tomaba la defensa pública de su amigo contra las leyes infames que se le aplicaban a Aragon en ese entonces, para lograr su exculpación en un proceso que lo exponía a cinco años de prisión (14).
El rompimiento parece haber tenido su origen en una nota de pie de página en que Breton traía a cuento las afirmaciones de un miembro del Comité Central (Y.F. posteriormente excluído del P.C.) que sólo podía conocer con esa exactitud de boca del mismo Aragon. Estamos alejados de las guillotinas y del tribunal revolucionario, pero tembién en 1794 una nota al pie de página podía romper dramáticamente las amistades: ¿cuánto tiempo después del 9º thermidor podía sobrevivir la amistad que unía a Robespierre y a Saint-Just? A veces los detalles más pequeños pueden conformar riesgos inmensos, en que los jugadores no juegan concientes del todo los roles que se les atribuyen.
En este caso la afirmación que Breton sacó a relucir se relacionaba con el amor y revelaba la estupidez y la mala fe de una “idiota” lo cual molestaba a Aragon por su rol de agente de enlace que los surrealistas le habían confiado con relación al P.C. Esto explica que en el momento que Breton le leyera las pruebas del texto Miseria de la poesía Aragon le haya pedido la supresión de la nota de pie de página. En cuanto a sus relaciones de entonces con Aragon, Breton dice: “entre aquellos que se comprendían mejor, una brecha infranqueable iba a abrirse”. Ahora bien, si él hace caer la responsabilidad del rompimiento sobre Elsa Troilet, quien tomó la iniciativa de viajar con Aragon y Sadoul a la U.R.S.S. y también sobre Sadoul que escapaba por este medio a investigaciones policiales en Francia, Breton precisa: “tal como lo conocía entonces, Aragon jamás habría intentado hacer algo que pudiera separarlo de nosotros”. Por el contrario hizo todo lo posible después de retornar de la U.R.S.S. para continuar siendo su amigo inclusive “retractándose públicamente” tal como Breton se lo pidió. Pero después de tantos días de discusiones y tensión contínua, esa nota de pie de página no “podía pasar” y: “Aragon se opuso formalmente; esa era una afirmación hecha al interior del partido que por lo tanto no podía hacerse pública. Como yo insistí en mi intención de no tener compromiso alguno en ese sentido, Aragon me hizo saber que la inserción de esa frase en Miseria de la poesía haría inevitable nuestra ruptura” (15). Exactamente en este punto las dos versiones divergen: Aragon cuenta que frente a su exigencia Breton había contestado: “Que ésto no valga” y tachó con un lápiz azul y rojo la frase incriminada. Después Aragon caminó desde la calle Fontaine hasta el inmueble en que vivía en la calle Campagne-Première y la portera le entregó un paquete al comenzar la escalera –una vez roto el sobre, el interior del paquete contenía un ejemplar del folleto editado (y por lo tanto imposible de corregir).
Este litigio no se tranza sin disponer de pruebas y no veo la forma de conseguirlas, a menos que se hiciera una investigación sobre el día y la hora del encuentro de Aragon en casa de Breton, junto con otra investigación acerca del día y la hora en que salió Miseria de la poesía . Pero estos dos hombres estuvieron demasiado cercanos y su pacto fue demasiado sincero y demasiado profundo para que el pretexto de la ruptura que los separó definitivamente, algún día no se analice históricamente con precisión e imparcialidad.
Por el momento todo lo que se puede observar es que una errata sin corregir se encuentra en el texto en cuestión y que este único lapsus implica un cierto nerviosismo o precipitación en un hombre tan escrupuloso y atento a cualquier error, como era Breton; lo cual no me impide estar de acuerdo con él, contra Aragon: en un país como Francia las afirmaciones imbéciles, aún si han sido dichas por un miembro del Comité Central por quien no se tendrá más que un interés relativo en considerarlo, deben publicarse por lo menos para favorecer o acelerar su exclusión. Nadie ha estado jamás interesado en esconder la criminalidad latente de la tontería: el indigno período staliniano que por entonces comenzaba, no hizo más que confirmar los pensamientos de Breton, y si a fin de cuentas Aragon reconsideró todo este caso de manera favorable para su gran amigo de la juventud, tal vez no sería pertinente comparar su actitud con la de Babeuf que después de aprobar a los thermidorianos, pronunció su “autocrítica” desde diciembre de 1794, en el Tribuno del pueblo . Después de 200 años en Francia no deja de asistirse a una crisis general de confianza con respecto a las actitudes políticas que caracterizan la vida de los intelectuales: la mayoría de las veces depende de una capacidad de ver, de mirar de frente los propios juicios erróneos. Nada es comparable en momentos históricos tan alejados y en circunstancias sociales tan diferentes: que la U.R.S.S. no es Francia en 1972 ni en 1932 es cierto, pero la historia se ha convertido en algo tan pesado y asfixiante que ha tocado esperar más de 30 años para que Aragon vuelva a hablar en sus textos amistosamente de Breton. Sin duda alguna existen abismos históricos en los cuales se buscará siempre en vano el fondo.
En cuanto a mí se refiere, siempre recordaré a Breton confiándome que había soñado cada noche con Aragon, durante varias semanas después de su ruptura del 32. La primera vez que visité a Aragon en 1967 recuerdo que me mostró la primera nota que le había mandado Breton, pegada en la pared y frente a la cual se sentaba a escribir en su apartamento de la calle Varenne. Hágase lo que se haga y cualquiera que sean los errores de unos, siempre incomparables a los de otros; aunque la verdadera amistad entre dos hombres se rompa, siempre guarda esa transparencia que exaltaba hasta tal punto a Saint-Just, que la querría consagrar en un templo. Las disensiones más violentas que desgarraron a los revolucionarios del 93 y del 94 los conducían a la muerte, mientras que las de los surrealistas no llegaban más que a silencios cortados por insultos: yo considero que esos silencios jugaron el papel de guillotinas mentales, puesto que más de una vez han interrumpido la mayor aventura revolucionaria que puede vivir un hombre: la que consiste en provocar las más bellas tempestades de la historia con algunos amigos. Los verdaderos amigos, que según me escribía Breton en 1966 se cuentan con los dedos de las dos o de una mano, pienso que nos han dado el ejemplo más puro y más arriesgado: los Jacobinos perseguidos hasta 1800, condenados a muerte como Topino Lebrun en 1801, mediante complots fomentados por la policía del primer Cónsul, esos jacobinos que habían sido jurados del Tribunal revolucionario o miembros de los Comités. Que algunos de ellos hayan cometido faltas imperdonables –tal vez era inevitable enviar inocentes y revolucionarios a la muerte. Pero el silencio que guardó Saint-Just desde la interrupción del grotesco Tallien el 9 thermidor y su perfecta dignidad hasta en el patíbulo, dominan desde muy arriba el desenfreno de los “bribones” que lo hostigaron junto a su amigo Le Bas, que lo siguió voluntariamente a la muerte, lo mismo que Agustin Robespierre que se suicidó por su hermano.
Las dos “horneadas” de 21 y 71 guillotinados que ensangrentaron los días 10 y 11 thermidor no hicieron más que interrumpir después de dos siglos, una revolución que falta completar integralmente en Francia. Es imposible, tanto aquí como allá, que la belleza de ciertas actitudes excepcionales no eclipse todo lo que ha podido comprometerlas o contradecirlas. 

El terror gris 

Dicen que los Jacobinos “fracasaron”… y que los surrealistas también. Entonces, qué decir del constante fracaso de sus enemigos, del cretinismo o de la triste debilidad de los petimetres, de los realistas, qué decir de la ceguera y de la pedantería de los falsos historiadores, de los cientificistas de todo tipo que se atreven a juzgar desde la altura de su ignorancia imperdonable –la de aquellos que publican un pastiche de Rimbaud por uno ciento (16) – ¿decir que es una empresa que tendía, nada menos que a eliminar completamente toda clase de porquería intelectual de la superficie de nuestro planeta? ¿Con qué derecho se atreven a decidir, el día y la hora en que según su corta perspectiva y sus pequeños intereses el surrealismo se habría frenado? Temiendo la persistente rivalidad de su poder oculto, prefieren verlo morir el día que rompieron con él y, por ejemplo, no dudan hacerlo morir 20 años antes que su fundador. Ciega mezquindad: tú no podrás cretinizar por mucho tiempo aquellos que oyen, aquellos que ven, todos los otros que verán. Breton ha denunciado algunos de esos tramposos, como “asociaciones de malhechores”, así como Robespierre –acusado de dictadura por esos mismos que jugarían a los tapetes rojos para aprobar la coronación de un emperador–. Los distinguía entre todos como aquellos que si él hubiese sido el tirano que ellos denunciaban, se habrían arrastrado sedientos de oro hasta sus pies : traidores y oportunistas. Breton declaraba que la imprudencia con que los más insignes charlatanes y falsarios se apropiaron de los principios de Robespierre y de Saint-Just (17), testimonia la alteración que sufre toda toda gran idea “desde el mismo instante en que entra en contacto con la masa humana, pues deberá adaptarse a toda clase de espíritus diferentes al que la originó”. Hoy en día vivimos la época de esta degradación, de esta alteración general . Los “eminentes practicantes” que como “la Corday, Tallien, Napoleón Bonaparte y el Señor Thiers” limitan la libertad “a tiempo”, como si fuera una “enfermedad del crecimiento” (18), se multiplican de nuevo por todos lados como ratas o más bien como gallinazos. En el campo de la crítica, como en el de la historia y la política, sus émulos del presente quieren legislar en el territorio de los más grandes aventureros del pensamiento: “aquellos que han tomado al hombre sin contemplaciones”, y allí se rompen las alas. Breton profetizó en 1942 “el retorno del padre Duchesne” en un texto en que imita perfectamente la escritura hablada de Hébert. Una profecía de este tipo tomará el tiempo que quiera para realizarse, pero no ha sido pronunciada en vano: mayo de 1968 ya la mostró desacreditando de una vez por todas el mito de cualquier autoridad (aún “marxista”) que quisiera por ejemplo impedirnos seguir hasta el final el movimiento de esta frase : “¡pero joder! mira la calle, es suficientemente curiosa, equívoca, suficientemente protegida y sin embargo ella va a ser tuya, ella es magnífica! (19)” –la calle en donde lo imposible puede ocurrir: por ejemplo, el hecho de morir y vivir al mismo tiempo: sí, como Delescluze. 

El gran terror
“Yo considero de suma importancia continuar los actos de terror que los surrealistas han ocasionado”.
Max Ernst (20) 

El individualismo revolucionario que se opone tanto a cualquier centralización como a toda dictadura –vencerá un día a la policía de las ideas fijas y de los conceptos, o la libertad morirá con él… En vísperas de la última guerra, en 1939, los surrealistas firmaban un comunicado de la F.I.A.R.I. titulado: ¡ABAJO LOS DECRETOS LEYES, ABAJO EL TERROR GRIS! En 1972 las Bastillas no solamente siguen de pie sino que se construyen otras: “modelos” del género. Hoy en día, tal como en 1925, “la idea de revolución es la mejor y más eficaz salvaguarda del individuo”.
En su conferencia en la residencia estudiantil de Madrid del 18 de abril de 1925, Aragon declaraba: “Ustedes van a reír y considerar una burla que gente sin poder alguno, que no son nada, sin plata, sin hipocresía, hablen de repente sobre la revolución y adopten desde un comienzo el tono y todo el aparato mental del Gran terror . Sin embargo, este hecho sin precedentes en la historia humana es el que acaba de unir a aquellos que no se creían más que en ese solo vínculo, la poesía, y en cierto gusto por lo insensato (21)”.
Debe comprenderse que sin esta referencia explícita, provocante, subrayada e insistente, a la Revolución Francesa y al terror, el surrealismo no habría podido dominar con todo el largo de sus alas, una época de mediocridad, de prudencia pequeño burguesa y de estupidez. Ya es tiempo de medir la actualidad y la pertinencia del surrealismo. Censurar la voluntad revolucionaria de los Jacobinos surrealistas será en vano, pues ellos han llenado para siempre la poesía de una misión subversiva, y los individuos están interesados en realizarla hasta el final, a menos que quieran ser desposeídos de todos sus derechos conquistados desde hace ya casi 200 años.     

Traducción: Roberto Franco. 

(*) “Les jacobins surréalistes”. Texto extraído de De l'individualisme révolutionnaire , Ed. 10/18, París y publicado en su traducción castellana en la revista «ECO» nº 228, Bogotá, oct. 1980. Extraido del internet de http://www.archivosurrealista.com.ar/Paris44.htm

(1)  En “Clarté”, 1925.
(2) En Le drame du surréalisme , por V.Crastre, Editions du temps, 1963.
(3)  En La révolution surréaliste , nº 2, 15-I-1925.
(4)  Entretiens , p. 119-120, Editions Gallimard.
(5)  En Perspective Cavalière , entrevista de Dic. 10, 1964. Ediciones Gallimard, 1970. (Debe notarse con respecto a Delescluze, que en el Concejo de la Comuna hizo parte de los que llamaban precisamente los Jacobinos ). Las emisiones de televisión antes citadas son de Stella Lorenzi y de Alain Decaux.
(6)  En el Segundo manifiesto del Surrealismo .
(7)  Arcane 17 , Coll. 10/18, 39
(8)  Idem, p. 42.
(9)  En Signe Ascendant , Coll. Poésie, Gallimard p. 66 Cf. “Dictionnaire de la Commune” por Bernard Noël, p. 118-119, Hazan edit. 1971.
(10)  Cf. Advertissement pour la réédition du Second Manifeste (1946).
(11)  En Martinique charmeuse de serpents en colaboración con André Masson, Editions Sagittaire, París, p. 77.
(12)  En relación al escrito de Victor Crastre, El drama del surrealismo , André Breton escribe que él “supo mejor que cualquier otro despejar la atmósfera de esta época” (Cf. Entretiens , p. 121).
(13)  Perspective cavalière , p. 28.
(14)  Miseria de la poesía , “El caso Aragon frente a la opinión pública”. Ediciones Surrealistas, 1932.
(15)  La afirmacion –con la errata– era la siguiente: “ustedes no persiguen más que complicar las relaciones tan simples y tan sanas del hombre y de la mujer”. Apuntaba a un texto de Dalí titulado “Rêverie”, publicado en La Revolución Surrealista nº 4. (sic) [En este punto, el autor se confunde de publicación: se trata, no de La Revolución Surrealista , sino de El Surrealismo al Servicio de la Revolución ; y el texto de Dalí mencionado, apareció en el nº 4 de esta última (diciembre de 1931, págs. 31-36) –Archivo Surrealista ].
Cf. Entretiens , p. 161-168.
(16)  Cf. Flagrant délit , Coll. Libertés. J.-J. Pauvert, 1964.
(17)  En Prolégomènes á un troiséme manifeste, ou non.
(18)  Arcane 17 , p. 114.
(19)  En Prolégomènes á un troiséme manifeste, ou non.
(20)  En Varietés , p. XV, junio 1929.
(21)  Texto de la conferencia de Aragon, en el tomo II de L'œuvre poétique , Livre club Diderot, 1974.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Andre Breton: El Amor Loco x Fernando Buen Abad Domínguez


A Patricia.

No he conocido a ningún hombre que tuviera mayor capacidad de amor, mayor poder de amar la grandeza de la vida, y no se entenderían sus odios si no fuera porque con ellos protegía la cualidad misma de su amor por la vida, por lo maravilloso de la vida. Breton amaba igual que late un corazón. Era el amante del amor en un mundo que cree en la prostitución. Ese es su signo.

Marcel Duchamp


(…) je n"ai pas connu d"homme qui ait une plus grande capacité d"amour. Un plus grand pouvoir d"aimer la grandeur de la vie et l"on ne comprend rien à ses haines, si l"on ne sait pas qu"il s"agissait pour lui de protéger la qualité même de son amour de la vie, du merveilleux de la vie. Breton aimait comme un cœur bat. Il était l"amant de l"amour dans un monde qui croit à la prostitution. C"est là son signe1.» M.D.

¿Hay lugar para el Amor Loco2 en el Socialismo? ¿Al cambiar la sociedad, cambiará (mejorará) también la forma y el contenido del amar? ¿Y, a esas horas, cuando las emociones anuncien tumultos de novedades qué Amor Loco renovado habremos de aprender a reconocer en nuestras pulsiones revolucionarias? A la Revolución Socialista le es indispensable la palabra “Amor”, su praxis, porque constituye una de las fuerzas más poderosas para ayudar reconciliar a la humanidad consigo misma. He aquí una de las contribuciones más provocativas e indispensables de André Breton a la lucha revolucionaria mundial: El problema del Amor. Cursis abstenerse. “Esta ciega aspiración a lo mejor bastaría para justificar el amor tal como yo lo concibo, el amor absoluto, como único principio de selección física y moral, que puede responder de la no vanidad del testimonio y de los pasos humanos”.

Este “amor” razonado aquí, con el Surrealismo por brújula, es un precipitado de pasiones, concreto y “maravilloso”, (sólo lo maravilloso es bello) cuya dialéctica enigmática de carne y espíritu ofrece poderes exquisitos para transformar al mundo. ¿Alguien lo ha olvidado? Si se aceptara, provisionalmente, una “definición” de “amor” (y para qué sirve definir eso, piensan algunos) hay que recurrir las fuentes esenciales de la vida con su magia, sentidos, unión, elección, sorpresa, desarrollo, juego, pérdida de controles, inquietudes, locuras, derroches, provocaciones, explosiones… dolores. Y lucha de clases. ¿Alguien lo olvidó?

Hay en este “Amor” de Breton también una tensión dialéctica, de duración desigual y combinada, entre una “racionalidad” no necesariamente formal y el vertedero mayor del Deseo. Ese que es un enigma magnífico no incognoscible. Ese que es conmoción en el inconsciente y que se hace conciente a fuerza de necesidades no poco placenteras e inexpugnables a las que, dicho sea de paso, debemos nuestra existencia en medidas mayores. Ese Amor Loco que es tensión emocional entre lo posible y lo real como irracionalidad dinámica del deseo con sus revueltas y revoluciones.

No hay Amor que no sea producción humana histórica y concreta con identidad irracional y de clase que devuelve a la realidad lecciones de historia verdaderamente reales al servicio del poder emocional de los seres humanos. Y eso, a veces, nos hace frágiles… vulnerables, y no pocos han aprendido a hacer negocio con eso. Breton vio claramente, no únicamente, esa relación doble entre fortaleza y debilidad que el amor prodiga. Eso que (despojado del idealismo platónico), es un “drama” y es poesía que puede ser fuente de solidaridades humanas únicas.

Hay una cierta omnipotencia relativa en el amor que el Surrealismo identificó como bandera para orientar a una civilización que, incluso por desamor, naufraga y que al mismo tiempo tiene en el Amor Loco claves auxiliares para su emancipación definitiva. Esa contradicción se expresa en el espectro emocional de la Revolución que contiene al Amor Loco como arma pasional de orden socialista. En tal sentido el amor es un poder agresivo, tiene poder transformador… saca de los seres humanos lo mejor de sí, su imaginación y deseo, que se conjugan para transformar al mundo con una fuerza dialéctica cuya eficacia proviene de su potencia creadora y del pleno ejercicio de diálogo enigmático entre amorosos en el pensamiento revolucionario: el amor en persona. “… porque el espíritu se las ingenia para convertir el objeto del amor en un ser único, cuando en muchos casos las condiciones sociales de vida enjuician implacablemente tal ilusión” Andre Breton

Bretón supo que Amar implica, a sabiendas o no, entender el sentido de la vida y a su historicidad. Comprender otras formas concretas de conciencia hacia otras formas de relación social y otros medios y modos de acción. Amar implica reconocer erupciones emocionales desconcertantes que son creaciones del deseo con que nos sorprende la vida y su poder innovador de movimientos de liberación profunda totalizante. En escala personal, de pareja y de comunidad.

Breton entendió que el Amor Loco es un precio que se paga por instruir proceso a la naturaleza de los sentidos, proceso Surrealista, que encuentra en el Deseo su plena luz de sinrazón objetiva ante la Historia del mundo y de las emociones todas. Amar es aceptar una cierta mirada que nace de lo increíble, no sin incertidumbres, para poner en efervescencia todos los jugos del cuerpo sin que se agoten en él mismo. Amar es una impaciencia del vértigo cuyas tempestades y conmociones sensibles transforma nuestras maneras avejentadas de ver y de ser. Tal como ocurre en los periodos pre-revolucionarios o revolucionarios plenos.

Amar, si es absolutamente genuino, implica por eso el movimiento profundo de una fermentación emocional candente que trae respuestas y preguntas bajo una sensibilidad que, esencialmente, ha engendrado su hermandad natural con la Revolución Socialista. Nadie que de verdad ame puede no desear que los demás vivan esa experiencia y eso significa amor de todos entre todos. Que no conocemos en las sociedades divididas en clases. Bretón entendió que la Revolución Socialista y el Amor Loco mantienen una alianza implacable de actualidades, actualizaciones mutuas, por la dialéctica misma de la historia y aún sobre los escombros históricos sucesivos de la dialéctica política y del Capitalismo agonizante.

El Amor Loco, con frecuencia sospechosa, ha sido reducido, perversamente, al imperio del olvido. La vulgarización se ha tomado la tarea de ridiculizar cualquier espacio donde el Amor ejerza sus influjos rebeldes y se le ha robado progresivamente su lugar como contribución, no única, al conjunto de las luchas fascinantes que la humanidad sostiene como signo de un relato que no admite repliegue. El Amor Loco es una objetividad nueva, una objetivación dialéctica de las luchas contra la derrota, la huída… se ha convertido en ley sensible capaz de modificar y predisponer las mejores expresiones humanas para ofrendarlas bajo los más estaños e inesperados precedentes afectivos. No existe territorio sensible que no se someta al reino del Amor Loco, no importa qué ilusión de libertad, o que irrisorio o extenuante resulte, el Amor Loco es una síntesis de tonalidades emocionales para luchar contra la liquidación del imaginario revolucionario. Ese es su fin práctico mejor y uno de nuestros saltos cualitativos predilectos, aunque el Capitalismo haga todo para tenerlo secuestrado y escondido bajo su lógica mercantil.

El único Amor sincero bajo el Capitalismo es el Amor Loco que en su programa incluye terminar con el Capitalismo. La práctica mercantil del amor, tal como se lo conoce bajo el Capitalismo, con todas sus variables y vicios incluso matrimoniales, tiende a obstruir el poder revolucionario del Amor. Niega su dialéctica y remata en circunvalación de calenturas que, a sí mismas, se propinan la muerte, sepultan el Deseo reduciéndolo a la oferta y la demanda. Degeneran todo principio de solidaridad humana, sea cual sea. Ni las mafias confían en ellas mismas. El Capitalismo es un cáncer del Amor, su negación, porque pone al uso el uso mismo del otro como bacinilla emocional… como paja funcional “de cuerpo presente”. El amor bajo el Capitalismo es un invasor alienante, una especie de vergüenza. El amor bajo el Capitalismo es un circo ególatra de turbulencias masturbatorias e inestabilidades afectivas; se hace pasar al Amor, que es la respiración misma del espíritu, por pajerismo de ocasión donde nada merece confianza, solidaridad, durabilidad, planeación… es, esa, una de las consecuencias de la cojedera “progre” que hace pasar por “libertad sexual” el encamamiento promiscuo, genitalizado y decadente, con que se enorgullece cierta pequeña burguesía de orgasmo fordista. Cojer mucho para vaciarse rápido…en todos los sentidos. Culto a lo efímero, culto a lo ambiguo, nada de compromiso, “palo y a la bolsa”, “si te vi no te conozco”... a menos que implique conseguir dinero, negocio. Claro. Miseria del amor burgués.

El Capitalismo es una fuente inagotable de desamor, odios y miedos. Sociedades en miseria, desgarradas, donde amarse duele, cuesta y confunde. Sociedades patíbulo de las mejores emociones amorosas, sociedades de prohibición, hipocresía y explotación… los afectos que se admiten son los afectos de la mercancía, los afectos por las mercancías. El postulado fundamental de la sociedad capitalista asocia la explotación con la alienación y eso con la narcotización de los sentimientos… el Capitalismo no admite el amor como fuerza revolucionaria y emancipadora sino como elixir para embrutecerse sabroso.

Pero una de las consecuencias más dolorosas de una sociedad quebrada en su fortaleza amorosa es que muchas de sus emociones se convierten en mercancías también. Es la negación de su fuerza amorosa, la separación y extrañamiento de una fuerza que siendo propia parece de otros. En tanto la humanidad sea sometida al desamor, tan descarnadamente como lo hace el Capitalismo se podrá ver cómo efectivamente, se encuentra negada no solamente la libertad del espíritu, el fulgor de los afectos solidarios, sino también toda otra forma de libertad.

Para hacer más dolorosa la alienación el Capitalismo quiebra toda fuerza emocional que no sea amor por el dinero… amor por el trabajo para que otros ganen mucho dinero. Para ser claros. Descomposición del cuerpo emocional bajo una lucha de clases que entraña la conciencia de que no debe haber afectos entre la clase proletaria porque puede ser peligroso... el más mínimo afecto amenaza con volverse fuerza solidaria y de ahí al amor por una humanidad emancipada hay saltos rápidos. ¿Qué es la alienación? es, concretamente el hecho de que los productos del trabajo han sido arrancados a los trabajadores, eso crea la desfiguración del trabajo, convertido en actividad ajena o extraña, el trabajo y su producto no se reconocen como uno y el mismo proceso, el trabajador oprimido termina además del robo de su trabajo cercenado de toda independencia política en las relaciones sociales, entre trabajadores, que han sido victimas de la degeneración de la conciencia en un sistema inclemente de embrutecimiento y represión. Desamor puro.

Salvadas las excepciones, la vida amorosa de una sociedad alienada es una miseria de afectos mezquinos y cariños tasajeados. Constituye una negación del Amor Loco. Es en este sentido que Marx habla de deshumanización, “En tanto que el hombre no sea reconocido como tal y, en consecuencia, no haya organizado el mundo humanamente, su naturaleza social no se manifestará sino bajo la forma de alienación, siendo su sujeto, el hombre, un ser extraño a sí mismo”3 . Para Bretón el Amor Loco es siempre un triunfo humano que debería, inclusive esgrimirse como una categoría del “materialismo dialéctico”, como condición primera y necesaria del fortalecimiento y des-alienación del espíritu. El Amor Loco es entonces un logro humano que se objetiva en su expresión más grande que es la Revolución Social y amarse locamente no adquiere sentido más que a la luz de su finalidad que es reproducir al Amor en todas sus escalas mejores. Es totalmente cierto que el Amor Loco es una fuerza indisoluble de la historia, de la sociedad y la lucha de clases. Una fuerza productora de emociones fundamentales para la Revolución toda.

Sólo una revolución social íntegra proporcionará a la humanidad los medios para emancipar sus fortalezas amatorias y organizar humanamente a la sociedad, entonces pasará a ser sujeto amante con voluntad y fuerza emocional para vencer la explotación. El Amor Loco, amor nuevo será esencia humana hasta tal punto que inclusive los adversarios sentirán la necesidad de imitarla y enriquecerla… no es una utopía, no será reconciliación de clase, será el triunfo dialéctico de una fuerza todavía desconocida en sus mejores expresiones. "De cualquier manera que se conciba la relación entre el desarrollo social y la liberación del individuo, todo revolucionario debería esforzarse por realizar, al menos en su propia conciencia, la síntesis entre su deseo de liberación social y su deseo de liberación espiritual” Las razones que llevan al Amor Loco a producir insurrecciones contra la explotación no pueden ser separadas de la indignación que produce en él el espectáculo de degradación, miseria y barbarie que ha creado el Capitalismo… por eso el revolucionario conciente no debe dividir al Deseo en su sentido más amplio, pretendiendo con ellos entenderlo, sino integrarlo en una praxis del Amor Loco, complejo y amplio, con dignidad alta, si realmente se quiere llegar al fondo del proceso revolucionario y terminar con toda alienación y toda miseria.

El Capitalismo se dedica a eclipsar al amor, a degenerarlo, a fetichizarlo y amenazarlo con miseria física y social, intolerancia religiosa, ideas convencionales y finalidades funcionalistas para reproducir y cuidar hijos, propiedad privada y relaciones utilitarias, egoístas y mercantiles. Bajo el Capitalismo, la fuerza brutal de las normas, los dogmas logran alienar al amor con miseria humana física, social o espiritual. El amor termina siendo una ilusión más, un inalcanzable, un territorio de telenovelas y películas, un algo irrealizable y ridículo en manos de los pobres.

La sensación precisa que cada persona imprime al Amor Loco ayuda a los cuerpos enamorados al anudarse. Nada hay en eso de fugaz porque radica en un sueño largo que la especie humana cultiva obsesivamente como un recuerdo del futuro invisible para quien no sabe ir, o no quiere ir a esa búsqueda. Una especie de canto del inconsciente se presiente, es un entendimiento adelantado y asombroso de pasiones amorosas renovadoras de todas las energías vitales, bajo una forma de lucidez amorosa. El amor sabe descifrar los signos del cuerpo y no puede operar sin los sentidos. Sensaciones profundas con ideas profundas. No existe en ese plano la separación entre lo racional y lo sensorial. Se trata de una razón superada enriquecida más sensible, atenta a las sinrazones al caer bajo los poderes absolutos del amor bajo una tormenta que trastorna el ojo del ciclón y la vida se vuelve “convulsiva”, fascina, encarnación de la belleza absoluta. Una revelación.

El Amor Loco arrolla los sentidos, se embriaga con ellos una razón que no existe en la lógica burguesa. El Amor Loco ha de convertirse en fundamento de la especie humana que luchará para fundarse cada día, a cada momento, libre de la degeneración burguesa. El Amor Loco tiene carácter biológico cada vez más profundo en la filosofía, la poesía… es una re-afirmación de la vida bajo una afirmación dinámica de los sentidos. Es un ímpetu revolucionario que emerge de entre los gestos de quienes se aman, que son ellos mismos, esos filtros mágicos del azar en un abrir y cerrar de ojos. El Amor Loco es siempre una inauguración. Pasea al interior del ser amado para exaltarse porque hace del otro un eje de toda acción. Chispazo creador que nos confiere la conjunción del fuego bajo el agua. “En nada me he esforzado tanto como en mostrar qué precauciones y que ardides el deseo , ala búsqueda de su objeto, arbitra para navegar en las aguas pre-conscientes y, una vez descubierto dicho objeto, de qué medios, pasmosos hasta nueva orden, dispone para darlo a conocer mediante la conciencia” Andre Breton

La humanidad será dueña de sí el día en que también el Amor Loco ayude a comunicar anticipadamente sus actos Revolucionarios. Ese día existe. Todo Amor Loco comporta conjuntos de hechos torbellino que remontan lo desgarrado porque su interrogación vale la pena… tarde o temprano. Con el Amor Loco los principios lógicos saldrán al encuentro de una humanidad dueña también de sus poderes de azar objetivo que mutarán en Amor renovado con letras fosforescentes… las letras del deseo des-alienado.

No habrá Amor Loco a la ligera, sólo es preciso saber orientarse con un programa Socialista, para que construir entre todos una manera nueva de Amor como conquista revolucionaria del Deseo. ¿Cómo no anhelar que surja voluntariamente la revolución con todos nuestros amores más prodigiosos? El Amor Loco romperá toda desemejanza que existe entre el objeto deseado y el hallazgo. Al Amor Loco le es dado reconocer el precipitado maravilloso del placer para que se haga social y poderoso a la hora de transformar el mundo, devolvérnoslo sin la opacidad de lo alienante y descubrir en él poderes proporcionales a las necesidades más urgentes del espíritu. El Amor Loco, con la magnificencia de la vida, rehará su significación en todas las facetas exteriores e interiores de los seres humanos, de la manera más categórica y constante, tanto estética como moralmente; revolucionará la belleza humana y la creación, la acción espontánea, en la medida misma en que será su expresión predilecta. El Amor Loco abrirá las ventanas a lo maravilloso desconocido. El Amor Loco no servirá a otra cosa que no sea reanimar las llamas de la hoguera revolucionaria, único amor, individual y colectivo, de un ser social que de sí y sobre sí impulsa al Amor con él y hacia él dialécticamente. Lo quiso Breton así, para su hija también: “Deseo que seas amada locamente”4. Deseemos eso también para la humanidad toda, esta vez socialista.

1 Entretien avec André Parinaud, Arts, 5 octobre - 11 octobre 1966.

2 El Amor Loco: L´Amour Fou, André Breton, Librairie Gallimard, Paris Francia. 1937. Editorial Joaquín Mortiz , Primera edicón en Español 1967 México. Es una de las obras fundamentales del surrealismo.

3 http://www.articulos-boletinto.blogspot.com/

4 Breton, André, El amor loco, Joaquín Mortiz, México, 1967.

viernes, 6 de agosto de 2010

Arte y anarquía x Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo

Arte y anarquía (1989) es un documental producido por la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, con guión de Emilio García Wiedemann, que pretende ser un relato sobre las consecutivas vanguardias artísticas (postimpresionismo, expresionismo, futurismo, dadaísmo, surrealismo...) en relación con los movimientos anarquistas y en debate consigo mismos sobre el rol del artista en la transformación de una sociedad coactiva y deleznable. Imágenes de las obras de decenas de artistas y citas esenciales de manifiestos y ensayos dan forma a esta obra.

35 minutos / España / Castellano

miércoles, 14 de julio de 2010

Surrealismo y anarquismo: Proclamas surrealistas en Le Libertaire x Plinio Augusto Coelho (Comp.)

De la Presentacion "La presente obra se inicia con dos importantes ensayos sobre el surrealismo, ensayos que permitirán una mejor comprensión de uno de los acontecimientos más significativos de la vida cultural y política de Francia en la década del 50: la estrecha colaboración entre surrealistas y anarquistas, principalmente a través de la participación semanal de los surrealistas en Le Libertaire, periódico de la Federación Anarquista francesa, que se extendió durante quince meses."

Libro en formato PDF

martes, 8 de junio de 2010

Encanto, hechizo, truco: sobre el destino de la Magia en la época Tecnológica x Luis Navarro


A Jonás, para que siga creyendo en la magia

Cuando ponemos en relación conceptos como Magia y Tecnología percibimos de inmediato una suerte de choque o polarización violenta. En el mejor de los casos, tras reconocer un ámbito común de aplicación en nuestra capacidad operativa sobre los fenómenos, situamos una y otra en los extremos inconciliables de una misma línea continua. Cuando carecemos de una explicación satisfactoria acerca de un determinado fenómeno, bien porque nuestro nivel de conocimientos no abarca todavía sus dinámicas o porque contradice abiertamente nuestra percepción del mundo, lo relegamos al ámbito del pensamiento mágico, con la esperanza de que, con la expansión y acumulación del saber, acabará encontrando algún día su lugar en la región siempre creciente del conocimiento científico. Si el interrogante persiste, si se resiste a obedecer ninguna ley conocida que nos permita domesticarlo, simplemente se expulsa fuera del paradigma, se le desprestigia, se tacha a quienes lo sostienen de místicos u oscurantistas. Del mismo modo, quienes se niegan a rendirse al poder tecnológico triunfante refugiándose en la radicalidad del misterio, en la imposibilidad de fundamentación, en la inaccesibilidad del ‘noumeno’ o simple y llanamente en la ceguera de la fe, estos rechazan de forma reactiva cualquier intento de la tecnología de profanar con sus focos y sus ruidosas herramientas el dulce sueño de la noche de los tiempos. Los ánimos pueden llegar a encresparse.

Lo común es que este choque se resuelva hoy sobre el terreno de lo tecnológico, puesto que éste es el paradigma ideológico que se impone. La tecnología ha dejado de ser ese conjunto de herramientas y aplicaciones de que el hombre se sirve en su praxis vital y ha acabado por generar un entorno artificial fuera del cual resulta difícil imaginarse su supervivencia, asociada a múltiples ortopedias. Por otro lado, la tecnología ha impuesto un modo único de concebir y enfrentarse al mundo caracterizado por la instrumentalización y el control, constituyéndose en la medida de todas las cosas. Por consiguiente, no resulta extraño que en muchas ocasiones se conciba a la magia, ya que no como un territorio maldito dejado en manos de los locos o los románticos, como una suerte de tecnología del asombro, es decir, como un conjunto de técnicas, también, capaces de producir en un espectador que las desconoce ese ‘rapto’, esa perturbación del ánimo unida a la suspensión de los criterios que rigen nuestra percepción, propia de los fenómenos a los que tradicionalmente se reconocía la condición de ‘mágicos’.

La asimilación del término 'tecnología' a las diferentes 'técnicas' en su uso cotidiano, la adopción generalizada e indiscutida de un "modo técnico" de encarar el mundo, en base al cual priman los medios inmediatos sobre los fines últimos y la dominación de sus objetos sobre su asimilación comprensiva, ciegan la percepción de la tecnología como una ideología que ha asumido las mismas funciones que antiguamente ejerciera el pensamiento mágico o religioso. El problema no surge cuando reunimos las diferentes técnicas en un solo concepto para hablar de ellas en sentido genérico, sino cuando este sentido genérico se convierte en una entidad autónoma y empieza a actuar por su cuenta, como un Todo completamente distinto a la suma de sus partes. Entonces, ya no es que tal o cual técnica venga a resolver tal o cual problema, como podría ser la lucha contra el cáncer o la velocidad de mi navegador, sino que es la tecnología la que nos saca de dicho atolladero. Y cuando lo hace, se atribuye a sí misma la capacidad de hacer milagros, de realizar utopías, de ‘salvarnos’.

El prestigio creciente que ha asumido lo tecnológico en la configuración del mundo ha reducido considerablemente la presencia o la percepción de elementos mágicos o maravillosos, dado que si la tecnología nos refiere inmediatamente a cosas, instrumentos concretos y procesos que todos experimentamos a cada instante con la mayor naturalidad, la magia nos proyecta sobre hechos misteriosos, objetos inciertos, experiencias irrepetibles, lo que las hace esencialmente discutibles. La técnica es comprobadamente precisa; la magia es nebulosa por definición. Damos el título de ‘mágica’ a cualquier ruptura del orden natural de las cosas según es conocido en un momento determinado, ya medie en ella la intervención de poderes o seres sobrenaturales o simplemente la operatividad de un mago, y se haga o no con algún objeto. Cuando un procedimiento mágico alcanza de forma invariable un propósito establecido previamente pasa a formar parte, como técnica, del corpus de la tecnología, aún cuando no pueda darse la fundamentación última de por qué sucede así.

Lo que a simple vista llama la atención de esta concepción de lo mágico es su relación dialéctica con el ámbito de la tecnología. Ésta integra cuanto la magia deja escapar de su alcance. Lejos de repudiarse, ambas esferas se complementan mutuamente, pues todo aquello que permanece desconocido e inexplicado por la ciencia es reconocido como ‘magia’, y el campo de ésta adelgaza, por decirlo así, a medida que la tecnología le va ganando terreno. Un fenómeno resulta ser mágico o tecnológico según la aprehensión que puedo hacer de él. Habrá hechos que mi idiosincrasia me hará interpretar como mágicos mientras que cualquier otro forzará una explicación científica de los mismos, por improbable que pueda parecer.

Lo cierto es que habitamos de forma natural un contexto tecnológico con una mentalidad que podría calificarse de mágica, si no hubiésemos expulsado de ella toda capacidad para el asombro y la extrañeza. En realidad no “utilizamos técnicas”, sino que efectuamos rituales de efecto seguro (excepto cuando se cruza algún cable): el botón es el abracadabra, la fórmula mágica que permite la acción a distancia, la aparición, el más allá. Los números de teléfono son cabalismos secretos que hay que conocer y combinar para contactar con la persona adecuada. Existe un no-lugar donde puedo desarrollar una vida paralela, sin los defectos y limitaciones que me impone mi cuerpo. Pero pocos de nosotros podríamos dar una explicación satisfactoria y comprensible para cualquiera de qué es lo que realmente sucede. De ahí que, cuando nuestros “objetos mágicos” se averían, nos sintamos tan expuestos y consultemos al técnico con la misma disposición que al chamán. Ninguna alegoría resulta tan ilustradora al respecto como aquella "bola de cristal" ante la cual nos sentábamos en nuestra infancia, que no era sino la pantalla mediática que "todo lo controla", pero que podía ser asaltada en cualquier momento por la bruja Avería.

Todo esto resulta posible porque, en última instancia, hemos desarrollado una “fe ciega” en la tecnología. Y es desde esta confianza en algo que nos resulta tan familiar, pero que desconocemos en última instancia, desde donde exhortamos a la magia a que revele sus cartas, a que esfume el hálito de misterio y entre, con más o menos trucaje, en el suelo firme y tranquilizador de lo tecnológico. Vivimos una época que ha relegado la experiencia mágica al terreno de la ficción, cuando no de la pura y llana prestidigitación. La magia, concebida como insuficiencia de lo tecnológico, terminará por desaparecer cuando la tecnología acierte a cerrar el círculo de conocimiento y acción. En realidad ya ha desaparecido, toda vez que se le reconoce una existencia vicaria destinada a no sobrevivir, y toda vez que en el fondo, aunque no acertemos a designarlo, sabemos que siempre “hay truco”. En la época tecnológica nadie resulta tan ingenuo de conceder todavía una existencia positiva a la magia, por más que sobre su comportamiento sigan rigiendo patrones mágicos incuestionados. Y esta tendencia a obedecer patrones mágicos de forma automática no decrece, sino que se amplía a medida que la tecnología se hace más pregnante.

Debió haber algún momento en que toda situación humana se producía en un medio que podríamos calificar como 'mágico'. La mirada del niño, el modo en que éste experimenta y se explica el mundo, actualiza esta misma estructura. Al no disponer todavía de criterios firmes y regulares sobre los que asentar los contenidos de su experiencia, todo se presenta ante la conciencia del niño como maravilla, escapando constantemente al nexo causal y a sus frágiles esquemas. Y la explicación de todo debe siempre buscarse en 'otro' mundo, ya que ni siquiera hay uno que le sirva de contorno. Llamaré encanto a esta experiencia inocente a la que todo le habla, y lo hace en un lenguaje que precisa ser construido sobre el terreno, por más que seamos conscientes de que no todas sus manifestaciones resultan ser encantadoras. Pueden ser terribles, como corresponde a una conciencia desnuda expuesta a tantos peligros y contradicciones sin el apoyo de un cifrado previo. Lo característico de este tipo de experiencia, incluso en sus expresiones más diabólicas, es que es fundacional y reveladora: fundacional por que funda el encuentro de la conciencia con sus objetos, y reveladora por cuanto suele ilustrar el significado de este encuentro, atendiendo a la construcción de un sentido que sigue siendo provisional todavía, pero perentorio. Por otra parte, no existe en el encanto, tal y como aquí lo estamos representando, un agente manipulador de los fenómenos o de la conciencia que los experimenta. No existe el mago, ni el chamán. Todavía no existe tampoco el sacerdote. Todo sucede como si el azar fuese cobrando forma por sí mismo y conformando al mismo tiempo la conciencia de quien lo sufre de forma irrevocable.

Cuando 'este mundo' empieza a perfilarse, a definir sus límites, a desvelar un rostro desencantado sometido a normas y resistencias, surge en el sujeto de la experiencia la necesidad o el sueño de romper su lógica, de trascender, de producir milagros y maravillas en un sentido que le permita operar sobre él y dominarlo. En el fondo de este tipo de conciencia subyace la idea de que quien ha sido capaz de crear el mundo a partir de su experiencia será también capaz de recrearlo a su antojo. La magia, esa apertura inocente al mundo y sus fenómenos, se tiñe de intención. Se tiñe de blanco, en la práctica de los chamanes y de los curanderos, en los ritos de fertilidad y de exorcismo; se tiñe de negro, en manos de brujos y emperadores, en los rituales vudú o en las misas satánicas. Aparece aquí la figura del mediador, de alguien que conoce las “ciencias ocultas” o mantiene una relación privilegiada con los seres de otro mundo, ya sean dioses o propiedades magnéticas. Llamaré hechizo a esta forma desencantada de experiencia mágica para distinguirla de la anterior, aunque la palabra hechizo se utiliza a menudo como sinónimo de ‘encantamiento’. También suele atribuirse este vocablo a cierto estado de posesión amorosa que podría tener cabida dentro de este encuadre. El hechizo, ya se apoye en poderes diabólicos, magnéticos o sexuales, se diferencia radicalmente del encanto por cuanto supone un conocimiento previo que permanece oculto a la mayoría, y por cuanto busca producir un efecto favorable a los intereses de alguien. Su fin es la dominación, ya sea de la mayoría ignorante por parte de la minoría iniciada, ya sea de la naturaleza que no se pliega a mis deseos.

Existe cierta continuidad entre el anhelo de poder de esta mentalidad mágica desencantada, empeñada en forzar el decurso natural de las cosas y las personas, y el milagro realizado de la tecnología, hasta el punto de que cabría decir que ésta ha absorbido toda nuestra capacidad de asombro y de creencia. El “hilo rojo” de dicha continuidad se manifiesta ya en la Europa Moderna con la teoría y la práctica de los magos naturalistas del Renacimiento: Paracelso, Agrippa, Ramon Llull o el propio Roger Bacon, a quien se reconoce la paternidad del método científico. Aun cuando estos magos cifraban todavía su capacidad para intervenir en los acontecimientos, dominándolos, en el conocimiento y obediencia de la leyes de la naturaleza, reclamaban ya para su actividad el estatus científico, toda vez que, como señalaba Della Porta en su escrito canónico Magia Naturalis (1558), no necesitaban recurrir a la acción de seres o potencias sobrenaturales para producir resultados que, para una conciencia moderna todavía en ciernes, podían pasar aún por maravillosos.

Con todo, no renunciaban al aura mistérica del mago, portador de conocimientos no accesibles a todos y de poderes especiales “sobre las energías y facultades de la naturaleza”, imagen que contaba con una amplia tradición en la línea del neoplatonismo y que se remonta hasta los presocráticos, cuando todavía no se ha producido la división entre esferas del conocimiento y el filósofo debía ser a la vez matemático, físico, moralista y transmisor del principio fundamentador de las cosas. Tal es el caso de Empédocles, más conocido en su época como taumaturgo que como filósofo natural, o de Pitágoras, quien además de realizar aportaciones definitivas a las matemáticas desarrolló toda una doctrina mística sobre los números de la que se convirtió en su principal profeta y sacerdote. Mil años después el propio Newton, que estableció las bases de la mecánica moderna y se atribuyó el descubrimiento de la ley de la gravedad, realizó profundas y convencidas investigaciones en campos tan dudosos como la transmutación alquímica de los elementos y la búsqueda del elixir de la vida, y dio en un primer momento una explicación animista de su famoso principio gravitatorio no muy distinta de la del referido Empédocles, quien habló del amor y el odio entre los cuerpos celestes como motor fundamental del movimiento y responsable de la consistencia del mundo material.

Cierto que, en general, nos estamos refiriendo a una época en que los condicionantes religiosos para el conocimiento eran todavía muy fuertes. Si la ciencia se desarrollaba, lo hacía dentro de una imagen del mundo fuertemente marcada por creencias de este orden, y la tentación de hacerlo al margen de ellas era fuertemente reprimida, como supieron bien Galileo o Bruno. Cierto, también, que la ciencia moderna no ha desarrollado todavía en torno a sí una tecnología. Aunque existen las técnicas, todavía no se ha conformado una ideología tecnológica, que no queda establecida como marco absoluto de referencia hasta bien entrado el siglo XX, una vez completado el proceso de secularización ilustrado. Es cuando la ciencia despliega todo su poder durante los enfrentamientos bélicos que jalonan el pasado siglo cuando la tecnología se hace reconocer como ideología de nuestro tiempo. Pero la ciencia como idea y su método se abren paso en Europa, en un primer momento, con el puro propósito de conocer (no de dominar el mundo) y las técnicas, en cuanto aplicación del método científico, se desenvuelven dentro de los límites piadosos de la obediencia a las leyes de la naturaleza, y a ser posible sin chocar de frente con el mundo sobrenatural. Pero en esta visión naturalista de la magia, y en la referencia a los poderes ocultos que invisten al iniciado, existe ya el germen de una ciencia vertida por completo hacia su dimensión práctica, empeñada en dominar interesadamente el curso de las cosas y las personas.

La tecnología se ha vuelto capaz de producir efectos con los que no soñaban nuestros antepasados más crédulos, aquellos que leían a Julio Verne y cifraban en el proyecto de Ilustración, extendido a todos los campos, la esperanza de una mayoría de edad y de una liberación para el género humano. Liberación del miedo y la superstición, de la dominación del hombre por el hombre, de las enfermedades de la carne y de la inmensidad sobrecogedora del mundo. Es discutible que la tecnología, como marco de referencia en el que vivimos, haya aportado grandes avances en todos estos campos. Como los caducos dioses, no sólo se ha convertido en el vehículo de toda esperanza: también ha sabido infundir miedo y respeto con su capacidad definitiva de destrucción. Ha sabido convivir y adaptarse al modo de pensamiento mágico basado en el hechizo: uno puede hallar en internet aplicaciones para consultar el I-Ching o los signos rúnicos, y crecen por doquier las utopías apocalípticas, cargadas ahora de una estética de ciencia-ficción. Lejos de democratizarse, la tecnología no ha dejado de desarrollar innovaciones que multiplican sus capacidades de un año para otro, distribuyéndose desigualmente entre las poblaciones en función de intereses muy marcados. Y a medida que somos liberados de las antiguas infecciones, emergen nuevas alergias, inmunodeficiencias, enfermedades misteriosas en las que muchos cifran el tránsito evolutivo que está por suceder. Los científicos más avanzados, obligados a enfrentarse a los límites de su campo específico de conocimiento, reconocen problemas irresolubles de fundamentación que les obligan a ceñirse a una especie de behaviorismo tecnológico: somos capaces de formular cómo funcionan las cosas, pero no de decir lo que son, ni por qué funcionan así. A medida que crece el radio de nuestro conocimiento se engrandece el círculo de nuestra ignorancia.

Pese a ello, seguimos esperando todo de la Tecnología, de la Trinidad Sagrada conformada según los sabios por la Biotecnología, la Nanotecnología y la Infotecnología, que abanderan el futuro cambio de paradigma. Soñamos ser inmortales gracias a la tecnología, y hay quien dice que esto empezará a ser posible cuando todos podamos guardar en nuestro congelador un tarrito de células madre. Pero ¿de qué me sirve remediar mi desgaste celular si cualquiera puede acabar conmigo con el último ingenio desintegrador de moléculas para robarme la cartera? ¿O cuando puedo perecer joven y sin culpa en una incursión bélica o un atentado terrorista llevado a cabo gracias a las últimas tecnologías?

La tecnología, como ideología que afirma que no habrá problema que no encuentre su solución técnica (ni, implícitamente, ningún horror imaginable sin una expresión factible), se ha hecho depositaria de la Buena Nueva y del Juicio Final. Pero no sin que para ello haya sufrido nuestra experiencia un cierto desecamiento de la ilusión, relegada ritualmente al ámbito escénico como ilusionismo, ya que comprendemos que, en el fondo, todo obedece a un sencillo truco. Somos capaces de contemplar sin conmovernos los espectáculos más asombrosos; nos confiamos sin reserva, con sonrisas impostadas, a los Poderes Supremos; la belleza asalta en cascada nuestros sentidos hasta perder su sentido; el horror, que no nos mata, nos alimenta (no sentimos ya aquel escalofrío). Y hemos obviado a la esperanza porque suponemos, de antemano, el futuro. Hemos aprendido a decepcionarnos antes que a ilusionarnos. La maravilla cruza ante nuestros ojos a toda velocidad, sin dejar posos ni estela. Cuando todo resulta factible, cuando basta soñar algo para que el mercado lo ponga ante tus ojos en tres dimensiones, resulta difícil detenerse en el encanto del descubrimiento.

La magia no existe, pero la tecnología promete mucho más. Pero hay algo que queda por el camino en ese tránsito del encantamiento al hechizo y de éste al truco, algo que tenemos que rebuscar en la mirada del niño o, si somos aún capaces, en aquella experiencia originaria que daba forma a nuestro mundo con sus tabús y sus mitos. Es algo que todavía nos asalta, como si no reconociese su exilio, cuando lo hace también la incertidumbre o cuando por cualquier motivo se nos rompen los esquemas. Esfinges del camino que, pese a tantas y tan concretas respuestas, nos descubren desnudos, improvisados, locos. La modernidad ha disparado la fragmentación del conocimiento, los cambios de paradigma, la renuncia a la metafísica, y todo su desciframiento nos abandona a un abismo de sentido, a una desmotivación total. Nuestra experiencia del mundo pudiera estar atravesando por un proceso que Walter Benjamin analizó a propósito de la incidencia de la reproductibilidad técnica en la recepción de las obras de arte, una suerte de desauratización de consecuencias ambiguas. Hablaríamos, entonces, de una desauratización del mundo en base a la experiencia tecnológica que tenemos de él.

Benjamin define el aura, a propósito de la contemplación de las obras de arte, como “manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda hallarse”. Su caída, relacionada con la aparición de técnicas de reproducción de imágenes cada vez más sofisticadas, venía a suponer la pérdida del valor cultural de la obra de arte, de su profundidad y de su engarce con la tradición (es decir, gran parte de su sentido) en favor de su mero valor exhibitivo. Benjamin se esforzaba por enumerar los aspectos positivos del proceso, dado su carácter inevitable: la autonomía de la obra respecto de su contexto de producción, la accesibilidad de las masas y su consiguiente democratización, la constatación de una nueva dimensión social para el arte que se sobreponía a su antigua dimensión religiosa y autoritaria… Pero, en última instancia, toda la obra de Benjamin constituye una llamada de atención acerca de la necesidad de reencantar la experiencia, sea a través de estrategias alegóricas que llenen el vacío dejado por el símbolo, sea a través de un tipo de iluminación profana que no aspira ya a la revelación de la totalidad, sino que se ajusta a la naturaleza fragmentaria y dislocada de nuestra percepción moderna.

Lo que una desauratización tal comportaría en relación con nuestra experiencia del mundo sería algo mucho más grave. En el supuesto de que pudiese llevarse a cabo completamente supondría la pérdida de profundidad de toda experiencia, arrastraría consigo las fuerzas de la imaginación e implicaría la renuncia a toda construcción posible de un sentido que no viniese dado exteriormente. La restauración del encanto de nuestra experiencia del mundo se convierte en una labor tanto más urgente cuanto más improbable parece. Improbable porque no puede pasar por encima de un modo de vida tecnológico que ha impuesto su norma como condición de vida, ni puede recaer en la forma desprestigiada del hechizo, cuyas manifestaciones degradadas se imponen hoy a la conciencia como publicidad, mercancía o nuevas tecnologías. En definitiva, no puede asumir ningún tipo de regresión, ni vivir en un estancamiento que la amenaza de forma definitiva.

La crisis total, anunciada desde hace meses por las fuerzas vivas de la economía, desde hace años por ciertos visionarios con puntos de vista radicales, puede acabar manifestándose como una crisis más honda de conciencia que dispare un cambio cultural. Unos y otros saben, aplicando a ello su conocimiento científico o su intuición, que no se trata de una crisis del modelo, sino de una crisis de modelo. No es un proyectil desbocado ni un loco suelto: algo falla en los cimientos del edificio. Nuestra concepción del mundo, los fundamentos de nuestra experiencia, el valor y el sentido de las cosas habrán de ser revisados. Cuando ya nadie reniega del desarrollo tecnológico, que ha imprimido a nuestro mundo la velocidad que nos impide bajarnos de él, parece que todos los grandes problemas hunden sus raíces en ese mismo desarrollo: agotamiento de los recursos energéticos, calentamiento, dispersión de artefactos destructivos que convierten a los ejércitos en cínicos "misioneros de la paz"... Pero quizá se nos pasa por alto un problema de naturaleza más radical, un problema de fondo que permite que afloren los demás y produce la impotencia para afrontarlos: la pérdida de autenticidad de nuestra experiencia anegada en el flujo de simulacros, la eliminación perfecta de un "mundo real" sobre el que posar los pies, el desprestigio de lo maravilloso y el reinado suplantador de lo insólito, la atomización de la imaginación en miles de fantasías recurrentes, sin capacidad operativa, que resultarán muy útiles a la hora de clasificar las frustraciones, la ausencia de discursos integradores que doten de sentido nuestro bregar cotidiano. Ésta es la situación que hace de la rebelión en el plano sensible una cuestión radical, y ya no un añadido colorista sustentado por vanguardias periféricas, en el fondo satisfechas de su papel, porque están satisfechas de lo demás.

La reivindicación de la ampliación de la experiencia, de su apertura ingenua a lo maravilloso posible, ya no se alza contra el aburrimiento condicionado ni se regodea en su creatividad mesiánica: es cuestión de vida o muerte cambiar los modos de relación entre individuos, y de éstos con el mundo. El deseo ignorado se ha vuelto necesidad.

extraido de http://www.gruposurrealistademadrid.org/luis-navarro-encanto-hechizo-truco

domingo, 6 de junio de 2010

Hacia una experiencia colectiva del dormir no enajenado x Vicente Gutierrez


“Mis datos acerca de la vida onírica de grupos Senoi de diversas edades indican que el sueño puede llegar a ser, y sin duda es, el tipo más profundo de pensamiento creativo. Al observar las vidas de los Senoi se me ocurrió que la civilización moderna podría estar enferma porque la gente se despojó, o frustró él desarrollo, de la mitad de su capacidad de pensar. Tal vez la mitad más importante"

Kilton Stewart

“El poeta venidero superará la idea deprimente del divorcio irreparable del acción y del sueño”

André Breton

Es innegable que la vida cotidiana se enriquecería en gran medida si se lograse integrar en ella todo lo relacionado con el sueño. El motivo principal reside en la relación existente entre los sueños y algo tan esencial para el ser humano como el deseo de libertad. Porque el sueño acapara más de la cuarta parte de nuestra vida y a veces más de la tercera, y sin embargo el tiempo que se invierte en el dormir, para la dominación actual, es y debe seguir siendo un tiempo muerto. A mi entender, esta represión del impulso onírico es una mutilación en toda regla. La cuestión del soñar pues, debe ser tomada seriamente. Claro que encontramos numerosos obstáculos a la hora de afrontar tal cuestión. A pesar de las investigaciones realizadas durante estos dos últimos siglos, la cantidad de cosas que seguimos desconociendo acerca de los sueños es inmensa. Por si esto fuera poco nos enfrentamos también a la lamentable confusión que revolotea en torno al término “soñar”. Sus connotaciones son diversas y en algunos casos antagónicas. Hay una especie de tendencia a relacionar el fenómeno onírico con el soñar ilusorio que se produce durante la vigilia. Y aquí no puede nacer más que una contaminación entre dos modos de ser: entre la imaginación desencadenada en los sueños y el pensamiento ilusorio fomentado, por ejemplo, desde los medios de comunicación. No olvidemos que una de las numerosas estrategias de la dominación ha consistido en sustituir el pensamiento imaginativo por históricas formas concretas de ilusión, supeditando pues, el uso de la imaginación al uso de la ilusión. Otro obstáculo que impide una experimentación plena ya fue señalado por André Breton y tiene que ver con la culpabilidad en el sueño. Existe la creencia de que hay algo en los sueños que debemos esconder a toda costa, lo que los confina, en la mayoría de los casos, al terreno estrictamente individual. Breton lo denominó: el muro de la vida privada. Y en este sentido no dudó en criticar el temor pudoroso del mismísimo Freud a la hora de escribir acerca de sus propios sueños, por miedo quizá a ser objeto de perversas interpretaciones. Ese muro nos impide, entre otras cosas, compartir los sueños y dar el salto a la experiencia colectiva del soñar. Los sueños pasan a formar parte de la vida íntima. Pero el gran obstáculo que frena toda posible experimentación es sin duda el principio de realidad: la existencia del trabajo asalariado, que ocupa casi toda la existencia de los individuos.

A mi entender, no hay fenómeno más misterioso, más intenso que el del sueño. En esos agujeros olvidados de la vida vive la vida. En ellos, hay un más allá en el que puede caber el universo entero en sus estadios pasado, presente y futuro. También es evidente que en ellos generamos un modo distinto de pensar. Pero podemos ir aún más allá; Lawrence Lessing sugirió que existe un nivel más profundo de actividad onírica dentro del llamado sueño profundo en el que aflora un nuevo pensamiento, de índole más abstracta, diferente del que aparece en los periodos REM durante el sueño ligero y, por supuesto, diferente también del pensamiento llamémosle “convencional. Los psicoanalistas, por ejemplo, ven en el sueño una regresión protectora a un estado que puede dar lugar a un tipo de pensamiento poético que recupere la inocencia inicial y provoque una extrañeza aún más acusada de los sentidos. Por si esto fuera poco, en el sueño, el individuo adopta una relación distinta para con los demás; se desarrolla una relación entre individuos en la que no intervienen las formas convencionalizadas de la moral y la estética.

Sin embargo, en nuestra civilización los sueños solamente ejercen acción en un terreno evaporadizo. El hombre ha supeditado sus sueños al descanso. Esta es la devaluación de la actividad onírica. Por desgracia, en nuestras sociedades el cuerpo ya no extrae su valor de ser portador de los sueños. Y sin sueños no hay gratificación integral en la experiencia de la vida. Es indudable que el modo de vida actual arrastra consigo una separación brutal entre el sueño y la vigilia; se ignora la sedimentación que se produce en nuestro inconsciente. Y aquellos que plantean una distribución del dormir diferente a la comúnmente aceptada son rechazados, o aceptados pero a nivel patológico. Lo verdaderamente nocivo en este proceso de devaluación no es sólo que se destruya la ancestral relación que fusionaba sueño y vigilia, sino que, paralelamente a esa disminución de las posibilidades del espíritu, degrada en nosotros lo que se consideraba como característica de lo humano: el deseo de libertad. Surrealistas como Gherasim Luca o André Breton han sido algunos de los pocos en plantearse este hecho, a mi modo de ver, crucial. Breton lo hacía en estos términos: “no podemos desinteresarnos de la manera en que reacciona el espíritu en el sueño, aunque no sea más que para deducir de ella una conciencia más completa y más precisa de su libertad” y se detiene ahí antes de insistir en la necesidad de alcanzar ”un conocimiento mayor de las aspiraciones fundamentales del que sueña al mismo tiempo que una apreciación más justa de sus necesidades inmediatas”[1] Ciertamente, el inconsciente conoce mejor que el consciente la búsqueda de valores esenciales para alcanzar la libertad. Y esta es otra de las virtudes propia de los sueños, tal vez la más poderosa, que el sistema de dominación destruye con más perversidad.

La situación actual es lamentable; la mayoría de la gente nunca se ha planteado el problema de la desonirización de nuestras sociedades. Además, existe un desinterés generalizado para con esos sueños que son recordados al despertar. Los hombres no viven sus propios sueños; no duermen para soñar sino para descansar. Y esto ocurre porque a muchos no les queda más remedio que ajustarse a los horarios preestablecidos por el control sobre el trabajo social. Y mientras duermen no viven; descansan. Duermen enajenados. Es bien sabido que el dormir enajenado tiene unas potentes restricciones impuestas sobre la libido. El dormir enajenado es la ausencia de gratificación, de autoconocimiento, la negación más grotesca del principio del placer. De este modo el tiempo del dormir, que ocupa gran parte del tiempo de vida individual, es un tiempo vacío. El dormir es arrinconado a la noche y es desviado para que los sueños actúen de una manera socialmente inútil. Este subyugamiento, por medio de los horarios generalizados que impone la sociedad del trabajo, cubre de una manera más completa el conjunto de la sociedad. Todo lo relacionado con los impulsos más fundamentales, entre estos el de deseo de revuelta, es arrojado a ese tiempo vacío del dormir para que el inconsciente lo mastique y lo diluya hasta hacerlo desaparecer. El cuerpo y la mente son reducidos a meros instrumentos del dormir enajenado. Gracias a ese control básico del sueño el dormir es hoy en día una mera relajación pasiva y una recarga de energía para el trabajo.

Afortunadamente no todas las formas y modos del dormir son irreconciliables con el principio de placer. La alteración de la distribución del tiempo del dormir puede potenciar considerablemente el flujo de los sueños. Incluso las relaciones humanas relacionadas con el dormir (sueños colectivos o puesta en común de los mismos, por ejemplo) pueden proveer de una considerable descarga de impulsos de componente libidinal, pasional o eróticos. Para ello he introducido la noción de un dormir no enajenado. ¿Pero en qué consiste este dormir no enajenado? Una forma de materializar ese nuevo dormir es el de la alteración de las horas del descanso. Se trata de una redistribución de las horas del dormir bien diferente, que se adapte a las exigencias corporales y psicológicas de cada individuo. Este cambio en la rutina diaria puede presentase como brusco o progresivo, discontinuo o persistente; la gran diversidad de disposiciones y de reacciones en relación con una alteración de tal embergadura dependerá mucho de las características psíquicas y fisiológicas de cada individuo. El doctor M. Eck afirma que “existe una disciplina de la duración del sueño, y es cierto que la regularidad en el número de estas horas de sueño y en los horarios para acostarse y levantarse forma parte de una educación de la voluntad (…) esta disciplina es, a menudo, más una baza forzada, que la expresión de una libertad.”[2] Lo que viene a decir que la organización represiva de los sueños se debe a factores que no son inherentes a la naturaleza de los sueños sino que son producto de las específicas condiciones históricas bajo las que se desarrollan[3].

Puesto que la historia de la civilización occidental es la historia de la industrialización total, el colofón de esta historia aberrante la hemos alcanzado ya y es la desonirización total de los instantes vividos. Los hombres deberían volver a experimentar sus sueños -como han hecho y hacen ciertas sociedades tribales- después de haberlos arrinconado artificialmente en su inconsciente. Buen ejemplo es el de la tribu de los Senoi, en Malasia, para quienes los sueños eran el lugar privilegiado de acceso a lo real. Toda su existencia individual y comunitaria giraba en torno a la experiencia onírica, que era un aspecto prominente de la educación de los niños y un conocimiento corriente para todos los adultos. Para ellos, la puesta en común de los sueños era un aspecto más de la educación y del trato social cotidiano. Discutian y analizaban los sueños de todos los miembros de la comunidad en consejo. Mediante esa integración del fenómeno onírico en la sociedad, los Senoi llegaron a un avanzado estado de cooperación e integración social y física en el que los sueños eran tratados como réplicas psicológicas del entorno socio-físico[4]. No dejo de imaginar las ventajas de aplicar este tipo de métodos y de relaciones interpersonales tan asombrosos en nuestra sociedad. Se trata pues de intervenir en la trama de la vida social. Y por desgracia la vida social se encuentra llena de represiones.

En efecto, la atenuación e invisibilización de los fenómenos oníricos pertenecen a ese cimiento básico de la represión, con lo que el progreso normal hacia la fusión de vigilia y sueño ha sido saboteado de tal manera que los sentimientos, emociones e impulsos instintivos se ejercen tan sólo en la vigilia. Porque la organización de la civilización requiere de una estricta organización del tiempo del dormir de los individuos que la integran, especialmente de la clase trabajadora. Y la distribución de las horas del descanso imperantes provoca que, por un lado el durmiente se desentienda de los sueños que aparecen en las fases intermedias del descanso y por otro lado, al estar obligado a madrugar y acudir cuanto antes a su puesto de trabajo, olvide ese último sueño que interrumpe el despertador, desvaneciéndose sin más. Antes incluso de la llegada de la civilización industrial, la técnica de la manipulación en masa ya tuvo que desarrollar una industria del descanso que controlara directamente el tiempo del dormir. Y actualmente, esa organización represiva del descanso es ya indispensable para prolongar la dominación actual. El Estado ha tomado la tarea de reforzar tales controles porque sin esta organización represiva, el durmiente podría sentirse dueño de sí mismo, y también dueño de su tiempo. Y tal vez, impulsado por un conocimiento más amplio de las potencialidades de liberación de la realidad del dormir y por la energía desencadenada en tal experimentación, éste atentaría contra sus propias limitaciones externas y lucharía por abarcar un campo todavía más amplio de relaciones existenciales, haciendo explotar las actuaciones represivas de la dominación. Las prácticas relacionadas con el dormir podrían convertirse en un gran obstáculo para la producción y por tanto para la perpetuación de la dominación. Estamos pues, ante un conflicto de índole biológica y de índole social entre el principio de placer y el principio de realidad, entre el soñar y el trabajar.

La cuestión de los sueños debe resolverse entonces desde dos niveles bien diferentes, pero sometidos a interacción: el nivel biológico filogenético y el nivel sociológico. No se trata tan sólo de su puesta en común, sino de integrarlos en la vida social y que pasen a formar parte de esos vínculos afectivos y emocionales que ejercemos hacia las personas con las que convivimos. Tampoco se trata de reducir o prolongar las horas del sueño, sino de acomodarlas a las exigencias individuales, secuenciando periodos alternativos de sueño y vigilia. Se reconoce incluso en la comunidad científica que las adaptaciones individuales son innumerables. Por otro lado, tampoco hay datos científicos que nos permitan concluir sobre la duración ideal del dormir; sucede que hay individuos a los que les es suficiente con dormir pocas horas; otros individuos, en cambio, requieren de mucho más tiempo. Incluso esa duración varía en función de la estación, estados de ánimo, alimentación, temperatura… Por esta razón, “no es una exigencia natural el hecho de que estos ritmos de sueño nos alejen del estado consciente a las mismas horas todos los días, al caer la noche, por lo general (...) cada ser viviente adquiere el ritmo nicteneral del sueño mediante una adaptación de las exigencias psicológicas a las necesidades sociales”[5] Uno se sorprende al ver lo distantes que se hallan esas necesidades sociales de las verdaderas necesidades del individuo.

Iniciemos o no ese camino de autobúsqueda, nos encontramos ya inmersos en un modo de vida impuesto, pero también sometido a cambios. Ya el mismo sistema de dominación, ayudado por nuestra indiferencia, nos marca el camino a seguir y aporta sus propias “adecuaciones”; es curioso que los únicos estudios que plantean adecuaciones del sueño son los que realizan determinadas empresas para adaptar los cambios de turno de determinados trabajos. Desde estas empresas se advierte que el dormir debe hacerse en cantidad suficiente, pero con el único fin de que ese descanso sea útil de cara a proporcionar una relajación y un descanso eficaces que preparen para el trabajo. Y muestran especial interés en estudiar qué horarios o formas de vida desorganizan la cadencia del sueño del trabajador de forma menos agresiva, para que éste no engendre fatiga nerviosa, por ejemplo. Estos nuevos esclavistas son conscientes que alteraciones de este tipo provocan a su vez la transformación del propio ser del durmiente; bien para hacerlo aún más sumiso, bien para desencadenar en él un proceso de liberación interior.

A propósito de las relaciones entre sueño y vigilia he tenido experiencias conmovedoras estos últimos meses: cambios drásticos de horario y en la duración de los sueños, repercusiones del cambio de alimentación en el ritmo del sueño, la construcción de mapas psicogeográficos oníricos, despertares provocados... Los resultados han sido asombrosos. A continuación describiré una serie de experiencias que tienen que ver con las alteraciones de las costumbres del descanso, con el fin de convertir al sueño en una experiencia integral de libertad y gratificación. Traigo aquí una cita de André Breton que no me cansaré de repetir: “parece que no podemos hacer nada mejor que experimentar en nosotros mismos el método en cuestión, a fin de asegurarnos de que el ser sensible inmediato que tenemos incesantemente a la vista y que es nosotros, somos capaces por dicho método de pasar a ese mismo ser mejor conocido en su realidad, es decir, ya no como ser inmediato, sino en varias de sus nuevas relaciones esenciales (unidad de la esencia humana y del fenómeno del sueño).”[6] Desde siempre me he planteado la posibilidad de estudiar el proceso onírico que contínúa, aunque debilitado, en el proceso del despertar. Estoy hablando del ensueño. Me propuse estudiar en mis propias carnes el mecanismo orgánico que está detrás de este fenómeno para ponerlo al servicio del principio del placer.

Teniendo en cuenta que hay un marcado ritmo biológico determinado que incluso prosigue de algún modo al tiempo de vigilia, me planteé la posibilidad de aprovechar estas fases naturales del sueño con el fin de fusionar sueño y vigilia e iniciar un proceso de expansión interna que ensanchara los límites de la vida al de las necesidades subjetivas más fundamentales[7]. Ahora bien, ¿cómo se podría materializar esa fusión de forma concreta? Dentro de estos ciclos se va del sueño profundo al sueño ligero de forma intermitente. Considerando que dormimos una media de 8 horas por noche y la duración de cada uno de esos ciclos -en los que se generan los sueños- es de hora y media, tendríamos la estimación de unos 4 sueños por noche. Pero el ritmo de vida impuesto por la sociedad del trabajo nos obliga a permanecer dormidos durante todo ese proceso, con lo que todo ese material onírico es condenado al olvido. Ahora bien, si el sueño ligero es el que nos prepara para despertar, tal vez sea ese el terreno propicio para provocar tal fusión. En estas subfases podríamos autoprovocarnos un despertar paulatino, no brusco y realizar un subrayado del sueño, incluso podríamos transformarlo en un sueño lúcido con el que poder jugar. Y dar el salto, tras un breve periodo de tiempo en estado de semisueño, al siguiente sueño profundo. Claro que para ello habría que ejercitarse. El durmiente se hallaría inmerso en una dinámica que alternaría sueño y vigilia de forma más continuada, estableciendo un diálogo directo y profundo con su inconsciente. El durmiente podría prolongar cada subdespertar a su antojo, pues podría resultar indispensable prolongar una velada en aras de un disfrute más exhaustivo y esclarecedor de determinados sueños.

De modo que elaboré una estrategia para “cazar” mis propios sueños, calculando la duración de los intervalos implicados en su aparición. Primero planifiqué un nuevo horario: las 24 horas del día quedaban divididas en 2 grandes bloques; cada bloque consistiría en 3 subciclos de 2 horas destinadas al dormir, entre estos ciclos de sueño, insertaría subfases de 1 hora que comenzarían con despertares ligeros provocados, durante los cuales procedería al subrayado del sueño en un estado intermedio entre vigilia y sueño (con su consiguiente anotación inmediata). Tras estas 8 primeras horas habría un despertar fuerte, este despertar se prolongaría durante 4 horas, que se aprovechará para almorzar. Tras esta fase volveríamos a repetir otro segundo bloque de 8 horas similar al anterior. Tras este segundo bloque daría paso a una fase de vigilia de unas 3 horas en la que volver a almorzar.

En un principio se trataba de una propuesta teórica provisional, pero no tardé en llevarla a la práctica. Elegí el verano de 2007, ya que había decidido no trabajar durante ese largo periodo. Por fortuna, tuve la ocasión de pernoctar durante un periodo largo de días en casa de una amiga, quien aceptó participar en tales experiencias. Es bien sabido que no sólo el cambio de horarios, sino el cambio de lugar fomenta considerablemente la aparición de sueños. Cada subciclo de dormir lo realizaba en lugares diferentes de la casa: unas veces en el sofá del salón, otras en el dormitorio de ella, otras en la cama de invitados… lo que influyó considerablemente. Tengo que reconocer que fui algo desordenado a la hora de cumplir con los horarios marcados, no sólo por la pereza; también me vi en la obligación de hacer diversas adaptaciones, en función de reacciones imprevistas de mi propio organismo. La primera fase la inicié a eso de las 12 de la noche. Curiosamente algunos de los 3 subdespertares provocados no coincidieron con la aparición de sueños. De hecho, hubo dos despertares que sí coincidieron con la aparición de un sueño y que se produjeron sin la ayuda externa del despertador, quizá causado por la sugestión de verme incluido en un experimento. Estos dos despertares no coincidieron con el horario programado, sino que se produjeron tras unos lapsos de tiempo de dos horas o dos horas y media. Al 3º día de estar realizando estas experiencias, tuve la sorpresa de comprobar cómo era capaz de despertarme sucesivamente sin la ayuda del despertador. Había conseguido acomodar al organismo a esos tres subdespertares. Por otro lado, encontré diferencias entre el bloque nocturno y el bloque diurno. Durante el primero me era más fácil reconciliar el sueño. Por el contrario, en el segundo bloque, hubo rachas de más de 2 horas en las que no podía dormir. Relacioné este hecho con la fuerte acomodación que supone haber estado toda la vida destinando el día para la vigilia y la noche para el dormir. Sin embargo, antes de tener que interrumpir la experiencia, sí que noté cómo mi organismo se iba adaptando al nuevo ritmo. Prolongué este nuevo modo de dormir durante 3 semanas, tiempo suficiente para apreciar las enormes ventajas de su aplicación real.

Con relación a la posibilidad de experimentar sueños mutuos me detendré, a modo de ejemplo, en la siguiente anécdota: una noche, mi amiga y yo nos habíamos echado a la cama, desnudos, felices y cansados de haber hecho el amor efusivamente momentos antes, a eso de la 1:20 (según anotaciones hechas en mi informe) Días antes, había estado ya practicando el despertar provocado sistemático, con lo que llevaba ya varias noches despertándome repetidas veces, sin ayuda de despertador. Aquella noche, a eso de las 3:35, me despertó la intensidad provocada por el siguiente sueño:

"Caminaba de noche, por la calle Tetuán de Santander. Me aproximaba a la boca del túnel que conecta Puerto Chico con Los Castros. Ante mí, tenía la gran boca del túnel, y a mi izquierda la carretera. Los arbustos cercanos no me dejaban ver bien la carretera, pero aprecié la parte de un coche; la parte de la ventanilla, donde una mujer joven apoyaba su cabeza en el cristal y dormía. Sonaba un tema de Rita Mitsouko. Cuando el coche avanzó y salvó la zona del arbolado me sorprendió el hecho de que sólo existiera la puerta color gris metalizado del coche, lo demás -incluido la mujer- había desparecido. Sólo quedaba esa puerta, que flotaba y seguía el curso de la carretera a gran velocidad. Me giré y la observé asombrado.

Después me interné en una urbanización cercana, próxima al pub Tempus. Atravesé una cancela metálica y vi un soportal. Antes de doblar la esquina que da a la puerta del portal, intuyo la presencia de un hombre sospechoso. Al dar dos pasos más veo que es un hombre de barba, que tiene extrañas manchas negras en la cara. Va vestido con camisa y pantalones vaqueros. De pronto, eleva las manos con intención de agredirme. En ese instante trato de girar para huir de él, pero hay unas rejas enormes que me lo impiden."


Me desperté. El sueño, en este caso desagradable, me llenó de un sentimiento de miedo extremo. Elevó incluso mi temperatura corporal. Mi amiga se despertó, me miró adormecida y volvió a dormirse. Durante la noche me desperté en dos ocasiones más, pero esos despertares no coincidieron con ningún sueño. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos y sin yo decirla nada acerca de este sueño, ella me narra, de forma totalmente espontánea, un sueño que ha tenido esa misma noche:

"En su sueño, aparecíamos ella y yo, entrando en su portal. Subimos las escaleras y al llegar a la puerta de su casa, antes de abrir la puerta, ella percibe la presencia de otra persona. Se gira y ve que en el rellano posterior, hacia arriba, hay alguien que nos espera."


¿Cómo describir el estado de ánimo que aquel hecho infundió en mí? Soñar algo similar despertó en mí la curiosidad por ese personaje del que comencé a hacer un seguimiento. En este sentido me voy a permitir contar un sueño posterior, que tuve algunos días después, en aquel mismo dormitorio:

“No sabría precisar si este sueño lo tuve con los ojos abiertos o cerrados. En cualquier caso estaba orientado hacia la puerta del dormitorio. La veía perfectamente. Estaba entornada. De repente vi entrar a un hombre, de aspecto similar al descrito en el otro sueño, pero vestido con ropa deportiva. Sin decir nada se lanzó sobre mí. Me desperté. Creí abrir los ojos, aunque como digo, puede que ya los tuviera abiertos. En ese despertar aprecié, a pesar de ser de noche, la puerta, en la misma posición en la que había estado en mi sueño”

Podría poner más ejemplos pero prefiero no alargarme. Creo que ha quedado claro el tipo de experimentación que propongo. Las conclusiones a las que he llegado han sido diversas. En líneas generales diría: integrar los sueños en la vida diurna provoca una intensificación de las emociones y sentimientos que no suele darse en la vigilia; los conflictos personales se resuelven más fácilmente habiendo accedido al inconsciente y enfrentándose a ellos de forma directa; se alcanza un estado de libertad muy gratificante que pide ser experimentado en la vigilia; potencia la aparición de sueños en serie y a nivel colectivo sueños mutuos, advirtiéndose un mayor fortalecimiento de las relaciones con los demás tanto en la confianza, los sentimientos o la solidaridad.

Vicente Gutiérrez


[1] Los vasos comunicantes. André Breton. Ediciones Siruela, Madrid, 2005. p. 24 y 25

[2] El sueño. M. Eck, P. Laget, P. Lechat. Colección Vivir es saber. Vol. 29 (2ª serie). Aymá S. A. Editora. Barcelona, 1964. p. 17

[3] En nuestro pasado prehistórico el ritmo del dormir era bien distinto, seguramente en ciclos de menor duración. El sueño era una preparación para adaptarse a una situación de peligro y existían mecanismos para distinguir los estímulos que nos alertaban de peligros externos. En la civilización actual esos peligros son inexistentes o muy infrecuentes, de modo que la corteza del cerebro ignora todas esas impresiones sensoriales que ya no están asociadas a un estado de alerta y que son la inmensa mayoría. Por su parte, las exigencias laborales de nuestra sociedad contribuyen a que el dormir dure más horas que en la antigüedad, y se realice en una sóla fase. Pero no hay datos científicos que aseguren la necesidad biológica de distribuir las horas del descanso como hacemos cotidianamente.

[4] Kilton Stewart, Dream Theory in Malaya, publicado en Charles T. Tart, Altered States of Consdciousness, Doubleday & Co., Nueva York, 1969.

[5] Los sueños. Norman Mackenzie. Luis de Caralt Editor, S. A., Barcelona, 1966. pp. 13-14

[6] Los vasos comunicantes. André Breton. Ediciones Siruela, S. A. Madrid, 2005. p. 25

[7] El profesor Nelson advirtió que la cantidad de sueños variaba con los cambios de estado físicos, especialmente alteraciones en la presión de la sangre, del pulso y de la respiración. Sugirió que en el soñar habría un ritmo definido que formaba parte de un proceso psicobiológico. Llegó a demostrar que en la edad adulta, el ritmo básico del sueño tiene un ciclo de unos 90 minutos. El primer sueño aparece tras 90 minutos de haberse dormido y esto sucede porque cuando se está a punto de despertar el organismo segrega sustancias bioquímicas que lo preparan para tal despertar, despertar que no se llega a producir debido a los horarios del descanso establecidos en nuestra civilización. Los estudios aseguran que este sueño dura lo que el cuerpo tarda en eliminar esas sustancias preparatorias, unos 10 minutos. Tras ese periodo el durmiente vuelve a entrar en un segundo ciclo de sueño profundo, hasta que el organismo vuelve a prepararse para otro posible despertar. Los demás sueños se presentan durante la noche en intervalos similares, aunque van siendo más breves. El hecho de que los sueños más próximos a la mitad del dormir duren más, puede ser provocado por el hecho de que al organismo le resulte más difícil eliminar esas sustancias que segrega el cerebro. Eso explica que éstos suelan ser los sueños más intensos. Pero por lo general, tendemos a recordar el último sueño. Y hemos asumido como normal el hecho de abandonar el resto. De hecho ni siquiera los llegamos a olvidar, ya que en la mayoría de los casos nunca se depositaron en nuestra consciencia.

extraido de http://gruposurrealistademadrid.org/vicente-gutierrez-hacia-una-experiencia-colectiva-del-dormir-no-enajenado-0