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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El falso principio de nuestra educación x Max Stirner


Introducción biográfica
MAX STIRNER, (1806-1856)


Se llamaba Johann Kaspar Schmidt, y no Max Stirner, apodo por el que es deficientemente recordado en la historia de la filosofía, y conmemorado, por el contrario, entre los que han tomado partido por las ideas anarquistas. Sin duda, Stirner ha sido el más curioso de todos los teóricos asociados a las ideas libertarias, idea a la que no se le han mezquinado precisamente personalidades extravagantes o tremebundas. Toda su vida se resume en desorden, inconstancia y mala suerte a la vez que queda condensada en el título de su solitario libro El Unico y su propiedad. Esa obra, que gozó de un momento de fosforescencia fugaz en 1844, habría restado en el lóbrego adormecimiento de las bibliotecas públicas de no ser porque John Henry Mackay, un poeta individualista la expuso nuevamente a la luz medio siglo después de ser publicada, así como también recopiló algunos fragmentos de la biografía del autor.

Max Stirner nació en 1806, y fue sucesivamente huérfano por parte de padre, desapercibido estudiante de filosofía, escultor de una módica existencia bohemia salpicada de bravatas extremistas, obligado cuidador de una madre asolada por la demencia, profesor de un colegio de señoritas, autor de un único libro, microempresario fracasado, y al fin un sobreviviente que obtenía un escaso sustento de la gestión de asuntos por cuenta de terceros, que fue encarcelado brevemente a causa de deudas acumuladas, y que acabó oscuramente, sin llegar a viejo, tuberculoso y en la miseria, y eso en 1856. Son los datos de una vida triste y patética. La única claridad en esta penumbra la abrió la publicación de su enorme libro de cuatrocientas páginas, que burló, con ciertas dificultades, la censura, pero que también le restó el sustento, pues lo echaron de la escuela donde era profesor. Luego, el olvido.

El período en que Stirner redactó su libro -en definitiva, el escaso tiempo en que escribió y pensó- transcurrió en una taberna. Más precisamente, en una bodega que era propiedad del señor Hippel y cuyo nombre quedaría en la historia asociado a sus frecuentes clientes, un grupo de jóvenes filósofos radicalizados que se llamaban a sí mismos "Los Libres" y que gustaban de enzarzarse continuamente en interminables debates. Sus nombres: Bauer, Ruge, Marx, Engels y el propio Stirner. Friedrich Engels parece haber sido el autor del sobrenombre de Stirner ("frontudo", hombre con frente prominente). Entre ellos, había una mujer (en aquel entonces se la hubiera llamado una "emancipada") quien sería momentáneamente esposa de Stirner. Eran bohemios, disponían de tiempo, alardeaban de su extremismo verbal y estaban hartos de la influencia que el fantasma de Hegel ejercía sobre sus pares filósofos y sobre ellos mismos. Más que ninguno de ellos, sería Stirner quien rompería de modo radical con el espectro hegeliano. Poco tiempo después, el grupo se dispersaría, en buena medida por causa del agravamiento de las condiciones políticas en Alemania. Todo este tiempo de creatividad del hegelianismo de izquierda duró lo que un fósforo prendido.

La filosofía de Stirner, desarrollada ardorosa y largamente en El Unico y su propiedad, consiste en una defensa cerrada de la personalidad humana enfrentada a la sociedad y el Estado. La máxima de Stirner se resume en la idea de que la misión de una persona consiste en llegar a ser ella misma, en reconocer lo que le es propio, asumir que nada hay por encima de esa "propiedad" y de que lo que no constituye "lo propio de sí mismo" debe ser puesto en condición de tensión para hacer evidente lo que es afín a la autonomía personal y lo que le es perjudicial y peligroso. La única propiedad verdadera de una persona es, entonces, ella misma, pero paradójicamente para serlo auténticamente es preciso proceder a su apoderamiento. Sólo desde ese centro de gravedad es posible vincularse libremente con la "sociedad". Stirner llega fácilmente a la conclusión de que el Estado es necesariamente rival del individuo, de que la institución jerárquica, por su propia esencia, es antiindividualista, contraria a la voluntad personal. La piedra de toque de la autonomía reside en la personalidad, en el carácter, esa sustancia que podemos moldear y construir como un proyecto, a la manera en que una persona procede a la educación de sí misma. Y con esa autoeducación el "Unico" descubre el enorme poder que está en germen en cada persona singular. Este es el principio irrevocable sobre el que construye su fortaleza argumental. El libro no es otra cosa que un "canto" a la libertad individual, escrita bajo la forma de tratado de filosofía, cuya radicalidad es inédita pero cuyo campo de tensiones ideológicas es propio de aquella época. El imperativo categórico individualista estaba en el "aire de los tiempos", y Stirner lo captó intuitivamente mucho antes que otros. Sus ideas pueden ser entendidas, además, como antecedentes habitualmente no reconocidas de las de Friedrich Nietzsche y del existencialismo posterior. En suma, Stirner fue el metafísico del anarquismo, quien descubrió algo evidente pero muy difícil de asumir sin sacar las conclusiones ontológicas y políticas que ello supone: que toda persona, en última instancia, es única.

El resto de la obra de Stirner son migajas. No escribió casi nada más, si se exceptúa un libro ocasional destinado a ganar algún dinero y unos pocos ensayos. Uno de ellos es "El falso principio de nuestra educación", escrito a pedido de Marx y publicado en el Rheinische Zeitung, casi en mitad del siglo XIX. La especificación de fecha no es caprichosa, pues en aquel entonces promediaba el cuarto creciente de la época de la escolarización masiva, una de las consignas fundamentales del proyecto de la ilustración. La saga de la escuela pública fue promovida como combate a muerte contra el "flagelo del analfabetismo". Pero Stirner no creía que alfabetización equivaliera a educación de hombres libres. Hasta entonces la educación había consistido en la formación estamental del "gusto" y de las maneras cortesanas, o bien en la especialización de unos pocos en oficios específicos. O bien modo de adquirir habilidades intelectuales aptas para gestionar las relaciones entre grandes señores o de adquirir maestría en un arte a partir del saber de un hombre ya experto en la materia. La ilustración, por el contrario, pensó a la educación como medio para formar ciudadanos libres, emancipados de la tutela religiosa y de las presiones autocráticas. Pero la igualdad entre seres emancipados del "ancien regime" no es el proyecto de Stirner. Es la "igualdad, no con los demás, sino consigo mismo" lo que le concernía como filósofo, y eso estaba fuera de cuestión entre los pedagogos del siglo XIX, pues la idea de unicidad ni siquiera era presentida. "Las libertades del querer", vía regia de la modelación del sí mismo, trascendían las filosofías de la conciencia. Para las dos escuelas pedagógicas que Stirner critica, la humanista y la realista, la una preocupada por la formación clásica y la otra por dotar a los ciudadanos de saberes cívicos y de saberes aptos para "ganarse la vida", la educación no es otra cosa que acumulación de conocimientos, y en verdad, aunque aparentan ser posiciones enfrentadas, no dejan de ser equivalentes. En cambio, Stirner percibe a la educación como nutrición del espíritu, como un modo de personalización del saber, como medio para la formación del carácter. Cuando el saber es pensando como materia prima a ser transmutada en voluntad, entendemos que la esencia del conocimiento consiste en favorecer las metamorfosis del Ser. Para Stirner, el ser humano es una crisálida perpetua.

Hoy sabemos que el proyecto del humanismo está en ruinas, y que su grandeza, pero también su debilidad, consistió en un inmenso esfuerzo por trasformar la parte de "animalitas" de los seres humanos en un apéndice de la razón. En una época anterior, las prácticas ascéticas cristianas intentaban, con otros instrumentos pedagógicos y un centro de gravedad distinto, lograr lo mismo. De ahora en adelante, la pedagogía debe pensarse a partir de su fracaso anterior. Stirner fue uno de los primeros en asumir que la sustancia a ser objeto de un pensamiento pedagógico era la existencia misma, la vida, y que para ello no se necesita solamente libertad de pensamiento, sino libertad de personalidad. Nos encontramos ahora con la misma disyuntiva que Max Stirner enfrentó: creación o domesticación. Si se elige la primera opción, el conocimiento es solamente -y nada menos- un instrumento para abrirse paso hacia el misterio de uno mismo.

Christian Ferrer


El falso principio de nuestra educación por Max Stirner


Nuestra época pugna por encontrar la palabra que defina a su Espíritu; se suceden los nombres que pretenden ser el verdadero verbo. Por doquier reina en nuestro tiempo el más alegre desconcierto entre los diferentes partidos. Los aguiluchos del presente se agolpan en torno a la herencia descompuesta del pasado. Los cadáveres políticos, sociales, religiosos, artísticos y morales se amontonan ya por todas partes. Y si nadie los elimina de una vez para siempre seguirán infestando el aire y sofocando el aliento de los vivientes.

La época no hallará su justa palabra sin nuestro empeño, y todos debemos participar en ello. Pero, si tanto nos concierne, debemos preguntarnos, y con razón, qué se ha hecho y se piensa hacer de nosotros; debemos preguntarnos por esa educación con la que se nos pretende hacer capaces de crear aquella palabra. ¿Se educan a propósito nuestras disposiciones para que seamos creadores, o se nos trata puramente como criaturas cuya naturaleza no admite más que la doma? Es una cuestión tan crucial como sólo puedan serlo cualquiera de las cuestiones sociales y, más aún, es la más vital de todas ellas por cuanto las cuestiones sociales se asientan sobre aquella premisa. Sed algo más capaces y vuestras obras serán también más capaces; sed “cada uno de vosotros más pleno en sí mismo” y vuestra sociedad, vuestra vida comunitaria, será también más plena. De ahí que, por encima de todas las cosas, nos preocupe aquello que se hace de nosotros en la época de nuestra educación. De ahí que el problema de la educación sea una cuestión vital. Es algo que en nuestros días salta suficientemente a la vista, tanto más cuanto que desde hace años ese tema se debate con un ardor y una franqueza que sobrepasan con mucho -si más no, porque no se las tiene que ver con los obstáculos de un poder arbitrario- el de las controversias políticas. Un honorable veterano que, como el difunto profesor Krug, supo conservar su vigor y su ambición hasta una avanzada edad, el profesor Theodor Heinsius, ha tratado recientemente de avivar una vez más el interés por esta cuestión con un pequeño libelo. Lo titula “Concordato entre la escuela y la vida o la mediación entre el Humanismo y el Realismo, considerado desde un punto de vista nacional. Berlín 1842”. Dos son los partidos que pugnan por la victoria, recomendándonos cada uno de sus respectivos principios educativos como el mejor y más adaptado a nuestras necesidades: los Humanistas y los Realistas. Sin que pretenda desavenirse con unos o con otros, Heinsius discurre tan suave como conciliadoramente, creyendo mostrar lo justo de ambos principios y cometiendo, en realidad, la mayor injusticia al problema mismo al tratarlo con tal cortante perentoriedad. Ese escarnio contra el espíritu de la cuestión sigue siendo la irremediable herencia de todos los mediadores pusilánimes. Los “concordatos” no son más que recursos equívocos:

¡O el pro o el contra! ¡Franco como un hombre! Y sobre el estandarte: ¡Ser esclavo o ser libre! También los dioses descendieron del Olimpo, para luchar desde los bastiones de su partido.
Antes de llegar a sus propias propuestas, Heinsius expone una visión sucinta del desarrollo histórico desde la Reforma. El período comprendido entre la Reforma y la Revolución -lo que sin más fundamentos deseo suscribir, pues pienso desarrollarlo más detalladamente en otro lugar- se caracteriza por la relación entre quienes detentan la mayoría de edad y los que no la tienen, entre los dominantes y los servidores, entre los poderosos y los dominados y es, en suma, una época de servidumbre. Dejando al margen otras razones que pudieran justificar una superioridad, erigió la educación como la potestad de quien detentaba el poder sobre los débiles y desposeídos, convirtiéndose el sabio, fuera grande o mediocre, en el poderoso, fuerte e impositor: en una autoridad. No todos podían estar llamados a este poder y esta autoridad, y por ello tampoco la educación estaba destinada a todos, pues una educación general se contrapone a aquel principio. La educación proporciona la superioridad y convierte en señor: por eso en aquella época de señoría constituía un instrumento para el desempeño del poder. Tan sólo la revolución fue capaz de echar a pique la economía de señores y siervos, instaurando el principio vital: ¡Que cada cual sea su propio señor! A ello iba ligada la necesaria consecuencia de que la educación, la cual, ciertamente, proporciona el señorío, se convirtiera a partir de entonces en una educación universal, planteándose así la tarea de buscar una educación verdaderamente universal. La aspiración a esa formación universal que fuera accesible para todos tuvo que desembocar en una lucha contra la educación exclusivista tan tenaz- mente mantenida y, en este sentido, la Revolución también tuvo que desenfundar sus armas contra la aristocracia de la época de la Reforma.
La idea de una educación universal chocó con el principio de la formación exclusivista, desencadenándose una guerra y unas luchas que se han venido sucediendo, a lo largo de diferentes etapas y bajo las más diversas banderas, hasta nuestros días. Heinsius ha designado los campos litigiosos de este combate con los nombres de Realismo y Humanismo, nombres que conservaremos como los más idóneos por poco acertados que sean.
Hasta el siglo XVIII, en que la Ilustración comenzó a difundir sus luces, la llamada educación superior se encontraba, sin el menor veto, en manos de los humanistas y se basaba exclusivamente en la interpretación de los clásicos de la Antigüedad. Junto a ella existía otra educación que, aún apoyándose en el modelo de la Antigüedad, se basaba fundamentalmente en el estudio minucioso de la Biblia. Que en ambos casos se eligiera la mejor formación del mundo antiguo como única materia de enseñanza muestra cuán poco valor con cedía a la vida y cuán lejos nos hallábamos de crear las formas de la belleza a partir de nuestra propia originalidad y el contenido de la verdad a partir de nuestra propia razón. Forma y materia era algo que debíamos aprender, y no éramos por consiguiente, más que aprendices. Y así como el mundo antiguo señoreaba sobre nosotros a través de los clásicos y de la Biblia -lo que puede verificarse históricamente-, así también el señorío o la servidumbre se convirtieron en la esencia de toda nuestra actividad. Esas características propias de la época nos explican así por qué se aspiraba tan ingenuamente a la “educación superior” y se ponía tanto empeño en distinguirse mediante ella del pueblo común. Aquel que tenía formación se convertía por eso mismo en señor del inculto. Y una educación popular se consideraba impropia pues el pueblo debía permanecer, frente al señor culto, en la casta de los laicos, admirando y venerando el señorío ajeno. Fue así como el saber evolucionó, sobre la base del latín y el griego, al romanismo. Sin embargo, no pudo evitarse que esta educación cayese con el tiempo en lo puramente formal, ya fuera porque únicamente era capaz de conservar las puras formas, el simple esqueleto del arte y la literatura de una Antigüedad muerta y enterrada desde tiempos remotos, 0, sobre todo, porque el dominio sobre los demás hombres no podía conseguirse ni mantenerse más que a través de lo formal: sólo se requiere un cierto grado de habilidad espiritual para desempeñar la hegemonía sobre los inhábiles. La llamada educación superior era, por ese mismo motivo, una formación elegante, una sensus omnis elegantiae, una formación del gusto y del sentido de las formas que, a fortiriori, amenazaba con convertirse en una simple educación gramatical -la cual llegó a perfumar hasta tal punto la lengua alemana con las esencias del latium que incluso en nuestros días podemos admirar las más exquisitas construcciones sintácticas latinas en obras como la reciente “Historia del Estado pruso-brandenburgués. Un libro para todos”, de Zimmermann.
Fue a partir de la Ilustración cuando el espíritu de la oposición se alzó contra ese formalismo. Y fue entonces cuando la reivindicación de una formación humana accesible a todos se añadió al reconocimiento de los derechos inalienables y generales del hombre. La educación de los Humanistas mostraba claramente la ausencia de una formación real capaz de llegar a la propia vida, planteando así la necesidad de una educación práctica. Si se llegaba a introducir las materias de la vida en la escuela y ofrecer a través de ella algo que todos pudieran utilizar, si se conseguía atraer a todos a esta preparación para la vida y destinar la escuela a ella, también se volverían superfluos los señores sabios y su saber exclusivo, y el pueblo pondría fin a su condición de laico. Acabar con la casta de sacerdotes del saber y la del pueblo laico es el objetivo al que aspira el Realismo y la razón por la que éste deja a sus espaldas al Humanismo. La apropiación de las formas clásicas de la Antigüedacl comenzó a dejarse de lado y, con ello, el señorío de la autoridad perdió su nimbo. La época se insurgió contra el tradicional respeto por la sabiduría, como se rebeló contra todo tipo de veneración. El privilegio, fundamental de los sabios, la formación general se convirtió en un beneficio de todos. Y sin embargo, se preguntaban: ¿qué otra cosa es la formación general sino la facultad, por decirlo trivialmente, de “hablar sobre todas las cosas” o, por expresarlo más seriamente, de señorear sobre todas las materias? Se constató que la escuela no sólo estaba rezagada respecto de la vida por sustraerse al pueblo, sino también por haber omitido una formación universal en beneficio de la educación exclusiva, dejándose de fomentar en las escuelas el aprendizaje de toda una serie de materias que la vida misma nos imponía. Y en realidad, se pensaba, la escuela debe establecer las directrices de nuestra conciliación con todo lo que la vida nos depara, procurando que ninguno de los objetos con los que tengamos que encontrarnos en el futuro resulten completamente extraños y ajenos al ámbito de nuestro dominio. Por eso se trató con la mayor urgencia de llegar a una familiarización con las cosas y contextos del presente, adaptándose una pedagogía susceptible de aplicarse a todos, pues tenía que satisfacer la necesidad común a todos de reconocerse en el mundo y en la época. Y fue así cómo los fundamentos de los derechos humanos adquirieron vida y realidad en el campo de la pedagogía: la igualdad, en la medida en que aquella formación comprendía a todos, y la libertad, toda vez que el aprendizaje de materias útiles llevaba a la independencia y la autonomía.
Comprender lo pretérito, como enseña el Humanismo, y aprehender lo presente, como aspira el Realismo, no conduce conjuntamente sino al poder sobre lo temporal. Pero eterno, sólo lo es el Espíritu que se comprende a sí mismo. Por esa razón, la igualdad y la libertad no adquieren en aquellos más que una existencia subordinada. Por supuesto que sería posible la igualdad respecto del otro y la emancipación de su autoridad. Pero de la igualdad consigo mismo, de la igualación y conciliación de nuestro hombre temporal y eterno, de la elevación de nuestra naturalidad y espiritualidad, en suma, de la unidad y omnipotencia de nuestro Yo que se basta a sí mismo en la medida en que nada extraño deja fuera de sí, de todo eso apenas puede percibirse la menor alusión en aquel principio. Y si la libertad aparece en él, ciertamente, como la independencia frente a la autoridad, seguía vacía en cuanto a su autodeterminación y no suscitaba los actos de un hombre libre en sí ni la autorrevelación de un Espíritu irreverente rescatado de las fluctuaciones de la reflexión. El hombre formalmente cultivado ya no sobresaldría por encima de la superficie llana de la formación general como un ser “elevadamente civilizado” y un hombre “unilateralmente cultivado” (el cual, por supuesto, obtenía en calidad de tal, una incontestable dignidad, puesto que toda formación está destinada a florecer en las más diversas unilateralidades de la formación especializada); el que había sido formado de acuerdo con el principio del Realismo tampoco sobrepasaba la igual- dad respecto de otros y la libertad respecto de otros, no había superado, en fin al llamado “hombre práctico”. Es cierto que la vacua elegancia del humanista, del dandy, no podía evitar su fracaso; sólo el vencedor podía sacarle brillo al verdete de la materialidad, sin ser por ello más elevado que un insípido industrial. El dandismo y el industrialismo pugnan, en consecuencia, por conseguir el botín de encantadores muchachos y muchachas y truecan seductoramente sus aprestos: el dandy hace gala de su descarado cinismo, al tiempo que el industrial hace acto de presencia con su ropa inmaculada. En vano: la madera joven de la maza de armas del industrial acabará resquebrajando el reseco bastón del dandy. Mas, ¡ah! reseca o fresca, la madera seguirá siendo madera y la viva llama del Espíritu acaba consumiéndola en su fuego.
¿Y por qué tiene que sucumbir también el Realismo si, a fin de cuentas -para que iríamos a negarle esta cualidad-, ha adoptado precisamente todo lo que el Humanismo tenía de bueno? Pues no cabe duda de que es capaz de asimilar aquellos aspectos inalienables y verdaderos del Humanismo, de la formación formal, lo que viene facilitado por la ya posible cientificidad y consideración racional de todas las materias de enseñanza (podemos recordar, a modo de ilustración, las contribuciones de Becker en el terreno de la gramática alemana); y es gracias a esa significación que el Realismo puede aplastar a sus enemigos desde una sólida posición. En la medida en que el Realismo, lo mismo que el Humanismo, parten de que el objetivo de toda educación es la habilidad del hombre, coincidiendo ambos, por ejemplo, que debe lograrse la familiaridad lingüística con todos los giros del lenguaje, la familiaridad matemática con todos los giros de las demostraciones, etc., es decir en conseguir la maestría en el manejo de las cosas, un dominio, en fin, sobre ellas, no está descartado, ciertamente, que el Realismo se proponga como su último objetivo la formación del gusto y la actividad formadora, como de hecho sucede ya en parte. En efecto, todas las materias de la educación adquieren una dignidad solamente cuando los muchachos aprenden a hacer algo con ellas, a utilizarlas. Sólo debe enseñarse, en consecuencia, lo que es útil y provechoso, como desean los Realistas. Y en la formación, la generalización, la exposición, no debe buscarse más que el provecho, sin que nadie pueda eximir- se de esta exigencia humanista. Los Humanistas tienen razón al decir que lo fundamental es la educación formal, pero no la tienen al considerar que esta educación no tiene lugar en el dominio de todas y cada una de las materias. Los Realistas, por su parte, aciertan al considerar que en la escuela pueden tratarse todas las materias, pero hierran cuando no quieren comprender que la educación formal constituye el objetivo fundamental. Por esa razón, desmintiéndose a sí mismo y no entregándose a las seducciones materialistas, el Realismo podría superar a su contrincante, al tiempo que reconciliarse con él. ¿Por qué entonces nos seguimos enfrentando al Realismo?
¿Realmente ha desechado la corteza del viejo principio y se encuentra a la altura de nuestro tiempo? Es en virtud de esta pregunta que debemos emitir nuestro juicio: ¿Se adhiere el Realismo a la idea que nuestra época ha conquistado como su bien más dorado, o bien se mantiene estacionario en un lugar rezagado? Mas debe hacernos reflexionar ese inextirpable temor con que los Realistas se amedrentan ante la abstracción y la especulación, razón por la que mencionaré aquí algunos pasajes de Hensius que en este aspecto no transige con los inflexibles Realistas y me eximen de algunas acotaciones que resultarían baladíes. Así, en la página 9 escribe: “En las instituciones de enseñanza superior se oía hablar de los sistemas filosóficos de los griegos, de Aristóteles y Platón, así como de los modernos, de Kant, quien había señalado la indemostrabilidad de las ideas de Dios, de la libertad y la inmortalidad, de Fichte, quien había substituido la idea de Dios por la de un orden moral universal, de Schelling, Hegel, Herbart y Krause, y de todos los nombres de descubridores y reveladores de saberes supraterrenales. ¿Pero qué vamos a hacer, qué va a hacer la nación alemana -se decía- con esa cháchara idealista que ni pertenece a las ciencias empíricas y positivas, ni a la vida práctica, y ni siquiera es provechosa para el Estado? ¿De qué nos sirve ese oscuro saber que confunde el Espíritu de la época y sólo conduce al escepticismo, que sólo divide las almas y aleja a los discípulos de las cátedras de sus apóstoles, que no hace sino llenar de tinieblas nuestra lengua nacional al convertir los conceptos más transparentes del sano juicio humano en enigmas místicos? ¿Acaso es esta la sabiduría que convertirá nuestra juventud en hombres virtuosos, en reflexivos seres racionales, en responsables ciudadanos, en trabajadores útiles y diligentes en sus respectivas profesiones, en esposos amantes y padres celosos del bienestar hogareño?”. Y en la página 45 se dice: “Echemos una mirada a la filosofía y la teología, ensalzadas como las ciencias del pensamiento y la fe que proporcionan el bienestar del mundo. ¿Qué se ha hecho de ellas después de tantas disputas, desde que Leibniz y Lutero abrieran sus derroteros? El dualismo, el materialismo, el espiritualismo, el naturalismo, el panteismo, el realismo, el idealismo, el supernaturalismo, el racionalismo, el misticismo, y tantos y tantos ismos abstrusos de especulaciones y sentimientos extravagantes, ¿qué bendición han aportado al Estado, la Iglesia, las artes y la cultura del pueblo? Es cierto que el pensamiento y el saber han ampliado sus límites. ¿Pero, acaso se ha vuelto más claro el primero, más firme el segundo? La religión, en tanto que dogma, es más pura, pero la fe subjetiva es más confusa y débil, y sus fundamentos se han desmoronado, han crujido a los embates de la crítica y la hermeneútica, cuando no han sido degradados por la charlatanería y una farisea santidad falsa. ¿Y la Iglesia? ¡Ah! De su existencia no queda ya más que la división y la decrepitud! ¿No es eso cierto?” ¿Y por qué motivo se muestran los Realistas tan adversos hacia la filosofía? Porque desconocen su oficio y porque, en lugar de ensanchar sus límites, ponen todo su empeño en empequeñecerse. ¿Y a qué ese odio a la abstracción? Porque ellos mismos son abstractos, porque abstraen su propia plenitud, el impulso hacia la verdad redentora.
¿Es que queremos poner la pedagogía en manos de los filósofos? ¡Nada de eso! Se mostrarían lo suficientemente torpes en estas lides. Se la debe confiar solamente a quienes son más que filósofos y, por eso mismo, infinitamente más que los Humanistas y los Realistas. Estos últimos han intuido acertadamente que también los filósofos se precipitan a su fin, pero ni siquiera han sospechado que a su fin le seguirá un nuevo nacimiento: ellos hacen abstracción de la filosofía para buscar sus objetivos en el firmamento, saltan por encima de ella -para desplomarse en el abismo de su propia vacuidad. Ellos son, como el eterno judío, inmortales, mas no eternos. Sólo los filósofos pueden morir para hallar en la muerte su propia identidad; con ellos muere también el período de la Reforma, la época del saber. Sí, efectivamente, el saber mismo tiene que perecer para nacer de nuevo como voluntad. La libertad de pensamiento, de fe y de conciencia, esa deliciosa flor de tres siglos, regresará al regazo de la madre tierra para que la nueva libertad de la voluntad pueda nutrirse de sus más nobles sabías. El saber y su libertad fueron el ideal de aquella época que culminó definitivamente en los cielos de la filosofía: en su cumbre, el héroe se construirá su propia pira para entregarse en holocausto a su lugar eterno del Olimpo. Con la filosofía se cierra el período de nuestro pasado. Y los filósofos son los Rafaeles del período del pensamiento en los que el viejo principio llegó a la plenitud de su reluciente y ostentoso colorido, cuyo rejuvenecimiento lo convierte de un principio temporal en un principio eterno. Quien a partir de ahora pretenda conservar el saber, éste lo perderá; y quien, al contrario, renuncie a él, este lo obtendrá. Sólo los filósofos están llamados a esa renuncia y ese beneficio: son ellos quienes se encuentran ante el fuego ardiente, ellos quienes deben poner fuego a la corteza terrenal, lo mismo que el héroe desfallecido, para liberar el Espíritu imperecedero.
Debe hablarse de manera comprensible en la medida de lo posible. En ello reside precisamente el error de nuestro días: en que el saber no llega a su plenitud, ni alcanza la transparencia, y sigue siendo un saber material, formal, positivo, sin elevarse al saber absoluto, un saber, en fin, que nos lastra como un fardo. Del mismo modo debe abandonarse al olvido aquel pasado, debe sorberse el embriagador licor. de lo contrario no se llegará a sí mismo. Todo lo grande debe saber llegar a la muerte y elevarse con su propio fin; tan sólo el miserable acumula, cual un esclerótico funcionario imperial, actas sobre más actas, para presentarse a lo largo de siglos bajo la figura de delicadas porcelanas, como las imperecederas bagatelas chinas. El auténtico saber llega a su plenitud en el instante en que deja de ser saber para convertirse de nuevo en un instinto humano simple -la voluntad. Así, aquel que durante años haya reflexionado sobre su “oficio de ser hombre”, sumergirá en un mismo instante todas las cuitas y peregrinaciones de su indagación en un puro sentimiento, en un impulso progresivamente directriz en el que descubre aquél. El “oficio de ser hombre” que había buscado por los mil senderos y atajos de la reflexión se transforma, tan pronto se ha reconocido, en la llama de la voluntad moral, alumbrando el pecho de un hombre que ha recobrado la juventud y la ingenuidad, y no se devanea ya en la búsqueda.

Levántate alumno y baña sin descanso
el pecho de la tierra en los rayos de la aurora.

Ese es el fin, al tiempo que la perennidad, la eternidad del saber, un saber que, convertido nuevamente en algo simple e inmediato, brota y se revela de nuevo en cada acto y bajo una nueva forma como voluntad. La voluntad no es auténtica, por así decirlo, al salir de su casa, como quisieran hacernos creer los prácticos, y no basta con saltar por encima del querer-saber para hallarnos súbitamente en el medio de la voluntad. Es el saber mismo el que se consuma en la voluntad en el momento en que se desensorializa y se engendra a sí mismo en tanto que Espíritu “que crea su propio cuerpo”. Por eso toda educación que no parta de esa muerte y este vuelo celeste del saber adolecerá de la temporalidad, formalidad y materialidad del dandismo y el industrialismo. Un saber que no se clarifique y se concentre, prolongándose en el querer, en otras palabras, un saber que se contente con el puro tener y la propiedad, en lugar de conjugarse plenamente consigo mismo, de tal manera que el Yo, en su libre despliegue, no se vea obstaculizado por ningún fardo de haberes expandiéndose por el mundo con la frescura de sus sentidos, un saber, en fin, que no llega a ser personal, no proporciona más que un bagaje insuficiente para la vida. No se quiere llevarlo a la abstracción que, sin embargo, confiere la auténtica bendición a todo concreto saber: pues sólo por medio de ella se da muerte realmente a la materia transformándola en Espíritu, y sólo en virtud de ella el hombre alcanza su propia y última liberación. Sólo en la abstracción es posible la libertad. El hombre libre es aquel que supera 1o dado e integra nuevamente todo lo que se ha extrañado de é1 en la unidad de su Yo.
Si el impulso que guía nuestro tiempo, una vez conquistada la libertad del pensamiento, es su consecución hasta aquella plenitud en la que ella se convierte en libertad de la voluntad, el objetivo último de nuestra educación ya no puede ser, para cumplir esta libre voluntad, el simple saber, sino el querer que se engendra del saber; y la expresión explícita de aquello a lo que esta educación debe aspirar es: el hombre personal o libre. La verdad no consiste en otra cosa que en la revelación de sí mismo y a ello le corresponde, precisamente, la búsqueda de sí mismo, la liberación de todo lo ajeno, la más radical abstracción o descargo de toda autoridad, el renacer de la ingenuidad. Y este tipo de hombre auténtico no es el que proporciona la escuela; si en algún lugar existen hombres semejantes, lo será a pesar de la escuela. Esta nos convierte, eso sí, en dueños de las cosas, y en cualquiera de los casos, en dueños de nuestra propia naturaleza -pero no hace de nosotros naturalezas libres. Ningún saber por fundamental y extendido que sea, ninguna agudeza o ironía, ni ninguna astucia dialéctica nos ponen a salvo de la vulgaridad del pensar y el querer. No es realmente un mérito de la escuela el que no compartamos con ella el afán egoísta. Todos los tipos de envidia, todas las clases de usura, la avidez de puestos, la servidumbre mecánica el espíritu mediador, todo ello se remonta tanto al saber difundido cuanto a la elegante formación clásica, y si todas estas enseñanzas no llegan a ejercer la menor influencia en nuestra actuación moral, se debe a menudo al azar de haberlo dejado todo a la merced del olvido al no usarlo: uno se sacude así el polvo de las aulas. Y ello por la sola razón de que la educación se lleva a cabo únicamente en lo formal o lo material, cuando no en ambos a la vez en lugar de buscarse en la verdad, en la educación del verdadero hombre. El Realismo supone ciertamente un avance, puesto que sólo pide a sus alumnos que comprendan y descubran aquello que aprenden; Diesterweg, por ejemplo, no se cansa de hablar sobre el “principio vivencial”; desde esta perspectiva, las materias de enseñanza por sí mismas no constituyen la verdad, sino algo positivo (entre lo que también se incluye la religión) que el alumno puede conjugar y sintetizar con la suma de sus restantes saberes positivos. Sin embargo, no existe ahí ninguna elevación por encima de la vivencia y la contemplación groseras, ni ningún estímulo para proseguir el desarrollo del Espíritu, adquirido precisamente a través de esta contemplación, y producir a partir de él o, en otras palabras, ser especulativo, lo cual significa prácticamente tanto como ser y actuar moralmente, Se conforman con educar gente razonable, pero no se proponen formar hombres racionales. Quedan satisfechos con comprender las cosas y lo dado, pero no parece incumbirles el saber comportarse. De esta suerte, se promueve el sentido por lo positivo, ya sea en su aspecto formal o, a su vez, en el material, y se enseña -adaptarse a lo positivo. Lo mismo que en otros terrenos, en la pedagogía tampoco se deja que la libertad llegue a irrumpir, que la fuerza de oposición tome la palabra; lo que se desea, por el contrario, es la subordinación. Tan sólo se tiende a un adiestramiento formal Y material; sólo son sabios los que salen de las huestes de los Humanistas; sólo son “ciudadanos útiles” los que salen de los aposentos de los Realistas -y unos como otros no son más que hombres subordinados. Se sofoca violentamente nuestro buen fondo de rebeldía y, con él, el desarrollo del saber hacia la libre voluntad. El resultado al que lleva la vida escolar no es entonces otra cosa que el filisteismo. Así como de niños nos habituamos a las cosas que se nos presentan, así también nos familiarizamos y adaptamos posteriormente a la vida positiva y a la época, convirtiéndonos en sus esclavos y en lo que se ha dado en llamar ciudadanos honrados. ¿Dónde se fortalece el espíritu de la oposición, en lugar de la servidumbre que se ha ido alimentando hasta nuestros días? ¿Dónde se educa al hombre creador, en lugar del hombre estudioso? ¿Dónde el maestro se convierte en colaborador? ¿Y dónde se asume el saber en el momento en que se transforma en voluntad? ¿Dónde se erige como objetivo al hombre libre, en lugar de hacerlo con el hombre educado? Desgraciadamente eso sólo sucede en contados lugares. Y no obstante, debe generalizarse la idea de que la tarea más elevada de la humanidad no consiste en la formación, no consiste en civilizar sino en la autorealización. ¿Se perjudicará con ello la formación? Todo lo contrario: de la misma manera que tampoco renunciamos al libre pensamiento por incorporarlo a la libre voluntad. Cuando el hombre funda su dignidad en el sentimiento, el conocimiento y la realización de sí mismo, es decir en su sentimiento de sí, en su autoconsciencia y su libertad, entonces tiende por sí mismo a proscribir la ignorancia que convierte al objeto extraño y desconocido en un obstáculo y un límite de su autoconocimiento. Si, por el contrario, se lo forma, podrá adaptarse siempre y de la manera más sutil y formada a las circunstancias, pero sólo para convertirse en almas serviles. ¿Qué son en su mayor parte nuestros espirituales y educados sujetos? Nada más que ridículos propietarios de esclavos, cuando no simples esclavos.
Los Realistas pueden presumir de una superioridad, la de no formar simples sabios sino ciudadanos razonables y provechosos. Sí, su contraseña “Educar a todos en función de la vida práctica” podría ser el lema de toda nuestra época, de no concebirse esa praxis en el sentido más vulgar de la palabra. Pues la verdadera praxis no es la de abrirse paso por las sendas de la vida, y el saber tiene suficiente dignidad para que no sea simplemente utilizado a fin de conseguir los objetivos prácticos de la vida. Antes al contrario, la más elevada praxis es aquella por la que el hombre libre se revela a sí mismo, y el saber que asume su propia muerte es la libertad vivificadora. ¡La vida práctica! Se cree haberlo dicho todo con esas palabras y, sin embargo, los mismos animales llevan una vida práctica desde el momento en que, llegado su destete teórico, corretean por los bosques y praderas en busca del placer que proporciona el alimento o son unidos al yugo -de cualquier negocio. Un docto en el alma animal como Scheitling llevaría la semejanza más lejos todavía, extendiéndola hasta el terreno de la religión, como puede verse en su “Teoría del alma animal”, una obra sumamente instructiva por esa misma razón, pues llega a acercar hasta el máximo el animal al hombre civilizado, y el hombre civilizado al animal. La “educación para la vida práctica” no forma más que personas de principios, incapaces de pensar y actuar sino en función de máximas, pero no forma hombres principales. Tan sólo forja Espíritus legales, pero no libres. ¡Que distintos son aquellos hombres en los que la totalidad de su pensamiento y de su acción se mece en un constante movimiento y rejuvenecimiento! ¡Que diferentes de aquellos que se mantienen fíeles a sus convicciones! Pues las convicciones son inalterables, no pulsan más que la misma sangre renovada a través del corazón, acaban petrificándose en cuerpos rígidos y tienen algo, por mucho que hayan sido adquiridos y no meramente aprendidos, de positividad y dignidad sagradas, De ahí que la educación realista sea capaz de formar caracteres firmes, aplicados y saludables, hombres inamovibles, fieles corazones, cosa que para nuestra degenerada raza no deja de ser un bien inapreciable. Pero caracteres eternos, aquellos cuya firmeza no reside más que en el incesante raudal de su autocreación y sólo son eternos porque a cada instante se crean nuevamente a sí mismos, haciendo brotar sus manifestaciones temporales a partir de la fuerza, perennemente fresca y joven, de su eterno Espíritu, esos caracteres no los formará nunca semejante educación. Lo que se suele llamar un carácter sano no es, en el mejor de los casos, más que una personalidad petrificada para llegar a su plenitud de sí misma, tiene que llegar a ser, a su vez, sufriente, tiene que contracturarse y estremecerse en la radiante pasión de un incesante rejuvenecer y renacer.
Es así como las líneas radiales de toda educación convergen en un punto central que recibe el nombre de personalidad. El saber, por muy erudito o profundo, amplio y fundamental que pueda ser, sigue perseverando en su carácter de posesión, de propiedad, hasta que no llega a disolverse en el punto imperceptible del Yo, emanando omnipotentemente a partir de él como voluntad, como Espíritu suprasensible e ilimitado. Y el saber experimenta esta transformación cuando deja de depender de los objetos, cuando aparece como un saber de sí, o bien, si eso parece más inteligible, cuando se convierte en un saber de la Idea, en una autoconsciencia del Espíritu. Entonces se trueca, por así decirlo, en impulso, en instinto del Espíritu, en un saber sin conciencia del que todos podemos hacernos al menos una imagen comparándolo con tantas y tan amplias experiencias que se subliman en uno mismo en un sentimiento simple que llamamos tacto: todo el amplio saber que se ha desprendido de aquellas experiencias se concentra en un saber instantáneo que decide nuestros actos en un abrir y cerrar de ojos. Y es justamente a esa inmaterialidad a la que debe tender el saber, sacrificando sus partes mortales y convirtiéndose en inmortal -voluntad.
En esa cuestión, en el hecho de que el saber no se purifique en la voluntad, en la afirmación de sí, en la pura praxis, reside gran parte de la miseria de nuestra educación. Los Realistas intuyeron este vacío, pero tan sólo para llenarlo de manera mezquina con la formación de “hombres prácticos” carentes de ideas y de libertad. La mayor parte de los seminaristas son la corroboración viviente de esta desdichada orientación. La educación debe ser exactamente lo contrario, debe convertirse en personas y, aun partiendo del saber, debe tener siempre presente su esencia, es decir, que el saber nunca ha de ser una propiedad, un tener, sino el Yo mismo. En una palabra, no es el saber el que debe constituir el centro de la educación, sino la persona que alcanza el despliegue de sí misma; la pedagogía no ha de pretender civilizar a los hombres, sino formar personas libres, caracteres soberanos, y la voluntad, tan duramente oprimida hasta ahora, no debe debilitarse más. ¿Si no se atenúa el impulso del saber, por qué ha de reducirse el impulso de la voluntad? Y si se estimula aquél, con la misma razón debe estimularse éste. La arbitrariedad y la indisciplina del niño tienen los mismos derechos que su afán de saber. A éste se lo alimenta esmeradamente. ¡También debe fomentarse la fuerza natural de la voluntad, la oposición! Que el niño no aprenda a sentirse a sí mismo, significa que no aprende lo más esencial. ¡Que no se sofoque su orgullo, su libertad! Frente a su insolencia, ni propia libertad siempre queda a salvo. Pues si su orgullo se trueca en terquedad, si el niño pretende doblegarme yo, que soy tan libre como pueda serlo el niño, tampoco tengo por qué tolerarlo. ¿Pero significa eso que deberé defenderme utilizando el fácil instrumento de la autoridad? ¡De ningún modo! Pero le opondré la fuerza de mi libertad hasta que la terquedad del niño se rinda por sí misma. Un hombre entero no necesita ser -una autoridad. Y cuando la libertad se convierte en descaro pierde precisamente esa fuerza que caracteriza, por ejemplo, el dulce poder de una auténtica mujer, de su maternidad, o de un hombre firme. Se ha de ser muy débil para acudir en auxilio de la autoridad, y muy perverso para creer que el descaro puede corregirse por convertirlo en temor. Exigir el temor y el respeto son cosas que pertenecen a la época pasada del Rococó.
¿De qué nos lamentamos, pues, cuando nos referimos a los defectos de nuestra actual formación escolar? De que nuestras escuelas se asienten todavía sobre el viejo principio del saber sin voluntad. El nuevo principio, por el contrario, es el de la voluntad en tanto que purificación del saber. Por eso rechazamos todo tipo de “concordato entre la escuela y la vida” pues la escuela misma es la vida, y la autorevelación de la persona su tarea, tanto dentro como fuera de ella. La educación universal de la escuela debe ser una formación para la libertad, y no para la servidumbre. ¡Ser libres, esa es la verdadera vida! La constatación de la ausencia de vida que aquejaba al Humanísmo hubiera debido de conducir el Realismo a esta conclusión. Sin embargo, sólo se tuvo en cuenta que la formación humanista no capacitaba para la llamada vida práctica (burguesa, mas no personal) y, oponiéndose a la educación puramente formal, se orientó hacia una formación material, en la esperanza de que si daba a conocer las materias útiles para el intercambio social no sólo superaba el formalismo, sino que daba satisfacción a las más elevadas necesidades. Con todo, la educación práctica esta muy por detrás de la formación personal y libre, y si aquella proporciona la habilidad para abrirse paso en la vida, ésta confiere la fuerza, los fogosos destellos de una vida que se abre a partir de sí misma; si aquella prepara para que nos encontremos en el mundo de lo dado como en nuestra propia casa, ésta enseña a encontrarse consigo mismo como en su morada. No somos Todo cuando nos desplegamos como miembros útiles de la sociedad, pues únicamente podemos alcanzar esta plenitud cuando somos hombres libres, personas autocreadoras.
Si la idea y el impulso de nuestro tiempo es la libre voluntad, la pedagogía debe acoger la formación de la personalidad libre como su primer y último objetivo. Humanistas como Realistas se limitan al saber y, a lo sumo, se preocupan por la libertad del pensamiento, convirtiéndose en librepensadores a través de la libertad teórica. Con el saber, sin embargo, sólo somos libres interiormente (una libertad a la que por nada debemos renunciar), mientras que exteriormente podemos seguir siendo, con toda nuestra libertad de conciencia y de pensamiento, esclavos en la servidumbre. Y sin embargo, precisamente aquella libertad exterior para el saber constituye, para la voluntad, la libertad interior y verdadera, la libertad moral.
Y sólo en esta educación universal, en la que lo más bajo se conjuga con lo más elevado, hallamos la verdadera igualdad de Todos, la igualdad de las personas libres, sólo en la libertad es posible la igualdad.
Frente al Humanismo y el Realismo podemos llamarnos, si es un nombre lo que se desea, moralistas, pues nuestro objetivo es la formación moral. Con ello se objetará inmediatamente que no aspiramos a otra cosa que a una formación guiada por leyes morales positivas, cosa que, de hecho, ya se ha venido haciendo hasta nuestros días. Pero precisamente porque es lo que ha sucedido hasta ahora, son esas leyes las que descarto, y el hecho de que sólo deseo ver el despertar de la fuerza de oposición, y no la subyugación de la voluntad, sino su glorificación, debiera bastar para esclarecer esta diferencia. Y para distinguir todavía más los requisitos que hemos expuesto de las mejores aspiraciones de los Realistas, tal como aparecen, por ejemplo, en el recién aparecido programa de Dieterweg, en la página 36: “La insuficiencia de nuestras escuelas y de nuestra educación en general reside en el defecto de una formación del carácter. No educamos ningún tipo de carácter”, para distinguirlo claramente de esta perspectiva diré que aquello que necesitamos es una formación personal (no la acuñación de un carácter). Y si una vez más se desea agregar un -ismo a quienes siguen este principio, éste podría ser, en mi opinión, el de Personalismo.
Por esa razón, y para volver nuevamente a Heinsius, “el vívido deseo de la nación de que la escuela se aproxime a la vida” no podrá cumplirse sino cuando se encuentre la auténtica vida en la personalidad, la independencia y la libertad, pues quien aspire a estos objetivos no renunciará por ello a todo lo bueno que existe tanto en el Humanismo como en el Realismo, sino que ennoblecerá a ambos, elevándolos a una altura infinitamente mayor. Tampoco puede ponderarse el punto de vista nacional que detenta Heinsius como el justo, pues más bien lo es el punto de vista personal. Sólo el hombre libre y personal es un buen ciudadano (Realistas), e incluso careciendo de una cultura especial y erudita (filosófica, artística, etc.), será un juez de delicado gusto (Humanistas).
Si, finalmente, tuviera que expresar en pocas palabras el objetivo que nuestra época debe alcanzar, formularía el necesario fin de la ciencia exenta de voluntad y el auge de la voluntad autoconsciente que se consuma en el esplendor de la persona libre de la siguiente manera: ¡El saber tiene que perecer para que pueda renacer como voluntad que se engendra siempre de nuevo en tanto que persona libre!

sábado, 7 de agosto de 2010

La influencia del stirnerismo en el movimiento libertario español*


Las concepciones filosóficas de Stirner, concretadas en su famoso libro El único y su propiedad, que data del 1844, llegan con bastante retraso al panorama ideológico íbero. Además de llegar tarde estas ideas se incorporaron al discurso libertario por mediación y influencia de otros autores; en contadas ocasiones de forma directa. Nietzsche y Armand son dos de los autores más destacados, los que me interesaría analizar aquí (a parte del propio Stirner, evidentemente). Ambos autores fueron claramente influenciados por la filosofía de Stirner, y la asimilaron y desarrollaron a su particular manera. Se sabe que el autor de Así habló Zaratustra admiró a Stirner en secreto, sobretodo para evitar posibles identificaciones de su filosofía con el anarquismo y el individualismo stirnerianos.

La obra de Nietzsche fue introducida a nivel español por los bakuninistas des de 1887, indirectamente a través de la obra de Max Nordau, que presenta el nietzscheanismo de una forma vulgarizada y bastante comprensible. Literatos individualistas como por ejemplo Carlyle, Björson, Hauptman y sobretodo Ibsen también son importantes en este aspecto. Es destacable la conferencia impartida por E. Sanz Escartín el año 1898, fecha de la perdida de las colonias españolas, que llevaba por nombre “Federico Nietzsche y el anarquismo intelectual”. Escartín identificaba los aspectos en común entre la filosofía nietzscheana y el movimiento modernista.

La perdida de las colonias y el descontento ocasionado por este hecho propicia y acelera la introducción del individualismo alemán en España. El año 1900 aparecía la primera versión española de Así Habló Zaratustra. El Único y su propiedad, como indica Armand en su artículo El Stirnerismo (aparecido en La Revista Blanca, nº299, 12 d’octubre de 1934), se publicó en Francia el año 1900 y se hicieron dos traducciones diferentes: la de Robert L.Reclaire, en casa de Stock, y la de Henri Lasvigne, en La Revue Blanche. Aparecía, sólo un año después, en 1901, la traducción al español por parte de Pedro Dorado Montero en la revista La España Moderna. Tres años más tarde, en 1904, sería publicada otra traducción al español por parte de Pedro González Blanco, des de la editorial Sempere. Respecto a esta segunda edicción se conoce que la primera tirada fue de unos 6.000 ejemplares y que hubo una segunda de unos 4.000.

José Alvarez Junco identifica una corriente sitrneriano-nietzscheana en el sí del movimiento intelectual y libertario español de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Tanto Stirner como Nietzsche pusieron de manifiesto el conflicto individuo-sociedad, fueron críticos radicales de los convencionalismos sociales y partidarios del individualismo y el egoísmo más absolutos. En el panorama ideológico libertario de principios del siglo XX las ideas de Kropotkin expuestas en su escrito El apoyo mutuo (1902), habían sido asimiladas y aceptadas de forma casi indiscutible. Se trataba de una clara respuesta a las ideas de darwinismo social defendidas principalmente por Malthus que sostenían los conservadores. A pesar de esto las ideas de Nietzsche presentaban un componente darwinista muy marcado que entraba en contradicción con las ideas defendidas por el príncipe ruso. La corriente stirneriano-nietzscheana, egoísta y individualista, raramente casaba con la filosofía solidaria y comunista de Kropotkin, y con el socialismo libertario en general.

Es muy importante la influencia que tanto el filósofo alemán como las ideas ácratas ejercían en la juventud intelectual española de la generación del 98 o movimiento modernista en el período que va de 1989 a 1905. Jaume Brossa y Pompeu Gener, por ejemplo, participaron en el movimiento libertario colaborando con publicaciones como Ciencia Social o La Revista Blanca. Este último llegó a conocer directamente las ideas stirnerianas. De Ramiro de Maeztu se sabe que en juventud fue nietzscheano y anarquizante en ciertos aspectos, aunque se acercó más al movimiento socialista político. Eduado Marquina presenta en su obra multitud de aspectos vitalistas, paganos y libertinos, y se sabe que publicó poemas en la prensa libertaria. Es interesante la persona de Pío Baroja; en una de sus obras, La lucha por la vida, contrapone la figura del típico anarquista kropotkiniano a la del individualista extremo, anarquizante, mas no anarquista. Seguramente Baroja se identificaba con este último. Azorín primeramente se sintió atraído por el anarquismo kropotkiniano, y fue precisamente su acercamiento a la figura de Nietzsche lo que lo acabó alejando del movimiento libertario.

Sin lugar a duda lo más destacable es la obra y figura de Julio Camba (1884-1962), quien fue importante nietzscheano español y a la vez miembro activo dentro del movimiento libertario. Llegó a ser director de un periódico ácrata propio, además de colaborar en varios de ellos como El Rebelde, Juventud, El Productor Literario, Buena Semilla, Anticristo o Liberación, publicaciones que compartían la identificación tanto con el anarquismo como con el nietzscheanismo. Camba encontraba muchos puntos en común entre Nietzsche y el anarquismo, como el individualismo o la crítica a la moral cristiana, y recomendaba hacerse anárquicos más que anarquistas.

Importante destacar también el grupo anarquista conocido como “La Colla de Foc Nou”, que se reunía en un banco de la gran vía barcelonesa y funcionaba como lugar de debate literario. Integraban este grupo figuras como Jaume Brossa, destacado anteriormente, Celestí Galcerán, Josep Roca, Bernat Rodríguez Serra, Ramón Sempau, Ignasi Iglesias y Pere Coromines. Curiosamente, a pesar de ser figuras reconocidas dentro del movimiento modernista, todos ellos tenían procedencia obrera. Des de la imprenta “L’avenç” se encargaron de difundir la obra de Friedrich Nietzsche, entre otros autores.

La Revista Blanca, importante referente del individualismo anarquista, se relacionó durante toda aquella época (1898-1905) con las ideas de Nietzsche, como su vitalismo, su subjectivismo o su negación de la metafísica. El entusiasmo primerizo por la figura de este autor, pero, acabó convirtiéndose en escepticismo. El tipo de individualismo representado por Stirner (de quien ya habían podido analizar la obra en profundidad) o Nietzsche difícilmente era aceptado dentro de la publicación. Joan Montseny (1864-1942), a la cabeza de esta publicación, intentó convertirla en nexo de unión entre el movimiento intelectual de la generación del 98 y el movimiento anarquista. De hecho colaboraron con esta publicación autores como Unamuno, Clarín, Francisco Giner de los Rios o Fernando Tárrida. Del movimiento modernista Federico Urales (seudónimo de Joan Montseny) aceptaba el vitalismo, pero elementos como el decadentismo, el pesimismo o el arte por el arte sin función social le parecían detestables. Urales se acabó alejando de los intelectuales, y hasta 1923 no volvía a implicarse activamente en el desarrollo del anarquismo individualista. Pero de hecho en la segunda etapa de esta publicación se comenzaron a defender posiciones claramente contrarias al stinerismo dentro de esta publicación.

Inevitablemente la mayor parte de modernistas –sobretodo los más destacados- que parecían defender el anarquismo acabaron abandonando toda vinculación con el movimiento libertario. Difícilmente podía ser aceptado el egoísmo absoluto de los individualistas alemanes, como tampoco podía serlo el aristocratismo o la crítica a la razón (o incluso a la misma ciencia). Tanto al figura de Nietzsche como la de Stirner caerían en el olvido en el sí del movimiento libertario español. Este último sería recuperado por el individualista francés Emile Armand, que lo acabaría asociando inconfundiblemente al movimiento anarquista individualista. Respecto al nietzscheanismo de los modernistas muchas veces acabaría desembocando en el darwinismo social y el irracionalismo fascista, como el defendido por el mismo Azorín.

Las décadas de los años veinte y treinta representaron la época de crecimiento, apogeo y decadencia del anarquismo individualista español propiamente dicho, correspondiente a la epoca de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y a la Segunda República (1931-1936). El movimiento sindicalista, encabezado por la CNT, sufrió una fuerte censura y las publicaciones individualistas, de carácter más cultural, asolieron el protagonismo. Es innegable la influencia del anarquismo individualista francés en su homónimo español. Han Ryner sería el referente de un anarquismo más especulativo y espiritual, en oposición al materialismo y egoísmo de los individualistas de tipo stirneriano, del cual el máximo representante fue Emile Armand. Dos personalidades son importantes en la introducción de estos dos individualistas franceses en nuestro país. Costa Iscar, que mantenía relaciones personales de amistad con Armand, se encargó de traducirlo. A su vez, José Elizalde, que manteía mejores relaciones con Ryner, se encargó de traducir tanto a éste como a Armand. Tenemos publicaciones dentro del anarquismo individualista como La Revista Blanca, Ética o Nosotros (esta última aún siendo stirneriana) que parecían decantarse más por el pensamiento de Ryner. En cambio Iniciales, Estudios o Al Margen serían publicaciones más próximas a la figura de Armand. Dejando de lado todo esto no hay unanimidad dentro de las mismas publicaciones y personalidades como los Montseny, muy críticos con el egoísmo stirneriano, o José Elizalde se declaraban claramente rynerianos; otros como Mariano Gallardo o León Drovar más indiscutiblemente armandianos.

Tanto las revistas Generación Consciente y Estudios (continuación de esta primera), que publicaron entre 1923-1937, como Ética y Iniciales (continuación de Ética), que publican entre 1927-1937, se centran en los aspectos de tipo sexual, principalmente en el neo-malthusianismo y el componente stirneriano no encuentra apenas espacio de expresión. En el caso de las dos primeras, Generación Consciente-Estudios –de hecho, la misma-, las posiciones éticas de Armand, cercanas al nihilismo moral de Stirner, son muchas veces cuestionadas. A pesar de esto, encontramos intelectuales como Julio Barco (García Birlán) que hacen exaltaciones constantes del individuo, inspirados por ideas de tipo stirneriano. En cuanto a Ética-Iniciales, después de perder al primer equipo editorial, dominado por la personalidad de Elizalde, claramente ryneriano, tras ser éste encarcelado en 1929, se abre una etapa de mayor fijación por la persona de Armand. De hecho, en Iniciales (1929-1937) tienen consciencia de ser una minoría y en este aspecto radica su aristocratismo armandiano. Se encuentran abundantes escritos de Emile Armand y de Mariano Gallardo. José Elizalde, del equipo directivo de Ética, y fundador del Ateneo Naturista Ecléctico (dedicado a la práctica nudista y actividades similares) propuso la creación de una Federación Nacional de Individualistas, inspirada en las asociaciones de egoístas stirnerianas, aunque no llegara a fructificar. Como muchos otros individualistas militó en el movimiento libertario no específicamente individualista; participó en la fundación de la FAI en 1927.

Respecto a la cuestión sexual y afectiva Ryner, aunque no niega el componente físico del amor, estaba más interesado en el amor de tipo filosófico, espiritual o platónico. Por otra parte, Armand se centraba más en el componente físico del amor, y en el placer por el placer. Según Armand instintivamente tendemos hacia la promiscuidad, y de aquí nacen sus críticas contra la familia monogámica tradicional. El armandiano más destacable en el panorama español es el andaluz Mariano Gallardo, que se proclama nihilista en todos los aspectos, incluido el sexual. Fue colaborador habitual de revistas como Estudios o Iniciales en la década de los treinta. Partidario de la promiscuidad sexual y del pluralismo amoroso, restaría importancia a la práctica de la prostitución equiparándola a otros trabajos asalariados. Partidario de crear una nueva moral sexual alternativa como solución a este asunto, aunque escéptico al respecto. Acabada la guerra civil Mariano Gallardo se exiliaría territorio francés. Parece que colaboró con la publicación Tierra y Libertad en su estancia en París.

Moriría en la década de los setenta. La publicación que lleva por nombre Al Margen, nacida en 1937, se centró mucho en el debate sobre la guerra y la revolución; también sobre la participación de los anarquistas en las instituciones republicanas y sobre los hechos de mayo de 1937 (el enfrentamiento de la CNT-POUM con los stalinistas del PSUC). Es interesante como los componentes de esta revista, de la cual destaca Vicente Galindo Cortés o Fontaura (1902-1990), conocido individualista y neomalthusiano, defienden la creación de asociaciones de individualistas inspiradas en los grupos de afinidad creados en torno a la publicación francesa L’en dehors de Emile Armand, donde se practicaba la idea de camaradería amorosa, a su vez inspirada en las asociaciones de egoístas stirnerianas. También se inspiran en la idea de Armand de crear comunas individualistas, idea que tuvo cierta influencia en algunas colectividades aragonesas.

La publicación más íntimamente relacionada con el individualismo stirneriano fue Nosotros. Fue una publicación de indiscutible calidad, aunque de corta duración (pues no duró ni seis meses). Se publicaron sólo cinco números, el primero en octubre de 1937 y el último el febrero de 1938, en plena guerra civil. Gran parte de lo publicado estaba directamente relacionado con las ideas de Stirner. Nosotros funcionó también como editorial y desde ésta se publicó una reedición de El Único y su propiedad en edición de lujo el año 1937, prologado por Miguel Giménez Igualada. Esta publicación trató de convertirse en puente entre el anarquismo individualista y el anarquismo comunista (esta última tendencia representada por Rodolfo Gonzáles Pacheco); ambas tendencias ajenas al sindicalismo. Miguel Giménez Igualada (1888-1973), el director de esta publicación desde el segundo número, fue un stirneriano declarado, enemigo acérrimo de la acción popular y de las organizaciones formales, y en su juventud “ilegalista”. Giménez Igualada opinaba que el socialismo había sustituido a la religión, y lo criticaba; como también criticaba la idea de revolución, y los cambios nada más superficiales que ocasionaba. La cuestión educativa la vislumbró des de una óptica armandiana, y defendió la idea de iniciación. En esta publicación colaboraron los individualistas franceses Armand, Ryner y Devaldès. Curiosamente Armand colaboró con artículos más de tipos filosófico, histórico o político que de tipo sexual, como en las otras publicaciones. Colaboraron también personajes como Felipe Alaiz, Costa Iscar, Fontaura, Juan de Hiniesta, Higinio Hoja Ruiz y Gonzalo Vidal.

Desde Nosotros y principalmente por parte de Giménez Igualada, ante las circunstancias especiales de la guerra, se instó a los individualistas y a los simpatizantes de Stirner a intervenir en el conflicto armado. Armand, por su parte, siempre reticente al uso de la violencia, también expresó simpatías por la resistencia española y consideró aquello como una reacción lícita contra la violencia y el totalitarismo fascistas. Con al perdida del conflicto bélico (formalmente el 1 de abril de 1939) por parte de los republicanos y libertarios, pero, desaparecía cualquier vestigio de individualismo anarquista del panorama íbero, como también era silenciado o eliminado el movimiento libertario en general, y toda oposición al naciente régimen franquista.

BIBLIOGRAFIA- Stirner, M.: El Único y su propiedad. El falso principio de nuestra educación o humanismo y realismo, B. 1974, Las Ediciones Liberales. - Armand, E.: El anarquismo individualista (lo que es, puede y vale). El stirnerismo, Logroño., 2003, Pepitas de calabaza ed. - Alvarez Junco, J.: La Ideología Política del Anarquismo Español (1868-1910), M. 1976, Ed. Siglo XXI. - Díez Rodríguez, X.: L'anarquisme individualista a Espanya (1923-1938), 2 parts [Format PDF]., 2002, Universitat de Girona

tomado de http://bajolatormenta.blogspot.com/2007/01/la-influencia-del-stirnerismo-en-el.html

jueves, 31 de diciembre de 2009

STIRNER (26 octubre 1806 – 23 de junio 1856) x Miguel Gimenez Igualada


IN MEMORIAN

A Emile Armand, anarquista individualista, como ofrenda de profunda admiración y gran cariño.
M. G. I.


Hoy, día 23 de junio de 1956,

Hace cien años que murió Juan Gaspar Schmidt,

Nacido en Bayreuth, Alemania,

El 25 de octubre de 1806.





Este hombre singular dio a luz el libro más original y atrevido que vieron los siglos, El Único y su Propiedad, firmándolo con el nombre de Max Stirner.



Como homenaje de agradecimiento a quien me ofreció un manantial de pensamiento virgen, en el cual abrevé, suena como mi palabra, quizá sola en el mundo.**



Miguel Gimenez Igualada.









VIBRACIÓN

(A manera de prólogo)







Cuando por primera vez vibró la materia humana, vibró el Universo entero; al vibrar, el hombre se concibió y, al concebirse, adquirió el conocimiento de sí y de la obra creada.



Decir hombre es decir cosmos: creador, criatura, ambiente y obra.



Sin el hombre no hubiera habido bondad en el cosmos, ni belleza ni alegría. El creó el llanto y la risa, el dolor, el placer, la justicia, la religión y la ciencia. Por él viven dios y el fósil. De él dependen lo humano y lo inhumano, lo político, lo religioso y lo ateo.



Se creó al crear y creando se aumenta, se aumenta, se ensancha, se agranda, se eleva – última y más importante dirección dimensional del hombre que quiere ser unidad, conjunto, Todo.



Porque sólo en el hombre vibra el cosmos, sólo él puede expresarlo. Lo que él no expresa, no existe.



Existe Dios porque el hombre lo creó. Fue una lucubración suya, un deseo, un ensueño, un concepto. Quizá por temor a caer en egolatría, lo hizo ideal de sí mismo, personificando el ideal en ser de su creación.



Es que a cuanto vio o soñó, ve o sueña, el hombre le comunica su vida, su vibración.



Creó el tiempo y el espacio, lo finito y lo infinito, y no hay tiempo, ni espacio ni límites para él. Su pensamiento, única afirmación de su vida, se proyecta en el espacio, destruye las barreras que limitan y barrena el infinito.



La palabra que puso en labios de Cristo, y que hizo hablar antes a Buda, es la expresión de sus mensajes de luz, luz de mañana que ha de alumbrar los siglos que serán, y luz de ayer que alumbró los siglos que pasaron. Y es que los pasos del hombre traspasan la prehistoria y se pierden en el tiempo, hacia el futuro.



Por eso, sólo el hombre es capaz de poetar, es decir, de crear, y sólo él puede hurgar en el bagaje que otro hombre, su antecesor, fue dejando en las tinieblas del ayer, para exponerlo al hoy que él alumbra, hoy en que hace resumen de lo pretérito y transforma en pedestal para lanzarse al mañana.



No todas las criaturas han vibrado; no todas, para nuestra desgracia, vibrarán; no todas alcanzan ni han alcanzado el poder de traspasar el tiempo y el espacio. Algunas sólo son, están ahí, sin conciencia de sí mismas, sin vida, sin vibración. Son dolor y no están capacitados para transformar el dolor en placer.



Porque sólo es hombre y creador el que tiene conciencia de ser unidad de valor dentro del cosmos, sintiendo vibrar en su unidad.









CAPÍTULO I



PARTOS DEL SIGLO XIX







Una cabeza que forja pensamientos, es algo que no admite comparación. Pues ¿qué nido de águilas puede hacerse en altura que el hombre no escale, ni qué montaña llenar los firmamentos que él no llene?





Preñez de hombres traía el siglo XIX en su matriz fecundada, por lo que no podía desaparecer sin dejar plantados en la vida a dos de sus hijos, encargados de lanzar a sus hermanos los mensajes que extrajeron de las canteras de la hombría.



Así, a poco de llegar, y destinándolo a sacudir los cimientos de una sociedad en decadencia, da a luz su primer hijo, Stirner, y, en seguida, para quitar las telarañas que podría haber dejado el primero en los cerebros crédulos, pare a su segundo, Darwin. Por ellos, el siglo XIX será de conmoción: volcán que lanzará pensamientos como larvas hirvientes.



Después del parto sonríe contento y satisfecho: no será un siglo oscuro, como lo fueron tantos y tantos de sus hermanos, sino un siglo que marcará una época: en medio de criaturas que, como ceros humanos, vegetan y mueren sin nombre y sin luz, ha plantado, para que alumbren los siglos venideros, dos hombres que traen las alforjas bien servidas.



Los siglos anteriores, los de la decadencia griega, pusieron en circulación un ensayo de hombre: Jesús; pero este doble parto es una realidad: la hombría ha desbordado por haber adquirido su máxima potencia. Stirner y Darwin son dos faros que alumbrarán un mundo en tinieblas por haber recogido en sí la luz que no pudo brillar desde Tales acá.



Su primer estallido, su primera erupción, terremoto que sacude el planeta y los espacios, se produce en 1844, cuando el siglo está en su madurez, con la aparición de El Único y su propiedad, obra de su primer hijo; las segundas y terceras tienen lugar, una en el año 1859 al aparecer El Origen de las Especies, que clava un hito en la historia de las ciencias biológicas, y otra en 1871, en el que Darwin habla al mundo de El Origen del Hombre, echando no sólo del paraíso a Adán y a Eva, sino fuera del mundo, al demostrar que sólo fueron una entelequia y no los padres del género humano.



¡Qué conmoción se produce en el planeta! ¡Qué discusiones se oyen por todas partes! ¡Qué maldiciones brotan de los labios creyentes!



Es que el siglo ha parido dos hombres y, por consiguiente, las obras y proezas que han de realizar se salen de la Tierra para llenar el Cosmos, pues pensamientos cósmicos pueblan los cerebros de esos únicos.



Porque Sócrates, Platón y Aristóteles no son helenos, sino precursores del Dios Uno y Trino, entierran todo cuanto al individuo pertenece, cosiéndole los labios para que ni pueda hablar ni pueda reír, pues si con Tales y los filósofos de su escuela el hombre es incitado a entablar lucha con el mundo para dominarlo, con Sócrates, con Platón y con Aristóteles se invita a los hombres al desprecio de los bienes terrenos, a creer en la Idea y a adorar a Dios.



Unos y otros representan las dos corrientes que el mundo ha de seguir, los dos caminos por los que va a andar, los dos principios o conceptos sobre los que los hombres van a normar su vida. Triunfadores los últimos, a poco andar va desapareciendo la gracia helena y con ella la alegría del vivir, sucediendo las terracotas de Tanagra a los majestuosos mármoles de Fidias.



Y llega el Cristo, se prohíbe pensar y se empequeñece al hombre, entrando en la Edad Media con su cortejo de oscuridad. Y aunque se produce una especie de Renacimiento, la vida cae en el sopor. Se rumia lo pensado, no se piensa. Cristo impera, y con él entran e imperan en el mundo Sócrates, Platón y Aristóteles, sus precursores.



Pero como la corriente de la hombría no puede ser detenida ni desviada, aunque proscritos, los hombres trabajan en la sombra, en la clandestinidad, cavando un túnel en el tiempo por el que se asoman al siglo XIX.



Por eso, Stirner, heredero de los Tales y los Anaximandro, se esfuerza, como ellos, en poner el mundo al servicio del hombre, para lo cual se sale de la Tierra, se eleva a los espacios, hallando en todo un inmenso vacío: el dios aristotélico, al que tanto se teme, es un fantasma creado por imaginaciones calenturientas; los caminos del hombre están libres de estorbos y puede recorrerlos sin temores.



¡Cómo hubiera gozado Stirner, si hubiera vivido, con las afirmaciones de su hermano Darwin! En potencia y en verdad, la gloria estaba en la Tierra, llenándola toda, y lo estaría mañana en realidad si unas criaturas tras otras fueran abandonando sus falsas posiciones de ceros de la especie para adquirir la jerarquía de unidades, de individuos, de hombres, de únicos.



Porque si no hay dioses, podemos entendernos los que vivimos en esta tierra, que ya no debe ser valle de lágrimas.









CAPÍTULO II



EL HOMBRE







Dame frentes anchas y despejadas que sean como cielos limpios y abiertos por los que circulan mundos de luz.





No se conoce a Stirner. Los filósofos, que deberían conocerle, sienten pánico ante el irreverente que se levanta contra todos los dogmas divinos y humanos, y los libertarios, que no debían ignorarlo, sólo han leído extractos intencionalmente tergiversados de su portentosa obra o mal hilvanadas críticas de quienes no pudieron comprenderle.



Hoy hace cien años que Stirner murió, y como el mundo de la hipocresía, y el de la barbarie, y el de la cobardía siguen siendo los mismos que cuan él escribió, sus pensamientos, de los que extrajeron grandes enseñanzas los grandes libertarios que le sucedieron, parecen, por lo frescos, claros y puros, como si acabaran de ser fundidos.



Pero mirémosle que está ahí, ante nosotros.



Por ser hijo del siglo, fue éste, su gran padre, quien le dio marca y nombre. Marca, porque le obsequió una frente despejada y hermosa; nombre, para que realzara sus atributos.



En la pila bautismal lo adoptaron Juan Gaspar, es decir, cero, nada; el siglo, no conforme, lo bautizó con la luz. Su nombre sería Stirner, el de la frente bella y luminosa: era su hijo predilecto y no podía consentir que tuviera nombre cristiano, porque no sería un seguidor de Cristo.



Y como tampoco tenía antecedente, porque se habían extinguido el árbol genealógico de los Mileto, no le era preciso el patronímico. Stirner, hijo del Tiempo, llenaría de luz los siglos venideros.



Porque bullen los pensamientos dentro de aquella gran caja craneana, sus jóvenes amigos le llaman como el siglo, y en la Universidad se le conoce por Stirner, el de frente hermosa. Sin duda ven o adivinan lo que hierve aquella cabeza sin igual.



Necesitando el lenguaje como instrumento necesario, precioso y seguro para expresar con belleza y galanura los pensamientos que anidan en su cerebro joven, se hace filólogo, anhelante de saber lo que en sí lleva cada palabra, su formación y origen, puesto que por las palabras que legaron al mundo puede conocerse a los hombres que les dieron vida; porque necesita saber discurrir acerca de las cosas y de los hechos que engendran las cosas, estudia filosofía. Con esas armas, que sólo el único sabe y puede esgrimir, arremete contra las ideas de Dios y de Estado, consideradas por él como las más nocivas que puede albergar en su cerebro la criatura humana.



Estudia con Hegel en la Universidad de Berlín; pero pronto se enfrenta a su maestro, metafísico con grandes visos de racionalismo. ¡Quién hubiera podido imaginar entonces que aquel joven de ancha frente, ojos azules y mirada clara y soñadora habría de ser el mayor inconformista que, hasta su llegada, conociera el género humano!



Michelet, que figuraba entonces a la cabeza de la izquierda hegeliana, da unos cursos en la Universidad de Berlín, y, sabedor de ello, allá corre Stirner, ansioso de beber en la fuente el pensamiento puro. Pero tampoco le satisface, tampoco le conforma. Se ha producido un divorcio entre maestros y discípulos, y aquella mente poderosa anda trazando camino nuevo.



En 1835 aparece La Vida de Jesús, de Strauss, produciendo honda conmoción en las esferas del intelectualismo alemán. Eran momentos en que parecía que en el jardín de la vida intelectual las creencias en la divinidad florecían por última vez; pero Strauss, que poetiza las leyendas religiosas, haciéndolas más atractivas y bellas, refuerza la idea de Dios. En La Vida de Jesús, el Cristo es más dios no más hombre que en la leyenda bíblica. Y es que el racionalismo de Hegel, reforzado por Bruno Baüer, Strauss y Feuerbach, es en el fondo una exacerbación del teologismo.



Se dice que Hegel ha sido superado, que el concepto de libertad individual, y aun de individuo, van a florecer, pero el protestantismo, que baja a Dios de las alturas para sentarlo en cada hogar a que presida las reuniones familiares, refuerza, que no destruye, la idea de divinidad.



Por eso, los teólogos terminan por abrazarse al Hombre-Dios de Strauss, y los pocos que se atreven a escudriñar en la Biblia, unos aceptan como verdades las leyendas que otros poetizan, y aquéllos prestan oídos a las herejías que ayer les asustaron. Así, muchos creen, pocos piensan y todos discuten, en tanto Marx y Engels, que merodean por aquellos cenáculos, hacen suya la dialéctica hegeliana, que tanta falta ha de hacerles para apoyar sus teorías del Dios-Estado.



De aquella época se conservan tres libros: La Vida de Jesús, de Strauss, La Esencia del Cristianismo, de Feuerbach y El Único y su Propiedad, de Stirner. El más firme, recio, enjundioso y rico, el que se mantiene más seguro, es El Único y su Propiedad, que es el que con mayor empuje conmueve los cimientos de lo viejo; el que, por su mayor originalidad, encierra en sus páginas más pensamientos nuevos y audaces; el que obliga a pensar. Strauss y Feuerbach son cristianos, aunque el último se llame ateo. Stirner, que no necesita hacer gala de ateísmo, es el supremo negador de Dios.



En el libro de Feuerbach, que encarna el ateísmo racionalista de aquellos años, germina el socialismo -Lasalle y Feuerbach son amigos, coincidiendo en las aspectos teóricos de la teología racionalista-, que, por no poder ser negador absoluto de la divinidad y, por consiguiente, de la autoridad, traslada ambas a la Tierra, conservando para la Sociedad, convertida por ellos en Diosa, las mismas prerrogativas terrestres que se le conceden a Dios en el cielo.



El socialismo es, pues, aunque negador del Cristo, una secta cristiana: niega al Dios de las alturas, pero erige altares al Estado, que es su Dios, y hasta tiene su iconografía. Así, puede decir Lenin que “la libertad es un prejuicio burgués”, como es también un prejuicio para los socialistas ser propietario. Como el antiguo cristianismo, su antecesor, el socialismo llega a ser la religión de los indigentes, de los que ni quieren ser ni apetecen tener. Las grandes casas colectivas de hoy son las sucesoras de las iglesias, casas colectivas de ayer, y la familia proletaria es la misma familia cristiana que ha cambiado de nombre. Por eso, si ayer se quemaba a quien negaba a Dios, hoy se fusila a quien niega al Estado, porque ni en la casa de Dios ni en la casa del Pueblo caben los hombres.



¿Qué los socialistas se ríen de la ley mosaica? Es cierto, es cierto; pero no es menos verdad que obligan a que se acepte la ley del Estado, y que los mandamientos de éste, de origen tan dudoso como los de Moisés, son igualmente imperativos e inexorables, así como las contribuciones e impuestos son tan onerosos como los diezmos y primicias, sirviendo unos para mantener gordos y lustrosos a los jerarcas políticos, como sirvieron otros para mantener lustrosos y gordos a los obispos.[1]



Un ministros socialista actual pide para sí los fueros de un cardenal, y los gobernadores de provincia se equiparan a los viejos epíscopos. De ahí que invoquen los mismos derechos -¡oh los derechos divinos y humanos cómo se confunden!- para dirigirse a la masa, disputándose fieramente su catequización. Y no se catequizan hombres, tengámoslo por seguro, sino espectros de hombres, ceros humanos. La orden, que no máxima, de Ignacio de Loyola se acepta y práctica igualmente por cristianos y socialistas: serás como bordón de ciego que carece de voluntad para moverse.



Y como reformar es reforzar, refuerza quien reforma. De ahí que, con justicia, al luteranismo se llame Reforma: Lutero reformó y reforzó la idea de Dios, que se difuminaba, se deshacía, se perdía en la Edad Media. Por eso, bien mirado, ésta no termina en 1459 con la caída de Constantinopla en manos de los turcos dando así fin al Imperio Bizantino, sino que es Lutero quien la entierra, porque con él es con quien se produce la ruptura con la época anterior. El día en que Lutero (1517) clava en las puertas de la Iglesia de Wittenberg sus noventa y cinco tesis contra el catolicismo, empieza la Reforma y, por consiguiente, nueva época histórica, ya que la caída de Bizancio no representa en sí más que un episodio, una escaramuza guerrera con suerte para el turco y desgracia para el bizantino. Con él, pues, con Lutero, muere la Edad Media y empieza la Moderna, que es la del Socialismo, o sea la de lo colectivo o común contra la unidad humana; la del rebaño contra el individuo; la de la masa contra el hombre.



Forzosamente tuvo que nacer el marxismo en la tierra abonada por el protestante, pues Carlos Marx es tan luterano como Lutero, su padre putativo, tan protestante y tan reformador y tan reforzador como él. Pensándolo con detenimiento y examinando con cuidado y atención el movimiento intelectual de la Alemania del siglo XIX, se explica fácilmente que el socialismo naciera en la patria de Lutero, y que Marx, hijo de un judío alemán, fuera quien le infundiera aliento y le prestara vida. Israel y Alemania son dos pueblos que se consideran los elegidos, y Marx, criado y cultivado en ese doble ambiente de religión y autoritarismo, creyó, como nuevo Mesías descendiente de Moisés y de Wotan, que era el elegido para reencarnar al nuevo Dios Estado. En el fondo de la conciencia de Marx germinaba un fuerte sentimiento religioso -religo-, por lo cual, pensaba, debían unirse (supeditarse, esclavizarse voluntariamente, que es la más abyecta de las esclavitudes) las criaturas al Estado. La idea de Dios no llegó a alcanzar tal desarrollo en la Edad Media como el socialismo (marxismo) ha alcanzado en la actual, habiendo superado al luteranismo, del que es un descendiente directo, legítimo.



Decía el luterano Hegel que el Estado era la realidad de la vida moral, porque era la manifestación de Dios en la Tierra. De ahí que necesitara hacer también patente la idea del Príncipe, de Primero, encarnado en él la idea de Estado, siendo el Príncipe una especie de Dios frente al cual las criaturas son ceros sin valor. No tiene nada de extraño que en aquella Alemania creyente triunfara Hegel, máximo cantor del despotismo. El gobierno prusiano pagó su celo haciendo que la filosofía hegeliana llegara a ser, obligatoriamente la filosofía oficial del Estado. Hegel coincidió con Calvino en que la Iglesia y el Estado eran instituciones divinas, y con Marx en que el Estado es el regulador de la vida. Los grandes déspotas “doctrinarios” Lenin y Stalin, Hitler y Mussolini pensaron de igual modo. Y es que no hay diferencia alguna entre la concepción hegeliana del Estado, la concepción hitlerista, la marxista y la mussoliniana, aunque llegaran a ella por diferentes caminos. El Estado, única fuerza moral, es el regulador de la vida (Wotan). No en balde Marx fue un hegeliano, no en balde Hegel fue un fervoroso luterano, y no en balde Mussolini e Hitler fueron, y hasta que desaparecieron, después de llenar el mundo de los hombres, de angustia, de dolor y de lágrimas, unos socialistas convencidos, componiendo entre ellos el alto clero del Socialismo.[2]



Solo, desafiante, erguido frente a todos, levanta Stirner su potente voz negando a dioses, papas, príncipes y gobiernos sus derechos divinos y humanos, señalando con su índice acusador a los teólogos de todos los pelajes y creencias que, amparados en falsos principios, que erigen en doctrinas sagradas, esquilman a los hombres.



Ante su potente voz, todo tiembla; ante su piqueta, todo se desmorona.



Y con ello se explica que todos los religiosos lo odien: entre los rebaños. Stirner es el hombre; entre los ceros humanos, Stirner es la unidad de valor; entre los que permiten que se les divida., Stirner es el individuo, el indiviso; entre los que, por miedo, permanecen mudos, Stirner es el que habla, y por lo tanto, el rebelde, el insumiso, el Único, el que envía a los hombres, sus hermanos, el mensaje de libertad que no había sido escuchado nunca en el planeta.









CAPÍTULO III



LA OBRA







No es oficio de hombre el de conquistar cuerpos para someterlos y después devorarlos, que eso es propio de animales rapaces; el oficio del hombre es el de crear luz. Por eso dijo Stirner: “Soy como una vela que alumbra y se consume”. Una vela, es decir, una luz. Y ese fue su oficio.





Quien abra El Único y su Propiedad, lo primero que leerá es lo siguiente: “Yo no he basado mi causa sobre nada”, título del proemio; pero si al empezar a leer se asusta, mejor que tire el libro, porque El Único no fue escrito para gentes miedosas, creyentes en Dios, en la Ley, en el Estado, en la Justicia, en la Verdad, en el Príncipe, en el Espíritu o en la Patria, causas en las que todos o casi todos fundan o cimentan su propia causa, sino para los que creen en sí, pues termina su corto proemio con estas palabras:



“¡Malhaya toda causa que no es entera y exclusivamente mía!... Yo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo, porque para mí esas son palabras”.



Ya sabemos, pues, que Stirner basa su causa en él, ya que su causa “no es divina ni humana; no es lo verdadero ni lo justo ni lo libre; es lo mío; no es general, sino única, como yo soy único”.



Por eso, páginas más adelante, y después de arremeter contra el Espíritu -idea de espíritu-, exclama: “Para mí nada está por encima de mí”. “Y no me asusta la blasfemia, porque no tengo miedo”, pues si “lo divino mira a Dios y lo humano mira al hombre”, yo me miro a mí.



Hasta que Stirner llegó nunca se pronunciaron tales irreverencias, de aquí que se le pague con el desprecio, echándole los creyentes mil maldiciones que él escucha siempre con olímpico desdén.



Al hablar de la Moral, diosa que también exige sus sacrificios, dice:



“Sócrates, hombre perfectamente moral, desprecia los ofrecimientos de Critón para que se escape de la cárcel, y por sometimiento a la Moral, Sócrates muere”. Y es que Sócrates -decimos nosotros- no podía hacer otra cosa porque el sofista carecía de sentido de libertad y hasta del de personalidad, aferrado como estaba a la Moral. En Sócrates, la Moral era una religión por la cual moría. Con su renuncia a la vida pretende que quede a salvo el principio moral -salvar las ideas aunque perezca el hombre, principio del religioso Platón-, y la Moral no triunfa y el hombre muere. La causa de Sócrates es la causa de la Moral, Dios impiadoso que, como los demás dioses, exige sacrificios.



Y es que “el fanatismo -continúa Stirner- es propio especialmente de las gentes cultas, porque la cultura de un hombre está en relación con el interés que toma por las cosas del espíritu, y este interés, si es fuerte y vivaz, no puede ser más que fanatismo, interés por lo sagrado (fanum)”.



Y debemos preguntarnos nosotros para ver cómo, aunque cambiamos en lo exterior, que no en su entraña, se perpetúan las ideas socráticas. ¿No ponen nuestros demócratas de hoy, y nuestros socialistas, y nuestros comunistas, y nuestros sindicalistas y nuestros conservadores tanto fanatismo en sus acciones como los jesuitas? Como Sócrates, todos están dispuestos a morir por su causa, que es Dios. No obstante, todos se llaman hombres libres, ya sean liberales que hablan, como Feuerbach, del hombre-dios, ya comunistas que hablan del hombre-masa.



Al referirse a la libertad, siempre tan juicioso como irreverente, Stirner dice:



“¿No aspira el espíritu a la libertad? – ¡Ay!, no es sólo mi espíritu, es toda mi carne la que arde sin cesar en el mismo deseo”.



Y pone un ejemplo:



Cuando piensas en lo que los demás tienen y tú no disfrutas, “lo que quieres no es libertad de tener esas bellas cosas, porque la libertad no te las da; lo que quieres son esas mismas cosas, llamarlas tuyas, poseerlas en propiedad. ¿De qué te sirve una libertad que nada te da? Si te libras de todo, no tendrás nada, porque la libertad está, por esencia, vacía de todo”.



“No encuentro nada que desaprobar en la libertad; pero te deseo más que libertad: que tengas lo que necesitas y apeteces, porque no te basta ser libre, debes ser más: propietario”:



“La libertad es la doctrina del cristianismo. Así dice: “Sois llamados, queridos hermanos, a la libertad”.



“¿Pero debemos rechazar la libertad porque se revela como ideal cristiano? No debemos perder nada; sólo debemos hacer propio lo que se nos presenta como ideal de libertad”.



“¡Qué diferencia entre la libertad y la individualidad! Porque se puede estar sin muchas cosas, pero no se puede estar sin nada. La libertad no existe más que en el mundo de los sueños; pero la individualidad, propiedad mía, es, en cambio, mi exigencia y mi realidad. Soy libre de lo que no tengo; soy propietario de lo que está en mi poder”.



“Entregando en servidumbre a un dueño, no pongo mis miras más que en mí… y como no tengo la mira más que en mí, cogeré la primera ocasión que se me presente y aplastaré a mi dueño. Y estaré libre de él y de su látigo. Y mi acción será la consecuencia de mi egoísmo”.



“Piensa maduradamente en ello y decide si inscribirás en tu bandera la palabra libertad, un sueño, o el individualismo, una realidad. La libertad activa tus cóleras contra todo lo que no sea ustedes; el egoísmo te llama al goce de ustedes mismos, a la alegría de ser; la libertad es una aspiración, una esperanza cristiana de porvenir, la individualidad es una realidad que por sí misma suprime toda traba a la libertad”. “El individuo es radicalmente libre; el libre es un soñador”. “Mi libertad no llega a ser completa más que cuando es mi poder; por este último tan sólo ceso de ser libre para hacerme individuo, poseedor”.



Y más adelante, continuando con el mismo tema, ya que los cambios no significan más que mayor exaltación del individuo, afirma:



“El hombre es un ideal; la especie, un pensamiento. Para mí, ser hombre es ser individuo… Yo soy quien soy… porque soy sin regla, sin ley, sin modelo. Quizá pueda hacer poco, pero ese poco vale más que lo que pudieran hacer de mí una fuerza extraña: Dios, la Moral, la Religión, la Ley o el Estado”.



«… los reformadores sociales me dicen que el individuo no tiene más derechos que los que la Sociedad le otorga, es decir, que tiene derechos si vive no como individuo, sino como persona legal. Y lo mismo me dicen los cristianos, y los comunistas, y los socialistas, y los libertarios, ignorando o queriendo ignorar que quien me da derechos puede quitármelos cuando le plazca, pues si no me someto, la Sociedad, el Estado, el Príncipe o el Presidente pueden declararme fuera de su ley, acumulándome cualquier crimen social o de lesa patria. Y es que en Sociedad forzoso es decir como decía Eurípides: “Nosotros servimos a los dioses, cualesquiera que sean. Es decir: la ley, sea la que sea; dios, sea el que sea. Y en eso estamos como hace seis mil años”».



Lo anterior explica por qué “mi voluntad individual es destructora del Estado; así, él la deshorna con el nombre de indisciplina. La voluntad individual y el Estado son potencias enemigas entre las que no es posible la paz”, porque “el poder del Estado se manifiesta bajo poder de compulsión: emplea la fuerza. Esa fuerza, cuando la emplea el Estado contra mí la llama derecho, y cuando la empleo yo contra el Estado, la llama crimen”.



“Ahora bien, cuando el individuo considera que el Estado es un Dios al que debe respeto, o sea que el Estado es sagrado, lo respeta y acata; pero si el individuo se considera por encima del Estado, trata de destruirlo. Los bárbaros emperadores romanos hablaron del sacram autoritatem, y Augusto, sagrado él mismo, convierte a Roma en la Urbs sacra. Bruto, que no respeta las investiduras sagradas, atenta contra el César”.









CAPÍTULO IV



CRÍTICA







Hombre: abre la ventana de tu intelecto a todos los vientos y cuando te hayas bañado en ellos, juzga y dinos, con criterio sereno, cuál fue el más puro.





Para comprender a Stirner no nos sirve el lenguaje del cristianismo, porque muchas veces da a las palabras un significado que, aunque real y lógico, el cristianismo no acepta: tal ocurre con individuo, personalidad, egoísta, autónomo, autócrata, quiere decir que se gobierna a sí, y ese autocratismo, y no otro, es el que recomienda, sabiendo como sabe, que no puede ser egoísta -cultivador de su ego- más que el que es dueño y señor de sí mismo. Por eso, la asociación de que él habla es una asociación de autócratas, de autónomos, de señores de sí, de anarquistas, de únicos, entendiendo por anarquistas no sólo el que no acepta gobierno exterior o fuerza exterior que lo gobierne, sino el que se niega a imponer su voluntad a nadie. De ahí que llame a los hombres -la sola llamada que registra la historia, porque es la llamada de una conciencia sin par- a que sean unidades de valor, no a parecerlo, porque solamente entre individuos de altura, entre únicos, puede haber entendimiento y comprensión, y porque solamente entre ellos, entre egoístas, cultivadores de su personalidad, puede disfrutarse de verdadera libertad.



Y ése es el motivo de no dar a sus conclusiones carácter de doctrina, como hacen los que se consideran creadores de ideas, partidos, organizaciones o religiones, pues la doctrina liga y obliga, y él desea que nadie se halle investido de poderes para organizar y dirigir la vida de otro. Así, cuando busca a los hombres -goza grandemente con el trato de las gentes-, quiere hallar en cada uno un único con deseos propios, con particulares necesidades, con singulares pensamientos; busca únicos con voluntad de serlo, amándose a sí mismos lo suficiente para no envilecerse poniendo su salvación en manos ajenas, por lo que se niegan a jerarquizar las actividades del hombre, no apeteciendo amos ni esclavos; busca a los hombres como asociados -“tómame, dice, y gástame en tu beneficio, como yo te tomo y te gasto en el mío”-, no como cosas sobre las que encaramarse para alcanzar el poder, pues aunque quiere ser poderoso -poder de sí y en sí, fuerza interior y propia-, no lo ansía para obligar a persona alguna a que piense o actúe como a él le plazca, sino para que ningún poder divino ni humano pueda acallar su voz ni torcer su pensamiento. De ahí que cuando exalta la fuerza no se refiere a la fuerza de someter, sino, al contrario, a la fuerza que no permite ser sometido.



Considerando que el ser y el tener son iguales -no es, para él, el que no posee la propiedad de su individualidad, que es el mayor tesoro, y no tiene el que no es personal o sea individual-, les dice a los hombres: “No serás más que cuando seas propietarios y no tendrás propiedad más que cuando pierdas el respeto a la propiedad, del mismo modo que los esclavos dejan de serlo y se hacen hombres cuando en su señor pierden el respeto al señor”. Y como los individualistas, libres en plenitud de gozo, no llegarían a serlo en tanto tengan que alquilar su inteligencia o sus brazos, invita a los hombres a no desertar del trabajo, pero sí a no trabajar para otro. “Trabaja para ti, dice, y no para ninguna otra persona que no seas tú; para tu asociación y no para otra a la que tú no le hayas dado vida y de la que formes parte como socio interesado”.



“Si trabajas para ti, no tendrás señor que te ordene ni amo que te explote, pues el señor llega a serlo cuando tú, humilde y reverente, lo eriges en tal, y deja de serlo en cuanto te niegas a arrodillarte ante él. Pon, pues, a tu servicio tu propia voluntad y no al servicio de persona alguna”.



¿Pueden hablar así nuestros sindicalistas, cualquiera que sea su posición ideológica o doctrinaria, como ellos la llaman? No, no pueden, porque si algún día llegaran a hablar así sería porque habían dejado de ser pastores de rebaños humanos.



Si a los obreros se les aconsejara no la producción, sino la insumisión; si se les hiciera desear la propiedad y gustar la hombría, en lugar de trabajar para el burgués, trabajarían para ellos, y el burgués, que lo será mientras tenga asalariados a su servicio, tendría que asociarse con los que se hallan capacitados para producir. Y entonces desaparecerían los sindicatos, esa tiranía, como desaparecerán las iglesias en cuanto desaparezca el temor a Dios.



Compréndase por qué se pronuncia la palabra individualista con desprecio y por qué quiere hacerse sinónima de inhumano. Se llega a la unicidad, o sea a la hombría, cuando se hacen resaltar las potencias de la individualidad; cuando no se vive en dependencia de nadie, hombre o dios, ideo o sociedad; cuando se quiere ser y se apetece tener: pan e ideas, pan propio que a nadie se le deba e ideas propias que hayan germinado en el propio cerebro. Porque no hay individualidad en la humanidad tomada en su conjunto; hay individualidad en el ego. De uno a uno puede haber entendimiento y comercio, en tanto que pueblo nadie puede entenderse con nadie, porque el único estorba al Estado y al pueblo le es necesario. Entre individuos, el individuo se une a otro, porque un egoísta puede unirse a otro egoísta y entre varios formar una asociación.



“Yo no pretendo -y es Stirner el que habla- tener o ser nada particular que me haga pasar antes que los demás; yo no quiero beneficiarme a sus expensas de ningún privilegio; pero yo no me mido con la medida de los demás, y si no quiero sinrazón en mi favor, no quiero tampoco ninguna clase de derecho. Yo quiero ser todo lo que puedo ser, tener todo lo que puedo tener. Que los otros sean o tengan algo análogo, no me importa. Tener lo que yo tengo y ser lo que yo soy, no lo pueden”.



Y ruego a los lectores presten atención a las siguientes palabras:



“Porque, he descubierto en ti el don de iluminar mi vida, he hecho de ti mi compañero. Tómame a mí como yo te tomo a ti y empléame como yo te empleo. Yo hago de ti mi propiedad, haz tú de mí la tuya”. Pero para ello es preciso que empieces por ser propietario de ti mismo. “Mi individualidad -continúa diciendo-, es decir, mi propiedad soy yo mismo. Yo soy en todo tiempo y en todas circunstancias mío, y desde el momento que entiendo ser mío, no me prostituyo”. No te prostituyas tú y podremos hacer el camino juntos, de la mano.



¿Quién habla así? El anarquista individualista Stirner; el hombre que sin llamarse moral dio al mundo la moral más recia y elevada que el mundo viera.



Stirner mató en él los odios, todos los odios, hasta los rencores, porque colocado al margen de todas las creencias que enseñan a odiar a quienes no aceptan sus dogmas políticos o religiosos, él se siente libre, total y completamente libre. Por ser libre y vivir al margen de esos odios, comprende a quienes viven dominados por esas pasiones. De ahí su sentido de libertad plena. Se liberta de todas las tutelas doctrinales ajenas y hasta de las que él pudiera darse. Por eso es egoísta, individualista y anárquico; único.









CAPÍTULO V



MANANTIAL







Será locura, aunque bella locura, plantear el problema del armonioso vivir humano; pero es posible, y magnífico, resolverlo en sí mismo.





Quien, sin miedo, hubiera terminado de leer El Único y su Propiedad habrá comprobado que ese libro, a los ciento veinticuatro años de su publicación, continúa siendo una fuente que mana la linfa siempre virgen del pensamiento puro, por lo que en ella bebieron y beben los filósofos y revolucionarios del presente siglo y del pasado y continuarán bebiendo las generaciones venideras.



La negación afirmativa -valga la expresión- de Bakunin “destruir es crear”, fue agua clara de la fuente stirneriana: “todo cuanto destruimos en nosotros de prejuicios fantasmales, enaltecemos nuestra personalidad”.



No en Hegel, como han afirmado torpemente algunos, sino en ese canto a la voluntad de vencer, que es El Único y su Propiedad, se apoyaron los nihilistas rusos para llevar a cabo aquellas formidables campañas de exterminio contra el absolutismo zarista, y cuando en San Petersburgo o en Moscú “volaba” un zar o un gran duque, el dinamitazo era, ni más ni menos, la voz de Stirner, el de la frente amplia y soñador mirar, que hablaba al mundo a través de la interpretación que hicieron de sus ideas los nihilistas rusos.



De él, y no de otro alguno, brota la Internacional, pues cuando nadie había soñado hablar a los obreros como a hombres, él les habla, y cuando todos encuentran justo que el trabajador viva muriendo envuelto en su miseria, él llama al único que puede haber en germen o dormido en cada hombre para que se rebele contra su explotador. Bakunin y Marx, que oyeron sus palabras, fueron los torpes artesanos de lo que soñó el genio.



Kropotkin, que ante Stirner siente una especie de terror doctrinario -Kropotkin es un moralista socrático-, hace suyo un principio de Stirner, que es la ley vital: la evolución del hombre y la tendencia de todo organismo vivo hacia una existencia más feliz.



Guyau, pensador y moralista, hace suya la misma afirmación considerada por él como apetencia que liberta a la especie. Stirner dijo: “Es necesario desterrar la pena para que en su lugar crezcan la satisfacción y la alegría”. Y tiempo después. Guyau dice: “El dolor aproxima a la muerte; la alegría conduce a la vida”.



Tucker, el culto individualista anarquista, enamorado del pensamiento stirneriano, propaga, como legado o herencia del gran egoísta, su egoísmo libertario.



Pero… ¿conoció Owen las ideas de Stirner? Posiblemente, aunque no se pueda afirmar. Owen dio a conocer sus ideas cooperativistas en el año 1844, mismo en que apareció El Único y su Propiedad. Antes había hablado Stirner de sus ideas sobre la “asociación de individuos” que se negaran a trabajar para los señores, y aunque la cooperativa sea sólo una caricatura de la asociación entre individualistas, no tiene nada de particular que la idea de Owen tuviera su raíz en Stirner. (La participación de los obreros en las ganancias de las empresas, que se hace pasar como idea o conquista socialista, no es más que un disfraz de lo que Stirner planteaba al decirle al único: “trabaja para ti y forma la asociación de únicos en la que ni explotes ni seas explotado”.)



¿Y Nietzsche no es acaso un no confesado discípulo de Stirner? Su evolución, mejor, cambio radical ¿no tiene su antecedente en El Único y su Propiedad? ¿No existe analogía entre el superhombre -hombre superado- y el único stirneriano? La nietzschiana voluntad de poder ¿no se halla relacionada directamente con la voluntad de poder de Stirner, hasta tal punto de ser las dos anárquicas, ya que no significan ni una ni otra poder de dominio, sino poder para no permitir ser dominados? La exaltación de la individualidad de Stirner? La acometida de Nietzsche contra el cristianismo ¿no pudo tener su origen en la arremetida de Stirner contra la idea de divinidad? Y el aristocratismo del gran filólogo ¿no es hijo del autocratismo del otro gran filólogo?



Presentan tales analogías estos dos pensadores, que sería bueno y curioso poder investigar la influencia que Stirner pudo tener sobre Nietzsche, lo que hubiera sucedido si se hubiera podido hurgar libremente en los seis mil kilos de cuartillas que el solitario de la Engandina dejó en los sótanos de su vivienda; pero ¿quién que conoce a Stirner no pensará que fue mirándolo a él como Nietzsche escribió Así hablaba Zaratustra, si bien fue concebido y escrito cuando ya Nietzsche había perdido el juicio?



En fin, y para terminar, hasta el pietismo de Tolstoi tiene un parentesco, y no lejano, con aquél venero inmenso de pensamientos y sugerencias que fue Stirner.



Enamorado Mackay de su temple y fortaleza, de su talento y su profundidad, recopila sus obras, y Armando dio a conocer constantemente desde l’ en de hors trozos de la producción del que fue, sin lugar a dudas, el padre del anarquismo. Así, por él sabemos que, a más de El Único y su Propiedad, Stirner publicó una traducción, en ocho tomos, de las principales obras de J. B. Say y Adam Smith, una Historia de la Reacción debida a su pluma y un ensayo de J. B. Say sobre El capital y el Interés. En Pequeños escritos Mackay recogió sus estudios y contestaciones a las críticas que se le hicieron.



Murió -el 23 de junio de 1856 se cumplirán 112 años- en pobreza, si por pobreza entendemos la no posesión de oro, en riqueza, si por riqueza puede comprenderse el dominio de sí, viviendo sus ideas, sintiéndose único en medio del torbellino de los hombres-cero que, horros de pensamientos, se lanzan unos contra otros con las fauces abiertas. Pudo haber pedido una cátedra al Estado, pero prefirió andar buscando candidatos a quienes dar libremente una lección de hombría.



México y abril de 1968.



* Digitalización: KCL.

** Debió de haberse editado este homenaje en la fecha indicada, pero extraviado por un cambio de domicilio, di por perdido el manuscrito. Hoy, 1º de abril de 1968, lo encontré en el fondo de un viejo y abandonado baúl y me apresuro a publicarlo. M. G. I.

[1] El clero socialista, como el cristiano, se considera a sí mismo como el heredero directo de Dios, si bien, al dios socialista le llama Sociedad.

[2] Los socialistas actuales ofrecen al mundo la segunda edición de las luchas que sostuvo la Iglesia entre los imperios de Oriente y Occidente. No debe olvidarse que los cruzados católicos saquearon a sus hermanos de Constantinopla.