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martes, 28 de diciembre de 2010

La Destrucción y el Lenguaje* x Alfredo M. Bonanno


La estructura de la dominación, las condiciones del conflicto y la composición de la clase explotada, han cambiado hasta tal punto que se ha vuelto totalmente inconcebible un movimiento al estilo de la “toma del Palacio de Invierno” marxista o la liberación “desde abajo”, según la lógica anarquista. Estos dos intentos se contradicen, pero comparten la idea de expropiar los medios de producción y dejarlos en manos de los representantes de la clase explotada, la cual organizará la sociedad liberada. ¿Qué queda, pues?

Lo que queda es el ataque destructivo y este es el último punto con el cual les voy a aburrir ésta noche. El más delicado, porque no hay manera de hablar sobre la destrucción sin caer en malentendidos. Me preguntan, por ejemplo, ¿pero qué quieres decir con destruir? ¿qué significado tiene echar abajo un poste de alta tensión, cuando cientos de miles, quizás millones de ellos, siguen en pie? ¿Qué significa?

Creo que deberíamos hacer un mínimo de reflexión, dar un paso atrás. Cada uno de nosotros se ha hecho una visión negativa y una positiva, en su interior, de la realidad. Vivimos en un contexto que asumimos como real (a menos que aceptemos el concepto de "la mariposa y el sueño"), que pensamos es real y positivo, o sea, correspondiente a una dimensión constructiva provista con características que evolucionan en el tiempo, y a esa evolución la definimos como historia. Desde la neblina de una hipotética Edad Media negativa, hemos llegado a la civilización moderna. Ahora está la penicilina, y la gente no sigue muriendo de peste y ni siquiera de malaria, por lo menos hasta ciertos límites, a pesar de que aun hay lugares del planeta donde la gente muere de esas cosas.

Dentro de nosotros damos un valor positivo a lo constructivo, porque somos una organización (incluso desde el punto de vista biológico) y tememos a la muerte como concepto extremo de “destrucción”. Pensamos que nuestras vidas son acumulación de lo positivo. Crecemos, somos niños, adquirimos mayor fuerza, nos volvemos adultos, luego ancianos, y en fin, llega la muerte. Esto último esta siempre relegada al futuro, pero en el transcurso de nuestras vidas, solamente queremos adquirir por lo menos reconocimiento, en vez de propiedades inmobiliarias, pues siendo nosotros anarquistas y revolucionarios, no poseemos nada. Pero esto no es todo lo que queremos hacer. Desde el momento en que pensamos que el crecimiento y la adquisición son positivos, consideramos lo cuantitativo positivo. En otras palabras, si conocemos tres idiomas, nos creemos mejores que alguien que conoce solo uno o dos. No nos damos cuenta que hay una hipótesis funcionalista, una hipótesis utilitaria, en todo esto. Hay residuos de aquel viejo proceso del siglo XVIII, en el cual se pensaba que persiguiendo lo que para una persona era útil, se conseguía incrementar lo que era útil para toda la humanidad. Concepto muy dañino que trajo muchas consecuencias negativas. ¿Qué pasó con esta consideración por parte de nosotros, de la cantidad, la cantidad de cada día, como la calidad de nuestra vida?

Perdimos nosotros, en el agonizante deseo de tener algo que poseer, la cualidad de ser alguien, para ser algo, y no somos capaces de caracterizar esta realidad de nosotros, por la cual vale la pena vivir.

He aquí porque tememos a la destrucción: primero, porque nos recuerda a la muerte. Segundo, porque nos recuerda el rechazo a la funcionalidad. Aquel que destruye no es funcional a nada.

No es, de hecho, verdad- al menos no completamente- que echando abajo un poste de alta tensión se provoque daño real a los intereses de ENEL2 No existe ecuación en la cual “un poste menos” sea equivalente a “un daño más” a ENEL. Una relación absoluta en este caso no existe, y cualquiera que esté tratando de probar esta ecuación está hablando tonterías. Entonces, ¿por qué le tememos a la destrucción? Le tenemos miedo a algo en nuestro interior, no algo fuera nuestro. Logramos entender la cantidad, el crecimiento y la adquisición a través de la razón. Conseguimos comprender la crítica a todo esto por medio de la razón, llevando al débil pensamiento que mencioné antes, a la incertidumbre, a la duda, etc. No logramos entender por medio de la razón a la destrucción, porque para entender el concepto de la destrucción en su sentido más radical, cada uno de nosotros debería sentir la sensación de repulsión hacia nuestra dignidad ofendida: en lugar de entender el significado de la destrucción, cada uno de nosotros debería tener que estar involucrado personalmente.

No podemos destruir algo si no estamos dispuestos a destruirnos a nosotros mismos en el momento en que destruimos esa cosa... En mi opinión, este es el concepto de participación en el acto destructivo. Podemos separar lo adquisitivo, el acto constructivo, de nosotros, y decir: “mira, tengo una casa con una biblioteca de 10.000 volúmenes”, pero no podemos separarnos de la idea de la destrucción adentro de nosotros mismos. En otras palabras, podemos usar el lenguaje para ilustrar el concepto adquisitivo, la casa, los libros, la cultura, el crecimiento, los tres idiomas que dominamos, pero no podemos usar el lenguaje para ilustrar el problema de la destrucción, no podemos hacerlo. Mis palabras no tienen sentido, he aquí porqué llueven en vuestras cabezas, como privadas de significado, porque hablar de la destrucción no tiene sentido a no ser que sea en otro tipo de lenguaje, el cual no esta formado solamente por palabras, sino por un extraordinaria y compleja combinación llevada a cabo entre la teoría y la practica. La totalidad de cada uno de nosotros, de nuestros seres humanos, la profundidad existente de nuestros cuerpos y nuestros pensamientos, es la simbiosis de la teoría y la practica, no solo el riesgo, sino también el deseo, el placer, la lujuria de vivir nuestras vidas completamente. Este es un lenguaje diferente. Y ese no es un lenguaje que pueda ser clasificado en palabras, en discusiones como la que estamos haciendo ahora, en esta aula universitaria...

… La destrucción no es una idea metafísica. La destrucción consiste en ir a un lugar y arruinar algo, pero el proceso que puede permitirnos realizar esta acción es un proceso que debe involucrarnos en nuestra totalidad, como seres humanos completos, como hombres y mujeres capaces de expresarnos completamente, no en la separación que quiere distinguirnos de lo que hemos conseguido con lo que sabemos, con lo que tenemos, no en esta separación, porque el lenguaje de las palabras es el que domina en esta separación.

Y este es un lenguaje ordenado por la racionalidad de cientos de años de opresión, en fin, el lenguaje cartesiano de aquellos que construyeron prisiones, cámaras de tortura, inquisición; el lenguaje de los sacerdotes, franciscanos, dominicanos, quienes enviaron a Giordano Bruno a la hoguera en el Campo dei Fiori. En la destrucción es otro el lenguaje que prevalece, para la destrucción otro lenguaje es necesario.

En la destrucción emerge el lenguaje de la gratuidad, del desmantelamiento, el lenguaje del mito, este es el lenguaje de Dioniso. Dioniso es el dios de lo extraño, el que viene como un ladrón en la noche, penetrando dentro de nosotros. Dioniso es el dios de las mujeres, no de los hombres. He aquí porque el concepto de la destrucción es a veces mas comprensible para las mujeres que para los hombres, quienes son mucho más miedosos que ellas.

¿Por qué está el concepto de la destrucción ligado a Dioniso, el dios que viene en la noche como un ladrón, el que no tenía lugares de culto, que fue un extranjero en cualquier parte y que en cualquier parte penetraba en los cultos de otros dioses? Porque el culto de Dioniso estaba especialmente basado en la destrucción, es más, en el desgarramiento de las partes (sparagmós) del enemigo. La víctima es despedazada, destrozada, deshecha, y esta es la noción efectiva de la destrucción, en la cual vemos la participación dionisíaca en el primordial acto de destrucción del enemigo, desde su raíz mas profunda. Esto no tiene nada que ver con el ataque cuantitativo.

Por primera vez entramos a un orden de problemas diferentes, que no tiene nada que ver con la tradicional critica del partido, del sindicato, etc. Por supuesto, cuando hablamos de destrucción, esto se vuelve un peligroso campo minado en el cual hay muchísimas objeciones, la discusión podría no tener fin, es por esto que quiero concluir diciendo que el concepto de destrucción es expresable a través de la totalidad de la persona que la lleva a los hechos, y al momento que aquella la lleva a la acción, esta es teorizada, con la posibilidad de ser entendida por el otro. A diferencia del concepto constructivo, el cual puede ser separado de quien lo lleva, quien entonces puede estar hablando muy bien sobre los problemas relacionados con la construcción, y así...

… Quiero que se entienda bien que no existe solamente el lenguaje de las palabras, el que todos experimentamos, sino también hay otras posibilidades para comunicarse. Podría decirse que cada uno de nosotros posee su propio lenguaje. Esto es porque, cuando entendemos lo que es la destrucción, cuando comprendemos que esto no se trata de solo destrozar computadores, cuando tomamos conciencia de que esto es solo el aspecto lúdico del problema, y que hay algo más que debemos considerar, algo que nos involucra personalmente, hasta nuestras más profundas raíces, y este es el impulso inicial en la parte de nosotros que se relaciona a la dignidad herida de la cual estamos sin duda conscientes, porque de otra manera no estaríamos aquí, no seriamos ni por si acaso compañeros, es entonces en el momento en que estamos en posesión del lenguaje destructivo, que podemos comenzar con el accionar destructivo.

¿Te has preguntado alguna vez a ti mismo por qué te molestas cuando ves a un fascista? Él es un ser humano, como tu, como yo, es más, a veces los fascistas son hermosos jóvenes, hermosas mujeres ¿por qué ellos te fastidian? ¿por qué el policía te causa repulsión? ¿por qué son peligrosos? ¿por lo que ellos dicen? No. Esto es algo que no es fácil de entender. Cuando estoy en la cárcel, la peor cosa que aparece ante mis ojos son los hombres uniformados. Es por esto que cierro mi puerta para eludir verlos, para evitar escucharles hablar. Ellos hasta pueden decir cosas inteligentes (un hecho difícil en si mismo), pero hay algo ahi que no puede ser expresado, algo que me desagrada.

Cuando hablo del problema de la destrucción, hay también una objeción que tiene que ver con que no es posible hacer una distinción entre el vándalo que destruye todo y el revolucionario que ataca después de un preciso proceso de razonamiento. El problema permanece y no es fácil identificarlo. Una diferencia “objetiva” entre el acto revolucionario destructivo y el acto vandálico no puede ser echada abajo sin correr grandes dificultades. No podemos buscar una diferencia “objetiva” que nos deje satisfechos de una vez por todas. No podemos decir que atacar una camioneta de la policía y tirar abajo un poste de alta tensión sean actos revolucionarios por si mismos y que pelear en los estadios sea “hooliganismo”. La gratuidad no es un factor decisivo en como uno determina la diferencia entre el hooliganismo y el acto revolucionario. Si así fuera, una vez mas estaría ahí la hipótesis funcionalista, la meta a alcanzar ocuparía el lugar del proceso de razonamiento. Si pensamos que derribando un poste de ENEL, bloqueamos el corazón del Estado, entonces estamos verdaderamente afuera de la realidad, incluso si se tratara de cientos de postes. No es la lógica matemática lo que cuenta.

Es importante comprender que la diferencia está y tiene que ser buscada en la madurez individual de las personas que llevan a cabo estos acciones, en lo que ellos sienten, lo que ellos desean e incluso en lo que ellos sean capaces de proyectar en la practica, transformando el sueño en realidad concreta.

No hay duda que uno encuentra en el hincha de fútbol una rara acumulación de sentimientos que se oponen. Está la gratuidad del acto, la ignorancia, la incapacidad del vándalo para asociar los elementos que determinan la realidad que lo rodea. Pero también hay una sensación de rebelión. Esto no sugiere que la rebelión tenga lugar, ya que a menudo en el hooligan es el instinto de manada el que prevalece. De hecho no es verdad que quien pelea en los estadios se rebele individualmente. Ellos están casi siempre regidos a través de procesos de alistamiento, financiados por variados clubs, trayendo consigo estructuras de equipos, símbolos, eslogans, trozos de vieja ideologías, etc.

El compañero que actúa atacando una estructura del enemigo, incluso queriendo acudir a la posible identificación de un planeamiento meramente "objetivo", recurre a diferentes motivaciones, desde una maduración social mas articulada. Si, en la esfera individual, el hooligan no sabe como pasar el domingo en manera entretenida, el compañero involucra todo su ser en el ataque a un objetivo. Entrando en la dimensión destructiva, él hace un quiebre con la persistente tradición de lo cuantitativo, del crecimiento y de institucionalización de la vida regulada por otros; he aquí la diferencia.

En mi opinión, la clave de la explicación hay que buscarla en comportamientos que tienen una importancia subjetiva, sin que aquellos comportamientos se abandonen a si mismos, por esta razón, a la atomización, a la condición elemental de componentes aislados sin cohesión entre ellos. Y es obvio que tenemos miedo de empezar de este sencillo elemento, tenemos miedo de reconocer que es posible que la motivación individual sea un punto de inflexión. Y tenemos miedo porque por ciento cincuenta años nos han señalado que es necesario partir no desde el individuo, sino desde la clase, del análisis objetivo, desde la historia, desde los mecanismos intrínsecos adentro de la historia, desde aquello que se llamaba “materialismo dialéctico”. Aún no nos hemos liberado totalmente de esa herencia.

domingo, 29 de noviembre de 2009

el sabotaje x emile pouget


Indice

Presentación, por Chantal López y Omar Cortés.

La mercancia trabajo.

Moral de clase.

Los procedimientos del sabotaje.

Conclusiones.



Presentación

Emile Pouget pasaría a la historia del movimiento obrero en Francia por haber sido el autor del ensayo que a continuación publicamos.

Escrito que marcaría de manera definitiva el desarrollo del movimiento sindicalista a nivel mundial, El sabotaje es de lectura obligada para todo aquel interesado en el desarrollo del derecho del trabajo.

El término, en sí, convirtiose de inmediato en vocablo propio del derecho positivo al haber sido añadido ipso facto en la casi totalidad de las legislaciones del trabajo del mundo entero.

Miles de cosas terribles se han expresado en contra de esta herramienta obrera en su lucha en pro de su emancipación, sin embargo, si nos atenemos a lo expuesto por Pouget, el concepto de sabotaje, inmerso en la tremenda lucha de clases que cotidianamente se desarrolla por doquier, constituye un instrumento utilizado no sólo por la clase obrera, sino también por la burguesía.

Pouget ejemplifica lo anterior señalando todas las acciones negativas de que es capaz la burguesía con tal de aumentar sus ganancias: la adulteración de la leche cuando se le adelgaza con agua; la venta de kilos de ochocientos o novecientos gramos; en fin, todas las marrullerías de las que hace gala la burguesía tanto en el campo del comercio como en el de la producción, constituyen ellas también, descarados sabotajes.

Sin duda alguna podemos afirmar que quien lea esta edición cibernética adquirirá los elementos necesarios para comprender, en su integridad, el satanizado concepto de sabotaje en cuanto instrumento utilizado por las dos clases en constante pugna: la burguesía y el proletariado.

Chantal López y Omar Cortés

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El sabotaje

La mercancía trabajo

El sabotaje, fórmula de combate social que recibió el bautismo sindical en el Congreso Confederal de Toulouse, en 1897, no fue, al principio, bien acogido en los medios obreros. Algunos le reprochaban sus orígenes anarquistas y su inmoralidad. Hoy goza, sin embargo, de la simpatía de los trabajadores. Sería un error creer que la clase obrera, para practicar el sabotaje, ha esperado a que esta forma de lucha haya recibido la consagración de los Congresos corporativos. Como todas las formas de rebeldía, es tan viejo como la explotación humana.

Desde que un hombre tuvo la criminal ingeniosidad de sacar provecho del trabajo de su semejante, desde ese día, el explotado, por instinto, procuró dar menos de lo que exigía su patrono. Al proceder así, con tanta insconsciencia como M. Jourdain en hablar en prosa, este explotado practicaba el sabotaje, manifestando de este modo, sin saberlo, el antagonismo irreductible que pone, uno contra otro, al capital y al trabajo.

El sabotaje deriva de la concepción capitalista de que el trabajo es una mercancía.

Esta tesis es la de los economistas burgueses, según los cuales hay un mercado de trabajo, como hay un mercado de trigo, de carne, de pescado o de aves.

Admitido ésto, es muy lógico que los capitalistas procedan frente a la carne de trabajo que encuentran en el mercado, como cuando se trata para ellos de comprar mercancías o materias primas; es decir, que se esfuercen por obtenerlo al precio más bajo.

Estamos en pleno juego de la ley de la oferta y la demanda. Pero lo que es menos comprensible es que estos capitalistas quieran recibir, no una cantidad de trabajo en relación con el tipo de salario que pagan, sino independientemente del nivel de este salario, el máximum de trabajo que pueda rendir el obrero.

En una palabra, pretenden comprar, no una cantidad de trabajo equivalente a la suma que desembolsan, sino la fuerza de trabajo intrínseca del obrero: en efecto, es el obrero completo -su cuerpo y su sangre- su vigor y su inteligencia lo que exigen.

Cuando emiten semejante pretensión, los patronos olvidan que esa fuerza de trabajo es parte integrante de un ser pensante, capaz de voluntad, de resistencia y de rebeldía.

Cierto que todo iría mejor en el mundo capitalista si los obreros fuesen tan inconscientes como las máquinas de que se sirven y si, como ellas, no tuviesen a guisa de corazón y de cerebro más que una caldera o un dinamo.

Pero no es esto lo que ocurre. Los trabajadores saben las condiciones en que les coloca el medio actual, y si las toleran no es de grado. Saben que son dueños de la fuerza de trabajo, y si consienten que su patrono consuma una cantidad dada de ella, se esfuerzan porque esta cantidad esté en relación más o menos directa con el salario que reciben. Hasta en los más desprovistos de conciencia, hasta en los que sufren el yugo patronal sin poner en duda su justicia, brota instintivamente la noción de resistencia a las pretensiones capitalistas: tienden a no dar más de lo que reciben.

Esta discordancia, base de las relaciones entre patronos y obreros, pone de relieve la oposición fundamental de los intereses en presencia: la lucha de la clase que detenta los medios de producción contra la clase que, desprovista de capital, no posee otra riqueza que su trabajo.

Desde que se ponen en contacto en el terreno económico, empresarios y obreros, surge ese antagonismo irreductible que los arroja a los dos polos opuestos y que, por consiguiente, hace siempre inestables y efímeros sus acuerdos.

En efecto, entre unos y otros, no puede nunca concluirse un contrato en el sentido preciso y justo del término. Un contrato implica la igualdad de los contratantes, su plena libertad de acción y, además, una de sus características consiste en presentar para todos los firmantes un interés real y personal, tanto en el presente como en el porvenir.

Ahora bien; cuando un obrero ofrece sus brazos a un patrono, los dos contratantes están muy lejos de hallarse sobre un pie de igualdad. El obrero, apremiado por la urgencia de asegurarse el sustento -si es que no está atenazado por el hambre-, no tiene la serena libertad de acción de que goza su patrono. Además, el beneficio que obtiene por su trabajo es sólo momentáneo, pues si puede atender a las necesidades de su vida inmediata, no es raro que el riesgo de la obra a que se dedica ponga en peligro su salud, su porvenir.

Entre patronos y obreros no pueden, pues, concluirse convenios que merezcan el calificativo de contratos. Lo que se ha convenido en designar con el nombre de contrato de trabajo no posee los caracteres específicos y bilaterales del contrato; es, en sentido riguroso, un contrato unilateral, favorable, solamente, a uno de los contratantes; un contrato leonino.

De estas observaciones se desprende que, en el mercado de trabajo, no hay, frente a frente, sino beligerantes en permanente conflicto; por lo tanto, todas las relaciones, todos los acuerdos entre unos y otros, serán precarios; pues viciados por su origen, se basan en la mayor o menor fuerza y resistencia de los antagonismos.

Por eso, entre patronos y obreros, no se establece nunca -ni puede establecerse- una alianza duradera, un contrato en el sentido leal de la palabra: entre ellos sólo hay armisticios que, suspendiendo por un tiempo las hostilidades, procuran una tregua momentánea a las acciones de guerra.

Son dos mundos que se entrechocan con violencia; el mundo del capital y el del trabajo. Puede haber, y hay, cierto, infiltraciones del uno en el otro; gracias a una especie de capilaridad social, pasan algunos tránsfugas del mundo del trabajo al del capital, y, olvidando o renegando de sus orígenes, se colocan entre los más intratables defensores de su casta de adopción. Pero tales fluctuaciones en los cuerpos de ejército en lucha no debilitan el antagonismo de las dos clases.

De un lado como de otro, los intereses en juego son diametralmente opuestos, y esta oposición se manifiesta en todo lo que constituye la trama de la vida. Bajo las aclamaciones democráticas, bajo el verbo falaz de la igualdad, el más superficial examen descubre las divergencias profundas que separan a burgueses y proletarios: las condiciones sociales, el modo de vivir, los hábitos de pensamiento, las aspiraciones, el ideal ... ¡todo, todo difiere!

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Moral de clase

Es comprensible que de la diferenciación radical entre la clase obrera y la burguesía, cuya persistencia acabamos de comprobar, dimane una moral distinta.

En efecto, sería por lo menos extraño que entre un proletario y un capitalista no hubiese nada de común, excepto la moral.

¡Cómo! Los hechos y actitudes de un explotado, ¿deberían ser apreciados con el criterio de su enemigo de clase?

¡Esto sería completamente absurdo!

La verdad es que, así como hay dos clases en la sociedad, hay también dos morales: la de los capitalistas y la de los proletarios.

La moral natural o zoológica, escribe Marx Nordau, declararía que el reposo es el mérito supremo y no daría al hombre el trabajo como cosa deseable y gloriosa, sino en cuanto ese trabajo fuese indispensable a su existencia material. Pero los explotadores entonces se verían en un aprieto. En efecto, su interés reclama que la masa trabaje más de lo necesario para ella y produzca más de lo que su propio uso exige. Y es que quieren apoderarse precisamente del sobrante de la producción; a este efecto, han suprimido la moral natural e inventado otra, que han hecho establecer a sus filósofos, alabar a sus predicadores, cantar a sus poetas, y, según la cual, la ociosidad sería madre de todos los vicios y el trabajo una virtud, la más hermosa de todas las virtudes.

Es inútil observar que semejante moral está hecha para uso exclusivo de los proletarios, pues los ricos que la ensalzan no se cuidan de someterse a ella. La ociosidad sólo es un vicio en los pobres.

En nombre de las prescripciones de esta moral especial, los obreros deben trabajar sin descanso en provecho de sus patronos, y toda tibieza de su parte en el esfuerzo de producción, todo lo que tienda a reducir el beneficio del explotador, es considerado como una acción inmoral. Y partiendo también de la misma moral de clase, son glorificados el sacrificio a los intereses patronales, la asiduidad en las obras más duras y peor remuneradas, los escrúpulos estúpidos que crean el honrado obrero; en una palabra, todas las cadenas ideológicas y sentimentales que clavan al asalariado en la argolla del capital.

Para completar la obra de esclavización se apela a la vanidad humana; todas las cualidades del buen esclavo son exaltadas, ensalzadas, y hasta se ha imaginado distribuir recompensas -¡la medalla del Trabajo!- a los obreros borregos que se han distinguido por la flexibilidad de su espinazo, su espíritu de resignación y su fidelidad al patrono.

De esta moral criminal, la clase obrera está saturada.

Desde que nace hasta que muere, el proletario es engañado con ella; le dan esta moral con la leche más o menos falsificada del biberón que, para él, sustituye con demasiada frecuencia al seno materno; más tarde, en la escuela láica, se la inculcan también, por dosis prudenciales, y la infiltración continúa, por mil y mil procedimientos, hasta que, yacente en la fosa común, duerme su eterno sueño.

La intoxicación resultante es tan profunda y persistente, que hasta hombres de espíritu sutil, de inteligencia clara y aguda, aparecen, sin embargo, contaminados. Tal es el caso del ciudadano Jaurés que, para condenar el sabotaje, ha echado mano de esta ética, creada para uso de los capitalistas. En una discusión sobre el sindicalismo, abierta en el Parlamento el 11 de Mayo de 1907, declaraba:

¡Oh! Si se trata de la propaganda sistemática, metódica del sabotaje, yo creo, a riesgo de ser tachado de optimista, que no irá muy lejos. Repugna a la naturaleza, a los sentimientos del obrero ...

E insistía:

El sabotaje repugna al valor técnico del obrero.

El valor técnico del obrero es su verdadera riqueza; por eso el teórico, el metafísico del Sindicalismo, Sorel, declara que, aunque se le permitan al sindicalismo todos los procedimientos posibles, hay uno que debe él mismo prohibirse: el que amenaza despertar, humillar en el obrero este valor profesional, que no es sólo su riqueza precaria de hoy, sino también el título para su soberanía en el mundo del mañana ...

Las afirmaciones de Jaurés, aun colocadas bajo la égida de Sorel, son todo lo que se quiera -hasta metafísica- menos la comprobación de una realidad económica.

¿Dónde diantres ha encontrado a obreros cuya naturaleza y sentimientos les lleven a realizar la plenitud de su esfuerzo físico e intelectual en beneficio de un patrono, a pesar de las condiciones irrisorias, ínfimas u odiosas que éste le impone?

¿Por qué, por otra parte, ha de ponerse en peligro el valor técnico de tales problemáticos obreros, si el día en que se den cuenta de la explotación desvergonzada de que son víctimas, intentan sustraerse a ella y, sobre todo, no consienten en someter sus músculos y cerebros a una fatiga indefinida, en provecho solo del patrono?

¿Por qué han de desperdiciar estos obreros ese valor técnico que constituye su verdadera riqueza -al decir de Jaurés- y por qué se lo han de regalar casi gratuitamente al capitalista?

¿No es más lógico que en vez de sacrificarse como corderos en el altar de la clase patronal, se defiendan, luchen y, estimando como su más preciado don ese valor técnico, no cedan todo o parte de su verdadera riqueza sino en las mejores condiciones o, por lo menos, en las menos malas?

El orador socialista no responde a estas interrogaciones porque no ha profundizado la cuestión. Se ha limitado a afirmaciones de orden sentimental, inspiradas en la moral de los explotadores y que son el remache de las argucias de los economistas que reprochan a los obreros franceses sus exigencias y sus huelgas, acusándoles de poner en peligro la industria nacional.

El razonamiento del ciudadano Jaurés es, en efecto, del mismo orden, con la diferencia de que en vez de hacer vibrar la cuerda patriotica, es el puntillo de honor, la vanidad, la gloria del proletariado, lo que ha tratado de exaltar, de sobreexcitar.

Su tésis va a parar a la negociación formal de la lucha de clases, pues no tiene en cuenta el estado de guerra permanente entre el capital y el trabajo.

Ahora bien; el simple buen sentido sugiere que, siendo el patrono el enemigo del obrero, no hay más deslealtad por parte de éste en tender emboscadas contra su adversario que en combatirlo cara a cara.

Por consiguiente, ninguno de los argumentos sacados de la moral burguesa vale para apreciar el sabotaje, ni ninguna otra táctica proletaria; y asímismo ninguno de estos argumentos vale para juzgar los hechos, gestos, actitudes, ideas o aspiraciones de la clase obrera.

Si se desea razonar sanamente sobre todos estos puntos, es menester no referirse a la moral capitalista, sino inspirarse en la moral de los productores que se elabora cotidianamente en el seno de las masas obreras, y que está llamada a regenerar las relaciones sociales, pues ha de ser lo que regule las del mundo de mañana.

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Los procedimientos del sabotaje

En el campo de batalla del mercado de trabajo donde los beligerantes se atacan sin escrúpulos, falta mucho, como hemos comprobado, para que se presenten con armas iguales.

El capitalista opone una coraza de oro a los golpes de su adversario que, conociendo su inferioridad defensiva y ofensiva, trata de suplirla recurriendo a las astucias de la guerra. El obrero, impotente para atacar de frente a su enemigo, trata de cogerlo de flanco, atacándole en sus obras vivas: la caja de caudales.

Los proletarios pueden compararse a un pueblo que, queriendo resistir a la invasión extranjera y no sintiéndose con fuerzas para afrontar en una gran batalla al enemigo, se lanza a la guerra de emboscadas, de guerrillas. Lucha desesperante para los grandes cuerpos de ejército, lucha de tal suerte horripilante y criminal que, generalmente los invasores se niegan a reconocer a los guerrilleros el carácter de beligerantes.

Esta execración de las guerrillas por los ejércitos regulares no nos sorprende más que el horror inspirado por el sabotaje a los capitalistas.

Y es que, en efecto, el sabotaje es en la guerra social lo que son las guerrillas en las guerras nacionales: dimana de los mismos sentimientos, responde a las mismas necesidades y tiene en la mentalidad obrera idénticas consecuencias.

Sabido es cuánto desarrollan las guerrillas el valor individual, la audacia y el espíritu de decisión. Otro tanto puede decirse del sabotaje; mantiene en tensión a los trabajadores, les impide hundirse en una flojedad perniciosa, y como necesita una acción permanente y sin tregua, consigue el feliz resultado de fomentar el espíritu de iniciativa, de habituar a la acción, de sobreexcitar la combatividad.

El obrero necesita poseer estas cualidades, pues el patrono obra respecto de él con tan pocos escrúpulos como tienen los ejércitos invasores que operan en país conquistado: ¡se entregan al saqueo cuanto pueden!

Esta rapacidad capitalista ha sido censurada por el multimillonario Rockefeller ... dispuesto, con seguridad, a practicarla sin vergüenza.

El error de algunos patronos -escribe- consiste en no pagar lo que debieran, con lo cual consiguen que en el trabajador se despierte una tendencia a reducir el trabajo.

Esta tendencia a la reducción del trabajo que comprueba Rockefeller -reducción que legitima y justifica por la censura que dirige a los patronos- es el sabotaje en la forma que se presenta espontáneamente al espíritu de todo obrero: la disminución del trabajo.

Podrá decirse de este procedimiento que es la forma instintiva y primaria del sabotaje. Naturalmente, sólo es practicable para los obreros a jornal. En efecto, es indudable que los que trabajan a destajo, si disminuyeran su producción, serían las primeras víctimas de su rebelión pasiva, puesto que sabotearían su propio salario. Los destajistas deben, pues, recurrir a otros medios, consistiendo su preocupación en disminuir la calidad, no la cantidad de su producto.

Los procedimientos de sabotaje son variables hasta el infinito. Sin embargo, cualesquiera que sean, hay una cualidad que los trabajadores exigen de ellos: que al ponerse en práctica, no tengan una repercusión dolorosa sobre el consumidor.

El sabotage ataca al patrono, bien por la disminución del trabajo, ora haciendo invendibles los productos fabricados, ya inmovilizando o inutilizando los instrumentos de producción. Mas el consumidor no debe ser víctima de esta guerra contra el explotador. Los trabajadores insisten mucho en este carácter específico del sabotaje, que consiste en herir al patrono y no al consumidor. Pero tienen que deshacer el prejuicio de la Prensa capitalista, que desnaturaliza esa tesis a su antojo, presentando el sabotaje como peligroso para los consumidores principalmente.

Todavía no se ha olvidado la emoción que produjo la noticia lanzada por los grandes diarios, hace unos años, a propósito del pan con vidrio molido. Los sindicalistas se hartaban de decir que poner vidrio molido en el pan sería un acto odioso, estúpidamente criminal y que a los obreros panaderos no se les había ocurrido jamás semejante idea; mas, a pesar de las negaciones, la mentira se extendía, se reeditaba y, naturalmente, indisponía contra los obreros panaderos a infinidad de gentes para quienes lo que escribe su periódico es el evangelio.

En realidad, hasta hoy, en el curso de las diversas huelgas de panaderos, el sabotaje puesto en práctica ha consistido en destruir las tahonas, los amasaderos o los hornos. En cuanto al pan si se ha fabricado incomestible -quemado o poco cocido, sin sal o sin levadura, etc., pero nunca con vidrio molido- no han sido los consumidores los perjudicados, sino únicamente los patronos.

En efecto, habría que suponer que los consumidores eran unas bestias ... para aceptar, en vez de pan, una mezcla indigesta o nauseabunda. Si el caso se hubiese presentado, habrían devuelto seguramente ese pan de mala calidad a su tahonero y exigido en su lugar un producto comestible.

El pan con vidrio molido es, pues, únicamente una infamia capitalista destinada a desacreditar las reivindicaciones de los obreros panaderos.

Hay muchos casos en los cuales el sabotaje se identifica con el interés de los consumidores.

Un llamamiento dirigido a la población parisina en 1908, por el sindicato de los cocineros, lo explica mejor que todo comentario; a él pertenecen los siguientes párrafos:

El primero de Junio último, un maestro cocinero que llegaba aquella misma mañana a un restaurante popular, observó que la carne que le habían confiado se había estropeado de tal modo, que servirla hubiese sido un peligro para los consumidores. Entonces dió parte al patrono, que le exigió que, a pesar de todo, fuese servida, pero el obrero indignado por lo que se le pedía, se negó a ser cómplice del envenenamiento de la clientela.

El patrono, furioso contra esta indiscreta lealtad, se vengó despidiéndole y dando su nombre al sindicato patronal de restaurantes populares Le Parisien, para impedir que volviera a colocarse.

Hasta aquí el incidente revela sólo un acto individual e innoble de un patrono y un acto de conciencia de un obrero, más la continuación del asunto pone de manifiesto, como va a verse, una solidaridad patronal, de tal modo escandalosa, que nos creemos obligados a denunciarla.

Cuando el obrero se presentó en la oficina de colocación del sindicato patronal, el encargado de esta oficina le dijo que a él, obrero, no le importaba si los artículos estaban o no estropeados; que desde el momento en que se le pagaba no tenía más que obedecer; que su acto era inadmisible y que, en lo sucesivo, no podía contar con su oficio para encontrar trabajo.

Morirse de hambre o hacerse, en caso necesario, cómplice de los envenenamientos: he aquí el dilema planteado a los obreros por este sindicato patronal.

Por otra parte, este lenguaje establece bien claramente que, lejos de reprobar la venta de artículos averiados, este sindicato encubre y defiende tales actos y persigue con su odio a los que impiden que se envenene tranquilamente.

Seguramente, no es un ejemplar único en París este patrono que sirve carne podrida a sus clientes. Sin embargo, pocos son los cocineros que tienen el valor de seguir el ejemplo dado.

¡Y es que, si tienen demasiada conciencia, los trabajadores corren el riesgo de perder el empleo, y hasta de ser boicoteados! Consideraciones éstas que hacen que se meneen muchas cabezas, que vacilen muchas voluntades y que se pongan un freno muchas rebeldías.

Por eso nos son tan pocas veces revelados los misterios de los restaurantes populares y aristocráticos.

Sin embargo, al consumidor le sería útil saber que los enormes cuartos de buey que se ven hoy en los escaparates del restaurante que frecuenta, son carnes apetecibles que mañana serán llevadas y desmenuzadas en los Halles ... mientras que en el restaurante en cuestión se sirven viandas sospechosas.

Análogamente le sería útil saber que la sopa de cangrejos que saborea, está hecha con el caparazón de Ías langostas dejadas ayer en el plato por él u otros -caparazones cuidadosamente raspados para desprender la pulpa adherida a ellos y que, machacados en el mortero, es disuelto por un jugo que se tiñe de rojo con carmín.

Y así mismo que todo el material del restaurante: cucharas, tenedores, platos, etc., es enjugado con las servilletas abandonadas por los clientes después de la comida, con lo que se hace posible un contagio de tuberculosis.

La lista sería larga y nauseabunda, si hubiese que enumerar todos los trucos y trampas de los comerciantes sin vergüenza que, emboscados en un rincón de su tienda, no se contentan con estafar a sus parroquianos, sino que, muchas veces, los envenenan por añadidura. Por eso debemos desear, en interés de la salud pública, que los obreros del ramo de la alimentación saboteen a sus patronos y nos pongan en guardia contra esos malhechores.

Para los cocineros, existe otro procedimiento de sabotaje, consistente en preparar los platos de manera excelente, con todos los condimentos necesarios y poniendo en su confección todos los cuidados que el arte culinario requiere.

De todo esto resulta que, para los obreros cocineros, el sabotaje se identifica con el interés de los consumidores, tanto si se proponen ser unos obreros escrupulosos, como si nos inician en los arcanos poco apetitosos de sus cocinas.

Algunos tal vez objeten que, en este último caso, los cocineros no practican el sabotaje, sino que dan un ejemplo de integridad y lealtad profesional digno de encomio.

¡Mucho cuidado! Los que tal afirman se deslizan por una pendiente muy disimulada y corren el riesgo de rodar hasta el abismo, es decir hasta la condenación de la sociedad actual.

En efecto, la falsificación, el engaño, la mentira, el robo, la estafa, constituyen la trama de la sociedad capitalista; suprimirlas, equivale a matarla ... No hay que hacerse ilusiones: el día en que se intentara introducir en las relaciones sociales, en todos los grados y en todos los planos, una estricta lealtad, una escrupulosa buena fe, nada quedaría en pie, ni la industria, ni el comercio, ni la banca ... ¡nada, nada!

Ahora bien; es indudable que, para llevar a buen término todas las bajas operaciones a que se entrega el patrono no puede obrar sólo; necesita auxiliares, necesita cómplices ... y los encuentra en sus obreros, en sus empleados. Por eso al asociar a los obreros a sus maniobras -nunca a sus beneficios-, les exige una sumisión completa a sus intereses y les prohibe apreciar y juzgar las operaciones de su casa; si éstas son de carácter fraudulento, incluso criminal, a los obreros no debe importarles.

Ellos no son responsables ... Desde el momento en que se les paga, no tienen más que obedecer, así observaba muy burguesamente el encargado de Le Parisien, mencionado más arriba.

En virtud de tales sofismas, el trabajador debe prescindir de su personalidad, reprimir sus sentimientos y obrar como inconsciente; toda desobediencia a las órdenes dadas, toda violación de los secretos profesionales, toda divulgación de las prácticas inmorales que de él se exigen, constituye por su parte un acto de felonía contra el patrono.

Por consiguiente, si se niega a la sumisión ciega y pasiva, si se atreve a denunciar las villanías a que se le asocia, es considerado como un rebelde contra su patrono, pues le hace la guerra, le sabotea.

Semejante modo de ver no es particular a los patronos; los sindicatos obreros interpretan también como acto de guerra -como acto de sabotaje- toda divulgación perjudicial a los intereses capitalistas, y los sindicalistas han bautizado este ingenioso procedimiento de atacar la explotación humana con el nombre de sabotaje de la boca abierta. Expresión significativa hasta no más, ya que muchas fortunas sólo se han amasado gracias al silencio que han guardado sobre los bandidajes patronales los explotados que han colaborado en ellos, porque sin el mutismo de éstos hubiese sido dificil, si no imposible, que los explotadores hubieran hecho tales negocios.

Acabamos de examinar los procedimientos de sabotaje puestos en práctica por la clase obrera sin suspensión del trabajo, sin abandono del taller. Mas el sabotaje no se limita a esta acción restringida; puede convertirse -y se convierte cada vez más- en una ayuda poderosa en caso de huelga.

Podemos comprobar -escribía Bourguet, secretario del sindicato de París- que la cesación del trabajo no es suficiente para la terminación de una huelga. Sería necesario y hasta indispensable, para el buen resultado del conflicto, que la herramienta -es decir, los medios de producción de la fábrica, de la mina, de la tahona, etc.- estuviesen también en huelga, esto es, que no funcionasen ...

Esta táctica, que consiste en unir a la huelga de brazos la huelga de las máquinas, puede parecer que se inspira en móviles bajos y mezquinos. Pero no es así.

Los trabajadores conscientes saben que sólo son una minoría y temen que sus camaradas no tengan la tenacidad y energía suficiente para resistir hasta el fin, y entonces, para impedir la deserción de la masa, le hacen el retiro imposible: hunden los puentes detrás de ella.

Obtienen semejante resultado, quitando la herramienta de las manos a los obreros demasiado sumisos a los poderes capitalistas y paralizando las máquinas que fecundaban su esfuerzo. Por este procedimiento evitan la traición de los inconscientes y les impiden pactar con el enemigo para reanudar el trabajo cuando no deben.

Hay otra razón para esta táctica: que los huelguistas no tienen que temer sólo a los renegados, sino que deben también desconfiar del ejército.

En efecto, los capitalistas acostumbran cada día más a sustituir a los huelguistas por militares. Así, tan pronto como se declara una huelga de panaderos, de electricistas, de ferroviarios, etc., el Gobierno trata de sofocarla, reemplazando a los obreros por soldados. Hasta el punto de que, para suplantar a los electricistas, por ejemplo, el Gobierno ha creado un cuerpo especial de ingenieros, a quienes se enseña el funcionamiento de las máquinas generadoras de electricidad, así como el manejo de los aparatos, y que están siempre preparados para ocupar el puesto de los obreros electricistas, al primer síntoma de huelga.

Es, pues, de luminosa evidencia que si los huelguistas, que conocen las intenciones gubernamentales, se olvidan, antes de suspender el trabajo, de impedir esta intervención militar, imposibilitándola y haciéndola ineficaz, están vencidos por adelantado.

Previendo el peligro, los obreros que van a emprender la lucha no tendrían excusa si no pusiesen remedio. ¡Felizmente, no se olvidan!

Mas entonces ocurre que se les acusa de vandalismo, censurándose su falta de respeto hacia la máquina.

Estas críticas tendrían fundamento si en los trabajadores existiese una voluntad sistemática de destrucción, sin ninguna preocupación de finalidad. Pero no es este el caso. Si los obreros atacan a las máquinas, no es por placer o diletantismo, sino porque una imperiosa necesidad les obliga a ello.

No hay que olvidar que a los trabajadores se les plantea una cuestión de vida o muerte: si no inmovilizan las máquinas, van a una derrota segura, al fracaso de sus esperanzas; si las sabotean, tienen grandes probabilidades de éxito, aunque conciten contra ellos a la opinión burguesa y se vean acribillados de epítetos malsonantes.

Dados los intereses en juego, se comprende que afronten sonrientes estos anatemas, y que el temor de ser calumniados por los capitalistas y sus lacayos no les haga renunciar a las posibilidades de victoria que les reserva una audaz e ingeniosa iniciativa.

Los trabajadores, en estas condiciones, se encuentran en una situación parecida a la de un ejército que obligado a retirarse, se decide, con pesar, a destruir el armamento y provisiones que dificultarían su marcha y podrían hacerlo caer en poder del enemigo. En este caso, tal destrucción es legítima, mientras que en cualquier otro sería una locura.

Por consiguiente, no hay más razón para censurar a los obreros que recurren al sabotaje con objeto de asegurar su triunfo, que hay para censurar al ejército que, con el fin de salvarse, sacrifica su impedimenta.

Podemos, pues, concluir que con el sabotaje ocurre lo que con todas las tácticas y todas las armas: la justificación de su empleo dimana de las necesidades y del fin perseguido.

Además de estos procedimientos, hay otro que podría calificarse de sabotaje por represalias, y que se ha extendido algo a partir del fracaso de la segunda huelga de Correos.

Después de esta huelga, unos grupos revolucionarios decidieron sabotear las líneas telegráficas y telefónicas para protestar contra el despido en masa de cientos de huelguistas. Y anunciaron su intento de hacer tal guerra mientras los empleados de Correos despedidos con motivo de la huelga no fuesen reintegrados.

Una circular confidencial enviada a los puestos que estos grupos se habían procurado, precisaba en qué condiciones había de efectuarse esta campaña de sabotaje de los hilos.

Los camaradas que te envían este papel -decía la circular- te conocen, aunque tu no los conozcas; excúsalos si no firman. Te conocen como revolucionario serio.

Te piden que cortes los hilos telegráficos y telefónicos que estén a tu alcance en la noche del primero de Junio.

Las noches siguientes, sin necesidad de más órdenes, seguirás haciendo la misma operación.

Cuando el Gobierno tenga ya bastante, reintegrará a los 650 empleados despedidos.

En una segunda parte, esta circular contenía un formulario detallado y técnico que exponía los diferentes modos de cortar los hilos sin riesgo de ser electrocutado. También recomendaba con mucha insistencia que no se tocaran los hilos de las señales ni los telegráficos de las Compañías ferroviarias; y, para hacer imposible todo error, se insistía minuciosamente sobre los medios de distinguir los hilos de las Compañías de los del Estado.

La hecatombe de los hilos telegráficos y telefónicos, fue considerable en toda Francia, y duró hasta la caída del Ministerio Clemenceau. Después, en diversas ocasiones, algunos grupos, para protestar contra la arbitrariedad del Poder, se han entregado a esta guerra contra los hilos telegráficos y telefónicos ...

El sabotaje, además de un medio de defensa utilizado por el productor contra el patrono, puede convertirse en un medio de defensa del público contra el Estado o las grandes Compañías.

El obstruccionismo es un procedimiento de sabotaje al revés, que consiste en aplicar los reglamentos con un cuidado meticuloso, en realizar el trabajo a cargo de uno, con una prudente lentitud y un escrúpulo exagerado. El ejemplo más elocuente de este procedimiento de sabotaje lo dieron los ferroviarios italianos, en 1905, con su famoso obstruccionismo, gracias al cual la desorganización del servicio fue fantástica y formidable, y la circulación de trenes quedó casi suspendida.

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Conclusiones

Como acabamos de ver, por el examen de las modalidades del sabotaje obrero, en cualquier forma y momento en que se manifieste, su característica consiste siempre -¡siempre!- en quebrantar la caja patronal.

Contra este sabotaje, que sólo ataca los medios de explotación, las cosas inertes y sin vida, la burguesía no tiene bastantes maldiciones.

En cambio, los detractores del sabotaje obrero no se indignan de otro sabotaje -verdaderamente criminal, abominable y monstruoso- que constituye la esencia misma de la sociedad capitalista.

¡No se conmueven ante ese sabotaje que, no contento con despojar a sus víctimas, les quita la salud y ataca hasta a las fuentes de la vida, a todo, a todo!

Mas hay una razón mayor de esta impasibilidad; y es que con este sabotaje se benefician ellos.

Son saboteadores los comerciantes que, adulterando la leche, alimento de los pequeñuelos, siegan en flor las generaciones nuevas.

Los harineros y panaderos que echan en la harina talco u otros productos nocivos, estropeando así el pan, alimento de primera necesidad.

Los fabricantes de café con almidón y achicoria, de pasteles con vaselina, de miel con almidón y pulpa de castañas, de vinagre con ácido sulfúrico, de quesos con cera o fécula, de cerveza con hojas de boj.

Fueron saboteadores los traficantes -patriotas ¿cómo no?- que, en 1870-71, contribuyeron al sabotaje de su patria entregando botas con suela de cartón para los soldados y cartuchos con pólvora de carbón; y lo son sus hijos que, siguiendo la carrera paterna con el mismo espíritu que sus progenitores, construyen las calderas explosivas de los grandes acorazados, los cascos rotos de los submarinos, y suministran al ejército carne de mono podrida, viandas estropeadas o tuberculosas, pan con talco o habichuelas, etc., etc.

Son saboteadores los contratistas, los constructores de vías férreas, los fabricantes de muebles, los vendedores de abonos químicos, los industriales de todo género y de cualquier categoría.

¡Todos, sin excepción, son saboteadores! Pues todos, en efecto, adulteran, estafan, falsifican cuanto pueden.

El sabotaje está en todas partes y en todo: en la industria, en el comercio, en la agricultura ... ¡en todo, en todo!

Pero este sabotaje capitalista que impregna a la sociedad actual, que constituye el elemento en el cual se mueve -como nosotros en el oxígeno del aire- es condenable muy de otro modo que el sabotaje obrero.

Este último -¡hay que insistir en ello!- sólo va contra el capital, contra la caja de caudales de los burgueses, mientras que el otro ataca a la vida humana, destruye la salud, puebla los hospitales y cementerios.

De las heridas que hace el sabotaje obrero sólo salpica el oro; en las producidas por el sabotaje capitalista la sangre fluye a raudales.

El sabotaje obrero se inspira en principios generosos y altruistas: es un medio de defensa y protección contra las exacciones patronales; es el arma del desheredado que batalla por su existencia y la de su familia; tiende a mejorar las condiciones sociales de las muchedumbres obreras y a librarlas de la explotación que las oprime y las aplasta ... Es un fermento de vida radiante y mejor.

El sabotaje capitalista, por el contrario, no es más que un medio de explotación intensificada; condensa los apetitos desenfrenados y nunca satisfechos, es la expresión de una rapacidad repugnante, de una insaciable sed de riquezas que no retrocede ante el crimen para verse satisfecha ... Lejos de engendrar la vida, siembra a su alrededor las ruinas, el duelo y la muerte.

Hagamos el vándalo x K. Towich

Este es un intento de derribar los muros que tratan de hacer lo que nos divierte, lo que queremos; atacar al enemigo donde más le duele. Nuestros actos son a menudo juzgados por nuestro entorno a base a prejuicios. Estos prejuicios están basados en la moral dominante que es la moral de los dominadores, de los poderosos. La moral establecida hoy exalta el diálogo, el consenso, el pacto, las peticiones, pero lo hace sobre un sistema que esclaviza y mata.
La moral no es más que un freno para quien quiere atacar al poder. Un freno construido aposta. Su objetivo es transformar la vida en una suma de ocasiones desperdiciadas. Busca ahogar nuestros deseos en prejuicios heredados. Para quien está hart@ de tragar, el mito de que esta sociedad es la sociedad de la comunicación es absurdo. Estamos explotad@s y oprimid@s y encima cuando nos decidimos a atacar al enemigo tiene que venir el/la moralista de turno a preguntarnos si lo que vamos a hacer "es un acto de autodefensa o no". Esta persona filosofa sobre si la destrucción de la propiedad es violencia o no, distingue qué acto es violento y cuál no; marca el límite a partir del cual nuestros actos rebasan la frontera de lo inaceptable. Nos juzga en base a la moral. Dialogamos demasiado, con el enemigo y con sus falsos oponentes. A veces el silencio comunica mejor. A veces hay que actuar y apartar el diálogo.

Como explotad@s no reconocemos a nadie el derecho de marcarnos el camino a seguir. Como rebeldes no reconocemos a nadie el derecho a imponernos un sistema de valores; una moral. Estamos hart@s de moralistas.

Con la renuncia a destruir el sistema empieza la obsesión por la creatividad. Las personas concienciadas basan su actividad en aportar "propuestas constructivas" con una "actitud positiva" para contribuir a "mejorar las cosas".

Esta creatividad política es sinónimo de reformas y de embellecimientos con vistas a un futuro que no existe. La única creación útil es aquella que nos da placer ahora o que sirve para extender la revuelta y el ansia por acabar con este sistema.

No queremos autogestionar la miseria; no queremos resolver los problemas del capitalismo; no queremos decorar este estercolero con propuestas constructivas. Queremos atacarlo para destruirlo.

Las revueltas no surgen de los libros, ni de las mentes de ningún iluminado. Las revueltas surgen de la explosión de desobediencia de quien ha acumulado suficiente rabia como para romper con los cauces oficiales de la protesta. Las personas progresistas ven a l@s explotad@s como alguien a quien organizar y educar con fines reivindicativos. La mitificación con la que se observa a las autoridades le impulsa a ver a la gente como una masa de seres incapaces de toda iniciativa real contra el poder. Hereda de los ilustrados del siglo XVIII una adoración mística por el racionalismo, la planificación y una fobia enfermiza por la pasión, los deseos y la revuelta desordenada.

El intelectualismo izquierdista pretende planificar desde su mesa de tertulias las protestas, las transformaciones sociales y nuestras vidas. Pretende convertirnos, a su imagen y semejanza en vegetales conscientes. Y es que la pasión y el rechazo de las convenciones a la hora de actuar es lo que ha abierto muchas veces los caminos a la rebelión incontrolable. No hay nada que canse tanto como el enorme esfuerzo que realizamos para seguir siendo, durante años, razonables. Para no ser simple y profundamente nosotr@s mism@s.

La pasión por la vida exige cólera y odio por quien quiere matarnos poco a poco; renuncia a renuncia. Los suicidios cotidianos de la obediencia, la transigencia y la resignación nos hacen convertirnos en zombis con horchata en las venas.

La reacción del planificador de protestas ante la acción rebelde es hostil. Suele condenarla escudándose a menudo en la respuesta represiva que pueda venir. Y es porque no ve al poder como enemigo a destruir. Si lo hiciese entendería que en el enfrentamiento entre explotador@s y explotad@s no hay un momento de paz; Los choques son continuos y la represión es una herramienta más del opresor.

La rendición de mantenerse dentro de los límites de la legalidad no garantiza la continuidad de ningún movimiento anti-autoritario, en realidad es su peor enemiga.

Las organizaciones izquierdistas se convierten cada día más en instituciones Oficiales de la Queja (I.O.Q). Su funcionamiento es un ciclo que empieza tratando de absorber (en plan aspiradora) focos de disidencia o descontento para que, una vez clasificados, puedan ser representados como grupos de presión que piden (como pollitos) su ración de concesiones a papá-Estado.

De ahí que l@s progresistas vean como una amenaza el acto rebelde individual o en grupo que se escape a su control. Y es que si cualquiera puede atacar al enemigo con solo tener las cosas claras y determinación, ¿quién necesita profesionales de la lucha y aparatos burocráticos?.

Así, cuando aparecen actos no controlados por las I.O.Q. estas reaccionan a la defensiva. Dirán que son acciones contraproducentes, sin sentido o incluso que las ha provocado el poder para reprimir mejor. Con ello tratan de encubrir su propio fracaso volcando la culpa en "l@s violent@s", "l@s provocador@s", "los incontrolad@s", etc.

En realidad la vida diaria continúa al margen de estas fantasías ombliguistas. Hay continua actividad ilegal contra el enemigo; robos diarios a empresas y supermercados, destrucción de maquinaria de trabajo, ataques a la policía, etc.

Si no se ha transformado este comportamiento ilegal generalizado en momentos de rebelión colectiva es por dos razones fundamentales; 1) por la falta de confianza en la propia capacidad individual y colectiva y la mitificación del poder, y; 2) por la existencia de prejuicios morales respecto a la violencia, el diálogo, etc.

La eliminación del elitismo (propio de la cultura de izquierdas) empieza por no creerse ni más ni menos conscientes que el resto de explotad@s. No es infravalorando acciones espontáneas de ataque por detalles como extenderemos la revuelta. Haciéndonos cómplices de ellas y "llevando gasolina allá donde haya fuego" romperemos los cauces controlados de oposición y extenderemos el comportamiento ilegal.

Practiquemos el vandalismo. O lo que es lo mismo, la acción que busca la diversión y el placer en el ataque a algo o alguien que nos oprime. Es una práctica sencilla y abierta a todo el mundo. Por ello está tan extendida y podría extenderse mucho más. Con el ataque desmitificamos al enemigo rompiendo la falsa apariencia de paz y control total.

Con el vandalismo también se rompe con el mito izquierdista (político o militar) de que el corazón del poder está en la cúpula lejana de representantes. El corazón del poder está a nuestro alrededor cada día, en las relaciones que establecemos con el patrón, la jefa, los agentes represores, empresas, instituciones...

Ningún acto de revuelta es ciego o inútil. La simple ostentación de poder o derroche de dinero por quien nos explota es una provocación para quienes sufrimos las consecuencias de ambas. Merecen recibir el fruto de nuestra rabia.

Este sistema no nos puede ofrecer lo que queremos y por tanto estamos enfrentad@s al día a día. No delegaremos en nadie nuestra actividad de ataque, no necesitamos profesionales de las armas. Es falso que la actividad de ataque lleve directamente a la clandestinización. También es falso que para llevar una dinámica de ataque haya que estar en la clandestinidad. L@s únic@s interesad@s en difundir estas fantasías son el poder y las organizaciones izquierdistas (armadas o no).

La cuestión no es si debemos elegir entre manifestarnos por las calles o llevar adelante acciones de grupo. Deberíamos ser flexibles y comprender que todo acto que haga avanzar la revuelta es válido; que la separación entre estos y otros tipos de actividad la ha diseñado el sistema por medio de leyes y normas morales para debilitarnos. Debemos ser flexibles para actuar a la luz del día y por la noche.

El vandalismo es una herramienta útil y divertida. Una más. Su mala prensa se debe sobre todo a su capacidad para desestabilizar la vida cotidiana y su facilidad para extenderse. Por eso nos interesa, por eso lo defendemos y practicamos.

Es muy fácil. Usted también puede hacerlo. ¡Hágalo!

Este folleto se puede usar de muchas formas. A quien lo escribe le gustaría especialmente una; se trataría de quien lo haya empezado a leer elija algo que le oprime cada día y usase este pape1 como mecha para chamuscarlo. Si este momento no es el mejor también puede un@ leérselo mientras tanto. Lo que está escrito pretende ser un ataque a los prejuicios heredados de la sociedad capitalista con respecto al vandalismo, los disturbios, los saqueos, etc.