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martes, 15 de enero de 2013

Capitalismo de Estado y Dictadura* x Anton Pannekoek

sobre el marxista comunista de consejos Anton Pannekoek ir aqui

 I


El término "capitalismo de Estado" se usa frecuentemente de dos maneras diferentes: la primera, como una forma económica en la que el Estado realiza el papel del empresario capitalista, explotando a los trabajadores en interés del Estado. El sistema federal de correos o un ferrocarril de propiedad estatal son ejemplos de este tipo de capitalismo de Estado. En Rusia, esta forma de capitalismo de Estado predomina en la industria: el trabajo es planificado, financiado y gestionado por el Estado; los directores de industria son designados por el Estado y los beneficios se consideran la renta del Estado. La segunda, encontramos que se define como capitalismo de Estado (o socialismo de Estado) aquella situación en la que las empresas capitalistas son controladas por el Estado. Esta definición está, no obstante, desencaminada, en tanto bajo estas condiciones existe todavía la forma de la propiedad privada aunque el propietario de una empresa ya no sea el único amo, estando su poder restringido mientras se acepta cierto sistema de seguridad social para los trabajadores.

Ahora bien, depende del grado de ingerencia del Estado en las empresas privadas. Si el Estado aprueba ciertas leyes que afectan a las condiciones de empleo, tales como la contratación y el despido de los trabajadores, si las empresas son financiadas por un sistema bancario federal, o se conceden subvenciones para apoyar el comercio exportador, o si se fija por ley la limitación de los dividendos de las grandes corporaciones, entonces se llegará a una situación en la que el control estatal regulará la vida económica entera. Esto variará en ciertos grados del estricto capitalismo de Estado.

Considerado la situación económica actual en Alemania, podríamos considerar que allí prevalece una suerte de capitalismo de Estado. Los gobernantes de la gran industria en Alemania no son sujetos subordinados al Estado, sino que son el poder gobernante en Alemania a través de los funcionarios fascistas en las oficinas gubernamentales. El Partido Nacional-Socialista se desarrolló como una herramienta de estos gobernantes. En Rusia, por el contrario, la burguesía fue destruida por la Revolución de octubre y ha desaparecido completamente como poder gobernante. La burocracia del gobierno ruso tomó el mando de la creciente industria. El capitalismo de Estado ruso pudo desarrollarse en tanto que allí no había una burguesía poderosa. En Alemania, como en Europa occidental y en América, la burguesía tiene el poder total, es la propietaria del capital y de los medios de producción. Esto es esencial para el carácter del capitalismo. El factor decisivo es el carácter de la clase que es propietaria, con pleno control, del capital, no la forma interna de la administración, ni el grado de ingerencia del Estado en la vida económica de la población. Aun si esta clase considera una necesidad someterse a una regulación más estricta --paso que también haría a los capitalistas privados más pequeños ser más dependientes de la voluntad de los grandes capitalistas-- todavía permanecería el carácter del capitalismo privado. Debemos, por consiguiente, apreciar la diferencia entre el capitalismo de Estado y ese capitalismo privado que puede regularse hasta el más alto grado por medio del Estado.
Las regulaciones estrictas no han de verse simplemente como un intento por encontrar una salida a la crisis. Las consideraciones políticas también toman parte. Los ejemplos de regulación estatal apuntan a un objetivo general: la preparación para la guerra. La industria de guerra se regula, lo mismo que la producción de comida de los granjeros, para estar preparados para la guerra. Empobrecida por los resultados de la última guerra, privada de provincias, materias primas, colonias, capital, la burguesía alemana debe intentar rehabilitar las fuerzas que le quedan mediante una rigurosa concentración. Previendo la guerra como recurso final, pone tantos recursos como sea necesario en manos del control estatal.

Una vez encarados al objetivo común de un nuevo poder mundial, los intereses privados de las diversas secciones de la burguesía quedan en segundo plano. Todos los poderes capitalistas están confrontados con esta cuestión: ¿en que medida al Estado, como representante de los intereses comunes de la burguesía nacional, se le deberían confiar poderes sobre las personas, las finanzas y la industria en la lucha internacional por el poder? Esto explica por qué en esas naciones de una población pobre, pero rápidamente en aumento, sin ninguna o con pocas colonias (tal como Italia, Alemania, Japón), el Estado ha asumido el mayor poder.

Uno puede plantearse la pregunta: ¿no es el capitalismo de Estado la única "salida" para la burguesía? Obviamente, el capitalismo de Estado sería factible únicamente si todo el poceso productivo pudiese ser gestionado y planificado centralmente desde arriba, para satisfacer las necesidades de la población y eliminar las crisis. Si tales condiciones se produjesen, la burguesía dejaría entonces de ser una burguesía auténtica. En la sociedad burguesa no sólo existe la explotación de la clase obrera, sino que también debe existir la lucha constante de las diversas secciones de la clase capitalista por los mercados y por fuentes para la inversión de capital. Esta lucha entre los capitalistas es totalmente distinta de la vieja libre competición en el mercado. Bajo la cobertura de la cooperación del capital dentro de la nación, existe allí una lucha continua entre enormes monopolios. Los capitalistas no pueden actuar como meros recolectores de dividendos, dejando la iniciativa a funcionarios estatales para atender a la explotación de la clase obrera. Los capitalistas luchan entre ellos por los beneficios y por el control del Estado para proteger sus intereses sectoriales, y su campo de acción se extiende más allá de los límites del Estado. Aunque durante la crisis actual tuvo lugar una fuerte concentración dentro de cada nación capitalista, todavía persisten allí los poderosos entrelazamientos internacionales (del gran capital). En la forma de una lucha entre naciones, la lucha de los capitalistas continúa, con lo cual una crisis política severa a causa de la guerra y la derrota tiene el efecto de una crisis económica.

Cuando, por consiguiente, surge la cuestión de si el capitalismo de Estado --en el sentido en que ha sido usado arriba-- es una fase intermedia necesaria, antes de que el proletariado tome el poder, de si sería la forma más elevada y última de capitalismo establecida por la burguesía, la respuesta es no. Por otro lado, si por capitalismo de Estado uno quiere decir el control y la regulación estrictas del capital privado por el Estado, la respuesta es sí, variando el grado de control estatal dentro de un país de acuerdo con la época y las condiciones, llevandose a cabo de diferentes modos la preservación y el incremento de los beneficios, dependiento de las condiciones históricas y políticas y de la relación entre las clases.

II

Sin embargo, es posible y bastante probable que el capitalismo de Estado sea una fase intermedia, hasta que el proletariado tenga éxito en establecer el comunismo. Esto, no obstante, no podría ocurrir por razones económicas sino políticas. El capitalismo de Estado no sería el resultado de las crisis económicas, sino de la lucha de clases. En la fase final del capitalismo, la lucha de clases es la fuerza más importante que determina las acciones de la burguesía y amolda la economía estatal.

Ha de esperarse que, como resultado de la gran tensión y conficto económicos, la lucha de clase del proletariado futuro se inflamará hasta llegar a la acción de masas. Sea esta acción de masas el resultado de conflictos salariales, guerras o crisis económicas, y tome la forma de huelgas de masas, disturbios callejeros o lucha armada, el proletariado establecerá organizaciones-de-consejos[1*] --órganos de autodeterminación y ejecución uniforme de la acción--. Esté será particularmente el caso en Alemania. Allí los viejos órganos políticos de la lucha de clases han sido destruidos; los trabajadores están codo con codo como individuos, sin ninguna otra fidelidad que a su clase. Si van a desarrollarse movimientos políticos de largo alcance en Alemania, los trabajadores sólo podrían funcionar como clase, luchar como clase, cuando opongan, al principio capitalista de la dictadura unipersonal, el principio proletario de la autodeterminación de las masas. En otros países parlamentarios, por otra parte, los trabajadores son severamente estorbados en su desarrollo como clase independiente por las actividades de los partidos políticos. Estos partidos prometen a la clase obrera métodos de lucha más seguros, imponen su dirección a los trabajadores y con la ayuda de su maquinaria de propaganda hacen de la mayoría de la población sus seguidores descerebrados. En Alemania estos impedimentos son una tradición moribunda.

Tales luchas de masas primarias son sólo el principio de un periodo de desarrollo revolucionario. Permítasenos tomar una situación favorable al proletariado, en la que esa acción proletaria es tan poderosa como para paralizar y derrocar al Estado burgués. A pesar de la acción unánime a este respeto, el grado de madurez de las masas puede variar. Una concepción clara de los objetivos, los modos y los medios sólo se adquirirá durante el proceso de la revolución, y después de la primera victoria se afirmarán las diferencias acerca de la táctica ulterior. Entonces los portavoces de los partidos socialista o comunista aparecen; no están muertos, por lo menos sus ideas están vivas entre el sector "moderado" de los trabajadores. Ahora ha llegado el momento de poner en práctica su programa de "socialismo de Estado".

Los trabajadores más progresivos, cuyo objetivo debe ser poner la dirección de la lucha bajo el control de la clase obrera, por medio de la organización-de-consejos, (debilitando así el poder enemigo de la fuerza estatal) se encontrarán con la propaganda "socialista", en la que se enfatizará la necesidad de construir aceleradamente el orden socialista por medio de un gobierno "socialista". Se lanzarán advertencias contra las demandas extremas, se harán apelaciones a la timidez de aquellos individuos para los que el pensamiento del comunismo proletario es todavía inconcebible; se aconsejarán los compromisos con los reformistas burgueses, así como la compra de la burguesía, en lugar de forzarla a una resistencia amarga por medio de la expropiación. Se harán intentos de retraer a los trabajadores de los objetivos revolucionarios, de la lucha de clase determinada. Alrededor de este tipo de propaganda se agruparán aquellos que se sientan llamados a estar a la cabeza del partido o a asumir la dirección entre los trabajadores. Entre estos líderes estará una gran porción de la intelectualidad --que fácilmente se adapta al "socialismo de Estado", pero no al comunismo de consejos-- y otras secciones de la burguesía que ven en las luchas obreras una nueva posición de clase, desde la cual pueden combatir con éxito el comunismo. "El socialismo contra la anarquía", tal será el grito de guerra de aquellos que querrán salvar del capitalismo lo que pueda salvarse.

El resultado de esta lucha depende de la madurez de la clase obrera revolucionaria. Aquéllos que ahora creen que todo lo que uno tiene que hacer es esperar la acción revolucionaria, porque entonces la necesidad económica enseñará a los trabajadores cómo actuar correctamente, son víctimas de una ilusión. Ciertamente, los trabajadores aprenderán rápidamente y actuarán enérgicamente en tiempos revolucionarios. Mientras tanto, probablemente se experimentarán duras derrotas, que resultarán en la pérdida de innumerables víctimas. Cuanto más cabal sea la obra de esclarecimiento del proletariado, más firme será el ataque de las masas contra el intento de los "líderes" de dirigir sus acciones hacia los cauces del socialismo estatal. Considerado las dificultades con que se encuentra ahora la tarea de esclarecimiento, parece improbable que quede allí abierto para los trabajadores un camino a la libertad sin retrocesos. En esta situación se encontrarán las posibilidades del capitalismo de Estado como fase intermedia antes de la llegada del comunismo.

Así, la clase capitalista no adoptará el capitalismo de Estado por el devenir de sus propias dificultades económicas. El capitalismo monopolista, particularmente cuando usa al Estado como una dictadura fascista, puede asegurarse la mayoría de las ventajas de una organización única sin abandonar su propia dominación sobre la producción. Se dará una situación distinta, sin embargo, cuando la burguesía se sienta tan presionada por la clase obrera que la forma vieja del capitalismo privado ya no pueda salvarse. Entonces el capitalismo de Estado será la salida: la preservación de la explotación en la forma de una sociedad "socialista", donde los "líderes más capaces", los "mejores cerebros", y los "grandes hombres de acción" dirigirán la producción y las masas trabajarán obedientemente bajo su mando. Si a este estado se le llama capitalismo de Estado o socialismo de Estado da lo mismo en principio. Si uno se refiere al primer término "capitalismo de Estado" como siendo una burocracia estatal dominante y explotadora, o al segundo término, "socialismo de Estado", como a un cuerpo de funcionarios necesarios que, como servidores respetuosos y obedientes de la comunidad, comparten el trabajo con los trabajadores, la diferencia en último análisis reside en la suma de los salarios y la medida cualitativa de su influencia en las conexiones de partido.

Tal forma de sociedad no puede ser estable, es una forma regresiva contra la cual la clase obrera se levantará de nuevo. Bajo ella puede producirse orden en cierta medida, pero la producción sigue restringida. El desarrollo social sigue obstaculizado. Rusia fue capaz, a través de esta forma de organización, de cambiar del semi-barbarismo a un capitalismo desarrollado, de superar incluso los logros del capitalismo privado de los países occidentales. En este proceso figura el manifiesto entusiasmo entre las clases burguesas "advenedizas", dondequiera que el capitalismo empieza su curso. Pero tal capitalismo de Estado no puede progresar. En Europa occidental y en América la misma forma de organización económica no sería progresiva, dado que impediría la llegada del comunismo. Obstruiría la revolución necesaria en la producción; es decir, sería reaccionaria en su carácter y asumiría la forma política de una dictadura.

III

Algunos marxistas mantienen que Marx y Engels previeron este desarrollo de la sociedad hacia el capitalismo de Estado. Pero nosotros no conocemos ninguna declaración de Marx acerca del capitalismo de Estado de la cual pudiésemos deducir que considerase que el Estado, cuando éste asume el papel de capitalista único, fuese la última fase de la sociedad capitalista. Él vio en el Estado el órgano de opresión que la sociedad burguesa usa contra la clase obrera. Para Engels: "El proletariado toma el poder del Estado y entonces transforma la propiedad de los medios de producción en propiedad del Estado".
Esto significa que la transformación de la propiedad en propiedad estatal no ocurrirá previamente. Cualquier esfuerzo por hacer responsable a esta sentencia de Engels de la teoría del capitalismo de Estado, lleva a Engels a contradicción consigo mismo. Tampoco hay ninguna confirmación de esto que se pueda encontrar en los acontecimientos reales. Los ferrocarriles en los países capitalistas altamente desarrollados, como Inglaterra y América, todavía son la posesión privada de corporaciones capitalistas. Sólo los servicios postales y telegráficos son poseídos por los Estados en la mayoría de los países, pero por razones distintas que su alto estado de desarrollo. Los ferrocarriles alemanes fueron apropiados por el Estado mayormente por razones militares. El único capitalismo de Estado que fue capaz de transformar los medios de producción en propiedad del Estado es el ruso, pero no a cuenta de su elevado estado de desarrollo, sino al revés, a cuenta de su bajo estado de desarrollo. No hay nada, sin embargo, que pueda encontrarse en Engels que pudiera aplicarse a las condiciones existentes en Alemania e Italia hoy, que consisten en la fuerte regulación supervisora y la limitación de la libertad del capitalismo privado mediante un Estado todopoderoso.

Esto es totalmente natural, ya que Engels no era un profeta; era sólo un científico que era bien consciente del proceso del desarrollo social. Lo que él expone son las tendencias fundamentales en este desarrollo y su significación. Las teorías del desarrollo se expresan mejor cuando se exponen en conexión con el futuro; no es, por tanto, dañino expresarlas con cautela. Cuanto menos cauta es la expresión, como es a menudo el caso de Engels, esto no disminuye en lo más mínimo el valor de los prognósticos, aunque los acontecimientos no correspondan exactamente a las predicciones. Un hombre de su calibre tiene derecho a esperar que incluso sus suposiciones sean tratadas con cuidado, cuanto que se ha llegado a ellas bajo ciertas condiciones definidas. La obra de deducir las tendencias del capitalismo y su desarrollo, y darles forma en teorías coherentes y comprehensivas, asegura a Marx y Engels una posición prominente entre los pensadores más excelentes y científicos del siglo diecinueve; pero la descripción exacta, en todos sus detalles, de la estructura social de la mitad siglo por delante, era una imposibilidad incluso para ellos.
Las dictaduras, como las de Italia y Alemania, se hicieron necesarias como medios de coerción para imponer a la masa reacia de pequeños capitalistas el nuevo orden y las limitaciones reguladoras. Por esta razón, tal dictadura es considerada a menudo la forma política futura de la sociedad en un capitalismo desarrollado a nivel mundial.

Durante cuarenta años, la prensa socialista señaló que la monarquía militar era la forma política de la sociedad perteneciente a una sociedad capitalista concentrada. Pues el burgués tiene la necesidad de un Kaiser, de los Junkers y del ejército para la defensa contra una clase obrera revolucionaria por un lado, y contra los países vecinos por el otro. Durante diez años prevaleció la creencia de que la república era la verdadera forma de gobierno en un capitalismo desarrollado, porque bajo esta forma de Estado los burgueses serían los amos. Ahora se considera que la dictadura es la forma de gobierno necesaria. Cualquiera que pueda ser la forma, siempre se encuentran las razones más adecuadas para ella. Mientras, al mismo tiempo países como Inglaterra, Francia, América y Bélgica, con un capitalismo altamente concentrado y desarrollado, retienen la misma forma de gobierno parlamentario, sea éste bajo una república o un reino. Esto prueba que el capitalismo elige muchos caminos que llevan al mismo destino, y también prueba que no se debe tener prisa en deducir conclusiones de las experiencias de un país para aplicarlas al mundo en general.

En cada país el gran capital cumple su dominación por medio de las instituciones políticas existentes, desarrolladas a través de la historia y las tradiciones, cuyas funciones son expresamente transformadas. Inglaterra ofrece un ejemplo. Allí el sistema parlamentario, junto con un alto grado de libertad y autonomía personales, tienen tanto éxito que no hay ninguna traza de socialismo, comunismo o pensamiento revolucionario entre las clases trabajadoras. Allí crece y se desarrolla también el capitalismo monopolista. Allí, también, el capitalismo domina al gobierno. Allí, también, el gobierno toma medidas para superar los resultados de la depresión; pero se las arreglan perfectamente sin la ayuda de una dictadura. Esto no hace de Inglaterra una democracia, porque ya hace medio siglo que dos camarillas aristocráticas de políticos se apropian del gobierno alternativamente, y las mismas condiciones prevalecen hoy. Pero están gobernando por medios diferentes; a la larga, estos medios pueden ser más eficaces que la dictadura brutal. Comparado con Alemania, el igual y poderoso gobierno del capitalismo inglés parece ser el más normal. En Alemania, la presión de un gobierno policial forzó a los trabajadores a movimientos radicales, como consecuencia de lo cual obtuvieron un poder político externo; no lo obtuvieron a través del empeño de una gran fuerza interior dentro de sí mismos, sino a través de la debacle militar de sus gobernantes y, finalmente, vieron ese poder destruido por una dictadura afilada, el resultado de una revolución pequeñoburguesa que fue financiada por el capital monopolista. Esto no debe interpretarse en el sentido de que la forma inglesa de gobierno sea realmente la normal, y la alemana la anormal; justamente como sería equivocado asumir lo contrario. Cada caso debe juzgarse separadamente, cada país tiene el tipo de gobierno que germinó a partir de su propio curso de desarrollo político.

Observando América, encontramos en esta tierra de la mayor concentración de capital monopolista tan poco deseo de cambio a una dictadura como lo encontramos en Inglaterra. Bajo la administración de Roosevelt se efectuaron ciertas regulaciones y acciones para paliar los resultados de la depresión, algunas de las cuales eran completas innovaciones. Entre éstas estaba también el comienzo de una política social, que hasta ahora estaba completamente ausente de la política americana. Pero el capital privado ya está rebelándose y sintiéndose lo suficientemente fuerte para seguir su propio curso en la lucha política por el poder. Vistas desde América, las dictaduras en diversos países europeos aparecen como una armadura pesada, destructiva de la libertad, que las estrechamente aprisionadas naciones de Europa deben llevar, debido a que peleas heredadas las lanzan a la destrucción mútua; pero no se presentan como lo que realmente son, resueltas formas de organización de un capitalismo altamente desarrollado.

Los argumentos en favor de un nuevo movimiento obrero, que nosotros designamos con el nombre de comunismo de consejos, no encuentran su base en la dictadura capitalista de Estado o fascista. Este movimiento representa una necesidad vital de las clases obreras y habrá de desarrollarse en todas partes. Se convierte en una necesidad debido a la colosal elevación del poder del capital, porque contra un poder de esta magnitud las viejas formas del movimiento obrero se vuelven impotentes; en consecuencia, el trabajo debe encontrar nuevos medios de combate. Por esta razón, los principios programáticos para el nuevo movimiento obrero no pueden basarse ni en el capitalismo de Estado, ni en el fascismo o en la dictadura como sus causas, sino solamente en el poder constantemente creciente del capital y en la impotencia del viejo movimiento obrero para enfrentarse a este poder.

Para las clases obreras en los países fascistas prevalecen ambas condiciones, pues allí el poder incrementado del capital es el que sostiene en el país la dictadura política al igual que la dictadura económica. Cuando allí la propaganda por nuevas formas de acción conecta con la existencia de la dictadura, es así como debe ser. Pero sería una estupidez basar un programa internacional en tales principios, olvidando que las condiciones en otros países difieren ampliamente de las de los países fascistas.

Nota de traducción:
[1*] Traducimos "council organisation" por "organización-de-consejos", debido a que éste término no sólo designa a los consejos obreros o soviets en sentido estricto, sino también a las formas de organización inspiradas en ellos o que les sirven de base, como fuera en caso de las Organizaciones de Fábrica alemanas en los años 20 y su combinación en Uniones Obreras.

*Este artículo se publicó primeramente al parecer en Räte Korrespondenz. Esta traducción fue publicada en International Council Correspondence, vol. III, nº 1, enero de 1937.
Traducido y digitalizado por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques. Formato HTML para el Marxists Internet Archive el Jonas Holmgren.

Leninismo, ideología fascista x Miguel Amorós

¡Liberar a la Humanidad del yugo bienhechor del Estado! Es extraordinario hasta qué punto los instintos criminales anidan en el hombre. Lo digo claramente: criminales. La libertad y el crimen van tan íntimamente liados, si usted prefiere, como el movimiento de un avión y su velocidad. Si la velocidad del avión es nula, permanece inmóvil, y si la libertad del hombre es nula, no comete crímenes. Está claro. El único medio de librar al hombre del crimen es librarlo de la libertad.

Evgeni Zamiatin, Nosotros, 1920.

La existencia de sectas inmovilistas más o menos virtuales que se reclaman de Lenin es hoy un asunto más relacionado con las neurosis que acechan a los individuos inmersos en las condiciones modernas del capitalismo que con la lucha por las ideas que sostienen los rebeldes contra los ideólogos de la clase dominante. El tiempo no perdona y el fracaso final del leninismo ocurrido entre 1976 y 1980 ha llevado a los creyentes que sobrevivieron a una supervivencia esquizoide. Como ya estudió Gabel, el precio a pagar por su fe es una conciencia escindida, una especie de doble personalidad. Por un lado la realidad desmiente el dogma hasta en el menor detalle, y por el otro, la interpretación militante ha de retorcerla, encorsetarla y manipularla hasta el delirio para amoldarla al dogma y fabricar un relato maniqueo sin contradicciones. Como si de una Biblia se tratase, en dicho relato están todas las respuestas. El cuento leninista suprime la angustia que en el creyente engendran las contradicciones de la práctica, lo que constituye una poderosa arma para escapar a la realidad. El resultado sería patético para el resto de los seres vivos si los debates abundaran en el seno de un proletariado combativo como el de los años setenta, pero dado el estado actual de la conciencia de clase, o lo que es lo mismo, dada la inversión espectacular de la realidad, donde “lo verdadero es sólo un momento de lo falso”, la presencia de sectarios leninistas en las escasas discusiones de base no contribuye sino a la confusión reinante.

El papel objetivo de las sectas consiste en falsificar la historia, ocultar la realidad, desviar la atención de los verdaderos problemas, sabotear la reflexión sobre las causas del triunfo capitalista, bloquear la formulación de tácticas de lucha adecuadas, impedir en fin el rearme teórico de los oprimidos. Los leninistas fosilizados de hoy ya no son (porque no pueden) la vanguardia de la contrarrevolución de hace treinta años o de hace sesenta, pero su función sigue siendo la misma: trabajar para la dominación como agentes provocadores.

Dada la descomposición actual de la ideología quizás conviniese hablar de leninismos, pero lejos de perdernos en los matices que separan las distintas sectas intentaremos agrupar las características afines, que son las que mejor las definen, a saber, la negación rotunda de que en 1936 hubiera una revolución obrera, la afirmación igual de rotunda de la existencia de una clase obrera en constante avance y la creencia en el advenimiento del partido dirigente, guía de los trabajadores en la marcha hacia la revolución. Lo primero les viene, bien de los análisis derrotistas y capituladores de la revista belga “Bilan”, bien de los dictados triunfalistas del Komintern y del PCE. Si en un caso era cuestión de una guerra imperialista, en el otro, se trataba de una guerra de la independencia; en ambos, el proletariado debía dejarse machacar.

En el universo leninista Lenin es la Virgen María; la clase obrera de la que hablan es como la cristiandad. Un chiíta del leninismo, es decir, un bordiguista, se lamentaba en la web: “¿Si nos quitan la clase obrera, qué nos queda?” En efecto, para los leninistas la clase obrera tiene una función ritual, terapéutica si se quiere, psicológica. Es un ente ideal, una abstracción, en nombre de la cual ha de tomarse el poder. No es que no exista, es que nunca ha existido. Inventada por Lenin a partir del modelo ruso de 1917, una clase obrera minoritaria en un país feudal de población eminentemente campesina asequible a una dirección exterior compuesta por intelectuales organizados como partido, no es precisamente algo que veamos todos los días. Pertenece a un pasado caduco. Es un ideal utópico, antihistórico. Sin bromas, la secta trotsquista posadista creyó haberla encontrado entre los extraterrestres de una galaxia lejana desde donde enviaban a La Tierra platillos volantes con mensajes socialistas. Los mensajes de los ovnis debieron cundir porque el proletariado leninista aparece en toda sopa planetaria; según la prensa leninista su epifanía puede suceder en cualquier acontecimiento, por ejemplo, en la guerra civil de Irak, en las movilizaciones de estudiantes franceses, o en la constitución de una “izquierda” sindical, aunque lo más frecuente sea en los conflictos laborales.

Como no hay historia para el leninismo después de la toma del Palacio de Invierno, desde la Revolución Rusa parece que no hayan habido ni derrotas ni victorias significativas, a lo sumo algún traspiés dentro de una línea evolutiva invariable que conduce a una clase obrera impoluta, esperando a los curas de la iglesia, sus líderes, miembros por derecho del “partido”. Porque el verdadero sujeto histórico para los leninistas no es la clase sino el partido. El partido es el criterio absoluto de la verdad, que no existe por sí misma sino dentro de él, en las sagradas escrituras correctamente interpretadas. Dentro de el partido, la salvación; fuera, la condenación eterna. Ese vanguardismo alucinado es el rasgo más antiproletario del leninismo puesto que la idea de partido único mesiánico es ajena a Marx; proviene de la burguesía masona y carbonaria. Marx llamaba partido al conjunto de fuerzas que luchaban por la autoorganización de la clase obrera, no a una organización autoritaria, luminada, exclusiva y jerarquizada.
Es revelador que los leninistas vean hoy los intereses económicos particulares como intereses de clase, cuando ya no lo son, y que, en los setenta, cuando lo eran, los trataban como asuntos sindicales, “tradeunionistas”. La diferencia radica en que entonces el proletariado luchaba a su modo, con sus propias armas, las asambleas. Eso es lo que transformaba la reivindicación parcial en exigencia de clase. Pero los leninistas desprecian las formas realmente proletarias de organización y de lucha: las asambleas, los comités elegidos y revocables, el mandato imperativo, la autodefensa, las coordinadoras, los consejos... Y las desprecian porque en tanto que formas de poder obrero ignoran los partidos y disuelven al Estado, incluido al Estado “proletario”. Por eso han ocultado tanto como los medios de comunicación la existencia del Movimiento Asambleario durante los setenta, porque son enemigos de una clase obrera real que no se parece en nada a la suya y odian por razones evidentes sus formas organizativas específicas. Al contrario de Marx, para los leninistas el ser no determina la conciencia, por lo que hay que inculcarla mediante el apostolado de los líderes. Los obreros no pueden alcanzar, según Lenin, más que una conciencia sindicalera y deben plegarse al papel de simples ejecutantes; los sindicatos que los encuadran y controlan son por lo tanto la correa de transmisión del partido. Eso no es óbice para que los leninistas alaben las asambleas y los consejos si ello les permite ejercer alguna influencia y reclutar adeptos. Durante los setenta llegaron a apoyarlas pero tan pronto como se sintieron fuertes las traicionaron, tal como, salvando las diferencias, hizo Lenin con los Soviets.

La revista “Living Marxism”, animada por Paul Mattick, lanzaba la consigna de que “la lucha contra el fascismo comienza por la lucha contra el bolchevismo”. Durante la década de los cincuenta el capitalismo de los ejecutivos evolucionaba hacia los modos totalitarios del capitalismo de Estado soviético. Hoy, cuando la clase burocrática comunista se ha convertido al capitalismo y el mundo es arrastrado hacia la dominación fascista por la vía tecnológica, la ideología leninista es residual, polvorienta y museográfica. No estudia al capitalismo porque éste no es su enemigo, y por supuesto no quiere luchar contra él. Simplemente hace como el ajo, se repite. La labor principal de sus sectas consiste en competir unas con otras señalando “un punto particular que las distingue del movimiento de la clase” (Marx).

La batalla teórica contra los leninistas es pues un combate menor, algo así como dar puntapiés a los muertos vivientes, pero en tanto que armazón primario de nuevas ideologías de la contrarrevolución como el hardt-negrismo no conviene descuidarla, y con este objetivo recordamos algunas banalidades de base acerca del leninismo que cualquiera podrá encontrar en las obras de Rosa Luxemburgo, Karl Korsch, los consejistas (Pannekoek, Gorter, Rülhe) o los anarquistas (Rocker, Volin, Archinoff). El leninismo a través de Negri y sus acólitos, como antes a través del estalinismo, su forma extremada, efectúa un retorno completo al pensamiento y a los modos de la burguesía, concretamente en la fase globalizadora totalitaria, manifiesto en su defensa del parlamentarismo, de los compromisos políticos, de la telefonía móvil y del espectáculo movimentista. El negrismo sostiene ideológicamente las fracciones débiles, perdedoras, de la dominación, la burocracia político administrativa, el aparato sindicalista y las clases medias, interesadas en un capitalismo intervenido por el Estado. Pero el leninismo no es diferente. Siempre defendió intereses contrarios al proletariado.

En la Rusia de 1905 no existía una burguesía capaz de lanzarse a la lucha contra el zarismo y la iglesia como futura clase dominante. Esa misión correspondió a los intelectuales rusos, que buscaron el esclarecimiento de sus impulsos nacionalistas en el marxismo y hallaron sus mejores aliados en el campo obrero. El marxismo ruso tomó un aspecto completamente diferente del ortodoxo, puesto que en Rusia el trabajo histórico a cumplir era el de una burguesía demasiado débil: la abolición del absolutismo y la construcción de un capitalismo nacional. La teoría de Marx, adaptada por Kautsky y Bernstein, identificaba la revolución con el desarrollo de las fuerzas productivas y del Estado democrático correspondiente, lo que favorecía una praxis reformista que aunque podía funcionar en Alemania, no podía en Rusia.

Si bien Lenin aceptaba íntegramente el revisionismo socialdemócrata de Marx, sabía que la tarea de los socialdemócratas bolcheviques de derrocar al zarismo no podía llevarse a cabo sin una revolución, para la que se necesitaban mejores fuerzas que las de los liberales rusos. Una revolución burguesa sin burgueses, y aún en su contra. La revuelta obrera de 1905 dejó al régimen absoluto malherido y la revolución de febrero de 1917 acabó con él. Aunque fue una insurrección obrera y campesina no tenía programa revolucionario ni consignas particulares, por lo que los representantes de la burguesía ocuparon su lugar. La burguesía no supo estar a la altura, mientras el proletariado se instruía políticamente y tomaba conciencia de sus objetivos; en poco tiempo la revolución perdía su carácter burgués y adoptaba un aire decididamente proletario. Durante julio-agosto Lenin aún defendía un régimen burgués con presencia obrera pero viendo el avance de los Soviets o consejos obreros cambió de orientación y lanzó la consigna del poder a los soviets, e incluso llegó a teorizar sobre la extinción del Estado. Pero la idea de poder horizontal era ajena a Lenin, que había organizado un partido sobre el modelo militar burgués, vertical, centralizado, decidiendo siempre desde arriba, con la dirección y la base fuertemente separadas. Si estaba a favor de los soviets era para intrumentalizarlos y tomar el poder. Su principal función no fue el desarrollo de los soviets, que no tenían cabida en su sistema; fue la conversión del partido bolchevique en aparato burocrático estatal, la introducción del autoritarismo burgués en el ejercicio y la representación del poder. A los soviets, los protagonistas de la revolución de octubre, en poco tiempo les fue escamoteado su poder por un Estado “proletario” que no supieron destruir. Los bolcheviques combatieron en nombre de “la dictadura del proletariado” el control obrero y la implantación de la revolución en los talleres y las fábricas, y, en general, la manifestación soberana de la voluntad obrera en organismos de democracia directa. En 1920 habían acabado con la revolución proletaria y los soviets ya no eran más que organismos castrados, decorativos. Los últimos bastiones de la revolución, los marinos de Kronstadt y el ejército makhnovista fueron aniquilados más tarde.
Al tiempo que destruían los soviets, los emisarios bolcheviques desembarcaban en Alemania, donde el consejismo había despertado en las masas obreras y los consejos estaban a punto de convertirse en órganos efectivos de poder proletario, para asestar una puñalada por la espalda a la revolución. Por todas partes desacreditaron la consigna de Consejos Obreros y propugnaron la vuelta a los sindicatos corruptos y al partido socialdemócrata. La revolución consejista alemana cayó bajo el peso de la calumnia, la intriga y el aislamiento provocado por los bolcheviques. Sobre sus cenizas pudo reconstituirse, con la bendición de Lenin, la vieja socialdemocracia y el Estado alemán de posguerra. Lenin no dejó de combatir a los defensores del sistema de consejos cubriéndoles de improperios en el folleto preferido de todos sus seguidores, “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.” Ahí se quitó la máscara. Abrumando con falsedades a los comunistas de izquierda y a los Consejos, Lenin defendía su seudosocialismo panruso, que llevado a la práctica por Stalin se revelaría un nuevo tipo de fascismo. Ni de lejos concebía que la liberación de los oprimidos sólo pudiera efectuarse mediante la destrucción del poder, del terror, del miedo, de la amenaza, de la constricción.

Todo aquél que desee entronizar un orden burgués encontrará las mejores condiciones de hacerlo en la separación absoluta entre masas y dirigentes, vanguardia y clase, partido y sindicatos. Lenin quería una revolución burguesa en Rusia y había formado un partido perfectamente adaptado a la tarea, pero la revolución rusa adquirió carácter obrero y estropeó sus planes. Lenin tuvo que vencer con los soviets para después vencer contra ellos. El comunismo más la electrificación cedió el paso a la NEP y a los planes quinquenales de Stalin, dando lugar a una nueva forma de capitalismo donde una nueva clase, la burocracia, desempeñaba el papel de la burguesía. Era el capitalismo de Estado. En Europa, las masas obreras fueron frenadas, desanimadas y empujadas a la derrota hasta desmoralizarse y perder la confianza consigo mismas, camino que condujo a la sumisión y al nazismo. Hitler llegó fácilmente al poder porque los dirigentes socialdemócratas y estalinistas habían corrompido tanto al proletariado alemán que éste no reparó en entregarse sin queja. “Fascismo pardo, fascismo rojo” fue el título de un memorable folleto donde Otto Rülhe mostraba que el fascismo estalinista de ayer era simplemente el leninismo de anteayer. En él nos hemos inspirado para titular nuestro artículo.

Los paralelismos con la situación española de 1970-78 son obvios. Por un lado, el partido comunista oficial, estalinista, defendía una alianza con los sectores de la clase dominante que forzara una conversión democrática del régimen franquista. Su fuerza provenía principalmente de la manipulación de movimiento obrero, al que pretendía encuadrar dentro del aparato sindical fascista. Todos los procedimientos leninistas para impedir la autoorganización obrera fueron utilizados fielmente por el PCE. Los partidos izquierdistas, nacidos principalmente de la explosión del FLP, de escisiones del PCE y del Frente Obrero de ETA, no actuaron de otro modo. Todos atacaban al PCE por no ser suficientemente leninista y no perseguir, como Lenin, una revolución burguesa en nombre de la clase obrera. Le disputaban la dirección de Comisiones Obreras, trabajo inútil porque en 1970 Comisiones ya no era ningún movimiento social, sino la organización de los estalinistas y simpatizantes en las fábricas. Para conquistar posiciones hicieron concesiones a las genuinas formas obreras de lucha, las asambleas, pero nunca las fomentaron. Tras los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976 las diferencias con el PCE se desvanecieron y le siguieron en su política de compromisos. Se presentaron a elecciones, cosechando el más rotundo de los fracasos. Desaparecieron dejando un rastro de pequeñas sectas, pero su suicidio político fue también el del PCE, que a partir de 1980 se transformó en un partido testimonial, de ideología variable, sostenido sólo por algunos fragmentos proletarizados de la mediana y pequeña burguesía.

Unas cuantas verdades podemos aprender de la crítica clásica del leninismo en la que nos hemos basado. Que los fundamentos de la acción que incline la balanza social del lado contrario al capitalismo no se encontrarán con los métodos de organización del tipo sindicatos o partidos, ni en los parlamentos, ni en las instituciones estatales, ni en los centros comprometidos con cualquier aspecto de la dominación. Que las masas oprimidas se hallan aisladas y dispersas, sin amigos. Que los activistas han de poner por encima de todo la capacidad de asociación, el fortalecimiento de la voluntad de acción y el desarrollo de la conciencia crítica, incluso por encima de los intereses inmediatos. Que las masas han de escoger entre tener miedo o darlo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Bolchevismo y Stalinismo x Paul Mattick


INDICE

* Introducción
* Competidores por el Poder
* Los Bolcheviques y la Espontaneidad de las Masas
* El "Aparato" del Partido
* Trotsky, Apologista del Stalinismo
* El Resultado: Capitalismo de Estado

Introducción

El presunto propósito de la biografía de Stalin hecha por Trotsky1 es mostrar "cómo fue formada una personalidad de este tipo, y cómo llegó al poder por la usurpación del derecho a un papel tan excepcional." El verdadero propósito del libro, sin embargo, es mostrar por qué Trotsky perdió la posición de poder que ocupó temporalmente y por qué su nombre debe seguir al de Lenin en vez del de Stalin. Antes de la muerte de Lenin siempre había sido "Lenin y Trotsky"; el nombre de Stalin siempre había estado cerca de o al final de cualquier lista de Bolcheviques ilustres. Incluso en una ocasión Lenin sugirió que se pusiera su propia firma segunda a la de Trotsky. En resumen, el libro ayuda explicar por qué Trotsky sostenía la opinión de "que él era el sucesor natural de Lenin" y de hecho resulta ser una biografía tanto de Stalin como de Trotsky.

Todos los orígenes son pequeños, sin duda, y el Bolchevismo de Lenin y Trotsky difiere del actual Stalinismo justo como el terror pardo de Hitler de 1933 difiere del Nazismo de la Segunda Guerra Mundial. Que no existe nada en el arsenal del Stalinismo que no pueda ser encontrado en el de Lenin y Trotsky es atestiguado por los escritos más tempranos del propio Trotsky2. Por ejemplo Trotsky, igual que Stalin, introdujo el trabajo forzado como un "principio socialista". Él, también, estaba convencido de que "ningún socialista serio negará al Estado Obrero el derecho de poner sus manos sobre el obrero que se niega a ejecutar su fuerza de trabajo." Fue Trotsky quien se apuró fustigar el "carácter socialista de la desigualdad", porque, según dijo, "aquellos obreros que hacen más por el interés general que otros reciben el derecho a una mayor cantidad del producto social que los flojos, los descuidados, y los desorganizadores." Era su opinión que todo debía ser hecho para "ayudar al desarrollo de la rivalidad en el círculo de la producción."

Por supuesto, todo esto fue concebido como el "principio socialista" del "período de transformación". Fue dictado por las dificultades objetivas en el camino a la socialización completa. No fue por deseo sino por necesidad que se reforzó la dictadura de partido hasta que resultó en la abolición de incluso aquellas libertades de actividad que, de una manera u otra, habían sido concedidas por el Estado burgués. Sin embargo, también Stalin puede ofrecer la excusa de la necesidad.

Para encontrar otros argumentos en contra el Stalinismo aparte de su aversión personal para con un competidor en la puja inter-partidaria, Trotsky debe descubrir y formular diferencias políticas entre sí mismo y Stalin, y entre Stalin y Lenin para respaldar su aseveración de que sin Stalin las cosas habrían sido diferentes en Rusia y en otros lugares.

No podría haber ninguna diferencia "teórica" entre Lenin y Stalin, cuando el único trabajo teórico que lleva el nombre del último fue motivado y supervisado por Lenin. Y si Stalin representa la "naturaleza ansiada" del aparato partidario centralizado, Lenin fue el que construyó el aparto perfecto para sí mismo, asi que en ese punto tampoco vemos ninguna diferencia. A decir verdad, mientras Lenin estaba en actividad, Stalin no le representaba ningún problema, a pesar de lo problemático que pudo haber sido para "el Bolchevique Número Dos".

Sin embargo, para que Trotsky pueda explicar el "Termidor Soviético", debe haber una diferencia entre el Leninismo y el Stalinismo, siempre que, por supuesto, existiera tal Termidor. En este punto, Trotsky ha presentado varias ideas respecto a cuándo tuvo lugar, pero en su biografía de Stalin hace caso omiso de la cuestión del tiempo a favor de la simple declaración de que tenía algo que ver con los "crecientes privilegios de la burocracia". Sin embargo, esto solamente nos lleva de vuelta al período temprano de la dictadura Bolchevique que encontraba a Lenin y Trotsky comprometidos en crear la burocracia estatal y en incrementar su eficiencia incrementando sus privilegios.

Competidores por el Poder

El hecho de que la lucha despiadada por las posiciones recién saliera a la luz con la muerte de Lenin indica otra cosa que el Termidor Soviético. Simplemente indica que a esa altura el Estado Bolchevique era lo suficientemente fuerte, o estaba en una posición tal, como para ignorar hasta cierto punto tanto a las masas rusas como a la burguesía internacional. La burocracia en desarrollo empezó a sentirse segura de su dominio sobre Rusia; la disputa por los frutos de la Revolución entró en su etapa más general y más seria.

Todos los adversarios en esta lucha hicieron hincapié en la necesidad de la dictadura en vista de las fricciones internas sin resolver entre "obreros" y "campesinos", el completo atraso económico y tecnológico del país, y el peligro constante de un ataque exterior. Pero dentro de este escenario de dictadura podían ser planteados todo tipo de argumentos. La lucha por el poder dentro de la clase dirigente en desarrollo se expresó en propuestas políticas tanto a favor o en contra de los intereses de los campesinos, tanto a favor o en contra de la limitación de los consejos de fábrica, tanto a favor o en contra de una política ofensiva en el frente internacional. Se expusieron teorías altisonantes con respecto a la estimación de la clase campesina, la relación entre la burocracia y la revolución, la cuestión de las generaciones en el partido, etcétera y llegaron a su clímax en la controversia entre Trotsky y Stalin sobre la "Revolución Permanente" y la teoría del "Socialismo en un solo país".

Es muy posible que los participantes del debate creyeran en sus propias frases; sin embargo, a pesar de sus diferencias teóricas, siempre que actuaron ante una situación real actuaron de igual manera: Para adaptarse a sus propias necesidades, naturalmente expresaron cosas idénticas en términos diferentes. Si Trotsky se precipita al frente - a todos los frentes a decir verdad - simplemente defiende la patria. Pero Stalin "es atraído por el frente, porque aquí por primera vez podría trabajar con el más acabado de todos los aparatos administrativos, el aparato militar" por el cual, a propósito, Trotsky se arroga todo el crédito. Si Trotsky pide por disciplina, muestra su "mano de hierro"; si Stalin hace lo mismo, procede con "mano dura".

Si la sangrienta supresión de la rebelión de Kronstadt por Trotsky fue una "necesidad trágica" la supresión del movimiento independentista georgiano por Stalin fue hecha en la manera de un "rusificador gran-ruso, ignorando completamente los derechos de su propio pueblo como nación". Y vice versa: las sugerencias hechas por Trotsky son llamadas falsas y contrarrevolucionarias por los secuaces de Stalin; pero cuando se llevan a cabo con los auspicios de Stalin se convierten en una prueba adicional de la sabiduría del gran líder.

Para comprender al Bolchevismo, y en un sentido menor el Stalinismo, no es suficiente con seguir las superficiales y a menudo tontas controversias entre Stalinistas y Trotskistas. Después de todo, la Revolución Rusa abarca más que sólo al Partido Bolchevique. Ni siquiera fue iniciada por grupos políticos organizados sino por las reacciones espontáneas de las masas ante la quiebra de un ya precario sistema económico en el alba de una derrota militar. Los levantamientos de Febrero "empezaron" con los disturbios por hambre en lugares de mercado, las huelgas de protesta en las fábricas, y la declaración espontánea de solidaridad con los manifestantes por parte de los soldados. Pero todos los movimientos espontáneos de la historia moderna han sido acompañados por fuerzas organizadas. Tan pronto como el colapso del Zarismo fue inminente, las organizaciones pasaron a primer plano con directivas y objetivos políticos definidos.

Si antes de la Revolución Lenin había hecho hincapié en la organización en vez de la espontaneidad, era debido a las retrasadas condiciones rusas, que daba a los movimientos espontáneos un carácter atrasado. Incluso los grupos políticamente avanzados solamente ofrecían programas limitados. Los obreros industriales deseaban reformas capitalistas similares a las que disfrutaban los obreros de países capitalistas más avanzados. La pequeñaburguesía e importantes capas de la clase capitalista querían una democracia burguesa Occidental. Los campesinos deseaban tierra en una agricultura capitalista. Aunque progresivas para la Rusia zarista, estas demandas eran la esencia de la revolución burguesa.

El nuevo gobierno liberalista de Febrero intentó continuar la guerra. Pero fueron las condiciones mismas de la guerra contra las que las masas se estaban rebelando. Todas las reformas prometidas dentro del escenario ruso de esos días y dentro de las existentes relaciones de poder imperialistas fueron condenadas a permanecer como frases vacías; no había ninguna manera de dirigir al movimiento espontáneo por los cauces deseados por el gobierno. En nuevos levantamientos los Bolcheviques llegaron al poder no por vía de una segunda revolución sino por un cambio forzoso de gobierno. Esta toma del poder fue fácil debido a la falta de interés que las masas en movimiento mostraban por el gobierno existente. El golpe de estado de Octubre, como dijo Lenin, "fue más fácil que levantar una pluma." La victoria final fue "conseguida prácticamente por inercia.... Ningún regimiento se alzó para defender a la democracia rusa.... La lucha por el poder supremo sobre un imperio que comprendía un sexto del globo terráqueo fue decidida entre fuerzas asombrosamente pequeñas en ambos lados tanto en las provincias como en los dos eslabones principales."

Los Bolcheviques no trataron de restaurar las viejas condiciones para reformarlas, sino que se declararon a favor de los resultados concretos de los movimientos espontáneos conceptualmente atrasados: el fin de la guerra, el control obrero de la industria, la expropiación de las clases gobernantes y la división de la tierra. Y de esta manera permanecieron en el poder.

Las demandas pre-revolucionarias de las masas rusas habían sido atrasadas por dos razones: ya habían sido realizadas hace mucho tiempo en las principales naciones capitalistas, y ya no podían ser llevadas a cabo en vista de las condiciones mundiales existentes. En un momento en que el proceso de concentración y centralización del capitalismo mundial había provocado la declinación en casi todas partes de la democracia burguesa, ya no era posible darle un nuevo inicio en Rusia. Si la democracia liberal era imposible, también lo eran todas las reformas en las relaciones capital-trabajo generalmente relacionadas con la legislación social y el sindicalismo. La agricultura capitalista, también, había ido más allá del quiebre de estados y producción feudales para un mercado capitalista a la industrialización de la agricultura y su consiguiente incorporación en el proceso de concentración del capital.

Los Bolcheviques y la Espontaneidad de las Masas

Los Bolcheviques no se adjudicaron a sí mismos la Revolución. Le dieron todo el crédito a los movimientos espontáneos. Por supuesto, subrayaron el hecho obvio de que la historia previa de Rusia, que incluía al Partido Bolchevique, había legado alguna clase de vaga conciencia revolucionaria a las masas desorganizadas y no se quedaron atrás en aseverar que sin su liderazgo el curso de la Revolución habría sido diferente y muy probablemente habría resultado en una contrarrevolución. "Si los Bolcheviques no hubieran tomado el poder", escribe Trotsky, "el mundo habría tenido un nombre ruso para el fascismo cinco años antes que el romano."

Pero los intentos de contrarrevolución por parte de los poderes tradicionales no fallaron debido a ninguna dirección conciente de los movimientos espontáneos, no debido a "la aguda visión [de Lenin], que captó la situación correctamente", sino debido al hecho de que estos movimientos no podían ser desviados de su propio curso. Si uno quiere usar el término, la "contrarrevolución" posible en la Rusia de 1917 era la inherente a la Revolución misma, es decir, en la oportunidad que brindó a los Bolcheviques para restituir un orden social dirigido centralizadamente para la perpetuación del divorcio capitalista de los obreros de los medios de la producción y la consiguiente restauración de Rusia como un poder imperialista en competencia.

Durante la revolución, los intereses de las masas en rebelión y los de los Bolcheviques se fundieron a un grado extraordinario. Más allá de la fusión temporal, también existía una profunda unidad entre los conceptos socializantes de los Bolcheviques y las consecuencias de los movimientos espontáneos. Demasiado "atrasada" para el socialismo pero también demasiado "avanzada" para el capitalismo liberal, la Revolución solamente podía terminar en aquella consistente forma de capitalismo que los Bolcheviques consideraron una condición previa para el socialismo, o sea, el capitalismo de Estado.

Identificándose a sí mismos con el movimiento espontáneo que no podían controlar, los Bolcheviques adquirieron el control sobre este movimiento tan pronto como se agotó en la realización de sus objetivos inmediatos. Existían demasiados de estos objetivos alcanzados de manera diferente en territorios diferentes. Diversas capas del campesinado satisfacieron, o no satisfacieron, divergentes necesidades y deseos. Sus intereses, sin embargo, no tenían ninguna conexión real con los del proletariado. La clase obrera misma fue dividida en diversos grupos con una variedad de necesidades específicas y planes generales. La pequeñaburguesía todavía tenía otros problemas que solucionar. En breve, había una unidad espontánea en contra de las condiciones del Zarismo y la guerra, pero no había ninguna unidad con respecto a los objetivos inmediatos y la futura política. No fue demasiado difícil para los Bolcheviques el utilizar esta división social para fortalecer su propio poder, que terminó siendo más fuerte que la sociedad en su conjunto porque nunca encaró a la sociedad como un todo.

De la misma manera que los otros grupos que se incluían dentro de la revolución, los Bolcheviques, también, pugnaron por lograr su objetivo particular: el control de gobierno. Este objetivo fue más importante que aquellos que eran aspirados por los otros. Involucró una lucha interminable, una ininterrumpida competencia por posiciones de poder. Las agrupaciones campesinas se establecieron después de dividir la tierra, los obreros regresaron a las fábricas como trabajadores asalariados, los soldados, que no podían vagar por el campo para siempre, regresaron a la vida de campesinos y obreros, pero para los Bolcheviques la lucha recién empezó con el éxito de la Revolución. Como todos los gobiernos, el régimen Bolchevique significa la sumisión de todas las capas sociales existentes a su autoridad. Centralizando lentamente todo el poder y el control en sus manos, los Bolcheviques pronto fueron capaces de dictar la política gubernamental. Una vez más Rusia fue concienzudamente organizada según los intereses de una clase especial - la clase de privilegio en el emergente sistema de capitalismo de Estado.

El "Aparato" del Partido

Todo esto no tiene nada que ver con el Stalinismo ni con el "Termidor" sino que representa a la política de Lenin y Trotsky desde el mismo día en que asumieron el poder. En su reporte al Sexto Congreso de los Soviets en 1918, Trotsky se quejó de que "No todos los obreros soviéticos han comprendido que nuestra administración ha sido centralizada y que todas las órdenes emitidas desde arriba deben ser finales.... Seremos despiadados con aquellos obreros soviéticos que todavía no lo han comprendido; los removeremos, los echaremos de nuestros rangos, los expulsaremos mediante la represión." Ahora Trotsky afirma que estas palabras fueron dirigidas hacia Stalin que no coordinó apropiadamente su actividad de guerra y estamos dispuestos a creerle. Pero cuánto más directamente deben haber sido dirigidas a todos aquellos que ni siquiera eran de "segunda línea" ni tenían rango alguno en la jerarquía soviética. Ya existía entonces, como relata Trotsky, "una división abismal entre las clases en movimiento y los intereses de los aparatos partidarios. Incluso los cuadros del Partido Bolchevique, que gozaban del beneficio de un entrenamiento revolucionario excepcional se inclinaron definitivamente a ignorar a las masas y a identificar sus propios intereses especiales con los intereses del aparato el mismo día después de que la monarquía fue derrocada."

Trotsky sostiene, por supuesto, que los peligros implícitos en esta situación fueron evitados por la vigilancia de Lenin y por las condiciones objetivas que hicieron a "las masas más revolucionarias que el Partido, y el Partido más revolucionario que su aparato." Pero el aparato estaba dirigido por Lenin. Incluso antes de la Revolución, señala Trotsky, el Comité Central del Partido "funcionó casi con regularidad y estaba completamente en manos de Lenin." Y aún más después de la Revolución. En la primavera de 1918 el "ideal del 'centralismo democrático' sufrió reveses adicionales, porque de hecho el poder tanto dentro del gobierno como del Partido se concentró en las manos de Lenin y en el séquitos de líderes Bolcheviques que no discrepaban con él abiertamente y llevaban a cabo sus deseos." Con la burocracia avanzando en poder, el emergente aparato Stalinista debió haber sido el resultado de un descuido por parte de Lenin.

Distinguir entre el gobernante del aparato y el aparato mismo por un lado, y entre el aparato y las masas por el otro, implica que solamente las masas y su más alto líder eran realmente revolucionarios, y que tanto Lenin como las masas revolucionarias fueron traicionados por el aparato de Stalin que, por así decirlo, se volvió independiente. Aunque Trotsky necesita tales distinciones para satisfacer sus propios intereses políticos, éstas no tienen ninguna base en los hechos. Hasta su muerte - sin tomar en cuenta los comentarios ocasionales contra los peligros de la burocratización, lo que para los Bolcheviques es el equivalente de las cruzadas ocasionales de los políticos burgueses por un presupuesto equilibrado - Lenin jamás se puso en contra del aparato del Partido Bolchevique y su liderazgo, es decir, en contra de sí mismo. Cualquier política decidida entonces recibía la bendición de Lenin mientras éste se encontrara al timón del aparato; y murió sosteniendo ese puesto.

Las nociones "democráticas" de Lenin son pura leyenda. Por supuesto que el capitalismo de Estado bajo Lenin era diferente del capitalismo de Estado bajo Stalin porque los poderes dictatoriales del último eran más grandes - gracias al intento de Lenin de construir el propio. Que el régimen de Lenin era menos terrorista que el de Stalin es discutible. De la misma manera que Stalin, Lenin catalogó a todas sus víctimas bajo el encabezamiento de "contrarrevolucionarios". Sin comparar las estadísticas de aquellos torturados y asesinados bajo ambos regímenes, admitiremos que el régimen Bolchevique bajo Lenin y Trotsky no era lo suficientemente fuerte para llevar a cabo medidas Stalinistas tales como la colectivización forzosa y los campos de trabajo esclavo como su principal política económica y gubernamental. No fue una intención premeditada sino la debilidad lo que forzó a Lenin y Trotsky a la llamada Nueva Política Económica, es decir, a concesiones a los intereses de propiedad privada y a una mejor -de la boca para afuera- "democracia".

La "tolerancia" Bolchevique de organizaciones no-Bolcheviques tales como los Social-revolucionarios en la fase temprana del régimen de Lenin no vino, como asevera Trotsky, de las inclinaciones "democráticas" de Lenin sino de la incapacidad de destruir inmediatamente a todas las organizaciones no-Bolcheviques. Las características totalitarias del Bolchevismo de Lenin se acumulaban al mismo ritmo que crecía su poder de control y policía. Que estas medidas fueran forzadas sobre los Bolcheviques por la actividad "contrarrevolucionaria" de todas las organizaciones obreras no-Bolcheviques, como mantiene Trotsky, no puede explicar de ninguna manera su aumento adicional después del aplastamiento de las diversas organizaciones inconformistas. Ni podía explicar la insistencia de Lenin en la ejecución del principio totalitario en las organizaciones extra-rusas de la Internacional Comunista.

Trotsky, Apologista del Stalinismo

Sin ser capaz de culpar completamente a las organizaciones no-Bolcheviques por la dictadura de Lenin, Trotsky dice que "aquellos teóricos que intentan probar que el régimen totalitario actual de la U.R.S.S. es debido... a la naturaleza desagradable del mismo Bolchevismo" olvidan los años de la Guerra Civil, "que marcaron indeleblemente al Gobierno Soviético en virtud del hecho de que muchos de los administradores, una capa considerable de ellos, se habían acostumbrado a comandar y a exigir una sumisión incondicional a sus órdenes." Stalin, también, continúa Trotsky, "fue moldeado por el ambiente y las circunstancias de la Guerra Civil, junto con el grupo entero que después le ayudó a establecer su dictadura personal". La Guerra Civil, sin embargo, fue iniciada por la burguesía internacional. Y por lo tanto, los aspectos desagradables del Bolchevismo bajo Lenin, así como bajo Stalin, encuentran su causa principal y final en la enemistad del capitalismo para con el Bolchevismo que, si es un monstruo, lo es solamente de manera renuente, matando y torturando en mera defensa propia.

Y así, aunque sea solamente en una manera indirecta, el Bolchevismo de Trotsky, a pesar de estar saturado de odio hacia Stalin, finalmente resulta en una mera defensa del Stalinismo como la única defensa propia posible para Trotsky. Esto explica la superficialidad de las diferencias ideológicas entre el Stalinismo y el Trotskismo. La imposibilidad de atacar a Stalin sin atacar a Lenin ayuda a explicar, en adición, las grandes dificultades de Trotsky como opositor. El propio pasado y las teorías de Trotsky ponen obstáculos la conformación de un movimiento a la izquierda del Stalinismo de su parte y condenan al "Trotskismo" a permanecer como una simple agencia colectora de Bolcheviques fallidos. Como tal puede mantenerse fuera de Rusia debido a las incesantes luchas competitivas por el poder y las posiciones dentro del movimiento "comunista" mundial. Pero no puede conseguir trascendencia porque no tiene nada para ofrecer excepto la sustitución de un grupo de políticos por otro. La defensa trotskista de Rusia en la Segunda Guerra Mundial era compatible con todas las políticas previas de esta oposición a Stalin, la más mordaz, pero también la más leal.

La defensa del Stalinismo por Trotsky no se agota en mostrar cómo la Guerra Civil transformó a los Bolcheviques de sirvientes en amos de la clase obrera. Él apunta al hecho más importante que es "para la burocracia es una cuestión de vida o muerte proteger la nacionalización de los medios de la producción y de la tierra." Esto significa que "a pesar de las más monstruosas distorsiones burocráticas, el caracter de clase de la U.R.S.S. sigue siendo proletario." Durante un tiempo - notamos - Stalin tuvo a Trotsky preocupado. En 1921, Lenin había estado perturbado por la cuestión de si la Nueva Política Económica era simplemente una "táctica" o una "evolución". Porque como la NEP liberó las tendencias capitalistas privadas, Trotsky vio en la creciente burocracia Stalinista "nada menos que la primera etapa de la restauración burguesa." Pero sus preocupaciones eran infundadas; "la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy marcadas han sido hasta el momento incapaces de eliminar la conciencia socialista de las masas o la nacionalización de los medios de la producción y la tierra, que eran las conquistas sociales básicas de la revolución." Stalin, por supuesto, no tenía nada que ver con esto, ya que "el Termidor Ruso indudablemente hubiera abierto una nueva era de régimen burgués, si ese régimen no hubiera sido probado obsoleto en todo el mundo."

El Resultado: Capitalismo de Estado

Con esta última declaración de Trotsky nos acercamos a la esencia del tema en discusión. Hemos dicho antes que los resultados concretos de la revolución de 1917 no eran ni socialistas ni burgueses sino capitalistas de Estado. Era la creencia de Trotsky que Stalin destruiría la naturaleza capitalista-estatal de la economía a favor de una economía burguesa. De esto iba a tratarse el Termidor. La decadencia de la economía burguesa en todas partes del mundo previno a Stalin de hacer esto. Todo lo que podía hacer era introducir las características desagradables de su dictadura personal en esa sociedad que había sido creada por Lenin y Trotsky. De este modo, y a pesar de que Stalin todavía ocupa el Kremlin, el Trotskismo ha triunfado sobre el Stalinismo.

Todo se centra en una ecuación de capitalismo de Estado con socialismo. Y aunque recientemente algunos de los discípulos de Trotsky han encontrado imposible continuar haciendo la ecuación, Trotsky fue obligado a mantenerla, pues significa el origen y el final del Leninismo y, en un sentido más amplio, de todo el movimiento social-democráta mundial del cual el Leninismo fue solamente la parte más realista. Realista, esto es, con respecto a Rusia. Lo que fue, y todavía es, entendido por este movimiento como Estado "obrero" es el régimen gubernamental del partido; lo que es entendido como "socialismo" es la nacionalización de los medios de la producción. Añadiendo el control sobre la economía al control político del gobierno, el régimen totalitario sobre toda la sociedad aparece en su forma completa. El gobierno asegura su régimen totalitario por vía del partido, que mantiene la jerarquía social y es en sí mismo una institución jerárquica.

Esta idea del "socialismo" se encuentra ahora en proceso de ser desacreditada, pero solamente debido a la experiencia de Rusia y a las experiencias similares si bien menos extensivas en otros países. Antes de 1914, lo que se quería decir con la toma del poder, pacíficamente o por la fuerza, era la toma de la maquinaria gubernamental, reemplazando un grupo particular de administradores y legisladores con otro. Económicamente, la "anarquía" del mercado capitalista debía ser reemplazada por una producción planificada bajo el control del Estado. Como el Estado socialista sería por definición un Estado "justo", siendo controlado por las masas mediante procesos democráticos, no había razón alguna para pensar que sus decisiones fueran contrarias a los ideales socialistas. Esta teoría era suficiente para organizar a partes de la clase obrera en partidos más o menos poderosos.

La teoría del socialismo se reducía a la demanda de la planificación económica centralizada a favor de todos. El proceso de centralización, inherente a la misma acumulación del capital, fue contemplado como una tendencia socialista. La influencia creciente del "trabajo" dentro de la maquinaria estatal fue aclamada como un paso en la dirección del socialismo. Pero en realidad el proceso de centralización del capital demostró ser otra cosa que su auto-transformación en propiedad social. Lo mismo pasaba con la destrucción de la economía liberal y con ella el final del tradicional ciclo de negocios como el regulador de la economía. Con el inicio del siglo veinte el carácter del capitalismo cambió. Desde ese momento en adelante se encontró bajo permanentes condiciones de crisis que no podían ser resueltas por el funcionamiento "automático" del mercado. Las regulaciones monopólicas, las interferencias estatales y las políticas nacionales trasladaron la carga de la crisis a los capitalistamente desfavorecidos de la economía mundial. Toda política "económica" se convirtió en política imperialista, culminando dos veces en conflagraciones mundiales.

En esta situación, reconstruir un sistema político y económico hecho pedazos significaba adaptarlo a estas nuevas condiciones. La teoría Bolchevique de la socialización satisfacía esta necesidad de una manera admirable. Para restituir el poder nacional de Rusia era necesario hacer en un modo radical lo que en las naciones Occidentales había sido meramente un proceso evolutivo. Incluso entonces tomaría un tiempo cerrar la brecha entre la economía rusa y la de las potencias Occidentales. Mientras tanto la ideología del movimiento socialista sirvió bien como protección. El origen socialista del Bolchevismo lo hizo particularmente apto para la reconstrucción capitalista-estatal de Rusia. Sus principios organizativos, que habían convertido al partido en una institución operativa, también restablecerían el orden en el país.

Los Bolcheviques por supuesto estaban convencidos de que lo que estaban construyendo en Rusia era, si no el socialismo, por lo menos lo segundo mejor que el socialismo, porque estaban completando el proceso que en las naciones occidentales todavía era sólo la tendencia principal del desarrollo. Habían abolido la economía de mercado y habían expropiado a la burguesía; también habían adquirido el control completo sobre el gobierno. Para los obreros rusos, sin embargo, nada había cambiado; simplemente se encontraban frente a otro grupo de jefes, políticos y adoctrinadores. Su posición era igual a la de los obreros de todos los países capitalistas en tiempos de guerra. El capitalismo de Estado es una economía de guerra, y todos los sistemas económicos extra-rusos se transformaron en economías de guerra, en sistemas capitalistas de Estado adaptados a las necesidades imperialistas del capitalismo moderno. Otras naciones no copiaron todas las innovaciones del capitalismo de Estado ruso sino sólo aquellas más adecuadas a sus necesidades específicas. La Segunda Guerra Mundial resultó en el desarrollo posterior del capitalismo de Estado a una escala mundial. Las peculiaridades de las diversas naciones y sus situaciones especiales dentro del marco de poder mundial dieron lugar a una gran variedad de procesos de desarrollo hacia el capitalismo de Estado.

El hecho de que el capitalismo de Estado y el fascismo no se desarrollaron ni se desarrollan en todos lados de una manera uniforme dio a Trotsky el argumento de la diferencia básica entre el Bolchevismo, el fascismo y el simple capitalismo. Este argumento necesariamente hace hincapié en superficialidades del desarrollo social. En todos los aspectos esenciales estos tres sistemas son idénticos y representan solamente diversas etapas del mismo desarrollo. Un desarrollo que tiene por objetivo manipular la masa de la población mediante gobiernos dictatoriales de un modo más o menos autoritario, para asegurar al gobierno y a las capas sociales privilegiadas que lo respaldan y para permitir a esos gobiernos que participaran en la economía internacional de hoy preparándose para la guerra, haciendo la guerra, y sacando provecho económico de la guerra.

Trotsky no podía permitirse reconocer en el Bolchevismo un aspecto de la tendencia mundial hacia una economía "fascista" mundial. Incluso en 1940 sostuvo la visión de que el Bolchevismo previno el ascenso del Fascismo en la Rusia de 1917. Debería haber estado claro hace mucho, sin embargo, que todo lo que Lenin y Trotsky previnieron en Rusia fue el uso de una ideología no-Marxiana para la reconstrucción "fascista" de Rusia. Porque como la ideología Marxiana del Bolchevismo simplemente sirvió a fines capitalistas de Estado, ésta, también, ha sido desacreditada. Desde cualquier punto de vista que vaya más allá del sistema capitalista de explotación, el Stalinismo y el Trotskismo son ambas reliquias del pasado.

El Resultado: Capitalismo de Estado

Con esta última declaración de Trotsky nos acercamos a la esencia del tema en discusión. Hemos dicho antes que los resultados concretos de la revolución de 1917 no eran ni socialistas ni burgueses sino capitalistas de Estado. Era la creencia de Trotsky que Stalin destruiría la naturaleza capitalista-estatal de la economía a favor de una economía burguesa. De esto iba a tratarse el Termidor. La decadencia de la economía burguesa en todas partes del mundo previno a Stalin de hacer esto. Todo lo que podía hacer era introducir las características desagradables de su dictadura personal en esa sociedad que había sido creada por Lenin y Trotsky. De este modo, y a pesar de que Stalin todavía ocupa el Kremlin, el Trotskismo ha triunfado sobre el Stalinismo.

Todo se centra en una ecuación de capitalismo de Estado con socialismo. Y aunque recientemente algunos de los discípulos de Trotsky han encontrado imposible continuar haciendo la ecuación, Trotsky fue obligado a mantenerla, pues significa el origen y el final del Leninismo y, en un sentido más amplio, de todo el movimiento social-democráta mundial del cual el Leninismo fue solamente la parte más realista. Realista, esto es, con respecto a Rusia. Lo que fue, y todavía es, entendido por este movimiento como Estado "obrero" es el régimen gubernamental del partido; lo que es entendido como "socialismo" es la nacionalización de los medios de la producción. Añadiendo el control sobre la economía al control político del gobierno, el régimen totalitario sobre toda la sociedad aparece en su forma completa. El gobierno asegura su régimen totalitario por vía del partido, que mantiene la jerarquía social y es en sí mismo una institución jerárquica.

Esta idea del "socialismo" se encuentra ahora en proceso de ser desacreditada, pero solamente debido a la experiencia de Rusia y a las experiencias similares si bien menos extensivas en otros países. Antes de 1914, lo que se quería decir con la toma del poder, pacíficamente o por la fuerza, era la toma de la maquinaria gubernamental, reemplazando un grupo particular de administradores y legisladores con otro. Económicamente, la "anarquía" del mercado capitalista debía ser reemplazada por una producción planificada bajo el control del Estado. Como el Estado socialista sería por definición un Estado "justo", siendo controlado por las masas mediante procesos democráticos, no había razón alguna para pensar que sus decisiones fueran contrarias a los ideales socialistas. Esta teoría era suficiente para organizar a partes de la clase obrera en partidos más o menos poderosos.

La teoría del socialismo se reducía a la demanda de la planificación económica centralizada a favor de todos. El proceso de centralización, inherente a la misma acumulación del capital, fue contemplado como una tendencia socialista. La influencia creciente del "trabajo" dentro de la maquinaria estatal fue aclamada como un paso en la dirección del socialismo. Pero en realidad el proceso de centralización del capital demostró ser otra cosa que su auto-transformación en propiedad social. Lo mismo pasaba con la destrucción de la economía liberal y con ella el final del tradicional ciclo de negocios como el regulador de la economía. Con el inicio del siglo veinte el carácter del capitalismo cambió. Desde ese momento en adelante se encontró bajo permanentes condiciones de crisis que no podían ser resueltas por el funcionamiento "automático" del mercado. Las regulaciones monopólicas, las interferencias estatales y las políticas nacionales trasladaron la carga de la crisis a los capitalistamente desfavorecidos de la economía mundial. Toda política "económica" se convirtió en política imperialista, culminando dos veces en conflagraciones mundiales.

En esta situación, reconstruir un sistema político y económico hecho pedazos significaba adaptarlo a estas nuevas condiciones. La teoría Bolchevique de la socialización satisfacía esta necesidad de una manera admirable. Para restituir el poder nacional de Rusia era necesario hacer en un modo radical lo que en las naciones Occidentales había sido meramente un proceso evolutivo. Incluso entonces tomaría un tiempo cerrar la brecha entre la economía rusa y la de las potencias Occidentales. Mientras tanto la ideología del movimiento socialista sirvió bien como protección. El origen socialista del Bolchevismo lo hizo particularmente apto para la reconstrucción capitalista-estatal de Rusia. Sus principios organizativos, que habían convertido al partido en una institución operativa, también restablecerían el orden en el país.

Los Bolcheviques por supuesto estaban convencidos de que lo que estaban construyendo en Rusia era, si no el socialismo, por lo menos lo segundo mejor que el socialismo, porque estaban completando el proceso que en las naciones occidentales todavía era sólo la tendencia principal del desarrollo. Habían abolido la economía de mercado y habían expropiado a la burguesía; también habían adquirido el control completo sobre el gobierno. Para los obreros rusos, sin embargo, nada había cambiado; simplemente se encontraban frente a otro grupo de jefes, políticos y adoctrinadores. Su posición era igual a la de los obreros de todos los países capitalistas en tiempos de guerra. El capitalismo de Estado es una economía de guerra, y todos los sistemas económicos extra-rusos se transformaron en economías de guerra, en sistemas capitalistas de Estado adaptados a las necesidades imperialistas del capitalismo moderno. Otras naciones no copiaron todas las innovaciones del capitalismo de Estado ruso sino sólo aquellas más adecuadas a sus necesidades específicas. La Segunda Guerra Mundial resultó en el desarrollo posterior del capitalismo de Estado a una escala mundial. Las peculiaridades de las diversas naciones y sus situaciones especiales dentro del marco de poder mundial dieron lugar a una gran variedad de procesos de desarrollo hacia el capitalismo de Estado.

El hecho de que el capitalismo de Estado y el fascismo no se desarrollaron ni se desarrollan en todos lados de una manera uniforme dio a Trotsky el argumento de la diferencia básica entre el Bolchevismo, el fascismo y el simple capitalismo. Este argumento necesariamente hace hincapié en superficialidades del desarrollo social. En todos los aspectos esenciales estos tres sistemas son idénticos y representan solamente diversas etapas del mismo desarrollo. Un desarrollo que tiene por objetivo manipular la masa de la población mediante gobiernos dictatoriales de un modo más o menos autoritario, para asegurar al gobierno y a las capas sociales privilegiadas que lo respaldan y para permitir a esos gobiernos que participaran en la economía internacional de hoy preparándose para la guerra, haciendo la guerra, y sacando provecho económico de la guerra.

Trotsky no podía permitirse reconocer en el Bolchevismo un aspecto de la tendencia mundial hacia una economía "fascista" mundial. Incluso en 1940 sostuvo la visión de que el Bolchevismo previno el ascenso del Fascismo en la Rusia de 1917. Debería haber estado claro hace mucho, sin embargo, que todo lo que Lenin y Trotsky previnieron en Rusia fue el uso de una ideología no-Marxiana para la reconstrucción "fascista" de Rusia. Porque como la ideología Marxiana del Bolchevismo simplemente sirvió a fines capitalistas de Estado, ésta, también, ha sido desacreditada. Desde cualquier punto de vista que vaya más allá del sistema capitalista de explotación, el Stalinismo y el Trotskismo son ambas reliquias del pasado.

NOTAS

1. Stalin. Una evaluación del hombre y su influencia. Editado y traducido del ruso por Charles Malamuth. Los primeros siete capítulos y el apéndice, es decir, la mayor parte del libro, fue escrito y revisado por el mismo Trotsky. Los últimos cuatro capítulos, consistentes en notas, pasajes, documentos y otros materiales crudos, han sido editados.

2.Ver por ejemplo, "Dictadura versus Democracia" por L. Trotsky, Nueva York, 1922; particularmente de la página 135 a la 150.

domingo, 24 de julio de 2011

Video: LA PAZ NO ES RELIGIOSA

Estudio que compara la religiosidad de un pais con los niveles de violencia (ya sea de conflicto armado civil o de violencia relacionada con el crimen).
Resulta que existe una clara tendencia hacia que los paises mas irrelgiosos son mas pacificos que los que son mas religiosos. Otros aspectos deberian ser tomados en cuenta pero si dice algunas cosas sobre el rol de la religion en avivar la conflictividad social o en el no prevenirla.

martes, 15 de febrero de 2011

La anarquía y la Iglesia x Elisée Reclus

CAPÍTULO I

La conducta que el anarquista ha de observar con respecto al hombre de Iglesia, está de antemano trazada; mientras que curas, frailes y demás detentadores de un pretendido poder divino se hallen constituidos en liga de dominación, tiene que combatirlos sin tregua, con toda la fuerza de su voluntad, con todos los recursos de su inteligencia y su energía.

Esta lucha no ha de ser un obstáculo para que se guarde el respeto personal y la buena simpatía a cada individuo cristiano, budista, fetichista, etc., etc.

Principiemos por libertarnos, trabajemos en seguida por la libertad de nuestro antagonista.

Lo que se debe temer de la Iglesia y de todas las Iglesias, nos lo dice clarísimamente la historia, y no hay excusa acerca de este punto; todo error o mala interpretación, es inaceptable; más aún, es imposible. Somos aborrecidos, execrados, malditos, démonos condenados a los tormentos del infierno, lo que para nosotros no tiene sentido, y, lo que es indudablemente peor, somos señalados a la vindicta de las leyes temporales, a la venganza particular de los carceleros y de los verdugos y aún a la originalidad de los atormentadores que el Santo Oficio, viviente todavía, mantiene en los calabozos. El lenguaje oficial de los papas, formulado en sus recientes bulas, dirige expresamente la campaña contra los «insensatos y diabólicos innovadores, los orgullosos discípulos de una pretendida ciencia, las personas delirantes que piden la libertad de conciencia, los que desprecian todas las cosas sagradas, los aborrecibles corruptores de la juventud, los obreros del crimen y de la iniquidad». Anatemas y maldiciones dirigidos de preferencia a los hombres revolucionarios que se denominan libertarios o anarquistas.

Muy bien; lógico es que los que se llaman y se tienen por consagrados al absoluto dominio del género humano, creyéndose poseedores de las llaves del cielo y del infierno, concentren toda la fuerza de su aborrecimiento contra los réprobos, que niegan sus derechos al poder y condenan las manifestaciones todas del poder ese. «¡Exterminio! ¡Exterminio!» Tal es, como en los tiempos de Santo Domingo y de Inocencio III, la divisa de la Iglesia.

Oponemos, a la intransigencia de los católicos, idéntica intransigencia, más como hombres, y como hombres inspirados en la ciencia, no como taumaturgos y verdugos.

Rechazamos terminantemente la doctrina católica, de igual modo que la de todas las religiones afines; luchamos contra sus instituciones y sus obras; nos proponemos desvanecer los efectos de todos sus actos.

Pero sin odio de sus personas, porque sabemos que todos los hombres se determinan por el medio en que sus madres y la sociedad los colocaran; no ignoramos que otra educación y otras circunstancias menos favorables habrían podido embrutecernos también, y lo que principalmente nos proponemos, es desarrollar para ellos, si es tiempo todavía, y para las futuras generaciones, otras condiciones nuevas que curen por fin a los hombres de la locura de la cruz y demás alucinaciones religiosas.

Muy lejos de nosotros está la idea de vengarnos, cuando haya llegado el día en que seamos los más fuertes: no habría cadalsos ni hogueras bastantes para vengar el infinito número de víctimas que las Iglesias, la, cristiana especialmente, sacrificaran en nombre de sus dioses respectivos, en el transcurso de la serie de siglos de su ominosa dominación.

Por otra parte, la venganza no se cuenta entre nuestros principios, porque el odio llama al odio, y nosotros sentímonos animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social. El decidido propósito que nos impulsa, no consiste en hacer uso de «las tripas del último sacerdote para ahorcar al último rey», sino en buscar la manera de impedir que nazcan reyes y curas en la purificada atmósfera de nuestra ciudad nueva.

Nuestra obra revolucionaria contra la Iglesia, empieza lógicamente por ser destructora antes de poder ser constructiva, sin embargo de ser independientes entre sí las dos fases de la acción, aunque bajo diversos aspectos, según los distintos medios.

Sabemos, por otra parte, que la fuerza es inaplicable para destruir las creencias sinceras, las cándidas e ingenuas ilusiones, y por lo mismo no intentamos penetrar en las conciencias para arrancar de ellas las perturbaciones y los sueños fantásticos; mas podemos trabajar con todas nuestras energías a fin de separar del funcionamiento social todo lo que no esté de acuerdo con las verdades científicas reconocidas; podemos combatir sin descanso el error de todos los que se figuran haber encontrado fuera de la humanidad y del universo un punto de apoyo divino, que permite a ciertas especies de parásitos erigirse en intermediarios místicos entre el creador ficticio y sus pretendidas criaturas.

Ya que el temor y el espanto fueron siempre los móviles que a los hombres subyugaron, como reyes, sacerdotes, magos y pedagogos lo han venido a reconocer y a repetir en distintas formas, luchemos sin reposo contra ese vano terror de los dioses y de sus intérpretes, por medio del estudio y de la serena y clara exposición de las cosas.

Combatamos todos los embustes que los beneficiarios de la antigua necedad teológica han propagado en la enseñanza, en los libros y en las artes, y no descuidemos la oposición al infame pago de los impuestos directos e indirectos que el clero extrae de nosotros.

No permitamos que se construyan templos pequeños ni grandes, cruces, estatuas votivas y demás fealdades, que deshonran y envilecen poblaciones y campiñas; agotemos el manantial de esos millones que de todas partes afluyen al gran mendigo de Roma y hacia los infinitos submendigos de sus congregaciones, y por último, valiéndonos de la propaganda diaria arrebatemos al cura los niños que se les da a bautizar, los adolescentes varones y hembras que confirman en la fe por la ingestión de una hostia, los adultos que se someten a la ceremonia matrimonial, los infelices a quienes inician en el vicio por la confesión, los agonizantes a quienes llenan de terror en los últimos momentos de la existencia.

Descristianicémonos y descristianicemos al pueblo.

CAPÍTULO II

Pero, se nos objetará, las escuelas, aún las que se denominan laicas, nos referimos a las de la nación francesa, cristianizan la infancia, es decir, toda la futura generación.

¿Y cómo cerraremos esas escuelas, si nos encontramos ante padres de familia que reivindican la «libertad» de la educación por ellos elegida?

¡He aquí que a nosotros, que siempre estamos hablando de libertad, que no comprendemos al individuo digno del nombre de libre sino en la plenitud de su altiva independencia, se nos opone también la «libertad».

Si la palabra respondiese a una idea justa, deberíamos inclinar la cabeza con respeto para ser consecuentes y fieles a nuestros principios; pero esa libertad del padre de familia es el rapto, la simple apropiación del hijo, que es dueño de sí mismo, y que se entrega a la Iglesia o al Estado para que a su antojo lo deformen.

Se asemeja esa libertad a la del burgués industrial que dispone, gracias al jornal, de centenares de «brazos» y los emplea del modo que le conviene, en trabajos pesados o embrutecedores; es una libertad como la del general que hace que maniobren a su capricho las «unidades tácticas» de «bayonetas» o de «sables».

El padre, heredero convencido del pater familias romano, dispone por igual de hijos e hijas para matarlos moralmente, o, lo que es aún peor, para envilecerles.

De estos dos individuos, padre e hijo, virtualmente iguales para nosotros, el más débil tiene derecho preferente a nuestro apoyo y defensa, a nuestra decidida solidaridad contra todos los que le hagan daño, aún cuando entre ellos se cuenten el padre y hasta la madre que le diera luz.

Si, cual ocurre en Francia, por una ley especial, por la opinión impuesta, el Estado niega al padre de familia el derecho de condenar a su hijo a perpetua ignorancia, los que de corazón estamos de parte de la generación nueva, sin leyes, por la liga de nuestras voluntades, haremos cuanto dependa de nosotros para protegerla contra la mala educación.

Que el niño sea reprendido, pegado y martirizado de mil modos por sus padres; que sea tratado con mimo y envenenado con golosinas y mentiras; que sea catequizado por hermanos de la doctrina cristiana, o que aprenda, con los jesuitas, una historia pérfida y una moral falsa, compuestos de bajeza y crueldad, el crimen es siempre el mismo.

Y nos proponemos combatirle con la misma energía y constancia, solidarios siempre del ser sistemáticamente perjudicado.

No hay duda que mientras subsista la familia bajo su forma monárquica, modelo de los Estados que nos gobiernan, el ejercicio de nuestra firme voluntad de intervención hacia el niño contra los padres y los curas, será de cumplimiento difícil.

Más por esa misma razón deben dirigirse en tal sentido nuestros esfuerzos, porque no existe el término medio: se ha de ser defensor de la justicia o cómplice de la iniquidad.

En este punto plantease también, como en todos los restantes aspectos de la cuestión social, el gran problema discutido entre Tolstoy y otros anarquistas respecto a la resistencia o no resistencia al mal.

Opinamos, por nuestra parte, que el ofendido que no resiste, entrega de antemano los humildes y los pobres a los opresores y los ricos.

Resistamos sin odio, sin rencor ni ánimo vengativo, con la dulce serenidad del filósofo que reproduce exactamente la profundidad de su pensamiento y su decidida voluntad en cada uno de sus actos.

Téngase bien en cuenta que la escuela de hoy, tanto si la dirige el sacerdote religioso como si la regenta el sacerdote laico, va franca y declaradamente contra los hombres libres, cual si fuese una espada, o mejor, como millones de espadas, pues se trata de preparar contra todos los innovadores todos los hijos de la nueva generación.

Comprendemos la escuela, lo mismo que la sociedad, «sin Dios ni amo».

Y, por consiguiente, parécenos funestos todos esos antros donde se enseña la obediencia a un Dios y sobre todo a sus pretendidos representantes los amos de todo género, curas, reyes, funcionarios, símbolos y leyes.

Reprobamos así las escuelas en que se enseñan los supuestos deberes cívicos, es decir, el cumplimiento de las órdenes de los erigidos en mandarines y el aborrecimiento a los habitantes del otro lado de las fronteras, como aquellas otras en que a los niños se repite que han de ser como «báculos en manos de los sacerdotes».

Sabemos que las dos clases de escuelas son funestas y malas en igual medida.

Y cuando fuerza tengamos para ello, cerraremos unas y otras.

«¡Vana amenaza! (dirán algunos con ironía). No sois los más fuertes, y todavía dominamos los reyes, los militares, los magistrados y los verdugos».

Así parece.

Mas todo ese aparato de reprensión no nos da miedo, porque también la verdad es una fuerza poderosa que descubre los horrores que se ocultan en las tinieblas de la maldad; lo demuestra la historia, que se desarrolla en nuestro favor, pues si bien es cierto que «la ciencia ha quebrado», para nuestros contrincantes, no por eso ha dejado de ser un solo momento nuestra guía y nuestro apoyo.

La diferencia esencial que hay entre los mantenedores de la Iglesia y sus adversarios, entre los envilecidos y los hombres libres, consiste en que los primeros, privados de iniciativa propia, no existen sino por la masa, carecen de todo valor individual, se debilitan poco a poco y perecen, mientras qué la renovación de la vida se hace en nosotros por la acción espontánea de las fuerzas anárquicas.

Nuestra naciente sociedad de hombres libres, que penosamente trata de desprenderse de la crisálida de la burguesía, no podría confiar en el triunfo, ni siquiera hubiese nacido, si hubiera de luchar con hombres de voluntad y energía propias.

Pero la masa de los devotos y devotas, ajados por la sumisión y la obediencia, queda condenada a la indecisión, al desorden volitivo, a una especie de ataxia intelectual.

Cualquiera que sea, desde el punto de vista de su oficio, de su arte o de su profesión, el valor del católico creyente y practicante; cualquiera que sean también sus cualidades de hombre, no es, respecto del pensamiento, sino una materia amorfa y falta de consistencia, ya que ha abdicado completamente su juicio, y por la fe ciega se hi colocado de mottu propio fuera de la humanidad que razona.

CAPÍTULO III

Se ha de reconocer forzosamente que el ejército de los católicos tiene en su favor el poder de la rutina, el funcionamiento de todas las supervivencias y sigue obrando en virtud de la fuerza de inercia. Millones de seres doblan espontáneamente las rodillas ante el sacerdote cubierto de oro y seda; empujada por una serie de movimientos reflejos, se amontona la muchedumbre en las naves del templo los días de la fiesta patronal; celebra Navidad y Pascuas, porque las anteriores generaciones celebraron periódicamente esa fiesta; los ídolos llamados la virgen y el niño quedan grabados en las imaginaciones; el escéptico venera sin saber por qué el pedazo de cobre, de marfil o de otra materia tallado en forma de crucifijo; inclínase al hablar de la «moral evangélica», y cuando muestra las estrellas a su hijo, no se olvida de glorificar al divino artífice.

Sí, todas esas criaturas esclavas de la costumbre, portavoces de la rutina, son un ejército temible por su número: esa es la materia humana que constituye las mayorías, y cuyos gritos, sin pensamiento, resuenan y llenan el espacio cual si representasen una opinión.

Pero, ¡qué importa! Al fin, esa misma masa acaba por no obedecer a los impulsos atávicos; se la observa volverse indiferente a la palabrería religiosa que ya no comprende; no ve en el cura un representante de Dios para perdonar los pecados, ni un agente del demonio para embrujar hombres y animales, sino un vividor que desempeña una farsa para vivir sin trabajar; lo mismo el lugareño que el obrero, no temen ya a su párroco, y ambos tienen alguna idea de la ciencia, sin conocerla todavía, y esperando, fórjanse una especie de paganismo, entregándose vagamente a las leyes de la naturaleza.

No cabe dudar que una revolución silenciosa que descristianiza lentamente las masas populares, es un acontecimiento capital; mas no ha de olvidarse que los enemigos más temibles, puesto que no tienen sinceridad, no son los infelices rutinarios del pueblo, ni tampoco los creyentes, pobres suicidas del entendimiento que se ven prosternados en los templos cubiertos por el tupido velo de la fe religiosa que les oculta al mundo real.

Los hipócritas ambiciosos que les sirven de guía y los indiferentes que sin ser católicos se han unido oficialmente a la Iglesia, los que hacen dinero de la fe; esos son mucho más peligrosos que los cristianos.

Por un fenómeno, al parecer contradictorio, el ejército clerical se hace cada vez más numeroso conforme la creencia se desvanece, debido a que las fuerzas enemigas se agrupan por ambas partes; la Iglesia reúne tras sí todos sus cómplices naturales, de los cuales ha hecho esclavos adiestrados para el mando, reyes, militares, funcionarios de toda especie, volterianos arrepentidos y hasta padres de familia que quieren criar hijos modositos, graciosos, cultos, elegantes, si bien guardándose con extrema prudencia de cuanto pudiera parecer un pensamiento.

«¿Qué dice usted? -no dejará de exclamar alguno de esos políticos a quienes apasiona la lucha actual con las congregaciones y el «bloc» republicano, especie de fusión del Parlamento francés-. ¿No sabe usted que el Estado y la Iglesia han roto por completo sus relaciones, que los crucifijos y los corazones de Jesús y María se quitarán de las escuelas para ser sustituidos por bellos retratos del presidente de la República? ¿No sabe usted que los niños serán en adelante preservados escrupulosamente de las antiguas supersticiones, y que los maestros laicos les darán una educación basada en la ciencia, libre de toda mentira, y se mostrarán siempre respetuosos de la humana libertad?».

¡Ah!. Demasiado sabemos que en las alturas surgen diferencias entre los detentadores del poder; sabemos que no están de acuerdo acerca del reparto de las prebendas y el casual; sabemos que la antigua querella de las investiduras se continúa de siglo en siglo entre el Papa y los Estados laicos.

Pero todo eso no impide que las dos categorías de dominadores, los religiosos y los políticos, se hallen en el fondo de acuerdo, aún en sus recíprocas excomuniones, y que comprendan de igual modo su misión divina con respecto al pueblo gobernado; unos y otros quieren someter por los mismos medios, dando a la infancia idéntica enseñanza, la de la obediencia.

CAPÍTULO IV

Ayer todavía, bajo la alta protección de lo que se llama «la República» eran los dueños incontestables y absolutos. Todos los elementos de la reacción encontrábanse unidos bajo el mismo estandarte simbólico, el «signo de la cruz»; pero hubiera sido cándido dejarse engañar por la divisa de esa bandera; no se trataba de fe religiosa, sino de dominación; la inmensa mayoría de los que quieren conservar el monopolio de los poderes y de las riquezas; para ellos el objeto único consistía, en impedir a toda costa la realización del ideal moderno, a saber: pan, trabajo y descanso para todos.

Nuestros enemigos, aunque odiándose y despreciándose recíprocamente, necesitaban, no obstante, agruparse en un solo partido. Encontrándose aislados, las causas respectivas de las castas directoras resultaban excesivamente pobres, de argumentos demasiado ilógicos para intentar defenderse con éxito por si solas, y por lo mismo les era indispensable coligarse en nombre de una causa superior, y recurrieron a su Dios, al que llaman «principio de todas las cosas» y «gran ordenador del universo».

Y por esa razón, teniendo por demasiado expuesto los cuerpos de tropas en una batalla, abandonan las fortificaciones exteriores recién construidas, y se reúnen en el centro de la posición, en la ciudadela antigua, acomodada por los ingenieros a la guerra moderna.

Pero extremadamente ambiciosos, los curas y los frailes, han incurrido en una imprudencia notoria; los jefes de la conspiración, dueños de la consigna divina, han exigido una parte demasiado ventajosa del botín.

La Iglesia, siempre insaciable en la rapiña, exigió un derecho de entrada a todos sus nuevos aliados, republicanos y otros, consistente en subvenciones para todas sus misiones extranjeras, en la guerra de China, y en el saqueo de los palacios imperiales.

De esta manera se han acrecentado prodigiosamente las riquezas del clero; sólo en Francia han aumentado mucho más del doble en los veinte últimos años del pasado siglo; cuéntase por miles de millones el valor de las tierras y de las casas que pertenecen declaradamente a los curas y los frailes; y esto, haciendo caso omiso de los miles de millones que poseen bajo los nombres de señores aristócratas y viejas rentistas.

Los jacobinos ven con buenos ojos que esas propiedades se acumulen en las mismas manos, confiando en que un día, de un solo golpe, se apodere de ellas el Estado. Mas ese remedio cambiaría la enfermedad sin curarla.

Esas propiedades, producto del dolo y del robo, tornaran a la comunidad de donde fueron extraídas; son una parte del gran haber terrestre perteneciente al conjunto de la humanidad.

En su excesiva ambición, las gentes de Iglesia han corriendo la torpeza, por otra parte inevitable, de no evolucionar con el siglo, y llevando además al hombro su fardo de antiguallas, se han retrasado en el camino. Chapurrean el latín, lo que les ha hecho olvidar su idioma; deletrean la teología de Santo Tomás; pero esa trasnochada fraseología no les sirve gran cosa para discutir con los discípulos de Berthelot.

Es indudable que algunos de ellos, principalmente los clérigos americanos, en la lucha contra una joven sociedad democrática, sustraída al prestigio de Roma, han tratado de rejuvenecer sus argumentos, renovando un poco su antiguo esplendor; mas esa nueva táctica de controversia ha sido reprobada por la autoridad suprema, y el misoneísmo, el odio a todo lo nuevo, no se ha llevado el triunfo; el clero queda rezagado, con toda la horrible banda de magistrados, inquisidores y verdugos, poniéndose detrás de los reyes, los príncipes y los ricos, no sabiendo respecto de los humildes sino pedir la caridad en vez de un amplio y un hermoso sitio al buen sol que en la actualidad nos ilumina.

Ha habido hijos perdidos del catolicismo que han rogado al Papa que se declare socialista y se coloque atrevidamente al frente de los niveladores y de los hambrientos; pero en vano; los millones de su «dinero de San Pedro» y su Vaticano es lo que les seduce.

¡Hermoso día fue para nosotros, pensadores libres y revolucionarios, aquel en que el Papa se encerró decididamente en el dogma de infalibilidad!

¡He aquí al hombre cogido en una trampa de acero! Ahí está, sujeto, a los viejos dogmas, sin poder decidirse, renovarse ni vivir, obligado a atenerse al Syllabus, a maldecir la moderna sociedad con todos sus descubrimientos y progresos.

Ya no es otra cosa que un prisionero voluntario, encadenado a la orilla que dejamos atrás, y que nos persigue con sus vagas imprecaciones, mientras nosotros surcamos libremente las ondas, despreciando a uno de sus lacayos que, por mandato de su señor, proclama «la quiebra de la ciencia».

¡Qué alegría para nosotros! Que la Iglesia no quiera aprender ni saber, que permanezca para siempre ignorante, absurda y atada a ese lecho miserable en que yace, que ya San Pablo denominaba su locura: ¡en eso está nuestro triunfo definitivo!.

CAPÍTULO V

Trasladémonos con la imaginación a los futuros tiempos de la irreligión consciente y razonada.

¿En qué consistirá, dadas esas nuevas condiciones, la obra por excelencia de los hombres de buena voluntad?

En sustituir las alucinaciones por observaciones precisas; en reemplazar las ilusiones celestes prometidas a los hambrientos por las realidades de una vida de justicia social, de bienestar, de trabajo libre; en el goce por los fieles de la religión humanitaria, de una felicidad más substancial y más moral que aquel con que los cristianos conténtanse hoy.

Lo que éstos quieren es no tener la penosa tarea de pensar por si mismos y haber de buscar en su propia conciencia el móvil de sus acciones; no teniendo ya un fetiche visible como el de nuestros abuelos salvajes, empéñanse en poseer un fetiche secreto que cure las heridas de su amor propio, que les consuele en sus penas, que les dulcifique la amargura de las horas de malestar y les asegure una vida inmortal exenta de cuidados.

Pero todo eso de un modo personal: a su religiosidad no le preocupan los desgraciados que continúan peligrosamente la dura lucha de la vida; son como aquellos espectadores de la tempestad de quienes habla Lucrecio, que gozan viendo desde la playa la desesperación de los náufragos combatiendo con las olas embravecidas; recuerdan de su Evangelio la vil parábola de Cristo que representa a Lázaro, el pobre «reposando en el seno de Abraham, y negándose a humedecer la punta de su dedo en agua para refrescar la lengua del mal rico»

Nuestro ideal de felicidad no es el egoísmo cristiano del hombre que huye viendo morir a su semejante y niega una gota de agua a su enemigo; nosotros, los anarquistas, que trabajamos por nuestra entera emancipación, contribuimos por esto mismo a la libertad de todos, aún a la de aquel mal rico, a quien libraremos de sus riquezas para asegurarle el beneficio de la solidaridad de cada uno de nuestros esfuerzos.

No se concibe nuestra victoria personal sin obtener por medio de ella al propio tiempo una victoria colectiva; nuestra ansia de dicha no puede satisfacerse sino con la dicha de todos, porque la sociedad anarquista, muy lejos de ser una corporación de privilegiados, es una comunidad de iguales, y será para todos una dicha inmensa, de la cual no podemos actualmente formarnos una idea, el vivir en un mundo en que no se vean niños maltratados por sus padres ni obligados a recitar el catequismo, hambrientos que pidan céntimo de la caridad, mujeres que se prostituyan por un pedazo de pan, ni hombres válidos que se dediquen a ser soldados o polizontes, desprovistos de medio mejor de atender a su subsistencia.

Reconciliados todos, porque los intereses de dinero, de posición, de casta, no harán enemigos natos, los hombres podrán estudiar juntos, o tomar parte, si sus aptitudes personales se lo permiten, en la redacción del gran libro de los conocimientos humanos; para acabar, gozarán de una vida libre, más amplia cada vez, poderosamente consciente y fraternal, librándose de este modo de las alucinaciones, de la religiosidad y de la Iglesia, y, por encima de todo, podrán trabajar directamente para el porvenir, ocupándose de los hijos, gozando con ellos de la naturaleza y guiándolos en el estudio de las ciencias, de las artes y de la vida.

Los católicos pueden haberse apoderado oficialmente de la sociedad; más no son, no serán sus amos, pues sólo sabe ahogar, comprimir y empequeñecer: todo lo que es vida se les escapa. En la mayor parte la fe ha muerto: no les queda ya sino la gesticulación piadosa, las genuflexiones, los oremus, el repaso del rosario y el coronamiento del libro de oraciones. Los buenos curas se ven obligados a echarse fuera de la Iglesia para encontrar un asilo entre los profanos, es decir, entre los confesores de la fe nueva, entre nosotros, anarquistas y revolucionarios, que vamos hacia un ideal y que trabajamos gozosamente en su realización.

Fuera, pues, de la Iglesia, en absoluto fracasada para todas las esperanzas grandes, cúmplese todo lo grande y generoso. Y fuera de ella y aún a pesar suyo, los pobres, a quienes los curas prometían irónicamente las riquezas celestiales, conquistarán por fin el bienestar en la vida actual. A pesar de la Iglesia se fundará la verdadera Comuna, la sociedad de los hombres libres, hacia la cual nos encaminaron tantas revoluciones anteriores contra los reyes y contra los curas.