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domingo, 16 de enero de 2011

La Filosofía del ateismo x Emma Goldman


Para dar una exposición adecuada acerca de la filosofía del ateísmo, sería necesario entrar en los cambios históricos de la creencia en una deidad, desde sus primeros comienzos hasta la actualidad. Pero eso no está dentro del ámbito de aplicación del presente documento. Sin embargo, no está fuera de lugar mencionar, de paso, que el concepto de Dios, Poder Sobrenatural, Espíritu, Deidad, o cualquier otro término en que la esencia del teísmo haya encontrado expresión, se han hecho más indefinidos y oscuros en el curso del tiempo y el progreso. En otras palabras, la idea de Dios es cada vez más impersonal y nebulosa en la medida en que la mente humana aprende a comprender los fenómenos naturales y en la medida en que la ciencia progresivamente correlaciona los eventos sociales y humanos.

Dios, hoy, ya no representa la misma fuerza que en el comienzo de su existencia, ni dirige el destino humano con la misma mano de hierro de antaño. Más bien la idea de Dios expresan una especie de estímulo espiritualista para satisfacer los caprichos y fantasías de todos los matices de la debilidad humana. En el curso del desarrollo humano, la idea de Dios se ha visto obligada a adaptarse a cada fase de los asuntos humanos, lo cual es perfectamente coherente con el origen de la idea misma.

La concepción de los dioses se originó en el temor y la curiosidad. El hombre primitivo, incapaz de comprender los fenómenos de la naturaleza y acosado por ellos, vio en cada manifestación aterradora alguna fuerza siniestra expresamente dirigida contra él, y como la ignorancia y el miedo son los padres de toda superstición, la imaginación preocupada del hombre primitivo tejió la idea de Dios.

Muy acertadamente, el mundialmente reconocido ateo y anarquista, Bakunin, dice en su gran obra Dios y el Estado: " Todas las religiones, con sus dioses, sus semidioses y sus profetas, sus Mesías y sus santos, han sido creadas por la fantasía crédula de los hombres, no llegados aún al pleno desenvolvimiento y a la plena posesión de sus facultades intelectuales; en consecuencia de lo cual, el cielo religioso no es otra cosa que un milagro donde el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe, vuelve a encontrar su propia imagen, pero agrandada y trastrocada, es decir, divinizada. La historia de las religiones, la del nacimiento, de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se sucedieron en la creencia humana, no es nada más que el desenvolvimiento de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida que, en su marcha históricamente regresiva, descubrían, sea en sí mismos, sea en la naturaleza exterior, una fuerza, una cualidad o un defecto cualquiera, lo atribuían a sus dioses, después de haberlos exagerado, ampliado desmesuradamente, como lo hacen de ordinario los niños, por un acto de su fantasía religiosa… Que no parezca mal a los metafísicos y a los idealistas religiosos, filósofos, políticos o poetas: la idea de Dios implica la abdicación de la razón humana y de la justicia humana, es la negación más decisiva de la libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud los hombres, tanto en la teoría como en la práctica.

Así, la idea de Dios, resucitado, reajustado, y ampliado o reducido, de acuerdo a la necesidad de la época, ha dominado la humanidad y seguirá haciéndolo hasta que el hombre levante la cabeza hacia el día soleado, sin miedo y con la voluntad despierta hacia el. A medida que el hombre aprende a realizarse y a moldear su propio destino, el teísmo se convierte en superfluo. En este punto el hombre será capaz de darse cuenta que su relación con sus compañeros depende enteramente de lo mucho que puede superar su dependencia de Dios.

Ya hay indicios de que el teísmo, que es la teoría de la especulación, está siendo reemplazado por el ateísmo, la ciencia de la demostración, la una que cuelga en las nubes metafísicas del más allá, mientras la otra tiene sus raíces firmes en el suelo. Es la tierra, no el cielo, lo que el hombre debe rescatar, si realmente debe ser salvado.

La disminución del teísmo es un espectáculo muy interesante, especialmente cuando se manifiesta en la ansiedad de los teístas, sea cual sea su marca en particular. Se dan cuenta, para su angustia, que las masas son cada día más ateas, más anti-religiosas, que están dispuestas a abandonar el Más Allá y su dominio divino de los ángeles y los gorriones, porque cada vez más las masas se están convirtiendo en absortas en los problemas de su existencia inmediata.

Cómo llevar a las masas de nuevo a la idea de Dios, el espíritu, la causa primera, etc. - es la cuestión más apremiante de todos los teístas. Metafísicas como todas estas preguntas parecen ser, sin embargo, tienen un fondo físico muy marcado. Puesto que la religión, la "verdad divina", las recompensas y los castigos son las marcas más grandes, corruptas y perniciosas, la industria más poderosa y lucrativa del mundo, sin exceptuar la industria de fabricación de armas de fuego y municiones. Es la industria que nubla la mente humana y sofoca el corazón humano. La necesidad no conoce ley, por lo tanto, la mayoría de los teístas se ven obligados a tomar cualquier sujeto, incluso si esto no tiene ninguna influencia en una deidad o revelación o en el Más Allá. Tal vez sienten el hecho de que la humanidad está cada vez más cansada de las mil y una marcas de Dios.

Cómo elevar este nivel muerto de creencia teísta es realmente una cuestión de vida o muerte para todas las denominaciones. Por esto, su tolerancia; pero es tolerancia no de entendimiento, sino de debilidad. Tal vez eso explica los esfuerzos que se promueven en todas las publicaciones religiosas para combinar variadas filosofías religiosas y contradictorias teorías teístas en una confianza confesional. Cada vez más, los distintos conceptos "del único Dios verdadero, el único espíritu puro, - la única religión verdadera" tolerantemente se pasan por alto en el frenético esfuerzo para establecer un terreno común para rescatar a la masa moderna de la influencia "perniciosa" de las ideas ateas.

Es característico de la "tolerancia" teísta que a nadie le importe lo que la gente cree, sólo lo que ellos creen o fingen creer. Para lograr este fin, los más crueles y vulgares métodos están siendo utilizados. Reuniones de esfuerzo religioso y reposiciones con Billy Sunday y sus métodos campeones que deben ultrajar todos los sentidos refinados, y que en su efecto sobre el ignorante y el curioso a menudo tienden a crear un estado leve de demencia no pocas veces acoplados con la erotomanía. Todos estos esfuerzos frenéticos encuentran la aprobación y apoyo de los poderes terrenales, desde el déspota de Rusia ante el Presidente norteamericano, de Rockefeller y Wanamaker hasta el más insignificante hombre de negocios. Dilapidan ese capital invertido en Billy Sunday, Y.M.C.A., Christian Science, y otras varias instituciones religiosas que sacarán enormes beneficios de las masas subyugadas, domesticadas y obtusas.

Consciente o inconscientemente, la mayoría de los teístas ve en los dioses y demonios, el cielo y el infierno; el premio y el castigo, un látigo para fustigar a la gente a la obediencia, la mansedumbre y el contento. La verdad es que el teísmo habría perdido su pie mucho antes de esto pero debido a las fuerzas combinadas de Mammon (1) y el poder. De que manera se encuentra realmente arruinado, se está demostrando en las trincheras y campos de batalla de la Europa de hoy.

¿No han pintado todos los teístas a su deidad como el Dios del amor y la bondad? Aún después de miles de años de tales predicaciones los dioses permanecen sordos a la agonía de la raza humana. Confucio no se preocupa por la pobreza, la miseria y el sufrimiento de la gente de China. Buda permanece tranquilo en su indiferencia filosófica a la hambruna y el hambre de los hindúes ultrajados; Jahve sigue sordo al grito amargo de Israel, mientras que Jesús se niega a resucitar de entre los muertos en contra de los cristianos que se matan unos a otros.

El estribillo de todos los cantos y alabanzas "al Mas Alto" habla de la justicia y la misericordia de aquel Dios. Sin embargo, la injusticia entre los hombres esta en aumento constantemente; los atropellos cometidos contra las masas en este país por sí solos parecen ser suficientes como para desbordar los mismos cielos. Pero ¿dónde están los dioses para poner fin a todos estos horrores, estas injusticias, esta falta de humanidad del hombre? No, no los dioses, sino el HOMBRE debe hacerles frente en su ira poderosa. Él, engañado por todas las deidades, traicionado por sus emisarios, él mismo, debe comprometerse a marcar el comienzo de la justicia sobre la tierra.

La filosofía de Ateísmo expresa la expansión y el crecimiento de la mente humana. La filosofía de teísmo, si podemos llamarla filosofía, es estática y fija. Incluso la simple tentativa de perforar estos misterios representa, desde el punto de vista teísta, la no creencia en la omnipotencia que todo lo abarca, e incluso una negación de la sabiduría de los poderes divinos fuera del hombre. Afortunadamente, sin embargo, la mente humana nunca fue y nunca puede estar vinculada por fijezas. De ahí que se está forjando en su marcha incansable hacia el conocimiento y la vida. La mente humana se está dando cuenta "que el universo no es el resultado de un mandato creativo de alguna inteligencia divina, de la nada, produciendo una obra maestra caótica en perfecto funcionamiento", sino que es el producto de las fuerzas caóticas que operan a través de eones de tiempo, de enfrentamientos y cataclismos, de repulsión y atracción cristalizado a través del principio de la selección en lo que los teístas llaman, "el universo guiado en el orden y la belleza." Como Joseph McCabe bien señala en su Existencia de Dios: "una ley de la naturaleza no es una fórmula elaborada por un legislador, sino un mero resumen de los hechos observados - un «conjunto de hechos". Las cosas no actúan de una manera particular porque hay una ley, sino que establecemos esa «ley», porque ellas actúan de esa manera. "
La filosofía del Ateísmo representa un concepto de vida sin Más Allá metafísico o Divino Regulador. Es el concepto de un mundo real, verdadero, con su liberación, ampliación y embellecimiento de las posibilidades, frente a un mundo irreal, que, con sus espíritus, oráculos, y maliciosa satisfacción ha mantenido a la humanidad en la desvalida degradación.

Puede parecer una paradoja salvaje, y sin embargo es patéticamente cierto, que este real, visible mundo y nuestra vida deberían haber estado tanto tiempo bajo la influencia de la especulación metafísica, y no de fuerzas físicas demostrables. Bajo el látigo de la idea teísta, esta tierra no ha servido a ningún otro propósito que como una estación temporal para poner a prueba la capacidad del hombre para la inmolación de la voluntad de Dios. Pero en determinado momento, el hombre trató de determinar la naturaleza de esa voluntad, y se le dijo que era totalmente inútil para la "finita inteligencia humana" ir más allá de la voluntad infinita del todo poderoso. Bajo el peso terrible de esta omnipotencia, el hombre se inclinó en el polvo – una voluntad menos, rota y sudando en la oscuridad.

El triunfo de la filosofía del ateísmo es liberar al hombre de la pesadilla de los dioses; esto significa la disolución de los fantasmas del más allá. Una y otra vez la luz de la razón ha disipado la pesadilla teísta, pero la pobreza, la miseria y el miedo han recreado los fantasmas - antiguos o nuevos, sea cual sea su forma externa, difieren poco en su esencia. El ateísmo, por otra parte, en su aspecto filosófico niega la lealtad no sólo a un concepto determinado de Dios, sino que niega toda servidumbre a la idea de Dios, y se opone al principio teísta como tal. Los dioses en sus funciones individuales no son un medio tan pernicioso como el principio del teísmo, que representa la creencia en un ser sobrenatural, o incluso omnipotente, con el poder de gobernar la tierra y el hombre en ella. Es contra el absolutismo del teísmo, su influencia perniciosa sobre la humanidad, su efecto paralizante sobre el pensamiento y la acción, que el ateísmo lucha con todo su poder.

La filosofía de Ateísmo tiene su raíz en la tierra, en esta vida, y su objetivo es la emancipación de la raza humana de todas las Deidades, ya sea judía, cristiana, musulmana, budista, Brahmana, u otra. La humanidad ha sido castigada larga y pesadamente por haber creado sus dioses; nada más que dolor y persecución han sufrido el hombre desde que los dioses comenzaron. Sólo hay una manera de salir de este error: El hombre debe romper sus cadenas que lo encadenaron a las puertas del cielo y el infierno, para poder comenzar a formar su conocimiento despertando de nuevo e iluminando concientemente un mundo nuevo sobre la tierra.

Sólo después del triunfo de la filosofía atea en las mentes y los corazones del hombre la libertad y la belleza podrán ser realizadas. La belleza como un regalo del cielo ha demostrado ser inútil. Será, sin embargo, convertida en la esencia y el ímpetu de la vida cuando el hombre aprenda a ver en la tierra el único cielo apto para el hombre. El ateísmo ya está ayudando a liberar al hombre de su dependencia hacia el castigo y la recompensa que el negocio celestial ofrece a los pobres de espíritu.

¿No insisten todos los tesitas que no puede haber ninguna moralidad, ninguna justicia, honestidad o fidelidad sin la creencia en un Poder Divino? Basada en el temor y la esperanza, tal moralidad siempre ha sido un producto vil, imbuido en parte con la justicia propia, en parte con la hipocresía. En cuanto a la verdad, la justicia y la fidelidad, ¿quienes han sido sus valientes exponentes valientes y atrevidos pregoneros? Casi siempre los ateos: los Ateos; vivieron, lucharon, y murieron por ellos. Ellos sabían que la justicia, la verdad y la fidelidad no son acondicionadas en el cielo, sino que están relacionadas y entrelazadas con los tremendos cambios que suceden en la vida social y material de la raza humana, no fija y eterna, sino fluctuante, incluso como la vida misma. Sobre las alturas que la filosofía del ateísmo puede todavía lograr, nadie puede profetizar. Pero algo se puede prever: sólo por su fuego regenerante las relaciones humanas serán purgadas de los horrores del pasado.

Las personas inteligentes están empezando a darse cuenta que los preceptos morales, impuestos a la humanidad a través del terror religioso, se han convertido en estereotipos y en consecuencia han perdido toda su vitalidad. Una mirada a la vida de hoy, en su carácter de desintegración, en sus intereses en conflicto con sus odios, sus crímenes, y su codicia, basta para demostrar la esterilidad de la moralidad teísta.

El hombre debe volver a sí mismo antes de que pueda aprender de su relación con sus compañeros. Prometeo encadenado a la Roca de la Eternidad (Jesucristo) está condenado a seguir siendo presa de los buitres de la oscuridad. Separad a Prometeo, y disipara la noche y sus horrores.

El ateísmo en su negación de los dioses es, al mismo tiempo la más fuerte afirmación del hombre, y por el hombre, el eterno si a la vida, el propósito y la belleza.

Notas

(1) Mammon es un término utilizado en el Nuevo Testamento para describir la abundancia o avaricia material. Mammón es hijo de Lucifer y príncipe de los Infiernos.

martes, 31 de agosto de 2010

Minorías versus Mayorías x Emma Goldman


Si hubiera que juzgar sumariamente la tendencia de nuestro tiempo, diría simplemente: Cantidad. La multitud, el espíritu de la masa domina por doquier, destruyendo la calidad. Nuestra vida entera descansa sobre la cantidad, sobre lo numeroso: producción, política y educación. El trabajador, que en un tiempo tuvo el orgullo de la perfección y de la calidad de su trabajo, ha sido reemplazado por un autómata incompetente, privado de cerebro, el cual elabora enormes cantidades de cosas sin valor ninguno, y generalmente insultantes, en su grosería y ordinariez, para la humanidad. Todas esas cantidades, en vez de hacer la vida más confortable y plácida, no hicieron más que aumentar para el hombre la mole de sus preocupaciones angustiosas.

En política nada más que cantidad; esto sólo importa. En la proporción que desconocen, ya sean sus principios, sus ideales, sus postulados de justicia, van siendo suplantados por la esencia formal del número, de lo numeroso. En la lucha por la supremacía de los varios partidos políticos mutuamente se ponen trampas, se engañan, perpetran las más sombrías maquinaciones unos contra otros en la certera confianza que el que obtenga el éxito final será proclamado victorioso por la mayoría. ¡Y a expensas de qué cosas, con cuánto detrimento de toda dignidad y decencia se alcanza este momento! No hemos de ir muy lejos en busca de prueba para este doloroso caso.

Jamás la corrupción, la completa podredumbre fue tan evidente en el aparato gubernativo; jamás el pueblo norteamericano se vio obligado a enfrentarse con la naturaleza de Judas de nuestras corporaciones políticas, las que durante años reclamaron para sí el dictado de pereza intachable, tildándose sostenes salvaguardadores de nuestras instituciones y los verdaderos protectores de los derechos y de la libertad del pueblo.

Pero cuando los crímenes de ese partido político se muestran a la luz del día, tanto que el más ciego no dejaría de notario, le será suficiente lanzar sus sólitas promesas deslumbrantes y reunir los candidatos que gozan de más favor público para que se asegure su supremacía. La verdadera víctima engañada, traicionada, no sabe decidirse en contra, sino en favor de la victoria. Espantados algunos se preguntan: ¿cómo pueden las mayorías traicionar de esa manera las tradiciones de la libertad norteamericana? ¿Dónde se halla su capacidad de juicio y de razón? Justamente las mayorías no razonan, son incapaces de formular un juicio propio. Carentes de originalidad y de valor moral, las mayorías siempre depusieron en manos ajenas sus particulares destinos, incapaces de cargar con la menor responsabilidad, siguen a sus pastores hasta cuando las conducen a la destrucción, a su aniquilamiento. Tenia razón el doctor Stockman, el de Los puntales de la Sociedad: Los más peligrosos enemigos de la Libertad y la Justicia en nuestro medio son las mayorías compactas, las malditas compactas mayorías. Sin ambición, ni iniciativa, esas masas compactas nada odian más que el espíritu de innovación. Siempre se oponen, condenan y persiguen al innovador, al descubridor de una nueva verdad.

Es el más repetido lugar común entre los políticos, incluso los socialistas, que la nuestra es una era de individualismo de minorías. Sólo que aquellos que sobrenadan en la superficie de los conocimientos humanos pueden entretenerse y quedar satisfechos con ese punto de vista ¿Acaso los menos no son quienes acaparan todo el bienestar del mundo? ¿No son ellos los dueños, los reyes absolutos de la situación? Su éxito material no se debe, empero, al individualismo, sino a la inercia, al amilanamiento y a la completa sumisión de las masas. Estas necesitan ser dominadas, conducidas y reprimidas. Respecto al individualismo, que en la humana historia nunca tuvo oportunidad de lograr la menor expresión, lo tiene mucho menos ahora de aparecer de manera normal y sana.

El educador, de honestos e ideales propósitos, el artista o el escritor de ideas originales, el hombre de ciencia independiente, el explorador de nuevos dominios del saber, o el individuo de ideas avanzadas que busca la renovación de la sociedad; a todos ellos se los empuja diariamente contra la pared invisible de los prejuicios por hombres cuya sabiduría y facultades creadoras se han vuelto decrépitas con el tiempo.

Educadores del tipo de Ferrer no se les tolera en ninguna parte, mientras que los malabaristas de la educación oficial, a lo Elliot y Butler, resultan ser los perpetuadores de una era de nulidades y de autómatas. En el orden teatral y literario los ídolos son Humphrey Wards y Clyde y Fitches, mientras muy pocos conocen o aprecian la belleza genial de Emerson, Thoreau, Whitman, un Ibsen, un Hauptmann, un Butler Yeats o un Stephen Philippe. Son como las estrellas solitarias lejos del horizonte de la multitud.

Editores, empresarios de teatros y críticos no exigen las cualidades superlativas en la creación del arte, sino que se preguntan: ¿tendrán mucha venta? ¿será del paladar del público? Y este paladar es como una hornalla: engulle todo lo que no necesita masticación mental. De ahí que lo mediocre, 10 vulgar, el lugar común representan la obra maestra literaria más en boga.

¿Es necesario que digamos que referente a las bellas artes hemos de encontrarnos con lo mismo? No hay mas que emprender una jira por nuestros parques para percatarnos de la fealdad, de la horrible vulgaridad de nuestros artefactos artísticos, en forma de estatuas y monumentos. Ciertamente, sólo el gusto de las mayorías pueden tolerar semejante ultraje a la belleza. Falsa en su concepción y mezquina, ñoña en la ejecución la estatuaria que infesta las ciudades norteamericanas tiene tanta relación con el arte como una confitura de mazapán con la escultura de Miguel Ángel. El talento artístico, que no se somete a estas preestablecidas normas de la mentalidad común del público, deseando dar el fruto más original de su temperamento y luchando para ser fiel, sincero, veraz con la realidad tratando de ver con sus ojos, será condenado a conducir una obscura y miserable existencia. Su obra algún día se podrá convertir en el más caro capricho de la muchedumbre; pero esto no sucede hasta que la sangre de su corazón se haya vaciado para siempre; hasta que el explorador de nuevos caminos haya dejado de existir y el tropel de la plebe miope haya extinguido la herencia legada por el maestro.

Se dice que el artista de la actualidad no puede darnos verdaderas creaciones, porque, lo mismo que Prometeo, se halla encadenado a la roca de las necesidades económicas. Esto puede ser verdad para todas las épocas. Miguel Ángel dependía de su señor - los Médici- como los pintores y los escultores de nuestro tiempo, excepto que los entendidos de arte de entonces se hallaban bastante distantes de la entendida multitud de ahora. Estos se sentían honrados y felices de que el artista se dedicase todo el tiempo que deseara a cincelarles una urna, un cáliz, supongamos.

El supuesto mecenas de nuestros días no posee otro criterio que el valor material de una obra de arte: el dólar. En nada le atañe la calidad intrínseca de grandes obras y sí la cantidad de dólares que importa su venta. El financista de Les Affaires sont les Affaires, dice respecto a varias manchas, paisajes al óleo: Vea qué bueno es; me cuesta cincuenta mil francos. Igualito que nuestros advenedizos. Las fabulosas sumas pagadas por las grandes obras que descubre, revela con elocuencia la pobreza, la vulgaridad de su gusto, de su concepto artístico.

El más imperdonable pecado para la sociedad es la independencia intelectual. Si esto resalta más en un país cuyo símbolo es la democracia, también evidencia cuán grande es el poder de las mayorías.

Wendel Phillips dijo, hace cincuenta años: En nuestro país de absoluta igualdad democrática, la opinión pública no es sólo omnipotente, sino omnipresente. No hay un refugio a donde no llegue esta tiranía, no hay escondrijo donde no nos alcance; y el resultado es este: se empuña la linterna del griego famoso y se va en busca de un centenar de norteamericanos, y entre ellos no se encontrará uno que no tenga algo que ganar o perder por parte de la buena opinión que sustentaran los que los rodean, ya sea acerca de sus ambiciones, de su vida social y de sus negocios. La consecuencia se resume en que nosotros, en vez de constituir una masa de verdaderas individualidades, no somos más que seres que, al temernos mutuamente, escondemos nuestras propias y más íntimas convicciones; como nación comparada a otra nación, somos solamente un atajo de cobardes. Con más intensidad que otros pueblos, experimentamos un miedo cerval de unos hacia los otros. Evidentemente, en nada cambiaron las condiciones que le sugiriera tan aguda constatación a Wendel Phillips.

Hoy, como ayer, la pública opinión es el tirano omnipresente; hoy, como entonces, las mayorías no representan más que una masa de cobardes, prestos a aceptar aquel que encarne el espejo de su pobreza mental y espiritual. Esta es la base donde se apoya el éxito sin precedentes de un hombre como Roosevelt. Entraña el peor elemento de la psicología plebeya de la masa. El político que conozca a fondo las mayorías, le importa poco de la integridad doctrinaria de los ideales. Por lo que se pirra, es la apariencia brillante y espectacular. No es el caso de que se trate de una exposición canina, el premio por el boxeo o el linchamiento de un negro, la exhibición insolente de una boda rica de algún heredero multimillonario o la acrobática elocuencia de algún ex presidente de la nación. Más feas son las contorsiones mentales, más deliciosas les resultarán a las masas. Así, Roosevelt, pobre de ideales y vulgar espiritualmente, continúa siendo el hombre de la hora.

Por otra parte, los hombres, por encima, muy por encima de estos pigmeos políticos, hombres de refinada cultura, de facultades creadoras, son reducidos violentamente al silencio, como si se tratara de personas afeminadas. Es absurdo que se quiera calificar de individualista la época presente. No es más que una amarga repetición de una idéntica fenomenología desarrollada a todo lo largo de la historia: cada esfuerzo de progreso para elevar el nivel de la vida, la ciencia, la religión, la política, la libertad económica, emanó siempre de las minorías, no de las mayorías. Hoy, como hace varios siglos, los raros, las individualidades independientes, son incomprendidas y por ende perseguidas, encarceladas, torturadas y asesinadas.

El principio de la fraternidad humana, traído por el agitador de Nazareth, pudo preservar el germen de una nueva vida, de verdad y justicia, hasta el día que fue una antorcha de luz para unos pocos.

Desde el momento en que las mayorías se apropiaron de este gran principio, se convirtió en la materialización de una ritología que produjo por doquiera sufrimientos y calamidades incontables. Los ataques llevados a cabo contra la Roma papal por las colosales figuras de Huss, Calvino y Lutero, fue como una irradiante aurora en la densa noche. Pero tan pronto como Lutero y Calvino se volvieron políticos y empezaron a reunir a las pequeñas potencias de la nobleza y apelaron al espíritu plebeyo de la masa, las grandes posibilidades de la Reforma fueron desviadas de su natural cauce. Ellos pudieron captarse el éxito de las mayorías, pero se comprobó una vez más que éstas no eran menos sanguinarias en las persecuciones contra el pensamiento y la razón que el monstruo del catolicismo. ¡Guay de los herejes, de la minoría, que no se plegase a los dictados de sus dogmas! Después de una constante lucha y de un tesón infinito, la mentalidad humana se ha más o menos libertado del fantasma religioso; las minorías otra vez emprendieron nuevas conquistas y las mayorías se hallan en pos de ellas, ladrándoles, gravadas por el peso muerto de las verdades que con el andar del tiempo resultaron falsas.

Políticamente, la raza humana se encontraría actualmente en una absoluta esclavitud si no fuera por los héroes que surgen de cuando en cuando: un John Bulls, Wat Tylers, Guillermo Tell y las numerosas individualidades gigantescamente libres que combatieron a pie firme contra el poder de los tiranos y de los reyes. Sin la pléyade de las mentalidades independientes, que vivían y pensaban más allá de su época, el mundo nunca hubiese sido sacudido radicalmente por esa tormentosa ola: la Revolución francesa. Los grandes acontecimientos de la historia siempre fueron precedidos por otros más pequeños, infinitesimales. De ahí que la elocuencia enardecida de un Camilo Desmoulin fuese como el toque de trompetas ante los muros de Jericó, arrasando el emblema de las injusticias, de las torturas y de los horrores de la Bastilla.

En todo periodo que se inaugura son los menos los portabanderas de las grandes y nuevas ideas, del esfuerzo precursor de la liberación. No es, por cierto, la masa que, al contrario de ellos, sirve de lastre y les impide moverse tanto como quisieran.

Esta verdad resalta con mucha más fuerza en Rusia que en cualquier otro país. Miles de vidas fueron las sacrificadas por ese régimen de sangre y terror, y aún no ha sido aplacado el monstruo del trono. ¿Cómo pueden suceder semejantes cosas, cómo puede darse que la cultura, las ideas, todo lo que hay de más noble en sentimientos, en emocionados ideales se encuentre sometido a ese yugo de hierro. Las mayorías, las compactas mayorías, la somnolencia de las masas; el campesino ruso, después de un centenar de años de lucha, de sacrificios, de una miseria indecible, todavía cree que la cuerda que ahorca al hombre blanco, de blancas manos, le trae fortuna.

En las luchas norteamericanas por la libertad las mayorías no dejaron de ser uno de los mayores obstáculos. Hasta en nuestros días las ideas de Jefferson, de Patrick Henry, de Tomás Paine son negadas y vendidas por poco precio por las mayorías. La masa no las necesita. La grandeza y el coraje de Lincoln ha sido olvidado por el hombre que creó tal escenario del panorama actual. Los verdaderos héroes santos para los negros se hallan representados por un puñado de luchadores de Boston: Lloyd Garrison, Wondell Phillips, Thoureau, Margaret Fuller y Theodoro Parker, cuya doctrina valerosa culminó en la gigantesca figura de John Brown. Su incansable espíritu batallador, su elocuencia y perseverancia fue minando el poder de los propietarios del sur. Lincoln y sus secuaces llegaron cuando la abolición ya era un hecho consumado y reconocido por casi todos.

Hará unos cincuenta años que una idea, cual rudo meteoro, hizo su aparición en el horizonte social del mundo, una idea que iba muy lejos, enteramente revolucionaria, que lo abarcaba todo en un solo abrazo y que tuvo la suprema virtud de infundir terror en los corazones de los tiranos y hacer temblar las tiranías. Por otra parte, era ella un mensaje de alegría, de una grandiosa esperanza para los millares de desheredados. Los poseídos de estas ideas, los hombres de mentalidad más avanzada, los precursores, conocían lo abrupto del camino que deberían recorrer; y lo soportaron todo: oposición, las persecuciones y dificultades casi insuperables; pero orgullosos y sin temor alguno marchaban hacia adelante, siempre hacia adelante... Ahora esta idea se ha convertido en algo corriente, manoseado, un verdadero lugar común. Actualmente, casi todo el mundo es socialista, el hombre rico, así como la pobre víctima que explota; los que hacen las leyes, como las autoridades, y el infortunado delincuente; el libre pensador, así como el perpetrador de las falsedades religiosas, la señora a la moda, así como su sirvienta. ¿Por qué no? Ahora que la verdad de hace cincuenta años se ha convertido en una mentira; ahora que se mustió, se apagó todo lo que había en ella de juvenil frescura y se le robó sus fibras más vigorosas, su fuerza revolucionaria y su ideal humanitario, ¿por qué no? Ahora no es más que una bella visión, rumorosa, de inefable poesía, sino un plan práctico y realizable, sobre el que descansan las mayorías, ¿por qué no? La astucia política sabe muy bien cantar las loas de la masa; dice: Las pobres mayorías, la ultrajada, la maltratada, pobre de este gigante si no quisiera seguirnos a nosotros.

¿Quién no oyó esta misma letanía varias veces y en todo tiempo? ¿Quién no se sabe de memoria este invariable estribillo en los labios de todos los políticos? Que la masa sangra por cada paso que da, que se la roba y se la explota, lo se tanto yo como esos que mendigan votos. Pero insisto que no es ese grupo de parásitos, sino la masa la culpable de este terrible estado de cosas. Se cuelga del cuello de sus amos y ama el látigo y es la primera en gritar: ¡crucificad! en el momento que una voz se levanta para protestar contra la sacrosanta autoridad y el capitalismo u otra institución igualmente caduca. Ya no existiría la autoridad y la propiedad privada si la masa estuviese dispuesta en convertirse en soldados, en policías, en carceleros y verdugos. El socialista demagogo sabe esto tan bien como yo, pero sostiene el mito de las virtudes de la mayoría, porque su verdadero sistema de vida sólo significa la perpetuación del poder autoritario. ¿Y este último cómo podría ser reconocido como algo, sin el apoyo de lo numeroso? Sí; la autoridad, la coerción y la ciega obediencia son atributos de la masa; nunca existirá en ella la libertad o el libre desenvolvimiento de la individualidad ni jamás podrá nacer de su seno una sociedad libre.

No es que no me adolore con los oprimidos, con los desheredados de la Tierra, no es porque no conozco el horror, la vergonzosa e indigna vida que conduce el pueblo, que repudio las mayorías como una fuerza creadora de bondad. ¡Oh, no, no! Sino que sé demasiado, que como masa compacta jamás estuvo al lado de la justicia ni de la igualdad. Suprimió las voces humanitarias, subyugó el espíritu humano y cargó de cadenas el cuerpo. Como masa, su finalidad principal fue el de hacer de la vida una cosa uniforme, gris y monótona, convirtiéndola en un árido desierto. Como masa será siempre la aniquiladora de la libre individualidad, de la libre iniciativa y de la originalidad. Creo, por eso, en lo que dice Emerson: La masa es grosera, mentalmente lisiada, perniciosa en lo que exige y en lo que pide. En vez de adulársela, es necesario fustigarla duramente. Nada deseo concederle, sino para ejercitarme en ella para dividirla, romperla y extraer así otras tantas individualidades. ¡Las masas! Son nada más que una gran calamidad. Para nada deseo las masas, sino hombres valerosos, dignos y leales, y mujeres amables, dulces y nobles en sus instintos.

En otras palabras, la viviente verdad de un social y económico bienestar no llegará a transformarse en realidad, sino por el esfuerzo inteligente, el intrépido valor de las minorías poseedoras de una perfecta independencia mental, y no por obra y gracia de las masas.

jueves, 31 de diciembre de 2009

LA TRAMPA DE LA PROTECCIÓN x Emma Goldman


El matrimonio y el amor no tienen nada en común; están tan lejos entre sí como los dos polos y son, incluso, antagónicos. El matrimonio es ante todo un acuerdo económico, un seguro que sólo se diferencia de los seguros de vida corrientes en que es más vinculante y más riguroso. Los beneficios que se obtienen de él son insignificantes en comparación con lo que hay que pagar por ellos. Cuando se suscribe una póliza de seguros, se paga en dinero y se tiene siempre la libertad de interrumpir los pagos. En cambio, si la prima de una mujer es un marido, tiene que pagar por él con su nombre, su vida privada, el respeto hacia sí misma y su propia vida “hasta que la muerte los sepa­re”. Además, el seguro de matrimonio la condena a depender del marido de por vida, al parasitismo, a la completa inutilidad, tanto desde el punto de vista individual como social. También el hombre paga su tributo, pero como su esfera de vida es mucho más amplia, el matrimonio no lo limita tanto como a la mujer. Las cadenas del marido son más bien económicas.

Vivimos en una época de pragmatismos. Ya no estamos en los tiempos en que Romeo y Julieta se arriesgaban a desafiar la ira de sus padres por amor, o en que Margarita se exponía a las habladurías de sus vecinos también por amor. La norma moral que se inculca a la joven no es preguntarse si el hombre ha despertado su amor, sino “cuánto gana”. El único dios y la única cosa importante de la vida pragmática norteamerica­na es: ¿Puede el hombre ganarse la vida? Eso es lo único que justifica el matrimonio. Poco a poco se van saturando con ello los pensamientos de la muchacha, que ya no sueña con besos y claros de luna, o con risas y lágrimas, sino con ir de compras y conseguir rebajas en las tiendas. Esa pobreza de alma y esa sordidez son los elementos inherentes a la institu­ción del matrimonio.

Esta institución convierte a la mujer en un parásito y la obliga a depender completamente de otra persona. La incapa­cita para la lucha por la vida, aniquila su conciencia social, paraliza su imaginación y le impone después graciosamente su protección, que es en realidad una trampa, una parodia del carácter humano. Si la maternidad es la mayor realización de la mujer, ¿qué otra protección necesita sino el amor y la liber­tad? El matrimonio profana, ultraja y corrompe esa realiza­ción. ¿Acaso no le dice a la mujer que solamente bajo su pro­tección podrá dar la vida? ¿No la pone en la picota y la degra­da y la avergüenza si se niega a comprar su derecho a la mater­nidad con su propia persona? ¿Acaso el matrimonio no sancio­na la maternidad, aunque se haya concebido con odio o por obligación? Y cuando la maternidad ha sido elegida, producto del amor, del éxtasis, de la pasión desafiante, ¿no se coloca una corona de espinas en una cabeza inocente, grabando en letras de sangre el odioso epíteto de “bastardo”?

Aun en el caso de que el matrimonio contuviera todas las virtudes que de él se afirman, sus crímenes contra la materni­dad lo excluirían para siempre del reino del amor. El amor, el elemento más fuerte y profundo de toda vida, presagio de es­peranzas, de alegría, de éxtasis; el amor que desafía a todas las leyes, a todas las convenciones; el amor, el más libre, el más poderoso modelador del destino humano, ¿cómo puede esa fuerza todopoderosa ser sinónimo del pobre engendro del Es­tado y de la Iglesia que es el matrimonio?

¿Amor libre? ¿Acaso el amor puede ser otra cosa más que libre? El hombre ha comprado cerebros, pero todos los millo­nes del mundo no han logrado comprar el amor. El hombre ha sometido los cuerpos, pero todo el poder de la tierra no ha sido capaz de someter al amor. El hombre ha conquistado naciones enteras, pero todos sus ejércitos no podrían conquistar al amor. El hombre ha encadenado y aprisionado el espíritu, pero no ha podido nada contra el amor. Encaramado en un trono, con todo el esplendor y pompa que pueda procurarle su oro, el hombre se siente pobre y desolado si el amor no se detiene a su puerta. Cuando existe amor, la cabaña más pobre se llena de calor, de vida y de alegría; el amor tiene el poder mágico de convertir a un pordiosero en un rey. Sí, el amor es libre y no puede medrar en ningún otro ambiente. En libertad, se entrega sin reservas, con abundancia, completamente. Todas las leyes y decretos, todos los tribunales del mundo no podrán arran­carlo del suelo en el que haya echado raíces. El amor no nece­sita protección porque él se protege a sí mismo.

Mientras es el amor el que engendra a los hijos, no hay niños abandonados, hambrientos o carentes de afecto. Conoz­co a mujeres que fueron madres en libertad con el hombre al que amaban. Pocos hijos han disfrutado dentro del matrimo­nio del cuidado, protección y devoción que la maternidad libre es capaz de depararles. Los defensores de la autoridad temen la maternidad libre por miedo a que se les desposea de su presa. ¿Quién lucharía entonces en las guerras? ¿Quién haría de car­celero o policía si las mujeres se negaran a dar a luz indiscriminadamente? “¡La raza, la raza!”, gritan el rey, el pre­sidente, el capitalista, el sacerdote. Hay que salvar a la raza, aunque la mujer sea degradada al papel de pura máquina, y la institución del matrimonio es la única válvula de seguridad contra el peligroso despertar sexual de la mujer.

Pero son inútiles estos esfuerzos desesperados por mante­ner un estado de esclavitud. Son inútiles también los edictos de la Iglesia, los fieros ataques de los dictadores, e incluso el bra­zo de la ley. La mujer no quiere seguir siendo la productora de una raza de seres humanos enfermos, débiles, decrépitos y mi­serables, que no tienen ni la fuerza ni el valor moral de sacudirse el yugo de su pobreza y de su esclavitud. En lugar de ello, desea menos hijos y mejores, engendrados y criados con amor y por libre elección, y no por obligación como en el matrimonio.

Nuestros pseudomoralistas tienen que aprender el profun­do sentido de responsabilidad para con el niño que el amor en libertad despierta en el pecho de la mujer. Ésta preferiría re­nunciar para siempre a la maternidad antes que dar la vida en una atmósfera donde sólo se respira la destrucción y la muerte. Y, si se convierte en madre, es para dar al niño lo mejor y lo más profundo de su ser. Su lema es desarrollarse con el niño, y sabe que sólo de esa manera podrán formarse los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres.

En realidad, en nuestro actual estado de pigmeos, el amor es algo desconocido para la mayoría de la gente. No se le comprende, se lo esquiva y muy raras veces arraiga; y cuando lo hace, pronto se marchita y muere. Su fibra delicada no puede soportar la tensión y los esfuerzos del vivir cotidiano. Su alma es demasiado compleja para ajustarse a la viscosa textura de nuestra trama social. Llora, se lamenta y sufre con los que lo necesitan y, sin embargo, carecen de capacidad para elevarse a su altura.

Algún día, los hombres y las mujeres se elevarán y alcanza­rán la cumbre de las montañas; se encontrarán grandes, fuer­tes y libres, dispuestos a recibir, a compartir y a calentarse en los dorados rayos del amor. ¿Qué imaginación, qué fantasía, qué genio poético puede prever, aunque sea aproximadamen­te, las posibilidades de esa fuerza en las vidas de los hombres y las mujeres? Si en el mundo tiene que existir alguna vez la ver­dadera compañía y la unidad, el padre será el amor y no el matrimonio.

martes, 24 de noviembre de 2009

Matrimonio y amor x Emma Goldman

Existe un concepto generalizado acerca del matrimonio y el amor, y es que son sinónimos, que surgen por los mismos motivos o causas y cubren las mismas necesidades humanas. Como muchos de los pareceres del sentido común, éste no descansa sobre hechos reales, sino sobre supersticiones.

Matrimonio y amor no tienen nada en común; están tan lejos el uno del otro como los dos polos; son, en realidad, antagonistas. Sin duda hay algunos matrimonios que han sido resultado del amor. No tanto porque el amor pueda imponerse sólo a través del matrimonio, sino más bien porque son pocos quienes pueden liberarse por completo de la norma establecida. Existe hoy en día un gran número de mujeres y hombres para quienes el matrimonio no es nada más que una absurda comedia a la que se someten en aras de la opinión pública. De cualquier modo, si bien es cierto que algunos matrimonios están basados en el amor, y siendo igualmente cierto que en algunos casos el amor se prolonga en la vida matrimonial, yo sostengo que lo hace a pesar de, y no gracias a, el matrimonio.

Por otro lado, es totalmente falso que el amor sea consecuencia del matrimonio. En alguna rara ocasión llega a nuestros oídos el caso milagroso de una pareja de casados que se enamora después del matrimonio, pero si nos remitimos a una mirada detenida, encontraremos que se trata de una mera adaptación a lo inevitable. Ciertamente el acostumbramiento del uno al otro está muy lejos de la espontaneidad, intensidad y belleza del amor, sin las cuales la intimidad del matrimonio debe resultar degradante tanto para la mujer como para el hombre.

El matrimonio es ante todo un arreglo económico, un contrato de seguros, que sólo se distingue de un contrato normal de seguro de vida en que obliga más y exige más. Sus beneficios son insignificantemente pequeños si se los compara con la inversión hecha. Al contratar una póliza de seguros, pagamos por ella, quedando siempre en libertad de interrumpir los pagos. Sin embargo, si la prima de una mujer es un marido, ella tendrá que pagar por esa prima con su nombre, su privacidad, su autoestima, su vida misma, "hasta que la muerte los separe". Más aún, el seguro matrimonial la condena a una dependencia de por vida, al parasitismo, a la completa inutilidad, tanto individual como social. También el hombre paga su peaje, pero como su mundo es más amplio, el matrimonio no lo limita tanto como a la mujer. Siente sus grilletes más que nada en el aspecto económico.

Las palabras de Dante sobre el Infierno se aplican con igual fuerza al matrimonio: "Aquél que entra aquí deja atrás toda esperanza".

Que el matrimonio es un fracaso es algo que nadie, excepto los más obtusos, podría negar. Basta echar una mirada sobre las estadísticas de divorcio para darnos cuenta de cuán amargo puede ser realmente un matrimonio fracasado. Ni podrá hacerlo tampoco el estereotipado y filisteo argumento de que la permisividad de las leyes de divorcio y la creciente libertad de la mujer justifican el hecho de que: primero, uno de cada doce matrimonios termina en divorcio; segundo, desde 1870 los divorcios han aumentado de 28 a 73 por cada cien mil personas; tercero, que desde 1867, el adulterio, como motivo de divorcio, se ha incrementado 270,8 por ciento; cuarto, que el abandono conyugal se incrementó en 369,8 por ciento.

Súmese a estos alarmantes trazos iniciales todo un vasto acopio de material, dramático y literario, que aclara aún más este tema. Robert Herrich en Together [Juntos], Pinedo en Mid-Channel [En medio del canal], Eugene Walter en Paid in Full [Pagado en su totalidad], y muchísimos otros escritores que examinan la esterilidad, la monotonía, la sordidez, la insuficiencia del matrimonio como elemento de comprensión y armonía.

El estudioso de lo social que reflexione no se conformará con la superficialidad vulgar de la justificación para este fenómeno. Tendrá que profundizar muchísimo en las vidas mismas de los sexos para saber por qué el matrimonio resulta ser tan desastroso.

Edward Carpenter dice que detrás de cada matrimonio está el entorno, de toda una vida, de los dos sexos; entornos tan distintos entre ellos que el hombre y la mujer tendrán que seguir siendo extraños. Separados por una insalvable muralla de supersticiones, costumbres y hábitos, el matrimonio no tiene la potencialidad de desarrollar el conocimiento mutuo y el respeto por el otro, sin los cuales toda unión está condenada al fracaso.

Henrik Ibsen, que detestaba toda simulación social, fue probablemente, el primero en darse cuenta de esta gran verdad. Nora abandona a su esposo, no porque esté cansada de sus responsabilidades ni porque sienta la necesidad de reivindicar los derechos de la mujer -como lo diría una crítica torpe e inepta-, sino porque se hace consciente de que durante ocho años ha vivido con un desconocido y ha parido sus hijos. ¿Puede haber algo más humillante, más degradante que una proximidad de por vida entre dos desconocidos? Nada necesita saber la mujer del hombre, excepto sus ingresos. En cuanto al conocimiento de la mujer --¿es que hay que conocer algo, aparte de su agradable apariencia? No hemos superado aún el mito teológico sobre la carencia de alma de la mujer, donde ella es un mero apéndice del hombre, sacada de su costilla para beneficio del señor, un señor con tanta fortaleza que temía a su propia sombra.

Tal vez la baja calidad del material del cual proviene la mujer sea responsable de su inferioridad. De cualquier modo, la mujer no tiene alma…¿qué hay que saber sobre ella? Además, mientras menos alma tenga una mujer, mayores serán sus activos como esposa y más fácilmente se asimilará a su marido. Es esta esclavitud resignada a la superioridad del hombre la que ha mantenido la institución conyugal aparentemente intacta por tanto tiempo. Ahora que la mujer está haciéndose dueña de sí misma, ahora que se está tomando a sí misma como ser independiente de la gracia de su dueño, la sagrada institución del matrimonio se ve gradualmente minada, y no habrá lamento sentimentaloide alguno que pueda mantenerla en pie.

Prácticamente desde su misma infancia se le dirá a cualquier niña común y corriente que el matrimonio ha de ser su objetivo final, y por eso, su preparación y educación irán directamente enfocadas a esa meta. Así como a la callada bestia se la engorda para el matadero, a ella se la preparará para eso. Pero, extrañamente, se le permitirá saber mucho menos de su función como madre y esposa que lo que sabe el artesano más común de su oficio. Es indecente y asqueroso que una chica respetable sepa algo de la relación marital. Ah, cuánta inconsistencia en la respetabilidad, que necesita de los votos matrimoniales para transformar algo asqueroso en el más puro y sagrado acuerdo, al que nadie osaría cuestionar o criticar. Sin embargo, esa es exactamente la actitud del defensor promedio de la institución matrimonial. La futura esposa y madre, preservada en una ignorancia completa de aquello donde radica su único valor en el campo competitivo, …el sexo. De este modo, entra en una relación con un hombre, relación que durará toda la vida, sólo para encontrar que se siente conmocionada, disgustada y ofendida más allá de todo límite, por el más natural y saludable de los instintos, el sexo. Valga decir que un gran porcentaje de la infelicidad, tristeza, angustia y sufrimiento físico que se padecen en el matrimonio se debe a una ignorancia criminal sobre materias sexuales, lo que es ensalzado como una gran virtud. No es en absoluto una exageración cuando digo que más de un hogar se ha roto por este hecho deplorable.

Por el contrario, si la mujer es libre y lo suficientemente capaz como para aprender los misterios del sexo sin la sanción del Estado o la Iglesia, quedará condenada como totalmente inadecuada para convertirse en la esposa de un "buen" hombre, significando por "bueno" una cabeza vacía y dinero en abundancia. ¿Puede haber algo más violento que la idea de que una mujer adulta, saludable, llena de vida y pasión, tenga que negar las exigencias de la naturaleza, reprimir sus deseos más intensos, minar su salud y quebrantar su espíritu, atrofiar su imaginación, abstenerse de las profundidades y glorias de la experiencia sexual hasta que un hombre "bueno" llegue a su lado para tomarla como esposa? Esto es precisamente lo que significa el matrimonio. ¿Cómo puede acabar un arreglo tal, que no sea en fracaso? Este es un factor en el matrimonio, y no es el menos importante, que lo diferencian del amor.

Nuestros tiempos son de pragmatismo. El tiempo en que Romeo y Julieta desafiaban la ira de sus padres por amor, en que Gretchen se autoexpuso al chismorreo de sus vecinos por amor, no lo era. Si en alguna rara ocasión los jóvenes se permiten el lujo del romance, son rescatados por sus mayores, que les enseñan y disciplinan hasta que se pongan "razonables"

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La lección moral que se inculca a la niña no es que un hombre la despierte al amor, si no más bien: "¿Cuánto?" El único y fundamental Dios de la vida práctica americana es: ¿Puede el hombre ganarse el sustento? ¿Puede mantener a una esposa? Eso es lo único que justifica el matrimonio. Gradualmente esto va impregnando cada pensamiento de la chica; sus sueños no son de luz de luna y besos, de risas y lágrimas; sueña con salidas de compras y mostradores de gangas. Esta pobreza espiritual y sordidez son los elementos inherentes a la institución matrimonial. El Estado y la Iglesia no aprueban otro ideal, simplemente porque éste es el único que necesitan el Estado y la Iglesia para el control de hombres y mujeres.

Sin duda que hay personas que siguen considerando el amor por encima del dinero. Y esto es especialmente cierto para aquel grupo cuyas necesidades económicas le han obligado a hacerse económicamente independiente. El tremendo cambio en la posición de la mujer, forjado por ese poderoso factor, es verdaderamente espectacular, cuando reflexionamos en el corto tiempo transcurrido desde que entró al terreno industrial. Seis millones de mujeres asalariadas; seis millones de mujeres que tienen el mismo derecho que los hombres a ser explotadas, a ser robadas, a ir a huelga, y siempre, a morirse de hambre. ¿Algo más, mi señor? Sí, seis millones de mujeres de todas las edades en cada esfera, desde el más elevado trabajo intelectual hasta la más difícil labor rutinaria en las minas y en las vías del ferrocarril. Sí, incluso detectives y policías. Sin duda, la emancipación es completa.

Pero a pesar de todo esto, sólo un número muy reducido del enorme ejército de mujeres asalariadas consideran el trabajo como cuestión permanente, con la misma perspectiva que lo hace el hombre. No importa cuán decrépito esté, se le ha programado para ser autónomo e independiente económicamente.. Sí, sí, ya sé que nadie es realmente independiente en nuestra rutina económica; pero aún así, aún el más insignificante espécimen de hombre odia, de todos modos, ser un parásito, ser conocido como tal.

La mujer considera su condición de trabajadora como transitoria, pudiendo ser echada a un lado por el primer postor. Esta es la razón por la cual es extremadamente más difícil organizar a las mujeres que a los hombres, "¿Por qué tendría yo que incorporarme a un sindicato? Me voy a casar, voy a tener un hogar". ¿No se le ha enseñado desde la infancia a considerar esta idea como su más profunda vocación? Aprende, demasiado bien y pronto, que el hogar, aunque no sea una prisión tan grande como la fábrica, tiene puertas y barrotes más sólidos, con un guardián tan leal que nada podrá escapársele. La parte más trágica es, no obstante, que el hogar no la libera de la esclavitud salarial; sólo aumenta sus tareas.

De acuerdo a las últimas estadísticas presentadas a una comisión "sobre trabajo y salario y hacinamiento de la población", el diez por ciento de las trabajadoras asalariadas, sólo de la ciudad de Nueva York, son casadas, y aún así, tienen que seguir trabajando en tareas que son las peor pagadas en el mundo. Agreguemos a este horrible aspecto las fatigosas tareas domésticas, y ¿qué queda entonces de la protección y esplendor del hogar? De hecho, aún las chicas de clase media casadas no pueden hablar de su hogar, ya que es el hombre quien crea todo lo que la rodea. No es relevante que el esposo sea un bruto o un encanto. Lo que yo quisiera demostrar es que el matrimonio le garantiza a la mujer un hogar sólo por gracia de su marido. Allí ella se mueve en el hogar de él, año tras año, hasta que su visión de la vida y de los temas humanos pasa a ser tan plana, estrecha y monótona como su entorno. No puede sorprender que se transforme en una amargada, mezquina, pendenciera, chismosa, insoportable, que aleja al hombre del hogar. No podrá irse, aunque lo desease; no existe lugar donde ir. Además, el corto período de vida matrimonial, de renuncia completa a todas su propias facultades, incapacita totalmente a una mujer común y corriente para actuar en el mundo exterior. Se volverá descuidada en su apariencia, torpe en sus movimientos, dependiente en sus decisiones, cobarde en sus juicios, una carga y una lata, que provocará en la mayoría de los hombres odio y desprecio. Una atmósfera maravillosamente inspiradora para dar vida ¿no es así?

Y en cuanto al niño, ¿cómo podrá ser protegido, si no es por el matrimonio? Después de todo ¿no es esa la consideración más importante? ¡Cuánto simulacro, cuánta hipocresía hay en esto! El matrimonio protegiendo a la infancia, con miles de niños desamparados y abandonados. El matrimonio protegiendo a la infancia, cuando los orfelinatos y reformatorios están sobrepoblados, y la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños debe ocuparse en rescatar a las pequeñas víctimas de sus "amantes" padres, para entregarlos a un cuidado más cariñoso, la Sociedad Gerry. ¡Es una burla todo esto!

El matrimonio tiene la facultad y el poder de "llevar el caballo al agua" pero, ¿lo ha hecho beber alguna vez? La ley pondrá al padre bajo arresto, y le vestirá con ropas de convicto; ¿pero ha calmado esto, alguna vez, el hambre del niño? Si el padre no tiene trabajo, o esconde su identidad ¿qué hará el matrimonio entonces? Invocar a la ley para traer al hombre ante la "justicia", y ponerlo a salvo detrás de puertas cerradas; pero el trabajo que realice ese padre no va a beneficiar al niño sino al Estado. El niño recibe tan sólo una memoria marchita del traje a rayas de su padre.

En cuanto a la protección de la mujer, ahí radica lo peor del matrimonio. No es que realmente la proteja, pero la idea misma es en sí tan ofensiva, tal ultraje e insulto a la vida, tan degradante de la dignidad humana, como para condenar para siempre a esta institución parasitaria.

Es como aquella otra disposición paternalista…el capitalismo, que priva al hombre de su patrimonio, impide su desarrollo, envenena su cuerpo, lo mantiene en la ignorancia, en la pobreza y en la dependencia, y termina instituyendo instituciones benéficas que sacan provecho hasta del último vestigio del amor propio de un hombre.

La institución del matrimonio hace de la mujer un parásito, absolutamente dependiente. La incapacita en su lucha por la existencia, anula su conciencia social, paraliza su imaginación, y entonces le impone su benévola protección, lo que es realmente una trampa, una parodia de la naturaleza humana.

Si la maternidad es la máxima realización de la naturaleza femenina, ¿qué otra protección requiere aparte del amor y la libertad? El matrimonio no hace más que ensuciar, envilecer y corromper su realización. ¿No le dice acaso a la mujer "sólo a través de mí podrás tú dar la vida"? ¿No la condena, acaso, al encierro, degradándola y avergonzándola si ella se rehusa a comprar su derecho a la maternidad vendiéndose a sí misma? ¿No autoriza el matrimonio la maternidad sólo a través suyo, incluso si la concepción tiene lugar en situaciones de odio u opresión? Con todo, aún si la maternidad fuese el resultado de la libre elección, del amor, del extremo placer, de una pasión insolente, ¿no termina poniendo una corona de espinas sobre una inocente cabeza y grabando con letras de sangre el horrible epíteto, bastardo? Aún si el matrimonio diera cabida a todas las virtudes que pretendidamente se le atribuyen, sus delitos contra la maternidad lo excluirían para siempre del reino del amor.

El amor, el más fuerte y más profundo elemento en toda vida, heraldo de la esperanza, de la felicidad, del éxtasis; el amor, transgresor de toda ley, de toda convención; el amor, el más libre, la impronta más poderosa del destino humano; ¿cómo puede una fuerza tan irresistible ser sinónimo de ese precario e insignificante hierbajo engendrado por el Estado y la Iglesia, el matrimonio?

¿Amor libre? ¡Cómo si el amor pudiese otra cosa que no fuese libre! El hombre ha comprado cerebros, pero ni todos los millones del mundo han podido comprar amor. El hombre ha sojuzgado cuerpos, pero ni todo el poder en la tierra ha podido sojuzgar el amor. El hombre ha conquistado naciones enteras, pero ni todos sus ejércitos podrían conquistar el amor. El hombre ha encadenado y puesto grilletes al espíritu, pero se ha visto totalmente indefenso ante el amor. En lo alto de un trono, con todo el esplendor y la pompa que sus riquezas le puedan ofrecer, el hombre estará pobre y abatido, si el amor lo pasa por alto. Y si llegara a quedarse, la más pobre chabola resplandecerá de calidez, vida y color. Es que el amor tiene el mágico poder de hacer rey a un vagabundo. Sí, el amor es libre, en ninguna otra atmósfera puede habitar. En libertad se da a sí mismo sin reservas, generosamente, totalmente. Todas las leyes de los estatutos, todas las cortes del universo, no podrán desterrarlo una vez que el amor ha echado raíces. Pero, si ocurriese que el suelo fuera infértil, ¿cómo podría el matrimonio hacerle dar frutos? Es como la última lucha desesperada de la vida fugaz contra la muerte.

El amor no necesita protección; él es su propia protección. En la medida en que sea el amor el que engendre vida, no habrá niños abandonados, ni hambrientos, ni faltos de afecto. Yo sé que esto es verdad. Conozco mujeres que han tenido hijos en libertad del hombre que amaban. Hay pocos niños nacidos en el matrimonio que disfrutan del cuidado, la protección, la devoción que una maternidad libre puede ofrecerles.

Los defensores de la autoridad temen el advenimiento de una maternidad libre, porque les quitará su presa. ¿Quién va a luchar en las guerras? ¿Quién va a generar riquezas? ¿Quién va a hacer de policía, de carcelero, si las mujeres se negaran a criar hijas en forma indiscriminada? ¡La estirpe, la estirpe! grita el rey, el presidente, el capitalista, el cura. La estirpe debe ser preservada, aunque la mujer se vea degradada a la condición de mera máquina…. Y la institución matrimonial es nuestra única válvula de seguridad ante el despertar sexual de la mujer. Pero estos esfuerzos desesperados por mantener el estado de servidumbre no darán resultado. Vanas serán también las proclamas de la Iglesia, los fanáticos ataques de los gobernantes, vano incluso el brazo de la ley. La mujer no quiere ser más cómplice en la producción de una estirpe de seres humanos enfermizos, débiles, decrépitos, desgraciados que no tienen la fuerza ni el coraje moral para liberarse del yugo de la pobreza y la esclavitud. Desea, en cambio, menos y mejores hijos, engendrados y criados en el amor, a partir de una decisión libre; no obligada, como lo impone el matrimonio. Nuestros pseudo moralistas todavía tienen que aprender el sentido profundo de responsabilidad hacia el hijo que el amor en libertad ha despertado en el seno de la mujer, que incluso preferiría renunciar para siempre a la gloria de la maternidad antes que dar vida en una atmósfera en que sólo se respira destrucción y muerte. Y si decide ser madre, será para entregarle al hijo lo más entrañable y mejor que su ser pueda ofrecer. Desarrollarse con el hijo será su máxima; sabe bien que sólo de esa manera podrá ayudar a construir auténticos hombres y mujeres.

En el retrato que, con pinceladas maestras, hace de la Sra. Alving, Ibsen debe haber tenido en mente la idea de una madre libre. Ella era la madre ideal porque había superado el matrimonio y todos sus horrores, porque había roto sus cadenas y liberado su espíritu para que renaciera y retornase en una personalidad, regenerada y fuerte. Ay! Fue demasiado tarde para poder salvar la alegría de su vida, su Oswald; pero no lo fue tanto como para darse cuenta de que el amor en libertad es la única condición para vivir una vida plena. Aquél que, como la Sra. Alving, ha debido pagar con lágrimas y sangre por su despertar espiritual, repudiará el matrimonio como una imposición, una banalidad, una burla vacía. Sabrá, bien sea que el amor dure un brevísimo lapso de tiempo o por toda la eternidad, que es la única base creativa, inspiradora, elevadora, para una nueva estirpe, un nuevo mundo.

En nuestra jibarizada condición presente, el amor es realmente un desconocido para la mayoría de la gente. Mal comprendido y esquivo, rara vez echa raíces; y si lo hace, muy pronto se marchita y muere. Su delicadeza no puede soportar no soporta el estrés y la tensión del trajín cotidiano. Su alma es demasiado compleja para adaptarse a la fangosa trama de nuestro tejido social. Llora, gime y se lamenta con aquellos que lo necesitan, pero no están capacitados para ascender a la cima del amor.

Algún día, algún día, hombres y mujeres ascenderán, alcanzarán la cima de la montaña, allí se reunirán grandes, fuertes y libres, dispuestos a recibir, a participar y a bañarse en los dorados rayos del amor. Qué fantasía, qué imaginación, qué genio poético podría prever, aunque fuese sólo aproximadamente, las potencialidades de una fuerza tal en la vida de hombres y mujeres. Si el mundo alguna vez diese a luz a lo que es una auténtica camaradería y unidad, el padre será el amor, nunca el matrimonio.

"La hipocresía del puritanismo" x Emma Goldman

Hablando del puritanismo respecto al arte, Mr. Gutzon Borglum ha dicho:

El puritanismo nos ha hecho tan estrechos de mente y de tal modo hipócritas y ello por tan largo tiempo, que la sinceridad, asi como la aceptación de los impulsos más naturales en nosotros han sido completamente desterrados con el consecuente resultado que ya no pudo haber verdad alguna, ni en los individuos ni en el arte.

Mr. Borglum pudo añadir que el puritanismo hizo también imposible e intolerable la vida misma. Esta, más que el arte, más que la estética, representa la belleza en sus miles cambiantes y variaciones es, en realidad, un gigantesco panorama en mudanza continua. Y el puritanismo, al contrario, fijó una concepción de vida inamovible; se basa en la idea calvinista, por la cual la existencia es una maldición que se nos impuso por mandato de Dios. Con la finalidad de redimirse, la criatura humana ha de penar constantemente, deberá repudiar todo lo que le es natural, todo sano impulso, volviéndole la espalda a la belleza y a la alegría.

El puritanismo inauguró su reinado de terror en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII, destruyendo y persiguiendo toda manifestación de arte y cultura. Ha sido el espíritu del puritanismo el que le robó a Shelley sus hijos porque no quiso inclinarse ante los dictados de la religión. Fue la misma estrechez espiritual que enemistó a Byron con su tierra natal; porque el genio supo rebelarse contra la monotonía, la vulgaridad y la pequeñez de su país. Ha sido también el puritanismo el que forzó a algunas mujeres libres de Inglaterra a incurrir en la mentira convencional del matrimonio: Mary Wollstonecraft, luego, George Elliot. Y más recientemente también exigió otra víctima: Oscar Wilde. En efecto, el puritanismo no cesó nunca de ser el facto más pernicioso en los dominios de John Bull, actuando como censor en las expresiones artísticas de su pueblo, estampando su consentimiento solamente cuando se trataba de la respetable vulgaridad de la mediocracia.

Y es por eso que el depurado británico Jingoísmo (o sea, la belicosidad puritana), ha señalado a Norteamérica como uno de los países donde se refugió el provincialismo puritano. Es una gran verdad que nuestra vida ha sido infectada por el puritanismo, el cual está matando todo lo que es natural y sano en nuestros impulsos. Pero también es verdad que a Inglaterra debemos el haber transplantado a nuestro suelo esa aborrecible doctrina espiritual. Nos fue legada por nuestros abuelos, los peregrinos del Mayflower. Huyendo de la persecución y de la opresión, la fama de los padres peregrinos hizo que se estableciera en el Nuevo Mundo el reinado puritano de la tiranía y el crimen. La historia de Nueva Inglaterra y especialmente de Massachusetts, está llena de horrores que convirtieron la vida en tinieblas, la alegría en desesperación, lo natural en morbosa enfermedad, y la honestidad y la verdad en odiosas mentiras e hipocresías. Emplumar vivas las víctimas con alquitrán, así como condenarlas al escarnio público de los azotes, como otras tantas formas de torturas y suplicios, fueron los métodos ingleses puestos en práctica para purificar a Norteamerica.

Boston, ahora una ciudad culta, ha pasado a la historia de los anales del puritanismo, como La Ciudad Sangrienta. Rivalizó con Salem, en su cruel persecución a las opiniones heréticas religiosas. Una mujer medio desnuda, con su bebé en brazos, fue azotada en público por el supuesto delito de abusar de la libertad de palabra; en el mismo lugar se ahorcó a una mujer cuáquera, Mary Dyer, en 1657. En efecto, Boston ha sido teatro de muchos crímenes horribles cometidos por el puritanismo. Salem, en el verano de 1692, mató ochenta personas acusadas del imaginario delito de brujeria. Como bien dijo Canning: Los peregrinos del Mayflower infectaron el Nuevo Mundo para enderezar los entuertos del Viejo. Los actos vandálicos y los horrores de ese periodo hallaron su suprema expresión en uno de los clásicos norteamericanos: The Scarlet Letter.

El puritanismo ya no emplea el torniquete y la mordaza, pero sigue manteniendo una influencia cada vez más deletérea, perniciosa, en la mentalidad norteamericana. Ninguna palabra podrá explicar, por ejemplo, el poder omnímodo de Comstock. Lo mismo que el Torquemada de los días sombríos de la inquisición, Comstock es el autócrata de nuestra morai o morales; dicta los cánones de lo bueno y de lo malo, de la pureza y del vicio. Como un ladrón en la noche, se desliza en la vida privada de las personas, espiando sus intimidades más recatadas. El sistema de espionaje implantado por este hombre supera en desvergüenza a la infame tercera división de la policía secreta rusa. ¿Cómo puede tolerar la opinión pública semejante ultraje a sus libertades públicas y privadas? Simplemente porque Comstock es la grosera expresión del puritanismo que se injertó en la sangre anglosajona, y aun los más avanzados liberales no han podido emanciparse de esta triste herencia esclavizadora. Los cortos de entendimiento y las principales figuras de Young Men's and Women's Christian Temperance Unions, Purity League, American Sabbath Unions y el Prohibition Party, con su patrono y santón Anthony Comstock, son los sepultureros del arte y de la cultura norteamericana.

Europa por lo menos puede jactarse de poseer cierta valentía en sus movimientos literarios y artísticos, los que en sus múltiples manifestaciones trataron de ahondar los problemas sociales y sexuales de nuestro tiempo, ejerciendo una severa critica acerca de todas nuestras indudables fallas. Con el bisturí del cirujano ha disecado la carcasa del puritanismo, intentando despejar el camino para que los hombres, descargados del peso muerto del pasado, puedan marchar un poco más libremente. Mas aquí el puritanismo es un constante freno, una insistente traba que desvía, deforma la vida norteamericana, en la cual no puede germinar la verdad, ni la sinceridad. Nada más que sordidez y mediocridad dicta la humana conducta, coartando la naturalidad de las expresiones, sofocando nuestros más nobles y bellos impulsos. El puritanismo del siglo XX sigue siendo el peor enemigo de la libertad y de la belleza, como cuando por primera vez desembarcó en Plimouth Rock. Repudia como algo vil y pecaminoso nuestros más profundos sentimientos; pero siendo él sordo y ciego a las armoniosas funciones de las emociones humanas, es el creador de los vicios más inexplicables y sádicos.

La historia entera del ascetismo religioso prueba esta verdad irrebatible. La Iglesia, así como la doctrina puritana, ha combatido la carne como un mal y la quiso domeñar a toda costa. El resultado de esta malsana actitud ha compenetrado ya la mentalidad de los pensadores y educacionistas modernos, quienes han reaccionado contra ella. Han comprendido que la desnudez humana posee un valor incomparable, tanto físico como espiritual; aleja con su influencia la natural curiosidad maliciosa de los jóvenes y actúa sobre ellos como un preventivo contra el sensualismo y las emociones mórbidas. Es también una inspiración para los adultos, quienes crecieron sin satisfacer esa juvenil curiosidad. Además, la visión de la esencia de la eterna forma humana, lo que hay de más cerca a nosotros en el mundo, con vigor, su belleza y gracia, es uno de los más portentosos tónicos de esta vida (The psicology of sex). Pero el espíritu del puritanismo ha pervertido de tal manera la imaginación de la gente, que ella ha perdido ya su frescura de sentimientos para apreciar la belleza del desnudo, obligándonos a ocultarlo con el pretexto de la castidad. Y todavía la castidad misma no es más que una imposición artificial a la naturaleza, evidenciando una falsa vergüenza cuando hemos de exhibir la desnudez de la forma humana. La idea moderna de la castidad, en especial respecto a las mujeres, no es más que la sensual exageración de las pasiones naturales. La castidad varía según la cantidad de ropa que se lleva encima, y de ahí que un purista cristiano procura cubrir el fuego interior, su paganismo, con muchos trapos, y en seguida se ha de convertir en puro y casto.

El puritanismo, con su visión pervertida tocante a las funciones del cuerpo humano, particularmente a la mujer la condenó a la soltería, o a la procreación sin discernir si produce razas enfermas o taradas, o a la prostitución. La enormidad de este crimen de lesa humanidad aparece a la vista cuando se toman en cuenta los resultados. A la mujer célibe se le impone una absoluta continencia sexual, so pena de pasar por inmoral, o fallida en su honor para toda su existencia; con las inevitables consecuencias de la neurastenia, impotencia y abulia y una gran variedad de trastornos nerviosos que significarán desgano para el trabajo, desvíos ante las alegrías de la vida, constante preocupación de deseos sexuales, insomnios y pesadillas. El arbitrario, nocivo precepto de una total abstinencia sexual por parte de la mujer, explica también la desigualdad mental de ambos sexos. Es lo que cree Freud, que la inferioridad intelectual de la mujer o de muchas mujeres respecto al hombre, se debe a la coacción que se ejerce sobre su pensamiento para reprimir sus manifestaciones sexuales. El puritanismo, habiendo suprimido los naturales deseos sexuales en la soltera, bendice a su hermana la casada con una prolífica fecundidad. En verdad, no sólo la bendice, sino que la obliga, frágil y delicada por la anterior continencia, a tener familia sin consideración a su debilidad física o a sus precarias condiciones económicas para sostener muchos hijos. Los métodos preventivos para regular la fecundidad femenina, aun los más seguros y científicos, son absolutamente prohibidos; y aun la sola mención de ellos podrá atraer a auien los enuncie el calificativo de criminal.

Gracias a este tiránico principio del puritanismo, la mayoría de las mujeres se hallan en el extremo límite de sus fuerzas físicas. Enfermas, agotadas, se encuentran completamente inhabilitadas para proporcionar el más elemental cuidado a sus hijos. Añadido esto a la tirantez económica, impele a una infinidad de mujeres a correr cualquier riesgo antes que seguir dando a luz. La costumbre de provocar los abortos ha alcanzado tan grandes proporciones en Norteamérica, que es algo increíble. Según las investigaciones realizadas en este sentido, se producen diecisiete abortos cada cien embarazos. Este alarmante porcentaje comprende sólo lo que llega al conocimiento de los facultativos. Sabiendo con qué secreto debe desenvolverse necesariamente esta actividad y el fatal corolario de la inexperiencia profesional con que se llevan a cabo estas operaciones clandestinas, el puritanismo sigue segando miles de víctimas por causa de su estupidez e hipocresía.

La prostitución, no obstante se le dé caza, se la encarcele y se le cargue de cadenas, es a pesar de todo un producto natural y un gran triunfo del puritanismo. Es uno de los niños más mimados de la bigotería devota. La prostituta es la furia de este siglo que pasa por los países civilizados como huracán que siembra por doquier enfermedades asquerosas en devastación mortífera. El único remedio que el puritanismo ofrece para este su hijo malcriado es una intensa represión y una más despiadada persecusión. El último desmán sobre este asunto ha sido la Ley Page, que impuso al estado de Nueva York el último crimen de Europa, es decir, la libreta de identidad para estas infortunadas víctimas del puritanismo. De igual manera busca la ocultación del terrible morbo -su propia creación-, las enfermedades venéneas. Lo más desalentador de todo esto, fue la obtusa estrechez de este espíritu que llegó a emponzoñar a los llamados liberales, cegándoles para que se uniesen a la cruzada contra esta cosa nacida de la hipocresía del puritanismo, la prostitución y sus resultados. En su cobarde miopía se rehusa a ver cuál es el verdadero método de prevención, el que puede consistir en esta simple declaración: Las enfermedades venéreas no son cosas misteriosas, ni terribles, ni son tampoco el castigo contra la carne pecadora, ni una especie de vergonzoso mal blandido por la maldición puritana, sino una enfermedad como otra que puede ser tratada y curada. Por este régimen de subterfugios, de disimulo, el puritanismo ha favorecido las condiciones para el aumento y el desarrollo de estas enfermedades. Su mojigatería se ha puesto al desnudo más que nunca debido a su insensata actitud respecto al descubrimiento del profesor Ehrlich, y cuya indecible hipocresía intenta echar una suerte de velo sobre la importante cura de la sífilis, con la vaga alusión de que es un remedio para cierto veneno.

Su ilimitada capacidad para hacer el mal tiene por causa su atrincheramiento tras del Estado y las leyes. Pretendiendo salvaguardar a la gente de los grandes pecados de la inmoralidad, se ha infiltrado en la maquinaria del gobierno, y añadió a su usurpación del puesto de guardián de la moralidad, que le correspondía a la censura legal, la fiscalización de nuestros sentimientos y aun de nuestra propia conducta privada.

El arte, la literatura, el teatro y la intimidad de la correspondencia privada se hallan a merced de este tirano. Anthony Comstock u otro policía igualmente ignorante, retiene el poder de profanar el genio, de pisotear y mutilar las sublimes creaciones de la naturaleza humana. Los libros que tratan e intentan dilucidar las cuestiones más vitales de nuestra existencia, los que procuran iluminar con su verbo los oscuros y peligrosos problemas del vivir contemporáneo, son tratados como tantos delitos cometidos; y sus infortunados autores arrojados a la cárcel, o sumidos en la desesperación y la muerte.

Ni en los dominios del zar se ultraja tan frecuentemente y con tal extensión las libertades personales como en los Estados Unidos, la fortaleza de los eunucos puritanos. Aquí el solo día de fiesta, de expansión, de recreo, el sábado se ha hecho odioso y completamente antipático. Todos los autores que escribieron sobre las costumbres primitivas han convenido que el sábado fue el día de las festividades, libre de enojosos deberes, un día de regocijo y de alegría general.

En todos los países de Europa esta tradición sigue aportando algún alivio a la gente, contra la formidable monotonía y la estupidez de la era cristiana. En las grandes ciudades, en todas partes, las salas de conciertos y de variedades, teatros, museos, jardines, se llenan de hombres, de mujeres y de niños, especialmente de trabajadores con sus familias rebosantes de alegría y de nueva vida, olvidados de la rutina y de las preocupaciones de los otros días ordinarios. Y es que en ese día las masas demuestran lo que realmente significa la vida en una sociedad sana, que por el trabajo esclavo y sus sórdidas miras utilitarias, echa a perder todo propósito ennoblecedor.

Y el puritanismo norteamericano le robó a su pueblo, asimismo, ese único día de libre expansión. Naturalmente que los únicos afectados son los trabajadores: nuestros millonarios poseen sus palacios y los suntuosos clubs. Es el pobre el que se halla condenado a la monotonía aburridora del sábado norteamericano. La sociabilidad europea, que se expande alegremente al aire libre, se trueca aquí por la penumbra de la iglesia o de la nauseabunda e inficionada atmósfera de la cantina de campaña, o por el embrutecedor ambiente de los despachos de bebidas. En los estados donde se hallan en vigencia las leyes prohibitivas el pueblo adquiere con sus magras ganancias, licores adulterados y se embriaga en su casa. Como todos bien saben, la ley de prohibición de los alcoholes no es más que una farsa. Esta, como otras empresas e iniciativas del puritanismo, trata solamente de hacer más virulenta la perversión, el mal, en la criatura humana. En ningún sitio se encuentran tantos borrachos como en las ciudades donde rige el régimen prohibitivo. Pero mientras se pueda usar siempre caramelos perfumados para despistar el tufo alcohólico de la hipocresía todo irá bien. Si el propósito ostensible de esa ley prohibitiva es oponerse al expendio de los licores por razones de salud y economía, su espíritu siendo anormal, no hace más que dar resultados anormales creando una vida de anormalidades y de aberración.

Todo estímulo que excita ligeramente la imaginación e intensifica las funciones del espíritu, es necesario, como el aire para el organismo humano. A veces vigoriza el cuerpo y agranda nuestra visión, sobre la fraterna cordialidad universal de los seres humanos. Por otra parte, sin los estimulantes de una forma o de otra es imposible la labor creadora, ni tampoco ese tolerante sentido de la bondad y de la generosidad. El hecho de que algunos hombres de genio hallaron su inspiración en el cáliz de cualquier excitante y abusaron también de ellos, no justifica que el puritanismo intente amordazar toda la gama de las emociones humanas. Un Byron y un Poe activaron de tal modo las fibras más nobles de la Humanidad, que ningún puritano llegará, ni cerca, a realizar ese milagro. Este último le dio a la vida un nuevo sentido y la vistió de colores maravillosos; el primero tornó el agua en sangre viviente y roja; la vulgaridad en belleza y en deslumbrante variedad lo uniforme, lo monótono.

En cambio, el puritanismo, en cualquiera de sus expresiones no es más que un germen ponzoñoso. En la superficie podrá parecer fuerte y vigoroso; pero el veneno, el tóxico letal obrará por dentro, hasta que su entera estructura sea derribada. Todo espíritu libre convendrá con Hipólito Taine en que el puritanismo es la muerte de la cultura, de la filosofía y de la cordialidad social; es la característica de la vulgaridad y de lo tenebroso.

La Mujer Libre x Emma Goldman



El gran defecto de la emancipacion en la actualidad estriba en su inflexibilidad artificial y en su respetabilidad estrecha, que produce en el alma de la mujer un vacio que no deja beber de la fuente de la vida. En una ocasion senhale que parece existir una relacion mas profunda entre la madre y el ama de casa del viejo estilo, aun cuando este dedicada al cuidado de los pequnhos y a procurar la felicidad de los que ama, y la verdadera mujer nueva, que entre esta y el termino medio de sus hermanas emancipadas. Las discipulas de la emancipacion pura y simple pensaron de mi que era una hereje digna de la hoguera. Su ceguera no les dejo ver que mi comparacion entre lo viejo y lo nuevo era simplemente para demostrar que un gran numero de nuestras abuelas tenian mas sangre en las venas, mas humor e ingenio, y, por supuesto, mucha mas naturalidad, buen corazon y sencillez, que la mayoria de nuestras profesionales emancipadas, que llenan los colegios, aulas universitarias y oficinas. Con esto no quiero decir que haya que volver al pasado, ni que condene a la mujer a sus antiguos dominios de la cocina y los hijos.

La salvacion esta en el avance hacia un futuro mas brillante y mas claro. Necesitamos desprendernos sin trabas de las viejas tradiciones y costumbres, y el movimiento en pro de la emancipacion de la mujer no ha dado hasta ahora mas que el primer paso en esa direccion. Hay que esperar que se consolide y realice nuevos avances. El derecho al voto y la igualdad de derechos civiles son reivindicaciones justas, pero la verdadera emancipacion no comienza ni en las urnas ni en los tribunales, sino en el alma de la mujer. La historia nos cuenta que toda clase oprimida obtuvo la verdadera libertad de sus senhores por sus propios esfuerzos. Es preciso que la mujer aprenda esa leccion, que se de cuenta que la libertad llegara donde llegue su capacidad de alcanzarla. Por consiguiente, es mucho mas importante que empiece con su regeneracion interior, que abandone el lastre de los prejuicios, de las tradiciones y de las costumbres. La exigencia de derechos iguales en todos los aspectos de la vida profesional es muy justa, pero, despues de todo, el derecho mas importante es el derecho a amar y ser amada. Por supuesto, si la emancipacion parcial ha de convertirse en una emancipacion completa y autentica de la mujer, debera acabar con la ridicula pretension de que ser amada, convertirse en novia y madre, es sinonimo de esclava o subordinada. Tendra que terminar con el estupido concepto del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la mujer representan dos mundos antagonicos.



La mezquindad separa y la libertad une. Seamos grandes y desprendidas y no olvidemos los asuntos vitales, agobiadas por las pequenheces. Una idea verdaderamente justa de la relacion entre los sexos no admitira los conceptos de conquistador y conquistada; lo unico importante es darse a si mismo sin limites para encontrarse mas rico, mas profundo y mejor. Solamente eso puede llenar el vacio y transformar la tragedia de la mujer emancipada en una alegria sin limites.



// Tomado de la antologia de Irving Horowitz LOS ANARQUISTAS (Vol. 1) // (CORREO A, # 13, p. 19; junio 1990)

Anarquismo: lo que significa realmente x Emma Goldman


ANARQUÍA
Siempre despreciado, maldecido, nunca comprendido
Eres el terror espantoso de nuestra era.
"Naufragio de todo orden", grita la multitud,
"Eres tú y la guerra y el infinito coraje del asesinato."
Oh, deja que lloren. Para esos que nunca han buscado
La Verdad que yace detrás de la palabra,
A ellos la definición correcta de la palabra no les fue dada.
continuarán ciegos entre los ciegos.
Pero tu, Oh palabra, tan clara, tan fuerte, tan pura,
Vos dices todo lo que yo, por meta he tomado.
¡Te entrego al futuro! Tú eres segura.
Cuando uno, por lo menos despertará por sí mismo.
¿Viene en la solana del atardecer? ¿En la emoción de la tempestad?
¡No puedo decirlo--pero ella la tierra podrá ver!
¡Soy un anarquista! Por lo que no reinaré, ¡y tampoco reinado seré!
JOHN HENRY MACKAY.

La historia del desarrollo y crecimiento humano es, a la vez, la historia de la lucha terrible de cada nueva idea anunciando la llegada de un muy brillante amanecer. En su agarre persistente de la tradición, lo Viejo con sus medios más crueles y repugnantes pretende detener el advenimiento de lo Nuevo, cualesquiera sean la forma y el período en que aquel se manifieste. Tampoco necesitamos recaminar nuestros pasos hacia el pasado para darnos cuenta de la enormidad de la oposición, las dificultades y adversidades puestas en el camino de cada idea progresista. La rueca, la tuerca y el azote permanecen con nosotros; al igual que el ajuar del convicto y el coraje social, todos conspirando en contra del espíritu que va marchando serenamente.
El anarquismo no podía tener la esperanza de escapar el destino de todas las demás ideas innovadoras. Por supuesto, como el innovador de espíritu más revolucionario, el Anarquismo necesariamente debe topar con la ignorancia y el envenenado rechazo del mundo que pretende reconstruir.
Para rebatir, aun de manera escueta, con todo lo que se está diciendo y haciendo contra el Anarquismo, sería necesario un volumen entero. Por lo tanto, solamente rebatiré dos de las objeciones principales. Al así hacerlo, trataré de aclarar lo que verdaderamente quiere decir Anarquismo.
El extraño fenómeno de la oposición al Anarquismo es el que trae a la luz la relación entre la llamada inteligencia y la ignorancia. Y aún esto no es tan extraño, cuando consideramos la relatividad de las cosas. La masa ignorante tiene a su favor que no pretende simular conocimiento o tolerancia. Actuando, como hace siempre, por puro impulso, sus razonamientos son como los de los niños. "¿Por qué?" "Porque sí." Aún así, la oposición del no educado hacia el Anarquismo merece la misma consideración que la del hombre inteligente.
¿Cuáles son las objeciones entonces? Primero, el Anarquismo es impráctico, aunque sea un ideal precioso. Segundo, ambos el hombre inteligente y la masa ignorante no pasan juicio luego de un amplio estudio del tema, sino de lo que escuchan o de una interpretación falsa.
¿Cuáles son, pues, las objeciones? Primero, el Anarquismo no es práctico, aunque sea una idea muy atrayente. En segundo lugar, el Anarquismo equivale a violencia y destrucción, por lo que debe ser rechazado por vil y peligroso. Tanto el hombre inteligente como la masa ignorante juzgan no a partir de un conocimiento profundo del tema, sino de rumores o falsas interpretaciones.
Un esquema práctico, dice Oscar Wilde, es uno que ya tiene existencia, o una forma que podría llevarse a cabo bajo las condiciones existentes; pero son-exactamente esas condiciones que uno objeta y cualquier propósito que pudiese aceptarlas necesariamente es incorrecto y una locura. El verdadero criterio de lo práctico, por lo tanto, no es si puede mantener intacto lo incorrecto e imprudente; hasta cierto punto consiste en averiguar si el esquema tiene la vitalidad suficiente para abandonar, dejar atrás las aguas estancadas de lo viejo y edificar, al igual que mantener, una nueva vida. A la luz de esta concepción, el Anarquismo es definitivamente práctico. Más que ninguna otra idea, es de ayuda acabar con lo equívoco e irracional; más que ninguna otra idea, está edificando y manteniendo nueva vida.
Las emociones del hombre ignorante se ven continuamente aplacadas por las historias sangrientas del Anarquismo. Nada hay demasiado ofensivo para ser aplicado en contra de esta filosofía y sus oponentes. Por lo tanto el Anarquismo representa para el no-pensante, lo que el proverbial malvado, hace al niño,--un monstruo obscuro empeñado en tragarlo todo; en pocas palabras, destrucción y violencia.
¡Destrucción y violencia! ¿Cómo va a saber el hombre ordinario, que el elemento más violento en la sociedad es la ignorancia; que su poder de destrucción es justamente lo que el Anarquismo está combatiendo? Tampoco, no está al tanto de que el Anarquismo, cuyas raíces, como fuesen, son parte de las fuerzas naturales, destruyen, no células saludables, sino el crecimiento parasítico, que se nutre de la misma esencia de la vida social. Está meramente librando el suelo de yerbajos y arbustos para eventualmente producir fruta saludable. Alguien ha dicho que se requiere menos esfuerzo mental para condenar, que lo que se requiere, para pensar. La indolencia mental esparcida mundialmente, tan prevaleciente en la sociedad nos prueba una vez más que este hecho es demasiado cierto. En vez de ir al significado de cualquier idea dada, para examinar su origen y razón de ser; la mayoría de las personas, la condenarán enteramente, o dependerán de definiciones de aspectos no esenciales superficiales o llenas de prejuicios.
El Anarquismo reta al hombre a pensar, a investigar, a analizar cada proposición; pero para no abrumar al lector medio también comenzaré con una definición y luego elaboraré sobre lo último.
ANARQUISMO:--La filosofía de un nuevo orden social basado en la libertad sin restricción, hecha de la ley del hombre; la teoría que todos los gobiernos descansan sobre la violencia y por lo tanto son equívocos y peligrosos, al igual que innecesarios.
El nuevo orden social descansa, por supuesto, en la base materialista de la vida, pero mientras todos los Anarquistas concuerdan en que el mal actual es uno económico; mantienen que la solución a esa maldad puede conseguirse solamente bajo la consideración de cada fase de la vida, --individual, al igual que colectiva; la interna, al igual que la fase externa.
Un escrutinio a fondo de la historia del desarrollo humano descubrirá dos elementos en un agrio conflicto el uno contra el otro, elementos que ahora comienzan a ser entendidos, no como extranjeros entre sí, pero estrechamente relacionados y verdaderamente armoniosos, si son colocados en ambientes propios: de los instintos individuales y los sociales. El individuo y la sociedad han mantenido una guerra persistente y sangrienta por la supremacía, porque cada uno estaba ciego ante el valor y la importancia del otro. Los instintos individuales y sociales; el primero, el factor más poderoso para la iniciativa individual, su crecimiento, sus aspiraciones y auto-realización; el segundo, un factor igualmente importante para la ayuda mutua y el bienestar social.
No se está lejos de encontrar explicación a la tormenta desatada dentro del individuo, y entre éste y su entorno. El hombre primitivo, incapaz de entender su ser, menos aún la unidad de toda la vida, se siente absolutamente dependiente de fuerzas ciegas y escondidas, siempre listas para burlarse y ridiculizarle. De esas actitudes crecieron los conceptos religiosos del hombre, como una mera partícula de polvo, dependiente en los poderes supremos elevados que sólo pueden se aplacados a través de la sumisión a su voluntad. Todas las sagas tempranas sobre esa idea, que continúan siendo el Leitmotiv de las historias bíblicas, bregando con la relación del hombre con Dios, con el Estado y con la sociedad. Otra vez el mismo motivo, el hombre es nada, los poderes son todo. Entonces, Jehová solamente tolerará al hombre que manifiesta la condición de entrega completa. El hombre puede tener todas las glorias de la tierra. El Estado, la Sociedad, y las Leyes Morales, todas cantan el mismo refrán: El hombre puede tener todas las glorias de la tierra, pero no podrá ser consciente de sí mismo.
El Anarquismo es la única filosofía que devuelve al hombre la consciencia de sí mismo, la cual mantiene que Dios, el Estado y la Sociedad no existen, que sus promesas son vacías y sin valor, ya que pueden ser logradas sólo a través de la subordinación del hombre. El Anarquismo, por lo tanto, es el maestro de la unidad de la vida, no meramente en la naturaleza, sino también en el hombre. No hay conflicto entre los instintos sociales e individuales, no más de los que existen entre el corazón y los pulmones: el uno, el receptáculo de la esencia de la preciosa vida; y el otro, el almacén del elemento que mantiene la esencia pura y fuerte. El individuo es el corazón de la sociedad, conservando la esencia de la vida social; la sociedad es el pulmón que está distribuyendo el elemento para mantener la esencia de vida--es decir, al individuo--puro y fuerte.
"La única cosa de valor en el mundo," dice Emerson, "es el alma activa; a la cual todo hombre tiene dentro de sí. El alma activa ve la verdad absoluta y la proclama y la crea". "En otras palabras, el instinto individual es la cosa de valor en el mundo. Es el alma verdadera la que visualiza y crea la vida de la verdad, del cual saldrá una mayor verdad, el alma social renacida.
El Anarquismo es el gran libertador del hombre, sin coma de los fantasmas que lo han tenido cautivo; es el árbitro y pacificador de las dos fuerzas para la armonía individual y social. Para lograr esa unidad, el Anarquismo le ha declarado la guerra a las influencias perniciosas, las cuales, hasta ahora, han impedido la armoniosa unidad de los instintos individuales y sociales.
La Religión, el dominio de la mente humana; la Propiedad, el dominio de las necesidades humanas; el Gobierno, el dominio de la conducta humana, representan el baluarte de la esclavitud del hombre y los horrores que le exige. ¡La Religión! Cómo domina la mente humana, cómo humilla y degrada el alma. Dios es el todo, el hombre es nada dice la religión. Pero, de esa nada, Dios ha creado un reino tan déspota, tan tirano, tan cruel, tan terrible, que nada que no sea desastre, lágrimas y sangre han reinado el mundo desde que los dioses comenzaron. El Anarquismo impulsa al hombre a la rebelión en contra de este monstruo negro. Rompe tus cadenas mentales; le dice el Anarquismo al hombre, porque, no va a ser hasta que tú pienses y juzgues por ti mismo, que saldrás del dominio de la obscuridad, el mayor obstáculo para todo progreso.
La Propiedad, el dominio de las necesidades del hombre, la negación del derecho de satisfacer sus necesidades. El Tiempo nació cuando la propiedad reclamó su derecho divino, cuando vino hacia el hombre con el mismo refrán, igual que la religión, "¡Sacrifícate! ¡Abniégate! ¡Entrégate!" El espíritu del Anarquismo ha elevado al hombre de su posición postrada. Ahora está de pie, su faz hacia la luz. Ha aprendido a ver la insaciable, devoradora y devastadora naturaleza de la propiedad y está preparándose para darle el golpe de muerte al monstruo.
"La propiedad privada es un robo," dijo el gran anarquista francés Proudhon. Sí, pero sin riesgo y peligro para el ladrón. Monopolizando los esfuerzos acumulados por el hombre, la propiedad le ha desposeído de su derecho de nacimiento tornándole en un indigente y un paria. La propiedad ni siquiera posee la excusa tan gastada de que el hombre no crea lo suficiente para satisfacer sus necesidades. Apenas aprendido el ABC de la economía, los estudiantes ya saben que la productividad del trabajo, durante las últimas décadas, excede por mucho la demanda normal. Pero, ¿qué son demandas normales para una institución anormal? La única demanda que la propiedad reconoce es su propio apetito glotónico para mayor riqueza, porque riqueza significa poder, el poder de someter, de aplastar, de explotar, el poder de esclavizar, de ultrajar y degradar. América se muestra particularmente jactanciosa de su gran poder, su enorme riqueza nacional. Pobre América, ¿de que vale toda su riqueza, si los individuos que la componen son miserablemente pobres? Viviendo en la asquerosidad, en la suciedad y el crimen; perdida la esperanza y la alegría, deambula un ejército desterrado de presas humanas sin hogar.
Generalmente se considera que, a menos que las ganancias de cualquier negocio excedan su costo, la bancarrota es inevitable. Pero, aquellos comprometidos en el negocio de producir riqueza no han aprendido ni esta simple lección. Cada año el costo de la producción en la vida humana está creciendo más (50,000 asesinados, 100,000 heridos en América el año pasado); las ganancias para las masas, que ayudan a crear la riqueza, se están reduciendo aún más. Todavía América continúa ciega a la bancarrota inevitable de nuestro negocio de producción. Ni es éste el único crimen de éstos. Todavía más fatal aún es el crimen de convertir al productor en un mero engranaje de una máquina, con menos deseo y decisión que su organizador de acero y hierro. Al hombre no sólo le están robando los productos de su labor, sino también el poder de la libre iniciativa, de la originalidad y el interés en o el deseo por las cosas que está haciendo.
La verdadera riqueza consiste en objetos de utilidad y belleza, en cosas que ayuden a crear cuerpos fuertes y preciosos y alrededores que inspiren a la vida. Pero si el hombre está condenado a enrolar algodón alrededor de la rueca, o cavar carbón durante toda su vida, no puede hablarse en ningún caso de riqueza. Lo que da al mundo son solo cosas grises y asquerosas, reflejo de su aburrida y odiosa existencia,--muy débil para vivir, muy cobarde para morir. Suena extraño el decirlo, pero hay personas que ensalzan el mortal método de la producción centralizada es el logro de más orgullo de nuestra era. Éstos fallan absolutamente, al no enterarse, de que si continuamos con esta docilidad mecánica, nuestra esclavitud será más completa que lo que fue nuestra unión al Rey. Ellos no quieren saber, que la centralización no es sólo el toque de muertos de la libertad, pero también de la salud y la belleza, del arte y la ciencia, todas estas siendo imposibles en una atmósfera mecánica parecida a un reloj.
El Anarquismo no puede sino repudiar tal método de producción: su meta es la expresión más libre posible de todos los talentos del individuo. Oscar Wilde define una personalidad perfecta como "una que se desarrolla bajo condiciones perfectas, que no ha sido herida, mutilada ni ha estado en peligro." Una personalidad perfecta, entonces, sólo es posible en un estado de la sociedad, donde el hombre sea libre de escoger el modo de trabajo, las condiciones de trabajo y la libertad para trabajar.
Una, para quien la fabricación de una mesa, o la preparación de la tierra, es como la pintura para el artista y el descubrimiento para el científico,--el resultado de inspiración, de intenso deseo y un interés profundo en el trabajo como una fuerza creativa. Siendo ese el ideal del Anarquismo, la organización económica debe consistir en la producción voluntaria y asociaciones distributivas, gradualmente desarrollándose en comunismo libre, como el mejor medio de producción, con el menor de energía humana. Aunque el Anarquismo también reconoce el derecho del individuo, o números de individuos, para acomodar todo el tiempo otras formas de trabajo, en armonía con sus gustos y deseos.
Tal exhibición libre de energía humana es posible sólo bajo la libertad completa, individual y social. El Anarquismo dirige sus fuerzas en contra del tercer y mayor enemigo de toda equidad social, esto es, el Estado, la autoridad organizada o ley estatuaria,--el dominio de la conducta humana.
Igual que la religión ha encadenado la mente humana y como la propiedad, o el monopolio de las cosas, ha conquistado y ahogado las necesidades humanas, el Estado ha esclavizado su espíritu, dictando cada fase de conducta. "Todo el gobierno en esencia," dice Emerson, "es tiranía." Sin importar si es gobierno por derecho divino o regla de mayoría. En cada instancia su meta es la subordinación absoluta del individuo.
Refiriéndose al gobierno Norteamericano, el gran Anarquista americano, David Thoreau, dijo: "el Gobierno, qué es sino tradición, aunque una reciente, tentando para transmitirse intacto a la posteridad, pero cada instante perdiendo su integridad; éste no tiene la vitalidad y fuerza de un sencillo hombre viviente. La Ley nunca hizo al hombre ni un poco más justo y por su medio de respeto hacia ésa, hasta los bien dispuestos son diariamente convertidos en agentes de la injusticia."
Ciertamente, lo crucial del gobierno es la injusticia. Con la arrogancia y suficiencia-propia del Rey, el cual no podía hacer el mal, los gobiernos ordenan, juzgan, condenan y castigan las ofensas más insignificantes, mientras, manteniéndose gracias a la más grande de las ofensas, la erradicación de la libertad individual. Por lo tanto, Ouida está en lo cierto, cuando ella mantiene que "el Estado sólo busca inculcar las cualidades necesarias en el público por las cuales sus demandas sean obedecidas y sus arcas se vean repletas. Su mayor logro es la reducción del ser humano a un mero mecanismo de relojería.
En su atmósfera, todas esas libertades finas y más delicadas, que requieren tratamiento y una expansión espaciosa, inevitablemente se secan y mueren. El Estado requiere una máquina paga impuestos, en la cual no hay marcha atrás, un fisco sin déficit; un público monótono, obediente, sin color, sin espíritu, moviéndose humildemente, como un rebaño de ovejas en un camino alto y recto entre dos paredes."
Pero, hasta un rebaño de ovejas resistiría la vana sutileza del Estado, sino fuera por los métodos opresivos, tiránicos y corruptos que utiliza para servirse de sus propósitos. Por lo tanto, Bakunin repudia el Estado, le ve como sinónimo de la entrega de la libertad del individuo o de las pequeñas minorías,--la destrucción de la relación social, la restricción, o hasta la completa negación, de la vida misma, para su engrandecimiento. El Estado es el altar de la libertad política y como el altar religioso, es mantenido para el propósito del sacrificio humano.
De hecho, no hay casi ningún pensador moderno que no concuerde que el gobierno, la autoridad organizada, o el Estado son únicamente necesarios para mantener o proteger la propiedad y el monopolio. Sólo se ha mostrado eficiente en esa función.
Hasta George Bernard Shaw, quien aún cree en un posible milagro del Estado bajo el Fabianismo, aunque admite que "este es al presente, una inmensa máquina para robar y esclavizar al pobre con la fuerza bruta." Siendo éste el caso es difícil entender, porqué el inteligente introductor desea mantener el Estado después que la pobreza cese de existir.
Desafortunadamente, todavía hay un número de personas que continúan con la fatal creencia de que el gobierno descansa sobre leyes naturales, que éstas mantienen el orden social y la armonía, que disminuye el crimen y que previene que el hombre vago engañe a sus semejantes. Por lo tanto, examinaré este argumento...
Una ley natural es ese factor en el hombre, el cual se afirma a sí mismo libremente y espontáneamente, sin alguna fuerza externa, en armonía con los requisitos de la naturaleza. Por ejemplo, la demanda de nutrición, de gratificación sexual, de luz, de aire y ejercicio es una ley natural. Pero, su expresión no necesita la maquinaria del gobierno, ni tampoco del club, la pistola, las esposas o la prisión. Obedecer tales leyes, si podemos llamarle obediencia, requiere solamente espontaneidad y una oportunidad libre. Que los gobiernos no se mantienen a sí mismos a través de tales factores armoniosos, se prueba con las terribles demostraciones de violencia, fuerza y coerción que usan todos los gobiernos para poder vivir. Por lo tanto, Blackstone está correcto cuando dice, "Las leyes humanas son inválidas, porque éstas son contrarias a las leyes de la naturaleza."
A menos que sea el orden que se produjo en Varsovia luego de la matanza de miles de personas, es difícil atribuir a los gobiernos la capacidad para el orden o la armonía social. El orden derivado de la sumisión y mantenido con terror poca seguridad garantiza, aunque ese es el único "orden" que los gobiernos han mantenido. La verdadera armonía social crece naturalmente de la solidaridad de intereses. En una sociedad donde esos que siempre trabajan nunca disponen de nada, mientras esos que nunca trabajan disfrutan de todo, la solidaridad de los intereses no existe, de aquí que la armonía social sea un mito. La única forma en que la autoridad organizada enfrenta esta situación grave es extendiendo todavía más los privilegios a esos que han monopolizado la tierra y esclavizando aún más a las masas desheredadas. De esta manera, el arsenal entero del gobierno--leyes, policía, soldados, las cortes, legislaturas, prisiones,--está acérrimamente involucrado en "armonizar" los elementos más antagónicos de la sociedad.
La más absurda excusa para la autoridad y la ley es que sirven para disminuir el crimen. Aparte del hecho de que el Estado es en sí mismo el más grande criminal, rompiendo toda ley escrita y natural, robando en la forma de impuestos, asesinando en la forma de guerra y pena capital, ha llegado a verse completamente superado en su lucha contra el crimen. Ha fallado totalmente en destruir o tan siquiera minimizar el terrible azote de su propia creación.
El Crimen no es nada más que energía mal dirigida. Mientras cada institución de hoy día, económica, política, social y moral, conspire para dirigir erradamente la energía humana por canales equívocos; mientras la mayoría de las personas estén fuera de lugar, haciendo las cosas que odian hacer, viviendo una vida que aborrecen vivir, el crimen será inevitable y todas las leyes en los estatutos solamente pueden aumentar, pero nunca terminar con el crimen. Qué sabe la sociedad, como existe hoy día, del proceso de la desesperación, de la pobreza, de los horrores, de la pusilánime lucha que pasa el alma humana en su camino hacia el crimen y la corrupción. Quién conoce este proceso terrible no puede dejar de ver la verdad en estas palabras de Peter Kropotkin:
"Esos que calcularán el balance entre los beneficios atribuidos a la ley y el castigo y el efecto degradante de este sobre la humanidad; que estimarán el torrente de ruindad derramado sobre la sociedad humana por el informante, favorecido hasta por el Juez y pagado en moneda-resonante por gobiernos, bajo el pretexto de ayuda a desenmascarar el crimen; esos que irán dentro de las paredes de la prisión y allí ver en lo que se han convertido los seres humanos cuando se les priva de su libertad, cuando son sujetos al cuidado de guardianes brutales, con groserías, con palabras crueles, enfrentándose a mil humillaciones punzantes y agudas, concordarán con nosotros que el aparato entero de la prisión y su castigo es una abominación que debe terminar."
La influencia disuasiva de la ley sobre el hombre ocioso es demasiado absurda para merecer alguna consideración. Solamente con liberar a la sociedad del gasto y de los desperdicios que causa mantener a una clase ociosa y del igualmente gran gasto de la parafernalia de protección que esta clase de haraganes requiere, en la sociedad existiría abundancia para todos, incluyendo hasta el individuo ocioso ocasional. Además, está bien considerar que la vagancia resulta o de los privilegios especiales o de las anormalidades físicas y mentales. Nuestro demente sistema de producción patrocina ambos y el fenómeno más sorprendente es que la gente desee trabajar, aún ahora. El Anarquismo aspira desgarrar al trabajo de su aspecto estéril y aburrido, de su brillo y compulsión. Intenta hacer del trabajo un instrumento de gozo, de fuerza, de armonía real, para que aún el más pobre de los hombres, pueda encontrar en el trabajo recreación y esperanza.
Para lograr tal arreglo de la vida, del gobierno, sus medidas injustas, arbitrarias y represivas deben ser acabadas. Lo mejor que ha hecho es imponer un solo modo de vida, sin importar las variaciones individuales y sociales, además de sus necesidades. Al destruir el gobierno y las leyes estatutarias, el Anarquismo propone rescatar el respeto-propio y la independencia del individuo de toda prohibición e invasión por la autoridad. Solo en la libertad puede el hombre alcanzar su completo desarrollo. Solamente en la libertad aprenderá a pensar y a moverse y a dar lo mejor de sí. Sólo en libertad realizará la verdadera fuerza de los lazos sociales, que atan al hombre entre sí y los cuales son la verdadera base de una vida social normal.
Pero, ¿qué de la naturaleza humana? ¿Puede ser cambiada? Y si no, ¿sobrevivirá bajo el Anarquismo?
Pobre naturaleza humana, ¡qué crímenes horribles han sido cometidos en tu nombre! Todo tonto, desde el rey hasta el policía, desde la persona más cabezota, hasta el ignorante sin visión de la ciencia, presume hablar con autoridad de la naturaleza humana. Mientras mayor sea el charlatán mental, más definitiva será su insistencia en la iniquidad y debilidad de la naturaleza humana. Pero, ¿cómo puede cualquiera hablar de eso hoy, con todas las almas en prisión, con cada corazón encadenado, herido y mutilado?
Juan Burroughs ha dicho que el estudio experimental de los animales en cautiverio es absolutamente inútil. Su carácter, sus hábitos, sus apetitos pasan por una transformación completa, cuando son arrancados de su suelo en el campo y en el bosque. Con la naturaleza humana enjaulada en un estrecho espacio, batida diariamente hasta la sumisión, ¿cómo podemos hablar de sus potencialidades?
La libertad, la expansión, la oportunidad y sobre todo, la paz y el descanso, solos, pueden enseñarnos los factores dominantes reales de la naturaleza humana y todas sus magníficas posibilidades.
El Anarquismo, entonces, verdaderamente favorece la liberación de la mente humana del dominio de la religión la liberación del cuerpo humano del dominio de la propiedad, la liberación de las cadenas y prohibiciones del gobierno. El Anarquismo representa un orden social basado en la agrupación libre de los individuos, con el propósito de producir verdadera riqueza social, un orden que garantizará a cada humano un acceso libre a la tierra y un gozo completo de las necesidades de la vida, de acuerdo a los deseos individuales, gustos e inclinaciones.
Esto no es una idea salvaje o una aberración mental. Han llegado a tal conclusión multitud de hombres y mujeres inteligentes de todo el mundo, una conclusión resultante de la observación cercana y estudiosa de las tendencias de la sociedad moderna; la libertad individual y la equidad económica, las fuerzas gemelas para el nacimiento de lo que es transparente y verdadero en el hombre.
En cuanto a los métodos. El Anarquismo no es, como muchos pueden suponer, una teoría del futuro a ser logrado a través de la inspiración divina. Es una fuerza de vida en los asuntos de nuestra vida, constantemente creando nuevas condiciones. Los métodos del Anarquismo por lo tanto no contienen un programa, armado de hierro para llevarse a cabo bajo toda circunstancia. Los métodos deben salir de las necesidades económicas de cada lugar y clima y de los requisitos intelectuales y temperamentales del individuo. El carácter calmado y sereno de un Tolstoy desearán diferentes métodos para la reconstrucción social, que la intensa, desbordante personalidad de Miguel Bakunin o de un Pedro Kropotkin. Igualmente también debe ser aparente que las necesidades económicas y políticas de Rusia dictarán medidas más drásticas que las de Inglaterra o América. El Anarquismo no representa ejercicios militares y uniformidad pero, sí defiende el espíritu revolucionario, en cualquier forma, en contra de todo lo que impida el crecimiento humano. Todos los Anarquistas concuerdan en eso, al igual que están de acuerdo en su oposición a la maquinaria política como un medio de traer el gran cambio social.
"Toda votación," dice Thoreau, "es como jugando, como damas, o backgammon, el juego con el bien y el mal, su obligación nunca excede su conveniencia. Hasta votando por lo correcto es hacer nada por ello. Un hombre sabio no dejará el derecho a la clemencia de la oportunidad, ni deseará que prevalezca a través del poder de la mayoría." Un examen cercano de la maquinaria política y sus logros nos llevarán a la lógica de Thoreau.
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¿Qué nos demuestra la historia del parlamentarismo? Nada, excepto la omisión y la derrota, ni hasta una sencilla reforma para mejorar la tensión económica y social de la gente. Se han aprobado leyes y han hecho estatutos para el mejoramiento y protección del trabajo. Así, de este modo, el año pasado se probó en Illinois, con las leyes más rígidas para la protección minera, tuvo los desastres mineros mayores. En Estados donde las leyes del trabajo de los niños prevalecen, la explotación infantil está en unos niveles altísimos y aunque con nosotros los trabajadores disfrutan de oportunidades políticas completas, el capitalismo ha llegado a su momento cumbre más desvergonzado...
Hasta si los trabajadores pudiesen tener sus propios representantes, que es, lo que nuestros buenos políticos socialistas están clamando, ¿que oportunidades hay para su honestidad y buena fe? Una tiene que tener en mente el proceso de la política, para darse cuenta que su camino de buenas intenciones está repleto de peligro latente: maquinaciones secretas, intrigas, adulaciones, mentiras, trampas; de hecho, sofistería de toda índole, donde el aspirante político puede lograr el éxito. Añadido a eso está la desmoralización completa del carácter y las convicciones, hasta que no queda nada, que haría que una tuviese esperanza de tal desamparo humano. Una y otra vez las personas fueron lo suficientemente tontos en confiar, creer y apoyar hasta su último penique, a los aspirantes políticos, para verse al final traicionados y engañados.
Se puede decir que los hombres íntegros no se convertirían en corruptos en el molino pulverizante político. Quizás no, pero esos hombres estarán absolutamente desamparados para ejercer la más ínfima influencia en nombre de los trabajadores, como ha sido demostrado en numerosos ejemplos. El Estado es el amo económico de sus sirvientes. Los buenos hombres, si los hubiere, o permanecerían fieles a su fe política y perderían su apoyo económico, o se agarrarían de su amo económico mostrándose del todo incapaces de hacer el mínimo bien. La arena política nos deja sin alternativa, una debe ser un burro o un pícaro.
La superstición política todavía domina los corazones y las mentes de las masas, pero los verdaderos amantes de la libertad no tendrán nada que ver con esto. Al contrario, éstos creen con Stirner que el hombre tiene tanta libertad como la que quiera tomarse. El Anarquismo, por lo tanto, mantiene la acción directa, el desafío abierto y la resistencia hacia todas las leyes y restricciones económicas, sociales y morales. Pero el desafío y la resistencia son ilegales. Ahí yace la salvación del hombre. Todo lo ilegal necesita integridad, seguridad-propia y coraje. Busca espíritus libres e independientes, a "hombres que son hombres y que tienen un hueso en sus espaldas, el cual no puede atravesarse con la mano."
El sufragio universal mismo debe su existencia a la acción directa. De no ser por el espíritu de rebelión, del desafío por parte de los padres revolucionarios americanos, sus descendientes todavía estarían bajo el cobijo del Rey. Sino fuera por la acción directa de un Juan Brown y sus camaradas, América todavía estaría canjeando la piel del hombre negro. Cierto, el canje de la piel blanca todavía existe, pero, también, tendrá que ser abolido por la acción directa. El sindicalismo, la arena económica del gladiador moderno, le debe su existencia a la acción directa. No fue hasta fechas recientes que la ley y el gobierno han tratado de aplastar el movimiento sindical y condenado a prisión por conspiradores, a los exponentes del derecho del hombre a organizarse. De haber tratado de lograr su causa rogando, alegando y pactando, los sindicatos serían hoy muy pocos. En Francia, en España, en Italia, en Rusia, hasta Inglaterra testimonia la creciente rebelión de las uniones laborales, la acción directa, revolucionaria, económica se ha convertido una fuerza tan poderosa en la lucha por la libertad industrial que ha conseguido que el mundo se de cuenta de la tremenda importancia del poder del trabajo. La huelga general, la expresión suprema de la conciencia económica de los trabajadores, fue ridiculizada en América hace poco. Hoy toda gran huelga, para ganar, debe darse cuenta de la importancia de la protesta general solidaria. La acción directa, habiendo probado su efectividad en las líneas económicas, es igualmente potente en el ambiente individual. Allí cientos de fuerzas avanzan sobre su ser y sólo la resistencia persistente frente a ellas finalmente lo libertará. La acción directa en contra de la autoridad en la tienda, acción directa en contra de la autoridad de la ley, acción directa en contra de la autoridad entrometida, invasiva de nuestro código moral, es el método lógico y consistente del Anarquismo.¿ Nos guiará éste a una revolución? Por supuesto, lo hará. Ningún cambio social ha venido sin una revolución. Las personas o no están familiarizadas con su historia, o todavía no han aprendido, que la revolución es el pensamiento llevado a la acción.
El Anarquismo, la gran fermentación del pensamiento, está hoy imbricado en cada una de las fases del empeño humano. La Ciencia, el Arte, la Literatura, el Drama, el esfuerzo para un mejoramiento económico, de hecho toda oposición individual y social al desorden existente de las cosas, es iluminado por la luz espiritual del Anarquismo. Es la filosofía de la soberanía del individuo. Es la teoría de la armonía social. Es el gran resurgimiento de la verdad viva que está reconstruyendo el mundo y nos anunciará el Amanecer.