domingo, 8 de julio de 2012

UN MUNDO SIN DINERO x Les Amis de 4 Millions de Jeunes Travailleur

El comunismo niega al capitalismo, y lo niega en un movimiento que es producido por el propio desarrollo del modo de producción capitalista, desarrollo que terminará echando abajo este sistema, dando paso a un nuevo tipo de sociedad. En lugar de un mundo basado en el sistema salarial y las mercancías, surgirá un mundo en que la actividad humana nunca volverá a adoptar la forma de trabajo asalariado y donde los productos de esa actividad ya no serán objeto de comercio.

El comunismo no suprime al capital para devolver las mercancías a su estado original. El intercambio mercantil es un vínculo y un logro, pero es un vínculo entre partes antagonistas. Su desaparición no supondrá un retorno al trueque, esa forma primitiva de intercambio. La humanidad ya no estará dividida en grupos opuestos o en empresas. Se organizará a sí misma para planificar y su usar su herencia común y para compartir obligaciones y disfrutes. La lógica del compartir reemplazará a la lógica del intercambio.

El dinero no es un instrumento neutral de medida, sino la mercancía en la que se reflejan todas las demás mercancías. El dinero va a desaparecer. El oro, la plata y los diamantes ya no tendrán más valor que el que provenga de su propia utilidad. El oro podrá destinarse, tal como deseaba Lenin, a la construcción de urinarios públicos.

Marx y Engels


Marx y Engels se impusieron la tarea de comprender el desarrollo de la sociedad capitalista. No les preocupaba mucho describir el mundo del futuro, esfuerzo que ya habían pretendido monopolizar los socialistas utópicos. Sin embargo, la crítica del capitalismo es inseparable de la búsqueda del comunismo. El papel histórico del dinero y del estado sólo se puede entender desde el punto de vista de su abolición.

Que Marx y Engels no se hayan referido más a menudo a la sociedad comunista se debe, paradójicamente, a que en su tiempo dicha sociedad estaba menos al alcance que ahora y por lo tanto era más difícil de avisorar; aunque al mismo tiempo estaba más presente en las mentes de los revolucionarios. Cuando en el Manifiesto Comunista hablaban de abolir el sistema salarial, sus palabras eran comprendidas por aquellos a quienes iban dirigidas. Hoy es mucho más difícil prever un mundo liberado del estado y de las mercancías porque éstos se han vuelto omnipresentes. Pero asimismo, al hacerse omnipresentes, han perdido su justificación histórica.

Marx y Engels quizás no llegaron a comprender tan bien como un Fourier la naturaleza del comunismo como liberación y armonización de las pasiones. Fourier, sin embargo, nunca fue más allá del sistema salarial, ya que entre otras cosas seguía deseando que los doctores sean bien pagados, aún cuando esa paga corresponda más a la salud de la comunidad que a las enfermedades de sus pacientes.

Marx y Engels, no obstante, fueron lo bastante precisos para que los liberemos de responsabilidad por el sistema burocrático y financiero de los países llamados “comunistas”, que suele atribuírseles. Según Marx, en el comunismo el dinero simplemente desaparece y los productores dejan de intercambiar sus productos, mientras que Engels por su parte hace coincidir la instauración del socialismo con el fin de la producción de mercancías. Que nadie nos venga a hablar de “errores de juventud”, como suelen hacer los marxólogos: estamos hablando de la Crítica del Programa de Gotha y del Anti-Duhring.

El Fin De La Propiedad


¿Qué es la propiedad? No es una pregunta tan fácil de responder. Fijémonos en la controversia entre Marx y Proudhon. Éste último había propuesto que “la propiedad es un robo”, asumiendo con buena razón que la propiedad no tiene su origen en la naturaleza, sino que es producida por una sociedad regida por relaciones de poder, de violencia y de apropiación privada del trabajo de otros. Decir que la propiedad es un robo, mientras que el robo sólo se puede definir en relación a la propiedad, no es más que dar vueltas en círculos.

Las cosas se complican más cuando pasamos del problema de la propiedad al de la abolición de la propiedad. ¿Hay que abolir toda propiedad, tanto la de medios de producción como la de posesiones personales? ¿Hay que hacerlo selectivamente? ¿Debiera ocurrir una ruptura radical con toda forma de propiedad y cualquier cosa que se le parezca?

El comunismo apuesta por la última alternativa. No se trata de transferir títulos de propiedad sino de hacer desaparecer la propiedad. En la sociedad revolucionaria nadie podrá “usar y abusar” de un bien por ser su dueño. No habrá excepciones a la regla. Edificios, alfileres, lotes de tierra… ya no pertenecerán a nadie, o si se prefiere, pertenecerán a todos. En poco tiempo la idea misma de propiedad será considerada absurda.

¿Entonces todo pertenecerá a todos por igual? ¿Significa esto que el primero que llegue podrá sacarme de mi casa, arrebatarme mis ropas o quitarme el pan de la boca sólo porque ya no seré dueño de mi casa, mis ropas y mi comida? Por supuesto que no; al contrario, la seguridad material y emocional de todas las personas se verá fortalecida. Es simplemente que al reclamar protección, las personas no invocarán ningún derecho de propiedad, sino directamente su interés en el asunto. Todos podrán saciar su hambre, disponer de una vivienda y de abrigo de acuerdo a su conveniencia. Todos podrán vivir en paz.

De la Escasez a la Abundancia


En la sociedad comunista el derecho y el sentimiento de la propiedad se extinguirán porque se habrá puesto fin a la escasez. La gente ya no tendrá que aferrarse a un objeto por miedo a no perderlo si se descuidan por un instante.

¿Mediante qué artilugio mágico pretendemos instaurar una tal era de abundancia?, preguntan con ironía los burgueses. No hay nada mágico en ello. Haremos aparecer la abundancia porque ya está aquí bajo nuestros pies. El problema no es crearla sino simplemente liberarla. Es justamente el capital el que ha abierto la posibilidad de la abundancia, mediante la subyugación de la gente y de la naturaleza a lo largo de siglos. No es que el comunismo súbitamente vaya a producir abundancia: es que el capitalismo mantiene artificialmente la escasez.

En las sociedades comunistas los bienes estarán disponibles libremente y sin cobro alguno. Toda la organización de la sociedad, hasta sus cimientos, tendrá lugar sin mediación del dinero.

¿Cómo evitar que la riqueza sea apropiada por unos pocos a costa de los demás? ¿No sucederá que nuestra sociedad, tras un momento de euforia en que la gente se contente con los recursos disponibles, caerá en el caos y la desigualdad para finalmente hundirse en el desorden y el terror?

En la sociedad comunista desarrollada las fuerzas productivas serán suficientes para satisfacer las necesidades existentes. El ansia desenfrenada y neurótica por consumir y acumular desaparecerá. Resultará absurdo querer acumular cosas: ya no habrá dinero que ahorrar ni asalariados que emplear. ¿Para qué va uno a acumular latas de conservas o artefactos eléctricos que no usará?
En este mundo nuevo la gente no tendrá que estar siempre pagando y ajustando cuentas para alimentarse, viajar o divertirse. Rápidamente perderán el hábito de hacerlo. De ello nacerá un sentimiento de ser realmente libres. La gente se sentirá en casa en todas partes. Al no estar constantemente bajo vigilancia, no sentirán la tentación de engañar. ¿Para qué mentir o acumular en secreto si uno tiene la seguridad de obtener lo que necesita?

Poco a poco el sentimiento de la propiedad irá desapareciendo, y nos parecerá en retrospectiva algo mezquino y vergonzoso. ¿Por qué aferrarte a un objeto o a una persona cuando el mundo entero es tuyo?

Esta nueva gente se parecerá a sus ancestros cazadores y recolectores que confiaban en una naturaleza que les daba gratuitamente y a menudo en abundancia todo lo que necesitaban para vivir, y que no conocían la preocupación por el mañana, sobre el que de todos modos no tenían ningún control. Para la gente del futuro la naturaleza será el mundo que ellos mismos habrán forjado, y la abundancia la crearán con sus propias manos. Se sentirán seguros de sí mismos porque confiarán en su propia fuerza y conocerán sus limitaciones. No estarán preocupados porque sabrán que el mañana les pertenece. ¿La muerte? Existe. Pero no tiene sentido llorar por lo que es inevitable. La cuestión es estar en posición de poder disfrutar del momento presente.

Comunización: una "llamada" y una "invitación" x Troploin (2004)

Introducción

Un azar objetivo hizo coincidir en la primavera del 2004 dos tentativas de afirmación de una corriente “comunizadora”. Por un lado, hubo una reunión preparatoria de la revista Meeting[1], reunión en la que se darían cita varias personas que se reclaman de esta corriente -aunque en este caso se trataba sobre todo de gente cercana a Theorie Communiste[2]. Paralelamente, y sin ningún vínculo visible con dicho proyecto de revista, apareció un pequeño libro, Appel (”Llamada”), sin indicación de autor ni lugar de publicación, como aporte a las actividades que tienden a la comunización.

Hablar de comunización es afirmar que la futura revolución no tendrá ningún sentido emancipador ni posibilidad de éxito a menos que despliegue desde sus comienzos una transformación comunista en todos los planos, desde la producción de alimentos hasta el modo de comerlos, pasando por la forma en que nos desplazamos, dónde vivimos, cómo aprendemos, viajamos, leemos, el modo en que nos entregamos al ocio, amamos y odiamos, discutimos y decidimos nuestro futuro, etc. Este proceso no sustituye, sino que acompaña y refuerza la destrucción (necesariamente violenta) del Estado y de las instituciones políticas que sostienen la mercancía y la explotación salarial. Esta transformación, que se dará a escala planetaria, se extenderá sin duda a lo largo de generaciones, pero no dependerá de que se hayan creado previamente las bases de una sociedad futura, destinada a realizarse únicamente después de una fase más o menos larga de “transición”. Esta transformación no sería una mera consecuencia de la conquista (o la demolición) del poder político, que posteriormente daría paso a un trastorno social. Ella sería lo contrario de lo que resume la fórmula de Victor Serge (entonces bolchevique), que escribió en 1921: “Toda revolución es un sacrificio del presente en nombre del futuro”[1]. Para decirlo positivamente: no se trata solamente de hacer, sino de ser la revolución.

Si lo que se llama “corriente comunizadora” designa al conjunto de los que se sitúan en esta perspectiva, formamos parte de ella y consideramos saludable todo esfuerzo colectivo que apunte en este sentido. Sin embargo, rechazamos la invitación a la reunión preparatoria de la revista proyectada.

Encuentro

El acuerdo sobre la comunización es una condición sine qua non para un reagrupamiento, pero no basta por sí solo para ello. Los textos escogidos para la reunión incluían un extenso artículo de Karl Nesic en el que se exponía nuestra divergencia con Theorie Communiste en particular, divergencia lo bastante profunda como para hacer más o menos imposible la colaboración teórica.

Sí tal como piensa Theorie Communiste nosotros caemos en el humanismo idealista, o si tal como pensamos nosotros ellos caen en el estructuralismo determinista, esto prohíbe todo esfuerzo teórico en común, e incluso hace difícil la discusión. No sabríamos cómo discutir acerca de lo esencial, si partimos de un acuerdo sobre las preguntas que hay que hacer pero de un desacuerdo sobre las respuestas que hay que dar.

En nuestra opinión, el hecho de que la revolución haya sido lógicamente imposible en el pasado, no implica que se haya vuelto más posible (ni mucho menos ineluctable) desde hace unos años. Es sólo una posibilidad, que evidentemente se relaciona con el grado y las formas del desarrollo capitalista en este momento histórico, pero que no depende de ese grado de desarrollo. Ningún umbral la hace imposible, ni tampoco posible, ni siquiera indispensable. La revolución era tan posible a mediados del siglo XIX como lo es a principios del XXI. Si tiene lugar, será ante todo el resultado de la actividad de los proletarios. Será ruptura y auto-emancipación. Las razones del fracaso de los intentos pasados no hay que buscarlas en el grado de desarrollo del capital, sino en la actividad misma del proletariado. Lo esencial no es lo que la sociedad hace con nosotros, sino lo que nosotros hacemos con lo que ella nos hace.

El capital no es ninguna entidad regida por leyes que terminan provocando un inevitable levantamiento proletario, sino que es una contradicción social en proceso. No existe ninguna crisis del capital, solamente hay crisis de sus actores. Nos cuesta comprender que los mismos que tanto insisten -y con razón – en la “implicación recíproca” entre capital y trabajo, puedan al mismo tiempo analizar la historia como una relación de causa-efecto, con el proletariado desempeñando el papel de efecto y todo llevando a un fin ya programado: el comunismo. ¿Cuántas veces en el pasado no pronosticamos la crisis final y su resultado obligatorio: la revolución…? Todo lo que podemos proponer son hipótesis sobre cómo evolucionará la contradicción capital/proletariado, y el hecho de que tales hipótesis sean eventualmente desmentidas por los hechos no compromete nuestra perspectiva de conjunto, porque ésta no descansa en un ninguna anticipación. La lucha de clases sigue siendo ampliamente imprevisible. Si el capital es contradicción social en proceso, esto implica en efecto una relación dialéctica entre los seres y los grupos sociales: los individuos, las fracciones de clase, las clases mismas evidentemente no están determinadas por un libre albedrío, sino que cada encrucijada histórica les obliga a escoger dentro de un cierto abanico de posibilidades. La historia no es un Gran Libro escrito por anticipado.

La teoría revolucionaria y sus “análisis concretos de la situación concreta” se basan por supuesto en premisas teóricas, pero no pretenden abarcar todo el pasado y el presente de este mundo. Aunque se sienta en el deber de ser lo más rigurosa posible, la teoría comunista no es científica: no pretende construir un objeto de estudio independiente del que la estudia, a partir de esa posición privilegiada en la cual el científico cree poder controlar la totalidad del fenómeno y alcanzar sus leyes. La teoría comunista tampoco es profética. Toda profecía es irrefutable e inmune al desmentido de los hechos, ya que al estar situada a un nivel suprahistórico, es por su propia naturaleza inaccesible a la vulgar materialidad. El recurrente debate en el movimiento comunista acerca de la inevitabilidad de la revolución no tiene fin ni propósito. Somos refutables…

… especialmente cuando afirmamos que la realidad social actual impide que el comunismo esté a la orden del día; que la revolución, en el sentido en que la concibe la corriente comunizadora, hoy en día no es más que un tema de debate para un puñado de individuos y grupos, y que allí no hay nada significativamente distinto de la situación que prevalecía hace diez o quince años. La iniciativa sigue perteneciendo a la burguesía, y la única crítica “real” de este mundo es la del reformismo radical, que por lo demás hasta ahora no ha tenido ningún verdadero contenido ni repercusión social. Nuestra época está marcada por la impotencia de los proletarios en general, y de los comunistas en particular.

Hoy día, aun más que ayer, no tiene sentido creer que la teoría por sí misma pueda regular el desacuerdo que mantiene consigo misma y con la sociedad, que pueda dejar ahora de ser parcial y fragmentaria. Cuando no disponemos casi de nada más que las “armas de la crítica”, estamos muy lejos de la crítica por las armas. La rapidez de los intercambios de información y el acceso inmediato a millares de textos en internet coinciden con una confrontación de ideas relativamente pobre. Suponiendo que la era de lo virtual no haya venido a agravar esta debilidad, tampoco es que le ponga remedio. La velocidad de rotación de las ideas parece contrariamente proporcional a la intensidad de los debates que suscitan. Jamás la posesión de una extensa biblioteca ha garantizado la calidad de una reflexión. Ahórrense las sonrisas ante nuestra “tecnofobia”. Aunque consideramos útil mantener un sitio en internet, nos damos cuenta de que muchos revolucionarios comparten las ilusiones de la revolución informática. La crítica de la ingestión de carne es más extendida que la del uso de computadoras, y la crítica de las autopistas para automóviles más frecuente que la de la “autopista de la información”. Aún habiendo una extrema escasez, o incluso ausencia pura y simple de textos de Bakunin, Pannekoek o el mismo Marx en 1967, ello no impidió que una oleada contestataria les hiciera eco. Pocos años antes, la revista Potlatch difundía entre 50 y 500 ejemplares. Treinta años después la disponibilidad instantánea de todo no impide que la crítica social se desarrolle a un nivel claramente inferior. Esto no va a mejorar multiplicando por diez las reuniones, ni por mil los vínculos virtuales. El movimiento revolucionario no es un asunto de circulación ni de rebasamiento de nuestras limitaciones; es un problema de relaciones. Sólo la evolución de la realidad social, a la cual apenas contribuirán las minorías comunistas más que los otros proletarios, es y será determinante, confirmando o invalidando total o parcialmente nuestras hipótesis, y contribuyendo a una totalización.

En las condiciones actuales, a menos que se asemeje a una versión ampliada de Theorie Communiste, el reagrupamiento previsto en torno a la revista Meeting producirá en el mejor de los casos un boletín interno de los comunizadores. Pero la yuxtaposición no es lo mismo que el diálogo, y no todo diálogo es necesariamente clarificador. Los documentos preparatorios de la reunión evidenciaban enfoques muy divergentes, a veces difícilmente conciliables. Lo decisivo es el contenido que se le atribuye a las palabras comunización, clase, lucha de clases y abolición de las clases. Muchos camaradas, y no solamente los “comunizadores”, asumen la idea de una clase que al existir y al luchar como clase terminará aboliendo todas las clases, pero esta fórmula la interpretan en sentidos muy distintos, y a menudo contradictorios. En cuanto a unas actividades prácticas cualitativamente superiores a las que se han realizado hasta ahora, no queda nada claro cómo serían favorecidas por tal iniciativa. Después de 1945, según criterios muy distintos a los de la comunización, Bordiga y Pannekoek mantenían acuerdo en aspectos fundamentales que los distinguían claramente de los trotskistas, de los anarquistas, etc. No obstante, nadie hubiera pensado en hacerlos cohabitar en una misma organización.

La teoría comunista se basa en una premisa aún no demostrada, lo que implica inevitablemente una fragmentación, que necesariamente se incrementa en todo período de baja intensidad de la lucha de clases. Marx y Engels, aunque estaban menos aislados que nosotros, admitían que en general no contaban más que con ellos mismos, y no con un amplio movimiento que debiera haber reconocido su “mandato” de teóricos revolucionarios. Ciento cincuenta años más tarde, después de haber sido mostrado diez veces sobre su lecho de muerte, el capitalismo sigue vivo, y la comprobación efectiva de la teoría de una revolución comunista sigue pendiente. Se puede teorizar todo y también lo contrario: la revolución puede parecer muy evidente debido a la persistencia de un movimiento proletario, o imposible debido a la práctica persistentemente no comunista de los mismos proletarios. Un mismo rigor concluyente sabría basar estas dos opiniones contrarias en hechos históricos probados y conceptos similares, defendiéndose sin abusar demasiado de nuestros clásicos. Aunque diametralmente opuestas, estas dos posiciones tienen en común algo fundamental: ambas juzgan la coherencia y la pertinencia de un concepto según lo que éste dice de sí mismo. Ahora bien, la lucha de clases es y será el único juez en la materia. Sólo las irrupciones proletarias sobre la escena histórica “prueban” la validez de la teoría del proletariado, teoría que solamente una revolución comunista podrá probar de manera definitiva. Entre cada gran oleada de agitación social, y hasta que ocurra la última, que sería “la verdadera”, la suspensión de toda reflexión y actividad revolucionaria produce un sentimiento de vacío. En tales casos se desarrolla una tendencia natural a colmar este vacío como se pueda. Pero transformar las derrotas en victorias sólo es posible sobre el papel; es mejor reconocerse temporalmente derrotado si lo que se ambiciona es no seguir estándolo.

La tarea del momento no es organizar la expresión común de unas argumentaciones que se cruzan sin encontrarse, sino profundizar en nuestras preconcepciones particulares admitiendo e integrando su carácter inconcluso, y también el de los hechos que analizan. Dado eso, hay que asumir que por indispensable que sea esta actividad, no conducirá a una síntesis crítica, inaccesible actualmente. Para parafrasear a la IS, lo importante hoy no es la unidad sino la división asumida: se supera una situación dada, sobre todo una situación de debilidad y aislamiento, asumiéndola, no actuando como si no existiera, o como si dependiera sobre todo de la buena voluntad de los comunizadores…… o de polémicas “sin concesiones”. Polemizar es personalizar, considerar al otro como propietario de ideas de las que sólo es depositario, y así inmediatamente comprometerse en un camino falso. La polémica tiene por objeto destruir al adversario, tratándolo en el peor de los casos como enemigo, y en el mejor como trofeo. Preferimos criticar aquello que presenta interés y merece ser deconstruido para reubicarlo en otro conjunto donde pueda tomar un nuevo sentido. Criticamos no lo que juzgamos absurdo o estúpido (y mucho menos “peligroso”), sino lo que leemos y queremos que se lea[2].
Por esta razón, generalmente citamos poco lo que nos parece criticable. El polemista en búsqueda de un blanco fácil elige en el adversario la frase que le parece más débil. Preferimos exponer nuestra posición y dejar al lector la tarea de contrastarla con la lógica de la posición divergente ¿Para qué citar treinta frases que prueban el determinismo de Theorie Communiste? Un contrincante podría encontrar treinta frases que prueben lo contrario. Es el movimiento global de un planteamiento lo que sigue o no una línea determinista. Un lector que se conformara con citas para declararse de acuerdo con nosotros no habría comprendido en absoluto nuestro método.

Algo de polémica hay, ciertamente, en pos de una refundación. Esto quizá sea lo que tienen en común las personas interesadas en Meeting, y sin duda es el corazón de lo que nos aleja de tal proyecto. A pesar de las divergencias entre Theorie Communiste y los demás participantes (por ejemplo la revista y sitio web Le Matérielle[3]), todos ellos consideran necesaria una reconstrucción teórica, desde luego que sobre la base de los conceptos fundamentales (clases, relaciones de producción, capital, Estado, comunismo…), pero poniéndolos al servicio de la producción de una teoría revolucionaria para nuestro tiempo; teoría que explicaría la imposibilidad del comunismo antes (es decir, en el período que incluye la fase 1960-80) y su posibilidad-necesidad a partir de ahora. Por lo tanto, una teoría que explique los últimos fracasos y el posible-probable éxito futuro.

En nuestra opinión, y sin caer en la invarianza, consideramos que tal refundación doctrinal no tiene objeto. A riesgo de que algunos nos vean como bordiguistas, diremos que la parte fundamental de la teoría revolucionaria fue formulada en la década de 1840 (y a riesgo de asombrar a otros, añadiremos que la IS no estaba muy lejos de reconocer este hecho). ¿Cuál es esa parte fundamental? La definición del proletariado como nueva fuerza histórica en relación con los esclavos, los siervos, los pobres, explotados y desposeídos de épocas anteriores al capitalismo (antes del Renacimiento, antes sobre todo de la industrialización). Y ello, no por amor a la industria o a las fuerzas productivas (aunque la ambigüedad de Marx y otros en torno a este punto sea innegable, aquí nos concentramos en los puntos fuertes de su perspectiva, y no en sus debilidades), sino porque el capitalismo es el primer sistema de explotación universal, y se basa en un proletariado potencialmente revolucionario debido a su existencia en el capital, a su interrelación con el capital, a la “implicación recíproca” precisamente, que le da la capacidad de actuar como sujeto de un cambio social radical, la capacidad de crear una comunidad humana. A partir de la mitad del siglo XIX empezó a estar claro el contenido del comunismo: abolición de la propiedad privada, del capital, del dinero, del trabajo, del Estado.

Según esta perspectiva, no hay ninguna diferencia fundamental que separe al minero inglés o al artesano proletarizado parisiense de 1850, del asalariado de un call-center en la India o del camionero californiano del 2004. Si analizamos los factores que en 1850 impedían al minero y al artesano proletarizado emprender una acción comunista, esos “límites objetivos” (es decir, que no dependían de ellos sino que les eran impuestos por la situación) también los encontraremos en el asalariado del call center y en el camionero del 2004. Lo que ambos tienen en común (en términos de posibilidad histórica y de impotencia e inercia social) tiene infinitamente más peso que aquello que los diferencia. Esa es la parte fundamental.

Puede que esta teorización sea falsa, pero básicamente, no tenemos otra. Ninguna nueva teoría está en condiciones de probarla o desmentirla. Sólo la historia (no ocurrida, por lo tanto el futuro) podrá hacerlo. No hay nada hoy día que garantice o pueda demostrar que los proletarios de 2015 o 2030 actuarán mejor o serán más revolucionarios que los de 1848, 1919 o 1969.

Esta parte fundamental no es la totalidad. Destrucción del Estado, crítica del movimiento obrero, crítica de todas las mediaciones, crítica de la nación, crítica de la vida diaria, comprensión de la revolución como comunización… todas estas contribuciones indispensables surgieron y podían surgir antes de 1848. Es más, al abordar estos distintos puntos, los comunistas de 1920 o de 1970 a menudo fueron contra las posiciones de Marx y Engels. Sin embargo estas contribuciones sólo adquieren sentido si están integradas a la definición esencial, de lo contrario se suprime toda la perspectiva comunista.

No hay una teoría post-obrera de la revolución, porque la que tenemos, la de Marx, Pannekoek, Bordiga o Debord no era ninguna teoría “obrera”. Que el comunismo cedió al obrerismo, es innegable. Pero en su sentido más profundo y ofensivo, a quien se buscaba en el obrero no era al productor y manipulador de herramientas y máquinas supuestamente liberadoras., sino al proletario. El obrerismo no fue el programa del proletariado, sino el de la contrarrevolución. No contamos aquí con espacio para demostrar que esto es cierto incluso en la más “obrera” de las corrientes comunistas, la izquierda alemana: el verdadero partido del obrero no era el KAPD, sino el USPD.

A menos que signifique embarcarse en una deriva, voluntaria o no, controlada o no -lo que por supuesto no es el caso de Meeting - refundar la teoría no puede significar la búsqueda de un punto de observación privilegiado desde el cual el conjunto de la historia de la humanidad se revelará a los que poseen la clave correcta. Ahí encontramos un nuevo ejemplo de la creencia (comprensible pero ilusoria) en la omnipotencia del espíritu humano.

Al fin y al cabo, todo indica que los miembros del proyecto Meeting dan a la comunización un contenido distinto del que resumimos al principio de este texto. Para ellos esta noción no designa el proceso concreto de transformación comunista de las relaciones sociales, sino que define un tiempo completamente nuevo, el de la revolución al fin posible y necesaria. Es difícil no ver allí una regresión respecto a lo que intentaban hacer, por ejemplo y cada uno a su manera, Un monde sans argent, La Banquise, o incluso más recientemente, Hic Salta[4].


Llamada

Responder a Appel sacando a relucir nuestra balanza teórica para pesar los pros y los contras no tendría ningún sentido, o daría prueba de una triste indiferencia hacia la subversión social que nace, actúa, se busca y se formaliza. Cualesquiera que sean las aprehensiones que pueda suscitar, este libro expresa una existencia, una experiencia, en particular en las acciones antiglobalización de los últimos años, y a su manera pone el dedo sobre esta época. Expresado en un lenguaje que busca ser poético, su acervo teórico incluye elementos de comprensión esenciales tomados en préstamo de Marx, de la izquierda comunista, de la IS, de la anarquía, sin reivindicar ninguna filiación, sin citar directamente ningún clásico: integradas al texto, las citas a menudo se atribuyen “a un amigo” o a “un viejo amigo”.

“Es a fuerza de ver al enemigo como un sujeto que se nos enfrenta -en vez de experimentarlo como una relación que nos tiene- que uno se enferma mientras lucha contra la enfermedad” (p.8).

“La práctica del comunismo, tal como la vivimos, la llamamos el Partido. Cuando alcanzamos un nivel superior de comunización decimos que construimos el Partido. Sin duda otros, que todavía no conocemos, están también construyendo el Partido, en otra parte. Esta llamada va dirigida a ellos” (p.63).

“La construcción del Partido, en su aspecto más visible, consiste para nosotros en la puesta en común, la comunización de aquello de lo que disponemos. Comunizar un bien quiere decir: liberar el uso y sobre la base de esta liberación, experimentar relaciones de afinidad intensas, complejas” (p.66).

“Hay circunstancias, como en un motín, donde el hecho de relacionarnos entre camaradas aumenta considerablemente nuestra capacidad de ataque. ¿Quién puede decir que el problema del suministro de armas no es parte de la constitución material de una comunidad?” (p.67).

La comunización se define aquí como antagónica a este mundo, en conflicto irreconciliable y violento (hasta la ilegalidad) con él. Difiere pues de la alternativa que pretende (y consigue a menudo) hacerse aceptar al margen, y coexistir duraderamente con el Estado y el trabajo asalariado, esperando que algún día la relación de fuerzas se invierta por sí sola y que las zonas y actividades “liberadas” se vuelvan mayoritarias hasta que terminen manejándolo todo, sin revolución, gracias a la superioridad natural de las relaciones humanas y fraternales sobre las relaciones mercantiles y de dominación No sólo no compartimos esa visión, sino que la combatimos.

Sin embargo, ¿cómo “hacer habitable la situación de emergencia”? (p.78). Por ejemplo, ¿cómo vivir sin trabajar, en ausencia de un movimiento de gran amplitud que rompa con el orden establecido?

Appel supuestamente va dirigido a un medio ya organizado (o en vías de estarlo) y relativamente numeroso. Nos permitimos dudar que sea así. El libro reconoce que la experiencia del Bloque Negro mostró los límites de la resistencia social: si defenderse es difícil, ¿cómo pasar a la ofensiva?

Al no hacerse esta pregunta, se corre el riesgo de teorizar una comunización limitada a un sólo aspecto, sin duda necesario para una revolución, pero insuficiente. Comunizar es experimentar otras relaciones, otras maneras de vivir, en todos los planos. Pero es también, obligatoriamente, algo más y algo distinto que extender al máximo los márgenes de autonomía que esta sociedad permite. Hacemos nuestra la definición del comunismo como puesta en común, como ser y hacer juntos, como proceso y como conflicto. Pero ¿cómo poner en práctica ahora, en la realidad social que prevalece en el 2004, unos vínculos, unos espacios, unas rupturas, que no sean una alternativa más radical que la de otros, sin duda alguna más violenta y más reprimida porque a menudo está fuera de la ley, pero también integrada al funcionamiento del capitalismo moderno?

En adelante cada ciudad de Europa y Norteamérica (y pronto cada vez más de Asia) tendrá su grupo verde radical, su comunidad anarquista, su okupa. Vivir fuera del trabajo asalariado es posible (u obligatorio) para millones de europeos. El hedonismo contemporáneo invierte la fórmula de Victor Serge que citamos al principio de este artículo: nos invita a no sacrificar el presente en nombre del futuro, sino a que construyamos situaciones intensamente, que vivamos ahora de un modo diferente las mismas relaciones sociales. Este hedonismo comparte con el movimiento alter-mundista la misma negación de la totalidad, y de toda destrucción del poder político central: desde su punto de vista, lo que se puede hacer es tomar el poder sobre uno mismo y localmente, sustituyendo la revolución social futura por millones de revoluciones personales y microcolectivas.

Appel describe un movimiento anti-globalización inicialmente subversivo, pero luego reabsorbido por distintas burocracias, sin preguntarse lo suficiente sobre la realidad de ese movimiento, sobre el hecho de que nació quince años después de llos últimos ecos de las sacudidas revolucionarias de los años 60-70, cuya comprensión es indispensable para entender dónde están.

Si, como lo afirma el libro, los antigolbalizadores radicales hubieran vencido a la izquierda mundial en la calle, obligándola a replegarse sobre sus foros sociales, nosotros (los autores de Appel, nosotros mismos, y muchos otros) tendríamos una existencia, una acción regular en la calle, lo que no es el caso, admitámoslo. A Appel le falta un análisis del movimiento social presente, de las luchas, de los retrocesos y resistencias en el mundo del trabajo, de las huelgas, de su aparición, de su derrota a menudo, de su ausencia a veces; en una palabra: de todo lo que cubre el alter-mundialismo y cuyos límites expresa.

A pesar de la “desertización” de las relaciones humanas, el viejo mundo no está agonizando, y se sostiene también sobre las crisis, en las que todo se agota para durar, tanto burgueses como proletarios.

Una “llamada” no se refuta. Se la entiende, o no se la tiene en cuenta en absoluto. El lector habrá comprendido nuestra elección. Appel refleja los dilemas de nuestra época, y sus aspiraciones. Si hay ambigüedad, ésta sólo se resolverá por la práctica de los que hicieron tal llamamiento, pero sobre todo por todos aquéllos a quienes éste se refiere. Por ejemplo, una señal de evolución positiva hacia un principio de maduración social sería un vínculo entre los participantes de Meeting y los autores de Appel, con capacidad para asumir lo que tienen en común y lo que les diferencia; teniendo la libertad de, quizás, llegar a la conclusión de que son incompatibles. Si la situación es como la que describen los artífices de Meeting y los autores de Appel, la simple coincidencia de ambos proyectos debería suscitar como mínimo un interés recíproco en sus respectivos animadores. Hasta donde sabemos, no es el caso.

[1] Les anarchistes et l’expérience de la Révolution russe, 1921, reproducido en Mémoires d’un révolutionnaire Ed. R. Laffont, Hay una traducción al castellano: Memorias de un revolucionario. Editorial Caballito. 1973. México.

[2] Se nos objetará quizás con el ejemplo de Marx contra Proudhon (Miseria de la filosofía, 1847), donde la teoría comunista se precisa y se afirma en oposición. Sin duda. Pero dos años antes, la polémica de Marx contra El Único y su propiedad, precisamente porque sólo intenta refutar falsedades, por no decir absurdidades, pasó por alto lo que hay de importante en Stirner, a pesar de Stirner, para la perspectiva del propio Marx. (Véase. Daniel Joubert, Marx versus Stirner, L’ Insomniaque. No hay traducción al castellano). En cuanto al ataque de Marx contra Bakunin, hasta un historiador tan poco anarquista como F. Mehring reconoció hace mucho tiempo la mala fe y la deformación de los hechos introducida por Marx. La demolición de escritos y prácticas efectivamente muy criticables de Bakunin sirvió a Marx para no ver el alcance de las críticas justificadas que el anarquismo dirigía a los sindicatos y a los partidos socialistas nacientes (Véase Bakunin, M.Grawitz. Ed. Calmann-Lévy, 2000. Paris. No hay traducción al castellano). Buenos contra-ejemplos de los méritos de la polémica.

[3] [http://lamaterielle.chez-alice.fr]

[4] Un monde sans argent: folleto en tres volúmenes publicado por el OJTR a mediados de los años setenta. Fue publicado en castellano por la revista Étcetera. Correspondencia de la guerra social. Hic Salta: revista publicada por ex-miembros de Theorie Communiste (uno de los cuales publicó La Materielle y participa en el proyecto de Meeting), 1998: véase el artículo La question du communisme.

[5] Este texto reúne algunos fragmentos del libro Un Monde Sans Argent, publicado en tres entregas por el grupo Les Amis de 4 Millions de Jeunes Travailleur, durante 1975 y 1976.



 

 

martes, 3 de julio de 2012

"Sobre la organización: Las mafias (dentro y fuera del Estado) y el Estado como Mafia" x Jacques Camatte & Gianni Collu
"La mafia política, en sus relaciones externas, tiende a ocultar la existencia de la “camarilla”, ya que ella debe seducir para reclutar. Ella se ornamenta con un velo de modestia a fin de aumentar su poder. Cuando la mafia recurre a elementos externos a través de periódicos, revistas y panfletos, ella piensa que debe hablar al nivel de la masa para ser entendida. Ella habla de lo inmediato porque quiere mediatizar. Considerando a todos los que están fuera de la mafia como imbéciles, ella se siente obligada a publicar banalidades y estupideces a fin de seducirlos. Al final, la mafia misma es seducida por sus propias estupideces y es así reabsorbida por el medio social circundante. Con todo, otra mafia tomará su lugar, y su primer cometido será atribuir a aquellos que la precedieron todos los errores y crímenes, procurando de esta manera un nuevo lenguaje a fin de comenzar nuevamente la gran práctica de seducción; para seducir, ella debe parecer diferente de las otras."

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miércoles, 18 de abril de 2012

Leyendo de nuevo a Camus* x José María Fernández Paniagua


A principios de 2010, se cumplió el cincuenta aniversario de la muerte de Albert Camus, en desgraciado accidente de coche y a temprana edad. Fue un hombre lúcido y honesto que, a diferencia de muchos otros intelectuales de su tiempo, denunció la represión en cualquier régimen y en cualquier ideología. En el campo filosófico, la figura de Camus se asoció al existencialismo cuando esta tendencia se encontraba en un periodo álgido. A ello contribuyó el hecho de que los temas que trató en sus novelas (El extranjero, La peste...) y en sus ensayos (el más conocido es El mito de Sísifo) fueron también tratados por autores existencialistas. Pero los expertos afirman que existen importantes diferencias entre los existencialistas y Camus, ya que éste no trata de hacer filosofía (o, al menos, metafísica). Camus escribió que la metafísica, o cualquier creencia, no entran en la descripción de "un mal del espíritu" en "estado puro". El problema filosófico auténticamente serio para Camus es la posibilidad del suicidio, debido al divorcio que establece el hombre con la vida producido por el absurdo de un mundo sin sentido. Pero Camus niega tal posibilidad, si el hombre desaparece el mundo permanecerá tal como está, por lo que de lo que se trata es de otorgarle sentido.

Para Camus, filósofos como Kierkegaard, los fenomenológicos y Heiddeger han atendido la "llamada" del hombre por un mundo con sentido, pero ante la sinrazón silenciosa del mundo continúa existiendo el absurdo y la tentación del suicidio. Clave resulta también para el francés el imperativo de no sucumbir ante la tentación del nihilismo. El hombre, ante su alienación, debe aceptar dicha situación para salir de ella eludiendo dos peligros: la autoeliminación y la mera creencia. Camus razonó que el suicido, la tentativa de sucumbir ante esa confrontación desesperada entre la interrogación del hombre y el silencio del mundo, y el crimen, producido también ante esa confrontación, eran la misma cosa, por lo que hay que tomarlas o dejarlas conjuntamente. No habla Camus del suicida que lleva a cabo su acción en soledad, y por tanto preservando algún valor y negando la fuerza sobre los otros, ya que no existe en tal caso una negación absoluta. Dicha negación solo acaba con la destrucción de uno mismo, pero también de los otros, una destrucción absoluta.

Pero el reconocimiento de lo imposible de esa negación absoluta parece conducir a un nuevo absurdo (una nueva contradicción, en suma), a una situación en la que el crimen ni es legitimado ni parece totalmente evitable, lo que Camus describe como una situación (y una época, la que le tocó vivir) "enardecida de nihilismo". Camus se vuelca en negar ese mantenimiento en el absurdo, en pedir que no se niegue su verdadero carácter, que es ser "un paso vivido, un punto de partida, el equivalente, en la existencia, de la duda metódica de Descartes".

Para Camus, lo que diferencia al movimiento de rebeldía de una revolución, es que ésta tiene aspiraciones políticas y económicas. En la teoría, la palabra revolución posee el mismo sentido que en astronomía: "movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa". La revolución empezaría a partir de la idea, con su inserción en la experiencia histórica, mientras que la rebeldía es el movimiento que conduce de la experiencia individual a la idea. Camus afirma que si la rebeldía mata hombres, la revolución eliminará tanto hombres como principios. Tal vez no haya habido una revolución definitiva en la historia, ya que solo podría haber una en este sentido. Con la constitución de un gobierno, el movimiento que quiere cerrar el círculo da lugar a otro nuevo en ese mismo instante. Camus menciona a los anarquistas al asegurar, en la línea antes mencionada, que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. Proudhon dijo que un gobierno revolucionario supone una contradicción debido a su propia condición de gobierno. Un gobierno revolucionario es sinónimo, como la historia ha demostrado, de ambiciones imperialistas y de un estado de guerra permanente. La confianza que existía en el siglo XIX en la emancipación progresiva del género humano hace que se contemplen las revueltas sucesivas que ha dado la historia como un intento de encontrar su forma en la idea, sin que se haya llegado aún a la revolución definitiva (lo que supondría, tal vez, el fin de la historia).
En El hombre rebelde, escrito en 1951, Camus niega la posibilidad de una rebelión "metafísica" o realizada en nombre de la realización de un "ideal", ya que acaba desembocando en una nueva esclavitud. Hay que entender el pensamiento de Camus y situarlo en el contexto de una terminología filosófica. En nombre de un "absoluto" se acaban realizando las mayores injusticias, el hombre debe buscar la rebelión en su nivel, en el plano humano. Por muy nobles que sean los propósitos de una causa, por muy humanista que sea el contenido de una rebelión, el mal llegará cuando se sustituye al hombre real (de carne y hueso) por el hombre abstracto. Los mayores campos de esclavos han invocado a la libertad, los más grandes genocidios se realizan en nombre del amor al "hombre" y por una inclinación a lo superhumano. Se produce así la negación de la rebelión en su intención original, la negación de la vida y la llegada al absurdo y a la destrucción. Camus escribió: "En el mediodía del pensamiento la rebelión rechaza, así, la divinidad para participar de las luchas y el destino comunes".

No se suele resaltar el indudable afecto que este autor librepensador tenía hacia el anarquismo, movimiento que apoyará en no pocas ocasiones. La lucha contra el totalitarismo, adopte el color que adopte, no fue unida en el caso de este autor a una adscripción a un liberalismo sucumbido ante el capitalismo, su talante libertario se lo impidió. La escritura de El hombre rebelde le haría romper definitivamente con el comunismo, la clara distinción que realiza entre socialismo autoritario y socialismo libertario, junto a la simpatía con la que observa a los anarquistas y sindicalistas revolucionarios, le haría comulgar con el movimiento anarquista. A diferencia de la excomunión que había recibido de sus conocidos marxistas y existencialistas, Camus entró en un enriquecedor debate con algunos anarquistas, no exento de discrepancias, y que éstos se identificaran finalmente con el rebelde descrito por Camus. Es conocida la anécdota con Gaston Leval, cuando éste le reprochó no haber realizado un retrato acertado de Bakunin; Camus le contestó en las páginas de Le Libertaire (precedente del actual Le Monde Libertaire), periódico de la Federación Anarquista, que en futuras ediciones de El hombre rebelde corregiría algunos pasajes al respecto.

Desgraciadamente, Camus murió joven, pero su recuerdo y su pensamiento se agrandan con el tiempo. Al igual que a los anarquistas, el tiempo le ha dado la razón en tantas cosas incomprendidas o justificadas en su momento, su enemistad con todo absolutismo en nombre de un humanismo y de una razón con un campo más amplio es de una actualidad innegable. Si su denuncia en El hombre rebelde alcanzaba a toda suerte de teologías e ideologías, justificadoras del peor horror en nombre de su "verdad", hoy continúa siendo un antídoto contra todo autoritarismo que retorna una y otra vez en una época de escasez de valores. Pero la denuncia de Camus, en nombre de una libertad tan pervertida, se convierte también en exigencia de rebelarse contra toda injusticia, explotación económica y desigualdad social, y de trabajar por un mundo sin fronteras. También en sintonía con los ácratas, sostuvo que debían ser los medios los que justificaran el fin, nunca al revés. A cincuenta años de su muerte, Camus merece ser leído una y otra vez.

*Artículo publicado en el periódico anarquista Tierra y libertad núm.259 (Febrero 2009)

miércoles, 7 de marzo de 2012

El hombre y sus Fronteras: Una Visión Filosófica x Horst Matthai Quelle


NOTA DE EL (a)NTICRISTO: Horst Matthai Quelle (Hanóver, Baja Sajonia, Alemania, 1912 - Tijuana, Baja California, México, 1999), filósofo alemán en lengua española exiliado en México. Estuvo influenciado principalmente por filosofos alemanes como Max Stirner, Martin Heidegger, Hegel y Nietzsche y fue un exponente del anarquismo filosófico.

Un interesante descubrimiento de un anarquista filosofico que se puede decir era medio latinoamericano. Para leer el texto "El Hombre y sus fronteras" de Horst Matthai hacer click aqui para el formato PDF

Para mas informacion y textos sobre y de Horst Matthai hacer click aqui

martes, 14 de febrero de 2012

Sobre el Ser Vagabundo x Isabelle Eberhardt


NOTA DEL (A)NTICRISTO: NUEVA TRADUCCION DEL ANTICRISTO. PARA SABER MAS DE LA AVENTURERA ISABELLE EBERHARDT IR AQUI. LA DE LA FOTO ES ELLA.

Sobre el Ser Vagabundo x Isabelle Eberhardt

Un tema al que pocos intelectuales le dedican un pensamiento es el derecho a ser un vagabundo, la libertad para vagar. Sin embargo, el andar de vagabundo es la liberación, y la vida en la carretera abierta es la esencia de la libertad. Para tener el coraje de romper las cadenas con que la vida moderna nos ha ponderado (bajo el pretexto de que se nos ofrece más libertad), y luego a tomar el bastón simbólico y empaquetar y salir!

Para el que entiende el valor y el sabor delicioso de la libertad solitaria (en tanto nadie es libre si no esta solo) el estar de salida es el acto más valiente y más grandioso de todos.

Una felicidad egoísta, posiblemente. Pero para aquel que disfruta de su sabor, la felicidad.

El estar solo, el ser modesto en las necesidades, para ser ignorado, ser un extraño que está en casa en todas partes, y caminar, en forma grandiosa y por uno mismo, hacia la conquista del mundo.

El caminante sano sentado al lado de la carretera analizando el horizonte abierto ante él, ¿No es este el dueño absoluto de la tierra, las aguas, y hasta del cielo? ¿Que habitante puede competir con él en poder y riqueza? Sus dominios no tiene límites, su imperio no tiene ley. Ningún trabajo le hace inclinarse hacia el suelo, en tanto la bondad y la belleza de la tierra ya son suyas.

En nuestra sociedad moderna el nómada es un paria "sin domicilio fijo." Al añadir estas pocas palabras al nombre de cualquier persona cuyo aspecto sea considerado irregular, aquellos que hacen y ponen en práctica las leyes pueden decidir el destino de una persona.

Para tener un hogar, una familia, una propiedad o una función pública, contar con un medio definido de subsistencia y ser una pieza útil en la máquina social, todas estas cosas parecen necesarias, incluso indispensable, para la gran mayoría de los hombres, incluyendo a los intelectuales, y aun aquellos que piensan de sí mismos como totalmente liberados. Y sin embargo, estas cosas son sólo formas diferentes de esclavitud que vienen del contacto con otras personas, especialmente regulado y continuo.

Siempre he escuchado con admiración, aunque no con envidia, a las declaraciones de los ciudadanos que cuentan cómo han vivido durante veinte o treinta años en la misma sección de la ciudad, o incluso en la misma casa, y que nunca han estado fuera de su país natal, o su ciudad.

No sentir la tortuosa necesidad de conocer y ver por uno mismo lo que está ahí, más allá de la misteriosa pared azul del horizonte, para no encontrar monótonos y deprimentes acuerdos de la vida cotidiana, para mirar el camino blanco que conduce a la distancia desconocida sin sentir la necesidad imperiosa de ceder ante ella y seguirla obedientemente a través de montañas y valles! La creencia cobarde de que un hombre debe permanecer en un solo lugar es demasiado reminiscente de la renuncia acrítica de los animales, bestias de carga estupefactas por la servidumbre y, sin embargo siempre estando dispuestos a aceptar el deslizamiento sobre el arnés.

Hay límites para todo dominio y leyes que rigen todo poder organizado. Pero el vagabundo posee toda la tierra inmensa que sólo termina en el horizonte no existente, y su imperio es uno intangible, en tanto su dominio y disfrute de este son cosas del espíritu.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuadernos de Negación Nº 6 "¡Abajo el reino de los cielos!


Aca la buena gente de los Cuadernos de Negacion despues de dedicarle tratados sobre otras cosas como el estado, el capitalismo, ahora le dedican bastantes buenas lineas a la religion.

"Como hemos expresado en cada una de estas ediciones, la unidad de la vida y su relación de totalidad hace que los temas se entremezclen constantemente, dando lugar a reflexiones que naturalmente no se limitan al tema central que cada número propone, en este caso el de la religión.

Y desde el título lo que intentamos es evidenciar que el cielo no es más que una proyección idealizada de lo que sucede en la Tierra. Y la religión no se alimenta del cielo sino de la tierra. Y porque una mejor vida es posible antes de morir y no después, en el más acá y no en el más allá, decimos: ¡Abajo el reino de los cielos!"

La religión sobrepasa indudablemente a cualquier otra actividad humana en cantidad y variedad de tonterías. Si se considera además su papel como cómplice de la dominación de clase a través de la historia, no es sorprendente que haya atraído sobre sí el desprecio y el odio de cada vez más personas, en particular de los revolucionarios.

La religión continúa adaptándose, en su forma institucional o sin ella, a los pequeños cambios del modo de producción y reproducción de la vida, persistiendo bajo diferentes formas.

El movimiento revolucionario debe oponerse a la religión, pero tomando posición del otro lado de ella. No siendo menos que la religión, sino más.

Contenido:

▪ Introducción

- ¿De que hablamos cuando hablamos de religión?

▪ ¿Ateísmo?

▪ Extrañación y mutilamiento

- El humano como centro: así en la tierra como en el cielo

- Mutilación

▪ Las armas de la crítica y la crítica de las armas

▪ ¿Libertad de conciencia?

- Adán y Eva y el judeocristianismo cotidiano

▪ Influencias religiosas en el autodenominado movimiento revolucionario

▪ Creencias a medida

- El optimismo del ahorcado

▪ ¿Oponer la ciencia a la religión?

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